La Quinta Dirección CAPÍTULO DIECISIETE
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CAPÍTULO DIECISIETE

CAPÍTULO DIECISIETE

—Ésta te la guardo yo —dijo don Fabián en el borde del cenote del sur, con la mano tendida, antes de que Itzel bajara al agua—. La piedra. No la meta ahí abajo.

Itzel dudó. Entregarle la cuarta llave al viejo era quedarse desnuda de lo único que la hacía intocable; era, exactamente, soltar la hoja que sólo ella debía tener.

Pero el poniente le había enseñado algo la tarde anterior: que la piedra tiraba hacia el agua con voluntad propia, y el sur era el pozo más hondo de los cuatro, y bajar quince metros en la oscuridad con una llave tibia jalándole el pecho hacia el fondo era pedirle a la narcosis y a la cosa de abajo que la terminaran de una vez.

—Si me traiciona usted también —dijo Itzel, poniéndole la piedra envuelta en la mano seca—, ya no me queda nadie.

—Si la traiciono yo —contestó don Fabián, guardándola contra su propio pecho, bajo la guayabera—, entonces el mundo ya estaba perdido desde antes de usted y no valía la pena salvarlo.

—La miró—. Baje. Lea. Y suba. Y no me la muerda al buzo con los ojos allá abajo; ya la trajo hasta aquí.

Cuente las manos, pero no deje que contarlas la ahogue.

Se puede desconfiar y vivir. Es un arte. Su abuela lo dominaba.

Sol la esperaba en el agua, ya con la máscara puesta, la cara pálida a la luz roja.

Se habían dicho poco en el camino. Algo había cambiado entre ellas desde la boca norte, una cortesía nueva, cuidadosa, de las dos, y Itzel se preguntó —con un vuelco— si Sol también la estaría estudiando a ella; si la amiga que a lo mejor la vendía habría notado que la amiga a la que a lo mejor vendía la miraba distinto; si en el fondo de esa gruta iban a bajar dos mujeres fingiéndose la una a la otra la de siempre, cada una contando en secreto las manos de la otra.

La idea la llenó de una tristeza tan grande que por un momento casi prefirió que Sol fuera culpable, para que la tristeza tuviera al menos una causa limpia.

—El sur es hondo —dijo Sol, revisándole el arnés, la voz baja y profesional—.

Quince, dieciséis metros a la pared. Vas a narcarte otra vez, es seguro a esa profundidad, así que esta vez lo hacemos distinto: yo no te suelto.

Ni un segundo. Vas amarrada a mí con este cabo.

—Le pasó el mosquetón por el arnés, lo aseguró, tiró para probarlo—.

Si te vuelves a ir al fondo, te vas conmigo o no te vas. ¿Estamos?

—Estamos —dijo Itzel, y pensó, mirándola atar el nudo con esos dedos expertos y cuidadosos: me está amarrando a ella. Para salvarme, o para no perderme de vista. Las dos cosas. El mismo nudo.

Bajaron.

El sur no era como los otros. Los otros cenotes habían sido bocas de agua tranquila; el sur era una garganta.

Un tiro angosto que se hundía en la piedra torciéndose, con la bóveda cerrándose sobre ellas a medida que bajaban, hasta que el círculo de estrellas de la superficie desapareció del todo y no quedó más mundo que el cono rojo de las lámparas y el cabo tenso que la unía a Sol.

El agua estaba más fría a cada metro. Y algo más: estaba más quieta de lo que el agua tiene derecho a estar incluso en una cueva, con esa quietud que Itzel ya había aprendido a temer, la quietud que no es ausencia de movimiento sino presencia de atención.

Dos veces la garganta se estrechó tanto que hubo que pasar de lado, el tanque por delante: Sol soltó un enganche del arnés y llevó la botella empujándola con una mano, la maniobra de las restricciones, en la que el cuerpo se vuelve más angosto que su propio equipo y uno reza por no engancharse en la roca.

Itzel la copiaba temblando, el corazón golpeándole en los oídos al ritmo del pulso de igualar —tragar, pellizcarse la nariz, soplar, tragar— para que la presión no le reventara los tímpanos.

El frío ya no subía por grados sino de golpe: a esa hondura el agua dulce se acababa y empezaba la salada, más pesada, más negra, y el aire del regulador sabía a metal y a miedo.

Sol contaba en la cabeza las paradas del ascenso que aún no hacían —porque a esta profundidad el nitrógeno se acumula en la sangre, y subir sin pausas mata tan seguro como ahogarse—.

Y en una hornacina de la pared, a la luz de los focos, más honda y por lo mismo más antigua que todo lo de arriba, Itzel vio el último hallazgo del camino: una navaja de obsidiana, negra, intacta, con el filo todavía capaz de cortar mil años después, y junto a ella, soldados a la roca por la calcita, los huesos de una mano humana, pequeña, con los dedos abiertos hacia el fondo, como si su dueño hubiera bajado hasta aquí señalando algo, o pidiéndolo.

Nadie deja una mano así por accidente. Itzel apartó los ojos.

No a todos los que bajaron a estas bocas los dejaron volver a subir.

A dieciséis metros, la garganta se abría en una cámara, y en la pared del fondo estaba la última hoja.

Sol se ancló, dirigió los dos focos a la piedra, y —Itzel lo vio, y el corazón le dio un golpe— llevó la mano al bolsillo de la cámara.

Itzel se movió primero. Se interpuso, despacio, con el cuerpo, entre la lente de Sol y la pared, fingiendo que se acomodaba para leer, y con la mano izquierda —la que temblaba— hizo la seña de espera, y luego, señalándose los ojos y luego la pared, la seña de yo leo, sólo yo.

Un gesto que cualquier buza entendería como no me tapes la luz.

Y que Sol, si era Sol de verdad, entendería como lo que era: no fotografíes esto.

Los ojos de Sol, detrás de la máscara, se detuvieron en los de Itzel un segundo largo, ilegibles en la penumbra roja.

Luego bajó la mano. Dejó la cámara en su bolsillo.

Ajustó los focos a la pared y se quedó quieta, dándole la luz, dándole el sitio, como siempre.

Obedeciendo. O concediendo. O guardándose, ella también, la sospecha de por qué Itzel no quería testigos de esta pared y no de las otras.

Dos mujeres, a dieciséis metros bajo tierra, en el frío y el negro, cuidándose la vida y desconfiando la una de la otra con una ternura insoportable. Itzel apartó los ojos de su amiga y los puso en la piedra, y leyó lo que había cruzado un país y bajado a una garganta de agua negra a leer.

Tú que lees el sur, por fin. Callaste tu nombre, bajaste como huésped, te mordiste la palabra.

Sobreviviste a las tres bocas. Ahora oye la cuarta, que no es para sobrevivir a la puerta sino para acabar con ella, y que sólo sirve a una sangre, la que ata y desata, y creo, hija, creo por cómo has llegado hasta aquí, que eres tú.

La tercera manera es ésta: las cuatro llaves, en las cuatro esquinas del pozo de abajo, la noche del cruce, cuando la serpiente baja.

No leídas hacia adelante, que eso abre. No dejadas en silencio, que eso sólo cierra y lo cerrado se abre.

Leídas hacia atrás, desdichas, sílaba tras sílaba invertida, para desatar el nudo que ataron nuestros abuelos y devolver el poder de las piedras a la piedra muda, de modo que jamás vuelva a haber puerta.

Yo lo hice una vez, a medias, para cerrar, y me costó la mano y la mitad del sueño de mi vida.

Hacerlo entero, para deshacer, cuesta más.

No te digo aquí cuánto. No porque no lo sepa: porque si te lo dijera ahora, no bajarías, y hace falta que bajes.

El precio no está tallado en esta pared, hija.

Está tallado en ti, y sólo el agua grande te lo va a cobrar, y sólo una vez, y tarde.

Perdóname que te mande sin decírtelo. También a mí me mandaron así.

Itzel leyó la última línea dos veces, con la sangre helada, y en el momento exacto en que su mente, sin permiso, empezó a sonar por dentro la palabra precio para entenderla mejor —no en voz alta, no podía, pero el pensamiento en su cabeza tomó forma de sílabas, cobró volumen, casi se dijo—, el agua de la cámara se cerró sobre ella como un puño.

No hubo escalera esta vez, la del pozol y el oriente; no hubo sólo el agua aquietándose a mirar, como en el norte.

Hubo peor: hubo bienvenida. La quietud del agua se volvió, de golpe, cálida —cálida a dieciséis metros, cálida como una boca, cálida como la piedra del poniente contra su pecho—, y desde todas partes a la vez, sin escalera y sin rostro porque ya no le hacían falta, algo la reconoció.

La leyó entera, como se lee por fin un texto que llevaba tres bocas deletreándose, y la encontró completa, legible, lista, y se alegró.

Itzel sintió esa alegría ajena entrar en ella como agua tibia por una herida, sintió la tentación más honda de todas, que no era el miedo ni la pena ni el amor: era la pertenencia.

Ya casi. Ya casi eres de las que leen del todo.

Sólo di el precio en voz alta, sólo termina de decir la palabra que ya empezaste, y sabrás lo que soy, y yo sabré lo que eres, y ninguno de los dos volverá a estar solo nunca.

Llevas mil años viniendo. Ah Tok se cansó.

Ven tú a hacerle compañía. Descálzate el nombre y quédate.

Itzel abrió la boca bajo el agua.

No para respirar. Para hablar. Para contestar.

El regulador fue lo único entre ella y la palabra, un pedazo de goma y metal entre su lengua y su condena, y ella empezó, con una calma dulce y horrible, a escupirlo, a soltar la boquilla, a entregar el aire, porque lo que la llamaba era más hondo que el aire y ella llevaba, entendió en esa paz espantosa, toda la vida queriendo pertenecer a algo con esa hambre.

El cabo se tensó de un tirón que le desgarró el arnés bajo el brazo.

Sol. Sol tirando del cabo con las dos manos y todo su cuerpo, arrancándola de la pared, metiéndole de un manotazo el regulador de vuelta en la boca, apretándoselo contra la cara con la palma, la máscara de Sol pegada a la suya, los ojos de Sol enormes, aterrados, gritando sin sonido a través de dos vidrios y del agua negra: ¡NO!

¡Conmigo! ¡RESPIRA! ¡Estás conmigo! Y pateando hacia arriba, jalándola por el cabo, sacándola de la cámara tibia hacia el frío otra vez, hacia la garganta, hacia el negro, subiéndola metro a metro con la fuerza de alguien que se niega, que se niega con toda el alma, a perder a otra persona en el agua.

Subieron demasiado rápido para lo hondo que habían estado; Sol lo sabía y aun así lo hizo, cambiando el riesgo de la deco por el riesgo de perderla, apostando el nitrógeno contra la muerte segura de una mujer que soltaba el aire a dieciséis metros con los ojos en paz.

Hicieron una sola parada, corta, la mínima, con Sol abrazándola contra la pared de la garganta, tomándole la cara con las dos manos, obligándola a mirarla, obligándola a respirar, contando con los dedos contra su mejilla los segundos que tenían que esperar.

Y en esos segundos, con la cabeza volviéndole poco a poco del lugar tibio, Itzel miró los ojos de su mejor amiga a un palmo de los suyos, llenos de un terror que ninguna traición del mundo sabe fingir, y pensó, con lo último que le quedaba de la niebla: no puede ser ella.

Nadie que te venda te saca así del agua.

Nadie. Y enseguida, fría, exacta, la otra voz, la de siempre: o nadie te vende mejor que quien de verdad te quiere.

Salieron a la superficie del sur bajo un cielo lleno de estrellas, y Sol la arrastró a la playa de piedra y la tumbó y le arrancó la máscara y se derrumbó sobre ella llorando, temblando, golpeándole el pecho con el puño flojo entre sollozos — me juraste, cabrona, me juraste que ibas a subir, ¿qué es esto, Itzel, qué es esto en lo que nos metiste?

, ¿qué había en esa pared que casi te mata por leerla?

— y don Fabián, arriba, en el borde, se puso de pie despacio con la piedra apretada contra el pecho y la cara gris, porque él sí sabía qué había en esa pared, y sabía que Itzel ya lo había leído, y sabía que el agua ya la había reconocido, y que a partir de esta noche la cuenta regresiva ya no era sólo hacia el cruce: era también hacia el precio que una pared se había negado a tallar y que sólo el agua, tarde, una sola vez, iba a cobrar.

Itzel, tirada en la piedra bajo las estrellas, con su amiga llorando sobre ella y la palabra impronunciada todavía ardiéndole en la garganta como un carbón, miró el círculo de cielo por la boca del cenote y supo tres cosas con una claridad terrible.

Que ya tenía las cuatro lecciones. El libro entero de la tierra, leído.

Que para deshacer la cerradura, como quería Rosa, tenía que reunir las cuatro piedras, y tres estaban en Boston.

Y que algo, en el fondo del agua, ya sabía su nombre, y la estaba esperando, con mil años de paciencia, la noche del cruce.

Faltaban tres días.

Don Fabián bajó por fin de su borde a la playa de piedra, se arrodilló junto a ella y, sin una palabra, le devolvió la piedra del poniente, todavía tibia, envuelta en su manta.

Itzel la tomó con las dos manos y se la apretó contra el pecho —la cuarta llave, la de su abuela, la que había dejado arriba para no dejar que la llamara desde el fondo— y la sintió, apenas, tirar.

Ya no hacia el agua del sur, a sus pies.

Hacia el norte. Hacia el otro lado del mar, donde dormían, en un cajón de Massachusetts, sus tres hermanas.

—Nos vamos al norte —dijo, con la voz rota, mirando el cielo—. Al otro norte. Cruzando el mar. —Y no supo, mientras lo decía, si estaba pensando en voz alta o si le estaba avisando a su enemigo por la boca de su mejor amiga.