Capítulo 1 — La que vuelve #2
Ya lo verás. No «ya lo veremos»: ya lo verás, en singular, como si la evidencia fuera una visita que me estaba guardando.
No le di más vueltas en ese momento. Había una mujer en la cocina recogiendo sus cosas, y oí el ruido que hacía —un bolso que se cierra, una silla que se arrima—, y quise que el primer momento con mi padre no tuviera testigos de más.
Felisa salió al recibidor con el abrigo puesto y el bolso cruzado.
Era una mujer de unos cincuenta y tantos años, menuda, con el pelo recogido y las manos rojas de fregar, y se movía con una ligereza exagerada, ensayada, la ligereza de quien ha aprendido que su presencia se cobra aparte y procura no estorbar ni al salir.
Jon nos presentó con una inclinación de cabeza para cada una.
—Felisa, mi hermana Leire, la de Madrid. Leire, Felisa, que es la que de verdad lleva esta casa.
—Ya está el señor acostado no —dijo Felisa, y se corrigió—: está en la cocina, que no ha querido subir. Ha merendado bien. La medicación de la noche está en el pastillero, la de la mañana también. Mañana le toca la tabla de ejercicios del brazo, se la he dejado encima de la tele.
Hablaba de mi padre en tercera persona estando él a diez metros, y lo hacía bien informado, con oficio, sin cariño sobrante ni frialdad: una profesional.
Le di las gracias. Me miró un segundo más de lo que dura unas gracias —una mirada de inventario, la que hace la gente que cuida ancianos cuando llega la familia de fuera— y me dijo «hasta mañana, Leire», tutéandome sin permiso y sin que sonara a ofensa, que es una habilidad concreta.
Jon la acompañó a la puerta. Y ahí, en el recibidor, a dos metros de mí, ocurrió la escena que yo no tendría que haber visto y que vi entera porque estaba mirando las manos, que es mi deformación: miro las manos de la gente como otros miran los ojos.
Jon sacó del bolsillo de atrás un sobre blanco, de los de carta, abultado por un lado, y se lo dio a Felisa con la mano baja, sin levantarla del todo, el gesto de quien pasa una cosa debajo de una mesa aunque no haya mesa.
Felisa lo cogió con dos dedos y se lo metió en el bolsillo interior del abrigo sin contarlo, sin mirarlo, con la fluidez de una coreografía repetida.
Nada de eso era raro. La gente paga en efectivo a las asistentas en la mitad de las casas de esta ciudad; lo sabía entonces y lo sé ahora.
Lo que registré —lo que mi cabeza guardó sin preguntarme— fue la precisión del intercambio: ni una palabra, ni una cifra en voz alta, ni un gracias.
Después Felisa se abrochó el abrigo por encima del bolsillo que acababa de cobrar, con los dos dedos otra vez, con esa manera de no hacer ruido ni con los botones.
—Mañana a las nueve —dijo Felisa desde la puerta, para los dos, y la niebla se la tragó antes de que llegara al portón.
Me quedé sola en el recibidor con mi hermano, y mi hermano hizo lo que hacen los hermanos mayores cuando no saben qué hacer con la emoción: señaló la cocina.
—Está ahí dentro. No le hables como a un niño, que se enfada.
Entré.
La cocina de mi casa era la estancia que más había cambiado y la que menos.
Habían cambiado la mesa —la de mi infancia era de formica blanca; esta era de madera maciza, del taller, con las marcas de dos generaciones de cenas— y la campana extractora, y había un pastillero semanal de colores junto a la fruta.
Todo lo demás era el mismo: la lamparilla baja sobre la mesa, la radio antigua encima del frigorífico, la silla de mi padre en la cabecera de la pared, la de debajo de la lámpara, la silla que no usaba nadie más.
En la silla estaba mi padre.
Lo vi de perfil primero, y el perfil era él y no era él: la nariz de siempre, el cráneo con menos pelo, el hombro derecho caído hacia dentro como si alguien hubiera aflojado un tornillo.
Llevaba la bata de invierno por encima del jersey, aunque la casa estaba caliente.
Tenía la mano derecha encima de la mesa, abierta, con la palma hacia abajo, y la tenía puesta de una manera que me partió algo por dentro antes de que yo entendiera qué: la tenía puesta como se deja una maleta en la estación, en el suelo, junto a uno, a la espera.
No la usaba; la aparcaba. La mano izquierda, en cambio, estaba sobre el borde de la mesa, viva, con los dedos moviéndose despacio sobre la madera, como leyéndola.
Me oyó antes de verme. Giró la cabeza con esa economía de movimiento que tienen los que ya no pueden gastar ni un gesto, y me miró.
Hay un momento, en mi trabajo, en que una familia entera contiene la respiración: cuando el paciente ve a alguien a quien no ve hace tiempo y todos miran al paciente para saber si reconoce.
Yo he vivido ese momento cientos de veces desde el lado de fuera, con la carpeta en la mano y las frases preparadas.
Nadie me preparó para vivirlo desde dentro.
Los ojos de mi padre me recorrieron la cara entera —el pelo, los ojos, la boca, otra vez los ojos—, y se le llenaron de una cosa que no era sorpresa y no era alegría y era las dos, y se le arrugó la cara entera hacia un lado, y soltó un sonido.
Un sonido, no una palabra. Las familias se asustan de ese sonido la primera vez; yo sabía lo que era.
Era todo el lenguaje que le quedaba queriendo salir por una puerta demasiado estrecha.
—Hola, aita —dije.
Crucé la cocina despacio. Hay una manera de acercarse a una persona con afasia y la conozco de memoria, la enseño: por delante, a la altura de los ojos, sin prisa, sin hablar hasta que el otro te tiene localizada.
Me agaché delante de su silla, de modo que nuestras caras quedaran al mismo nivel, y le puse la mano en la rodilla.
—Soy Leire. He venido unos días. —Hablaba despacio, con frases cortas, con pausas, sin infantilizar la entonación: la mitad de mi trabajo consiste en enseñar a las familias a no hacer esa voz, la voz de guardería, que es la primera piedra que se le tira a un adulto enfermo—.
No hace falta que digas nada. Tenemos tiempo.
Él levantó la mano izquierda y me la puso en la cara. Los dedos ásperos, fríos, temblorosos. Me tocó la mejilla como se toca una cosa que uno no acaba de creerse, y dijo, o intentó decir, una sílaba que se deshizo a la mitad.
—Le… —Se le quebró la mandíbula. Lo intentó otra vez—. Lei…
—Leire —dije—. Está bien. Ya lo has dicho.
Detrás de mí, en la puerta de la cocina, Jon dijo:
—Le he dejado la libreta encima. A veces escribe. Es más fácil que entenderle el habla.
Había una libreta sobre la mesa, de tapas blandas, con un bolígrafo bic atado al lomo con una goma elástica.
Alguien —Felisa, supe después— había resuelto así el problema de que el bolígrafo se cayera al suelo y mi padre no pudiera recogerlo: una solución de dos céntimos que valía más que la mitad de las cosas que yo había visto recetar.
Mi padre soltó mi cara, buscó el bolígrafo con la mano izquierda, lo agarró mal, lo reagarró, y abrió la libreta con el borde de la mano, con una destreza de tres meses de práctica.
Escribió. La mano le temblaba entera, no solo los dedos: le temblaba desde el antebrazo, y cada letra le costaba un trayecto.
Yo he visto escribir a decenas de pacientes con la mano que no era la suya.
Es como ver a alguien caminar con la pierna de otro: sale, pero no parece suyo.
Las letras salían grandes y pequeñas dentro de la misma palabra, desniveladas, con trazos que arrancaban fuerte y se apagaban.
Primero salió «Leile», con una ele donde no iba; tachó la palabra entera con tres trazos bruscos, rabiosos, y la rehizo debajo, despacio, letra por letra:
«Leire.»
—Eso —dije—. Exactamente.
Me dolió el pecho de una manera física, concreta, localizable. Él me miró para comprobar que yo había entendido, y luego siguió escribiendo. La segunda palabra fue más rápida, como si la primera hubiera desatascado algo:
«Agua.»
—¿Quieres agua?
Asintió con un movimiento de cabeza entero, sin duda.
Me levanté, le llené un vaso del grifo —el grifo de la cocina de mi infancia, el mismo grifo, con su fugita en la base— y se lo puse en la mano izquierda.
Bebió bien, sin atragantarse, y eso también lo registré: no hay disfagia, o no visible; la deglución es de las primeras cosas que mira una logopeda aunque nadie se lo pida.
Dejó el vaso. Y entonces, en vez de soltar el bolígrafo, volvió a abrir la libreta.
—Aita, no hace falta que…
Me callé. Porque mi padre había empezado a escribir otra vez, y esta vez era distinto.
Las dos primeras notas habían sido trabajo: letras que salían a empujones.
Esta vez la mano iba más lenta todavía, pero no por torpeza.
Iba lenta como va la gente por el hielo.
La punta del bolígrafo hacía una pausa antes de cada palabra, una pausa que no era de búsqueda —los pacientes que buscan la palabra hacen otra pausa, yo sé distinguirlas— sino de decisión.
Como quien mide una frase antes de soltarla.
Escribió: «A tu madre». Se detuvo. La mano le tembló con más fuerza, las letras se desordenaron en tamaño, una eme que parecía una ene, una ele que casi se desmonta.
Siguió: «también le dijeron». Otra parada.
Jon se había acercado a la mesa por detrás de mí; sentí su presencia como se siente una sombra, sin mirar.
Mi padre no levantó la vista. Apretó el bolígrafo y acabó la frase con las letras ya casi deshechas, el trazo yéndosele hacia abajo al final de la línea, como si se le agotara la mano en la última palabra:
«A tu madre también le dijeron que estaba confusa.»