CAPÍTULO DIECIOCHO
CAPÍTULO DIECIOCHO
Rafael Duarte recibió la noticia de que su enemiga venía hacia él mientras desayunaba toronja, y le supo mejor que la toronja.
La fuente había reportado a las seis de la mañana, hora de Yucatán: la doctora Canul había dicho, saliendo de un cenote al sur de Valladolid, la madrugada anterior, cuatro palabras.
Nos vamos al norte. Cruzando el mar. La fuente lo transcribía con su ansiedad de siempre, sin entender del todo lo que transcribía, y pedía —Duarte saltó esa parte— garantías otra vez.
Duarte dejó la cuchara. Miró, por el ventanal, el Charles bajo la escarcha de finales de verano, y se permitió, a solas, la satisfacción entera.
Venía. Después de tres semanas de leerle los pasos como se le lee a un pez bajo el hielo, la doctora Canul había terminado de entender lo que él sabía desde el principio: que la cerradura tiene cuatro llaves, que ella carga una, y que las otras tres están aquí, en un cajón climatizado a treinta metros de donde él desayunaba.
No venía huyendo. Venía por las piedras.
Lo cual quería decir dos cosas, y las dos le gustaban.
La primera: que ya sabía leer el libro entero.
Las cuatro bocas. El cómo. Si venía por las tres llaves era porque por fin tenía en la cabeza qué hacer con las cuatro juntas.
La había dejado caminar los cenotes precisamente para esto, para que le trajera, hecha, la única pieza que a la Fundación le faltaba: el conocimiento.
Y ahí venía la lectora, cruzando un mar, a entregárselo en persona, creyendo que venía a robarle.
La segunda: que ella cargaba la cuarta piedra, o sabía dónde estaba. La llave que el bisabuelo había dejado en el lodo. La que la Fundación llevaba un siglo dando por perdida. Venía hacia él, con la última pieza de la cerradura en el bolsillo, por su propio pie.
—Karl —dijo al teléfono—. Viene para acá. —Escuchó la objeción previsible—. No. No la paramos en el aeropuerto, no la seguimos con un coche que note, no la asustamos. Todo lo contrario. Le vamos a hacer fácil el camino.
Porque ésta era la elegancia, y Duarte la saboreó como saboreaba pocas cosas.
Una lectora que entra a robar es una lectora que te dice, con cada paso, qué es lo que vale.
Déjala entrar. Déjala creer que gana. Que reúna ella las cuatro llaves, que las cargue, que lea; que haga, creyéndose libre, exactamente el trabajo que a la Fundación le falta.
Duarte sabía esperar. Llevaba la vida entera esperando, y la vida entera, al final, de pie detrás de la persona que hacía el trabajo.
Había un riesgo, y Duarte era demasiado bueno para no verlo.
Existía la posibilidad de que la doctora no quisiera abrir.
De que esos viejos indios de las cartas del bisabuelo le hubieran llenado la cabeza con su folclor de sellar, de cerrar, de “dejar la puerta en paz”.
Peor: existía una vieja leyenda, mal atestiguada en los papeles del bisabuelo, de una “tercera cosa” —ni abrir ni cerrar— que desataba la cerradura para siempre.
Si la doctora reunía las cuatro llaves para eso , para volver muda la puerta, entonces Duarte no tendría un descubrimiento: tendría un cajón de piedras feas y un siglo de trabajo convertido en nada.
No lo podía permitir. Pero para eso faltaban días y una península, y Duarte había aprendido, en tres generaciones de paciencia, que esas cosas se resuelven de cerca, en el último instante, y no por teléfono desde Boston. Ya vería. Siempre veía.
Escuchó la última pregunta de Karl, la incómoda, la de siempre, la de qué hacer con la fuente, que empezaba a pesar, que lloraba por teléfono, que pedía garantías que nadie pensaba darle.
Duarte miró el río.
—La fuente aguanta hasta el cruce —dijo—.
La necesito pegada a la doctora hasta la última noche; es mis ojos donde no llegan los míos.
Recuérdele, con cariño, lo de la madre, lo del banco, lo del compresor.
La gente con deudas no traiciona: cumple.
—Una pausa—. Después del cruce, hablamos de la fuente.
Después del cruce hablamos de varias cosas.
—No dijo más, y no hizo falta; Karl llevaba quince años entendiendo los silencios de Duarte, y en éste cabían, ordenados, todos los cabos que un hombre prolijo corta cuando ya no le sirven: la buza endeudada, los viejos guardianes, y, si hacía falta, si se ponía terca, si intentaba desatar en vez de abrir, la lectora misma.
Todo eso era después del cruce. Todo eso era limpieza.
Colgó. Y como le quedaba una hora antes de la primera reunión, bajó al sótano climatizado, al vault, a ver a las piedras.
Estaban donde siempre, las tres, en su vitrina individual, sobre terciopelo gris, con sus fichas mentirosas: tres cantos labrados, aleación mineral, Cenote Sagrado, rec.
1907, procedencia ritual desconocida. Feas.
Grises. Del tamaño de un huevo grande. Duarte las había mirado mil veces en veinte años y nunca habían sido más que el objeto de su obsesión heredada, tan muertas como bonitas eran las campanillas de oro dos vitrinas más allá.
La ficha mentía en todo menos en el año.
1907: el año en que su bisabuelo —cónsul del norte, arqueólogo de afición y dueño por escritura de las ruinas mismas de Chichén, que había comprado por una miseria— sacó estas tres del lodo del pozo sagrado con la draga de cáscara de naranja, entre baldadas de oro y de huesos de niño, sin sospechar que las feas valían más que todo lo bonito.
El viejo había bajado él mismo hasta el fondo, en escafandra, con dos griegos esponjeros de las Bahamas, y había vuelto a la superficie medio sordo para el resto de su vida y entero convencido de que el pozo era suyo porque lo había pagado.
Se llevó todo a Harvard en la valija de su cargo, pieza por pieza, mientras México ardía y no miraba; y cuando México por fin lo persiguió, un juez de allá —en el cuarenta y cuatro, con el viejo ya muerto— dictó que no había robado nada.
Esa sentencia colgaba, enmarcada, en el despacho de Duarte tres pisos más arriba: la única reliquia de la familia que él de verdad veneraba, porque no era oro ni jade, era permiso.
Era el papel que convertía en custodia lo que todos los demás se empeñaban en llamar saqueo.
Esa mañana no.
Esa mañana, cuando puso la palma sobre el vidrio de la vitrina —un gesto tonto, de propietario, que hacía a veces—, el vidrio estaba tibio.
No frío, como el vault entero, refrigerado a dieciocho grados constantes desde hacía décadas.
Tibio, justo sobre las tres piedras, como si algo dentro respirara.
Y las tres, lo habría jurado, lo juró un instante antes de que la razón se lo prohibiera, estaban inclinadas en su terciopelo, apenas, imperceptiblemente, todas hacia el mismo rumbo.
Hacia el sur. Hacia una cuarta piedra que en ese momento cruzaba, en el bolsillo de una mujer, un cielo sobre el Golfo, viniendo.
Duarte quitó la mano del vidrio. Se miró la palma. Se dijo, con la firmeza con que un hombre le ordena al mundo portarse como debe, que el vault tenía una falla en el clima, que llamaría a mantenimiento, que las piedras llevaban un siglo en el mismo ángulo y sólo un cansado las vería moverse.
Subió. No llamó a mantenimiento. Y no volvió a poner la palma sobre el vidrio.
Afuera, sobre Boston, el cielo se despejaba.
Faltaban tres días para el cruce, y por primera vez en veinte años de certeza heredada, Rafael Duarte —que no creía en maldiciones, sólo en organizaciones; que había reducido a los dioses a folclor y a las piedras a inventario— sintió, muy abajo, en un lugar que no reconocía, algo que un hombre más honesto habría llamado por su nombre.
Pero Duarte no era ese hombre. Terminó su toronja, se puso el saco, y fue a su reunión a organizar el traslado de una cerradura hacia la única puerta del mundo que podía abrir.