La Quinta Dirección CAPÍTULO VEINTE
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CAPÍTULO VEINTE

CAPÍTULO VEINTE

El despacho de Rafael Duarte estaba en el tercer piso y tenía una sola ventana, enorme, sobre el río, y una sola pieza en exhibición: un cascabel de oro del tamaño de una avellana, solo, iluminado, en una vitrina, como si el resto del mundo fuera su estuche.

Él la esperaba de pie. Más joven de lo que Itzel había imaginado y más cansado; guapo de un modo caro y sin edad, con una cortesía que le salía de tan adentro que ya no parecía cortesía sino gravedad, una fuerza que inclinaba la habitación hacia él. Le tendió la mano.

—Doctora Canul. —Su español era perfecto, con el acento suave de quien lo aprendió en casa y lo pulió en escuelas—. No sabe cuánto tiempo llevo queriendo conocerla. La he estado leyendo.

—Eso me dijeron abajo. —Itzel le dio la mano; era seca y firme—. Es una expresión curiosa para referirse a una persona.

—Es la única que me sirve. —Sonrió, y le indicó una silla—.

Yo no sé leer lo que usted lee. Lo he intentado; soy un aficionado entusiasta y un analfabeta profundo.

Pero sé leer gente, que es mi glífica particular, y a usted la vengo descifrando de lejos desde hace semanas con verdadera admiración.

—Se sentó frente a ella, no detrás del escritorio sino en la silla de al lado, íntimo, sin barrera—.

Y lo que leo me dice que es usted la mejor en lo suyo que ha existido, y que está metida en algo mucho más grande de lo que le corresponde a una persona sola, y que vino hasta aquí, agotada y con miedo, no a colaborar conmigo, sino a quitarme algo.

—Abrió las manos, franco—. Empecemos por ahí, si le parece.

Ahorra tiempo, y los dos andamos cortos.

Itzel decidió, en ese segundo, cómo iba a jugar la partida: no fingiendo que no sabía, sino midiendo, en cada carta que él pusiera, cuántas tenía en la mano. Un lector frente a otro. Que cada uno enseñara lo justo para leer al otro y nada más.

—Sé quién es usted, señor Duarte —dijo—. Sé que su fundación se construyó sobre lo que su bisabuelo sacó del Cenote Sagrado. Vengo del museo. Vi al niño.

Algo pasó por la cara de Duarte —no vergüenza, sino una especie de fatiga anticipada, la de quien ha tenido esta conversación antes y sabe cómo duele y cómo termina.

—El individuo subadulto de la caja tres —dijo en voz baja—.

Sí. —No apartó la mirada—. ¿Quiere que le diga la verdad incómoda, doctora, la que no digo en los comunicados?

Ese niño existe, hoy, porque mi bisabuelo lo sacó del lodo.

Los que se quedaron en el fondo se disolvieron.

Los que otros dragaron después se perdieron en bodegas o se vendieron por partes.

El de la caja tres tiene una ficha, una temperatura constante, un número, y un día, cuando la doctora Salazar gane su pleito —que lo va a ganar, y yo no voy a mover un dedo para impedirlo, se lo digo aquí— volverá a Yucatán entero, estudiado, íntegro, porque alguien lo cuidó cien años en un cajón.

Usted lo llama saqueo. Yo lo llamo la única razón por la que ese niño todavía es alguien y no es lodo.

—Se encogió de hombros, sin soberbia, lo cual era peor—.

Puede odiarme por eso. Mucha gente inteligente lo hace.

Pero antes de odiarme, dígame quién amó más a ese niño: el que lo tiró al agua para pedir lluvia, o el que lo sacó y lo guardó.

Detrás de él, en la pared, enmarcado como un diploma bajo su propia luz, colgaba un documento viejo en español jurídico, con sellos y una fecha grande: la sentencia de 1944 con que una corte mexicana había absuelto a su bisabuelo de todo cargo por lo que sacó del pozo.

Duarte no la señaló. No hizo falta. Era, entendió Itzel, el verdadero retrato de familia de esa casa: no el óleo de un antepasado, sino el papel que durante tres generaciones había convertido el hambre en derecho, el saqueo en custodia, el robo en herencia legítima.

La veneraban como otros veneran un crucifijo.

Y ahí estaba, entera, la seducción del hombre: que tenía media razón, y la decía sin miedo, y la media razón que tenía volvía sospechosa la certeza entera de Itzel.

Sintió el argumento tocarla, buscarle la grieta —ella también había pensado, frente a la mandíbula, que estudiarla era una forma de amor—.

Y se agarró, para no resbalar, a lo único que Duarte no podía torcer: a un viejo boca abajo en metro y medio de agua.

—Aurelio Ferrán —dijo—. Él no era lodo. Era un hombre. Y lo cuidaron ustedes tan bien que apareció ahogado en un balneario cerrado, y le vaciaron la casa con guantes.

Duarte no pestañeó. Pero hizo algo peor que negarlo: se puso, apenas, triste.

—El profesor Ferrán fue una tragedia y un error —dijo, con una suavidad calibrada al miligramo—.

No mío. Yo no ordeno tragedias, doctora; administro consecuencias.

Había gente impaciente, gente que yo ya no tengo, que creyó que un hombre que se negaba a colaborar era un obstáculo y no un recurso.

Se equivocaron. A un lector no se le quita; se le convence, o se le espera.

—La miró a los ojos—. Yo la estoy esperando a usted.

¿Ve la diferencia? A Ferrán lo perdimos por prisa.

Con usted no tengo prisa ninguna. Con usted tengo, de hecho, todo el tiempo del mundo… hasta pasado mañana.

Hasta pasado mañana. El cruce. Lo había dicho como quien menciona el clima. Itzel guardó el dato —él sabía la fecha, contaba los días igual que ella— y no le dio el gusto de reaccionar.

Se levantó, fue a un aparador, y volvió con una carpeta de conservación, plana, que puso sobre la mesa entre los dos y abrió con dos dedos.

Dentro, bajo una lámina de mylar, estaban las páginas de Aurelio. Las que faltaban. Las fotografías del último tercio del códice, las que le habían vaciado de la casa la noche que lo mataron, el pedazo que a Itzel le faltaba del libro de papel.

—Le enseño mis cartas —dijo Duarte—, porque quiero que entienda que jugamos con la misma baraja y que la mía es más grande.

Tengo las tres piedras. Tengo estas páginas.

Tengo un proyecto con permisos en el sitio y a doscientas personas trabajando bajo mi nombre.

Lo único que no tengo, doctora, es alguien que sepa leer todo esto en el orden correcto y en el lugar correcto.

—Cerró la carpeta, despacio—. Y lo único que usted tiene, que yo no, es exactamente eso, más una cuarta piedra que mi bisabuelo dejó en el lodo y que yo llevo un siglo dando por perdida y que apostaría el río entero a que trae usted, en este momento, en esa bolsa fea que no ha soltado desde que entró.

Itzel no miró la bolsa. Sostuvo los ojos de él.

—Y ahora viene la parte —dijo— donde me ofrece que trabajemos juntos.

—Y ahora viene la parte donde le ofrezco que trabajemos juntos.

—Sonrió, sin negar el guion, casi celebrándolo—.

Piénselo de verdad, no como la trampa que cree que es.

Usted quiere lo mismo que yo, doctora, aunque le dé horror admitirlo.

Usted no dedicó su vida a estos signos para enterrarlos.

Los dos queremos abrir la puerta. La diferencia es que usted, si la abre sola, con cuatro viejos y una amiga, se muere en el intento y la verdad se muere con usted en el fondo de un pozo.

Y si la abre conmigo, la abre con luz, con oxígeno, con médicos, con cámaras, con el INAH de testigo si quiere, con su nombre —el suyo, Itzel Canul, de Xocén— en la primera línea del hallazgo más grande de la historia humana.

La prueba. La prueba de que no era metáfora.

Usted la va a sostener en las manos con guantes y el mundo entero va a saber que la leyó una maya.

—Bajó la voz, y fue, tuvo que reconocerlo ella, la voz de una tentación real—.

Yo no le estoy ofreciendo dinero. Le estoy ofreciendo la razón.

Que tenga razón, delante de todos, para siempre.

¿Sabe cuánta gente mataría por eso? No me conteste. Ya lo sé. Lo leo.

Y Itzel sintió la carta tocar fondo, la carta que Duarte había estado guardando para el final y que era, en efecto, la única que podía moverla: no la codicia, no el miedo, sino el deseo antiguo, íntimo, de niña con una vasija, de tener razón.

De probar, ante los curas y los doctores y ante sí misma, que los abuelos no dijeron metáforas.

De sostener, con las manos, aquello que su abuela guardó y su maestro murió leyendo.

Por eso, precisamente por eso, supo que no debía enseñarle a Duarte la única carta que ella tenía y él no sospechaba: que ella ya no estaba segura de querer abrir.

Que en una gruta del sur había leído una tercera manera.

Que las mismas cuatro piedras que él quería juntar para abrir, ella podía juntarlas para desatar, para volver muda la puerta, para que no hubiera prueba ni hallazgo ni nombre en primera línea, sólo agua y piedra y silencio, como su abuela habría querido.

Esa hoja se la guardó. La enterró bajo la cara que él quería ver.

—Es una oferta generosa —dijo, midiendo cada palabra, dejándole ver a un lector tentado, porque un lector tentado era lo que lo mantendría creyendo que iban al mismo lugar por la misma razón—. Necesito pensarla. No me la va a resolver aquí, en una tarde, después de ver a un niño en una caja.

—Por supuesto que no. —Duarte se recostó, satisfecho, leyendo en su duda fingida exactamente lo que ella quería que leyera—.

Piénselo en el sitio. En Chichén. Las tres piedras vuelan mañana; me encantaría que usted volara con ellas, en mi avión, como mi invitada.

—Levantó una mano ante su gesto—. O en el suyo, si prefiere la ilusión de la independencia.

Da igual. Los dos vamos al mismo pozo, doctora.

La única pregunta que queda entre nosotros es si llega usted como colaboradora o como obstáculo, y ya vimos, con el pobre Ferrán, lo caro que sale el segundo papel.

Se puso de pie; la reunión, la entendía Itzel, la terminaba él, como todo.

La acompañó a la puerta con una mano cortés en la espalda que no llegó a tocarla.

Y en el umbral, como al descuido, con el tono con que se comenta una nimiedad simpática, soltó la frase que Itzel llevaría clavada el resto del viaje:

—Ah, y dígale a su amiga la buza que baje con cuidado esos cenotes del sur. Son traicioneros a esa profundidad. Sería una pena perder a otra persona en el agua, con lo bien que la cuida a usted.

Itzel se quedó muy quieta un instante en el umbral, la sonrisa congelada.

Ella no le había dicho a Duarte que tenía una buza.

No había dicho “Sol”, no había mencionado inmersiones, no había hablado del sur.

Nada de eso había salido de su boca en esa oficina.

Y sin embargo él lo sabía: que había una buza, que bajaba con ella, que iban al sur, que era honda.

Lo sabía como sabía la fecha del cruce y el contenido de su bolsa fea.

Su primer pensamiento, el que Duarte quería que tuviera, llegó puntual y consolador: me vigilan. Tienen gente en Yucatán, cámaras, seguimiento. Cualquiera que me haya visto en un cenote sabría que bajé con alguien. Era verosímil. La apartaba de la sospecha peor. Le dejaba querer a Sol un rato más.

Su segundo pensamiento llegó en el elevador, frío, con la puntería de siempre, y le vació el estómago: “con lo bien que la cuida a usted”.

Duarte no había dicho “una buza”. Había dicho una buza que la cuidaba, que se preocupaba por ella, que la sacaba del agua.

Eso una cámara no lo ve. Eso no lo sabe un satélite.

El miedo de una amiga por otra, el “no me vuelvas a hacer eso, yo no puedo perderte a ti también” jadeado en la orilla de un cenote a la una y media de la madrugada, sin nadie más en kilómetros a la redonda —eso sólo lo sabe alguien a quien la buza se lo contó. O la buza.

Salió del edificio de ladrillo rojo a la lluvia fina de Boston, y en la banca de enfrente Nadia Salazar levantó la vista de su teléfono y le hizo una seña —¿bien?

— y por un momento Itzel no pudo contestarle, porque estaba de pie en la acera mojada de una ciudad ajena, con una piedra tibia en la bolsa y una tercera manera enterrada en el pecho, entendiendo que el hombre más peligroso del mundo acababa de decirle, con una sonrisa, en el idioma que él sí sabía leer —el de la gente—, que la persona que la sacaba viva del agua era la misma que le contaba a él cómo respiraba.

O que quería que ella lo creyera.

No pudo saber cuál. Ésa, otra vez, era toda la tortura.

—Bien —le mintió a Nadia con la boca, cruzando la calle bajo la lluvia—. Vámonos de aquí. Nos vamos a Yucatán. Los dos ejércitos van al mismo pozo, y yo tengo que llegar antes que él a la única cosa que le falta: yo misma.