CAPÍTULO VEINTIUNO
CAPÍTULO VEINTIUNO
Se encerraron a planear en un diner de Cambridge que olía a café quemado y a lluvia, en un gabinete del fondo, con dos tazas que ninguna de las dos tocó.
Itzel le contó a Nadia Salazar lo que podía contarle, que era casi todo: las cuatro bocas, las cuatro llaves, la cerradura bajo El Castillo, la noche del cruce.
Se guardó dos cosas, las dos por la misma razón que se guardaba todo últimamente: la tercera manera —el desarmar—, y hasta dónde no confiaba en Sol.
Nadia la escuchó sin interrumpir, con esa quietud de funcionaria que ha oído de todo, y cuando Itzel terminó, se quedó un rato dándole vueltas a la cucharita en el café frío.
—Le voy a creer —dijo por fin—, y le voy a decir por qué, para que no se asuste de que le crea tan rápido: llevo seis años peleando contra esta gente por unos huesos, y en seis años he aprendido que la Fundación Vandeleur hace exactamente dos cosas con lo que saca del agua.
Lo guarda, o lo vende. Nunca lo devuelve.
Nunca. —Levantó la vista—. Y esta semana, de golpe, mandan tres piedras de vuelta a México con avión privado y prisa.
Yo llevo seis años sin poder sacarles un gramo, y ellos solitos exportan tres piedras a Yucatán.
Eso no lo hace una fundación que colecciona.
Eso lo hace un hombre que necesita algo en un lugar exacto en una fecha exacta.
Su historia de locos, doctora, es la única que explica lo que estoy viendo en los papeles. Así que sí. Le creo.
—Entonces ayúdeme a pensar —dijo Itzel—.
Duarte va a llevar las tres piedras a Chichén y va a estar parado en el borde del pozo la noche del cruce con doscientas personas suyas.
Yo tengo la cuarta y tengo lo que hay que leer.
Él quiere que yo junte las cuatro y las lea…
y en el último instante quedarse él con la vuelta.
Su terreno, su gente, su hora. Si entro a ese sitio con mi piedra, entro a su mano.
—Sí —dijo Nadia—. Pero óigame una cosa que él no está calculando, porque los hombres como él nunca calculan a las burócratas.
—Se inclinó sobre la mesa—. Chichén Itzá es zona de monumentos arqueológicos federal.
El INAH manda ahí, no la Fundación. Su “Proyecto Kukulcán” existe porque yo…
porque nosotros le firmamos un permiso de estudio no invasivo.
Un permiso que yo puedo inspeccionar. Que puedo suspender si hay “irregularidades”.
Y el minuto en que esas tres piedras aterricen en suelo mexicano, doctora, dejan de ser propiedad de una fundación de Massachusetts y se vuelven, mientras yo pueda sostener el argumento ante un juez, patrimonio de la nación en tránsito.
No lo voy a poder parar del todo; tiene amigos, tiene firmas, tiene años de comprar voluntades.
Pero le puedo meter fricción. Le puedo meter inspectores, papeleo, presencia oficial, testigos con gafete.
Le puedo quitar la parte que más le importa: la soledad.
Un hombre que planea hacer algo prohibido en la oscuridad odia, más que nada, que haya gente mirando con autoridad para mirar.
—Sonrió, filosa, cansada, peligrosa—. Yo soy muy buena para ser gente mirando.
Itzel sintió, por primera vez desde el balneario, algo parecido a una ventaja.
No una victoria; una grieta. Nadia no podía darle el pozo.
Pero podía quitarle a Duarte la oscuridad, y eso —lo había aprendido en cuatro bocas— era, contra estas cosas, la mitad de la batalla.
No des tu nombre. Baja como huésped. La luz importa.
—Hay algo más que necesito decidir —dijo Itzel, y bajó la voz aunque no había nadie—, y es lo que más me cuesta.
La inmersión final, la del pozo bajo el Castillo, va a ser la más honda y la más peligrosa de todas.
No la puedo hacer sola. Necesito una buza.
Y la única que tengo es la que creo que le pasa a Duarte por dónde ando.
Nadia dejó la cucharita.
—¿Está segura?
—No. Ésa es la trampa. No estoy segura de nada con ella, y ahí está el veneno.
—Itzel se pasó las manos por la cara—. Hoy Duarte me dijo, en el umbral, una cosa que sólo pudo saber si alguien muy cercano a mí se la contó.
Y al mismo tiempo pudo estar mintiéndome para que yo sospechara de ella y me quedara sin la única persona que sabe bajar conmigo.
Las dos cosas le sirven. Si Sol es su fuente, sembrarme la duda no le cuesta nada.
Si Sol es inocente, romperme con ella también le sirve, porque me deja sola y sin buza.
Gane quien gane el juego de la sospecha, gana él.
—Se rió, sin ganas—. Es muy bueno. Es tan bueno que ni siquiera necesita que Sol sea culpable. Le basta con que yo no pueda saberlo.
—Entonces no juegue su juego —dijo Nadia, simple—. ¿Necesita a la buza para bajar?
—Sí.
—¿Puede bajar sin darle la parte que la haría a usted desechable? ¿Puede llevarla al agua sin enseñarle la carta que sólo usted tiene?
—Sí. —Itzel lo pensó, y la claridad fría, la de siempre, armó el plan que no quería armar—.
Sí. Puedo llevarla a bucear y taparle con el cuerpo la única lectura que importa, como ya hice en el sur.
Puedo dejar que baje conmigo y no dejarla nunca ver qué hago con las piedras allá abajo.
Y si de verdad le cuenta todo a Duarte… —se detuvo, porque lo que iba a decir la ensuciaba, y lo dijo de todos modos, porque su abuela no la había criado para tener las manos limpias, la había criado para que la puerta se cerrara— …
entonces puedo contarle a Sol, a propósito, lo que quiero que Duarte crea.
Que voy a abrir. Que acepté la oferta. Que la noche del cruce voy a reunir las cuatro llaves para sacar la prueba a la luz, con él, como colaboradora.
Si Sol se lo pasa, Duarte se confía, me deja hacer, se para detrás de mí a esperar su hallazgo…
y no ve venir que en vez de abrir, desato.
Y si Sol no se lo pasa, si Sol es inocente, entonces no perdí nada, porque nunca le dije una mentira que le hiciera daño; sólo le dije lo que un amigo le cuenta a otro.
—Cerró los ojos—. Voy a usar a mi mejor amiga como un canal, Nadia.
Sin decirle. Sea culpable o sea inocente.
Voy a hablarle a ella para hablarle a él.
Y si es inocente, nunca lo va a saber, y si es culpable, tampoco.
Y en las dos versiones yo me quedo siendo la clase de persona que le hace eso a alguien que quiere.
—Y hay una segunda cosa —dijo Itzel, y metió la mano en la mochila y sacó un sobre grueso, lacrado con cinta, y una memoria, y los puso sobre la mesa del diner entre las dos tazas frías—.
Esto es todo. Las doce hojas, mi transcripción, lo que dicen las cuatro bocas —todo lo que he leído menos una página, la que no le doy a nadie—.
Si no salgo del agua la noche del cruce, si me muero allá abajo o simplemente no vuelvo a aparecer, usted lo publica.
Ese mismo día. Completo, a la prensa, a las universidades, al INAH, a todo el mundo, sin dosificar y sin pedirle permiso a nadie.
—Empujó el sobre hacia Nadia—. Duarte se gastó una fortuna y mató a un hombre por una sola idea: que él va a ser el dueño de esto, porque cree que soy la única persona viva que sabe leerlo.
Mientras eso sea verdad, teniéndome a mí, me tiene todo.
—Le sostuvo la mirada—. Pues que deje de ser verdad.
Si esto está en sus manos, listo para salir el día que yo falte, mi muerte deja de servirle: matarme ya no callaría la verdad, la gritaría.
Le quito, sin que él lo sepa, la única razón que tiene para creer que va ganando.
Nadia tomó el sobre despacio, con las dos manos, como se toma algo que pesa más de lo que se ve, y se lo guardó contra el pecho, bajo el saco.
—A esto sí le sé el nombre, doctora, y no es trampa —dijo—. Es un seguro. Y es lo más inteligente que le he oído en toda la noche. Los hombres como Duarte planean contra todo, menos contra alguien dispuesto a volver inútil su propia muerte. No lo van a ver venir. Ni siquiera saben que existe.
Sobre lo otro —lo de usar a Sol de canal sin decirle— Nadia la miró un rato largo, esa arqueóloga joven de ojeras hondas con una piedra tibia en la bolsa y una decisión fea recién tomada, y no le dijo que estaba bien, porque no lo estaba, ni le dijo que estaba mal, porque tampoco. Le dijo lo único cierto:
—Bienvenida a lo que llevo seis años haciendo, doctora.
Ninguno de los dos bandos, en estas cosas, se queda con las manos limpias.
Sólo se puede escoger por qué se ensucia uno.
—Puso su mano sobre la de Itzel, la izquierda, la que temblaba, y no comentó el temblor—.
Usted se está ensuciando para devolver a un niño al agua de su casa y para cerrar una puerta que no debió abrirse.
Yo he visto ensuciarse a gente por mucho menos. Vámonos a Yucatán.
En el avión, de madrugada, con Nadia dormida en el asiento de al lado y las luces bajas y el Atlántico negro allá abajo, Itzel se quedó despierta con la pregunta que no le había querido enseñar a nadie, ni a Nadia, ni a don Fabián, ni a su abuela muerta: la pregunta de si de verdad iba a desatar.
Porque Duarte le había leído algo cierto, con esa glífica suya de la gente.
Le había puesto el dedo en la carta que ella escondía hasta de sí misma: que una parte de ella —la niña con la vasija, la que aprendió maya para probar que los abuelos no mentían— no quería cerrar la puerta.
Quería abrirla. Quería sostener la prueba con guantes y tener razón delante del mundo entero.
Toda su vida había defendido a los suyos diciendo no eran cuentos, no era superstición, era una manera verdadera de saber —y del otro lado de esa agua estaba, por fin, la prueba de que tenía razón, esperándola, y sólo su abuela muerta y un viejo asustado y una tercera manera tallada en una gruta le pedían que la dejara enterrada para siempre.
No la juntes por miedo, ni por pena, ni porque alguien que quieras te lo pida llorando, había escrito Rosa.
No había puesto una cuarta advertencia, la más difícil de todas, la que Itzel descubría ahora sobrevolando el mar negro: no la abras por tener razón.
Quizá Rosa no la puso porque le pareció obvia.
Quizá no la puso porque ella misma, guardiana, ladrona de una llave, nunca dejó de querer, en el fondo, ver.
Itzel no resolvió la pregunta esa noche.
Se prometió, en cambio, algo más honesto y más peligroso: que no la iba a resolver hasta el último instante, con las cuatro piedras en las esquinas del pozo y la serpiente de luz bajando por la escalera del Castillo sobre su cabeza.
Que iba a bajar sin haber decidido. Que dejaría que el agua —que ya sabía su nombre, que le iba a cobrar un precio que ninguna pared quiso tallar— le hiciera la pregunta de frente, y sólo entonces, con el precio a la vista, contestaría.
Era la peor manera de entrar a una puerta así.
Lo sabía. Sak Balam se lo había advertido en una hoja: que el que llega hasta el agua lleva la palabra ya en la garganta sin saberlo, y basta un suspiro para soltarla.
Iba a bajar indecisa a la única cosa del mundo que castiga la indecisión con la eternidad.
Encendió el teléfono un momento, en modo avión, sólo para verla: la foto de Homún, ella y Sol empapadas y muertas de risa con los cascos torcidos.
La miró hasta que le ardieron los ojos. Después escribió, en el borrador que le mandaría a Sol en cuanto aterrizaran, la primera mentira del plan, la que iba dirigida a un hombre en Boston aunque llevara el nombre de su amiga:
sol, cambié de opinión. voy a colaborar con ellos. es la única forma de sacar esto a la luz sin que nos maten. te necesito para la última inmersión, la más importante. la noche del equinoccio, en el pozo de abajo del Castillo. ¿bajas conmigo una última vez?
No lo envió todavía. Lo dejó en borradores, esperando tierra, esperando el momento, mirando cómo su propia voz, en la pantalla, sonaba exactamente igual de cariñosa cuando decía la verdad que cuando tendía una trampa —porque ésa, había aprendido, era la única lección que las cuatro bocas y el hombre de Boston le habían enseñado por igual: que el amor y la traición se escriben, en cualquier lengua, con los mismos signos, y que sólo el agua, al final, sabe leer la diferencia.
Afuera, empezaba a amanecer sobre el Golfo. Faltaban dos días para el cruce.