La que vuelve (Nadie duerme solo 3) Capítulo 1 — La que vuelve
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La que vuelve (Nadie duerme solo 3)

La que vuelve (Nadie duerme solo 3)

Por Marina Loscertales

© inepub.com

Capítulo 1 — La que vuelve

El tren de las cinco entró en Torregil con veinticinco minutos de retraso y la niebla ya montada.

No la niebla decorativa de los folletos, esa que se pone blanca en las fotos del casco antiguo y se quita a la hora del vermut, sino la otra, la de verdad: la que se fabrica en el río durante la noche y por la mañana decide que le gusta el sitio y se queda el día entero, reteniendo la luz como quien retiene una frase antes de soltarla.

Yo llevaba quince años sin verla y la reconocí antes de reconocer la estación, que es decir mucho, porque la estación era lo primero que veía de esta ciudad cuando volvía de los veranos en el caserío de los abuelos, y en teoría tendría que haber sido lo primero ahora.

Bajé al andén con la maleta de ruedas y la mochila, respiré el aire frío que olía a humedad y a vía muerta, y pensé que era un olor que convenía a los regresos: un olor sin bordes. La niebla de Torregil no tapa. Retiene.

Había pedido la excedencia un jueves y la había firmado un viernes.

Excedencia por cuidado de familiar, decía el papel, una figura que yo conocía de sobra porque llevaba años recomendándosela a las familias de mis pacientes con la solvencia de quien no ha tenido que pedirla nunca.

Cuando me tocó a mí, mi jefa firmó sin levantar la vista del ordenador y me dijo que mi plaza estaría ahí cuando volviera, y que llevara pañuelos.

Lo de los pañuelos era una broma vieja del centro: se los decíamos a las familias en la primera sesión, «traiga pañuelos, aquí se llora mucho y no pasa nada».

Que me lo dijeran a mí me hizo más gracia de la que demostré.

La llamada de Jon había llegado nueve días antes, un sábado por la mañana, cuando yo estaba en pijama con el café y la lista de la compra.

Nueve días son pocos para reorganizar una vida; quince años son muchos para una llamada.

Mi hermano no llamaba nunca. Teníamos una relación de dos mensajes al año —el de su cumpleaños y el del mío— que con los años se había ido reduciendo a un acuse de recibo mutuo, dos pulgares hacia arriba en la pantalla, la forma más barata de seguir siendo hermanos.

Aquel sábado vi su nombre en el móvil y supe antes de descolgar que era papá.

No por intuición: por estadística. Un hombre de setenta y cuatro años, una hermana a quinientos kilómetros, un hermano que llama un sábado.

En mi trabajo se aprende a leer las probabilidades antes que las caras.

—Ha sido un ictus —dijo, sin hola—. En junio. Te iba a decir algo, pero no había momento bueno, y luego… bueno. Lo han dado de alta esta mañana. Está en casa desde hoy. El centro de rehabilitación pide un plan de cuidados familiar. Lo piden por escrito, Leire. Y tú estás en Madrid.

Lo dijo así, con esa construcción suya de toda la vida, la de dejar la última frase colgando como una herramienta del borde de la mesa: no la empuja nadie, pero cae.

Y tú estás en Madrid. Quince años de reproche administrados en seis palabras.

Yo le pregunté por el parte —lateralidad, extensión, lenguaje— y él me contestó con el lenguaje de la gente: el lado derecho, el habla, la rehabilitación dos días por semana, una mujer que va a casa entre semana.

A todas mis preguntas clínicas respondió con respuestas domésticas, y recuerdo que pensé que era justo, que era su derecho: él había estado ahí en junio, él había hecho las noches de hospital y las gestiones y el alta. Yo solo tenía las preguntas.

Dije que iría. Lo dije deprisa, casi antes de haberlo decidido, que es como se dicen las cosas que llevaban quince años dichas por dentro.

Hubo un silencio al otro lado que no supe interpretar —en aquel momento lo leí como alivio— y después Jon dijo vale, pues vente, te preparo tu cuarto.

No me preguntó cuándo ni por cuánto tiempo.

Eso también lo registré, sin saber todavía dónde archivarlo: mi hermano no quiso saber cuánto tiempo pensaba quedarme.

Hice el camino desde la estación a pie, aunque la maleta protestaba en los adoquines y un taxi me habría costado seis euros.

Quería llegar andando, por una superstición que no se confiesa: me parecía que si entraba en la ciudad por mis propios pies la ciudad me debería menos explicaciones.

La calle de la Estación empieza donde termina el edificio de la estación, que es una de esas bromas urbanísticas que solo hacen gracia a los que se van: la calle donde crecí se llamaba como el sitio por donde la gente se marchaba.

Tiene ochocientos metros, dos curvas suaves y una pendiente que de niña me parecía una montaña.

Las casas son de principios del siglo veinte, de tres plantas, con miradores de madera, y a aquella hora —las siete y media, ya de noche, la niebla comiéndose las farolas desde arriba— tenían todas las ventanas encendidas menos la nuestra.

La nuestra tenía encendida solo la luz del porche.

Me quedé un momento delante, con la maleta quieta, mirando la fachada como se mira a un paciente antes de saludarlo: pidiéndole permiso con los ojos.

La casa estaba bien. Eso fue lo primero que pensé, y lo pensé con una punzada de algo parecido a la traición: la casa estaba bien cuidada, la madera del mirador pintada de hace poco, la persiana de la cocina subida, el jardincito delantero —tres metros por dos, mi madre lo llamaba «la parcela»— rastrillado y limpio.

Las casas enfermas se notan, igual que las personas enfermas: hay un descuido que empieza en los bordes.

Aquí no había bordes descuidados. Alguien se había ocupado.

Alguien se había ocupado durante quince años, y ese alguien no era yo.

Antes de que tocara el timbre se abrió la puerta.

—Te he visto desde arriba —dijo Jon.

Mi hermano había engordado por el medio y envejecido por los ojos, que es como envejecen los hombres de esta ciudad.

Cuarenta y cinco años, la misma camisa de cuadros de siempre —otra, pero la misma—, las manos de la madera, anchas y con las uñas comidas por el trabajo.

Nos quedamos un segundo en el quicio haciendo la cuenta de los años.

Luego me dio dos besos, secos y rápidos, y me quitó la maleta de la mano con el gesto automático del que lleva cosas toda la vida.

—No te esperaba hasta las ocho —dijo.

—El tren ha llegado antes de lo que decía el panel.

—Pues eso es nuevo —dijo, y no se rio, y yo tampoco.

En el recibidor no me dejó pasar. Me lo cuento a mí misma con cuidado, porque es importante: no fue un bloqueo, no fue teatral; fue una cosa mucho más suave y mucho más eficaz.

Jon se quedó de pie entre la puerta y la escalera, con mi maleta en la mano, y empezó a hablar con la voz ordenada de quien ha ensayado una conversación.

Lo supe porque yo hago lo mismo con las familias: hay un tono para dar malas noticias, un orden para darlas, y el de Jon era demasiado limpio para ser improvisado.

—Te pongo al día antes de que entres, que si no te vas a asustar —dijo—.

El diecinueve de junio, un sábado. Ictus, hemicuerpo derecho.

El habla se le fue casi del todo; ahora dice algunas cosas, palabras sueltas, y escribe con la izquierda, a su manera.

Rehabilitación los martes y los jueves, en el ambulatorio le toca revisión en octubre.

Felisa viene entre semana de nueve a seis, es de confianza, lleva con nosotros desde antes del ictus.

Come de todo, duerme bien, se viste solo con la izquierda si le das tiempo.

Lo entiende todo, ¿eh? Eso dicen los médicos. Que lo entiende todo.

—¿Quién lo dice exactamente? —pregunté—. ¿La neuróloga, la logopeda?

—Los médicos, Leire.

—¿Le han hecho una valoración de lenguaje formal? ¿Hay un informe?

—Habrá informes de todo —dijo—. Yo no me sé los nombres. Yo sé cómo está por las mañanas, que es lo que no se pone en los informes.

Abrí la boca para seguir preguntando y él añadió, sin cambiar el tono, sin subir la voz, colgando la frase del final de la lista como se cuelga una cosa de poca importancia:

—Y desde hace tiempo dice cosas raras. Ya venía mal, Leire. Antes del ictus. Lo del junio fue lo que se veía, pero él ya venía mal de la cabeza desde antes. Te lo digo ahora para que no te choque.

Hubo un momento —lo recuerdo entero, con la niebla a mi espalda y la luz del recibidor encima— en que mi cabeza de profesional y mi cabeza de hija hicieron cosas distintas con esa frase.

La profesional hizo lo que hace siempre: buscar la categoría.

«Cosas raras» no es una categoría. «Venía mal de la cabeza» no es un síndrome, no es un curso clínico, no es nada que se pueda escribir en una historia sin una fecha y un testigo.

La hija hizo otra cosa: tragó. Quince años fuera te convierten en alguien que no tiene derecho a pedir precisiones.

Así que asentí, y Jon interpretó el asentimiento como quien cobra un pagaré, y me dejó pasar.

—¿Qué cosas raras? —pregunté ya dentro, dejando la mochila en el suelo del recibidor. Olía a cera de suelos y a humedad de casa vieja, el mismo olor de siempre con una capa de algo medicinal encima—. Dame un ejemplo.

—Ejemplos… —Jon dejó la maleta junto a la escalera y se rascó la nuca—.

Que le movemos las cosas. Que le cambiamos las citas.

Que eso no es así y lo otro tampoco. Manías de viejo, pero de golpe, ¿sabes?

Un día me dijo que yo le quitaba dinero de la cartera.

Así, tal cual. Yo me reí, qué vas a hacer.

Felisa me dice que no le haga caso, que es normal a esa edad.

—No es normal a esa edad —dije—. Setenta y cuatro no es una edad para perder las cosas. Y la paranoia no es un síntoma de vejez, Jon. Es un síntoma de algo.

—Pues eso te digo —contestó él, imperturbable—. Que de algo será. Ya lo verás.