Capítulo 23
Saffron
V olver a las oficinas de Hawthorne y Hawthorne no me resultó tan horrible como las últimas veces que tuve que venir.
El proyecto estaba a punto de terminarse y tocaba ponerme al día con mi cliente.
Sin duda era extraño ver a Tyler de nuevo, sobre todo después de nuestro encuentro la semana pasada.
En aquel momento no lo percibí así, pero fue el jarro de agua fría que necesitaba.
Entré en la sala de reuniones y comprobé que era la primera en llegar.
Era distinta de aquella en la que hice la presentación: más pequeña e íntima.
Mejor así, porque iba a pedir una ampliación de presupuesto y no quería hacerlo delante de mucha gente por si a Tyler le daba por humillarme para echarse unas risas.
—¡Ah, Saffron!
La puerta se abrió de golpe y Richie entró radiante. Frunció el ceño al mirar alrededor y ver que estaba sola.
—¿Dónde está todo el mundo?
Consultó el reloj.
—¿La reunión no era a las once?
Me encogí de hombros y seguí conectando el portátil al proyector.
—Dímelo tú. A mí me dijeron esa hora.
Se acercó.
—Deja que te ayude.
Se puso a configurar el equipo.
—No sería caballeroso quedarme mirando mientras una mujer hace el trabajo.
—No hace falta, Richie. ¿Qué tal la vida?
—Ya sabes lo que es trabajar para Tyler.
Tyler apenas me había dado problemas desde que volvimos de Italia.
Prácticamente me había dejado trabajar en paz y había aceptado todas las ideas que le enviaba.
Antes era él quien me respondía personalmente por correo electrónico; ahora lo hacía su asistente, con copia a Tyler.
Las aprobaciones llegaban tan rápido que no estaba segura de si leía mis propuestas.
Parecía que mi trabajo ya le daba igual, y estaba convencida de que acabaría pasándome a un arquitecto junior o dejándome trabajar solo con el director del proyecto, pero no lo hizo.
Eso era bueno, ¿no? Trabajar así con él en lugar de que cuestionara constantemente mi criterio era mejor, ¿no? Pues no lo parecía. Me cuesta admitirlo, pero echaba de menos sus pullas. Agh. ¿Hasta qué punto estaba mal de la cabeza?
—¡Listo!
Richie se frotó las manos y pulsó la barra espaciadora de mi portátil para iniciar la presentación, luego se volvió hacia el proyector. La imagen apareció en pantalla. Pasó las diapositivas con el mando y me lo entregó con una sonrisa de oreja a oreja, como si acabara de llevarme a la luna.
—Estupendo, gracias.
Volví a la primera diapositiva.
—¿Por qué le das las gracias?
Tyler entró con Quinn y Matt pisándole los talones. Parecía casi... ¿enfadado? Fulminaba a Richie con la mirada. Sus ojos transmitían una advertencia silenciosa que no supe descifrar, pero Richie la captó perfectamente.
—¡Nada! Solo la estaba ayudando con el... eh.
Richie se puso colorado. Señaló el proyector con un gesto, toda su seguridad esfumada, y se escabulló hasta una silla.
Tyler me dedicó una sonrisa amenazadora.
—Señorita Channing.
Fue a sentarse a la cabecera de la mesa ovalada. El director del proyecto y Matt se sentaron frente a Richie.
—Estábamos en otra reunión. Espero que disculpe nuestra tardanza.
—No pasa nada —dije—. Acabo de llegar.
Se reclinó en la silla y entrelazó los dedos.
—Pero tiempo suficiente para coquetear con mi gente.
Ahí estaba otra vez el capullo de siempre.
—No estaba coqueteando; él me estaba ayudando —dije apretando los dientes—. Y ahora, ¿empezamos la reunión o tienes más acusaciones que lanzarme?
La sala quedó en un silencio sepulcral. Matt agachó la cabeza, dejando claro que no quería meterse en medio. Los otros dos se miraron frunciendo el ceño, desconcertados.
—Tiene la palabra, señorita Channing.
Empecé la presentación repasando lo que habíamos conseguido hasta el momento y el dinero invertido. La nueva asistente que había contratado Malaya había creado una vista de trescientos sesenta grados de una de las habitaciones, lo que facilitaba la explicación.
—Así que, como pueden ver —dije al final de mi presentación—, por eso creo que necesitamos una ampliación de presupuesto si quieren que las suites del ático estén a la altura que exigen.
Recorrí la sala con la mirada. Richie asentía mientras tecleaba en su portátil. Quinn tomaba notas y Matt tenía el bolígrafo en la mano, leyendo atentamente la última diapositiva. El único que me miraba era Tyler. Se frotaba la barbilla, clavándome su mirada de acero.
Esbocé mi mejor sonrisa profesional.
—¿Qué les parece?
Richie alzó la vista.
—Creo que podemos trabajar con eso. No parece una propuesta descabellada. ¿Verdad, Ty?
Al volverse hacia Tyler, enmudeció.
—¿Pueden dejarme a solas con la señorita Channing, por favor?
La orden de Tyler no necesitó repetirse. Todos salieron en fila, dejando atrás portátiles, bolígrafos y cuadernos.
—¿He dicho algo malo?
—No es lo que has dicho, sino lo que has hecho.
Miré de nuevo la diapositiva, intentando averiguar a qué se refería. Todo en este proyecto había sido transparente hasta el momento. Si no informaba a Tyler de algún contratiempo, su segundo al mando era la siguiente persona a la que acudía.
—No te sigo.
—Estabas coqueteando con un hombre casado otra vez.
—Por Dios, otra vez con eso.
Crucé los brazos.
Se levantó y vino hacia mí. No me moví. No iba a conseguir asustarme, que era justo lo que pretendía.
—No está bien.
—Y tú eres un hombre casado que engaña a su mujer. Perdiste la autoridad moral hace mucho.
Esbozó una sonrisa de suficiencia. No sé qué le pasaba hoy, pero estaba más guapo que nunca.
El traje cruzado de raya diplomática combinado con chaleco y corbata granate habría resultado cómicamente anticuado en cualquier otro de su edad, pero él lo lucía como un clásico tiburón de las finanzas de los ochenta.
—¿Estás celosa?
—No más celosa de lo que estás tú.
Su sonrisa se ensanchó, como si acabara de confirmarle algo que llevaba tiempo sospechando.
—¿Por eso saliste corriendo en el maratón la semana pasada?
Dio un paso hacia mí. No me moví.
—Tenía trabajo que hacer, eso es todo. Y además, no quería arruinarle el plan a mi marido infiel.
—Claro. Porque te importa mucho Lauren. ¿Por qué no se lo dijiste entonces, si mi infidelidad, como tú la llamas, es tan inmoral?
—Siento lástima por esa mujer, así de simple. Tiene que salir con alguien tan voluble como tú.
—¿Por qué? Pienso casarme con ella.
Perdí el equilibrio y tuve que agarrarme a la mesa para no caerme. ¿Pensaba casarse? Así que iba en serio con lo de buscar esposa. No parecían una pareja formal la última vez que los vi. Sin embargo, él había declarado ante todo el mundo que ella era su novia. Probablemente iba en serio con ella.
Arqueé una ceja.
—¿Ella lo sabe?
—¿Que quiero casarme con ella? No, pero cumple los requisitos.
—¿Los requisitos?
Entonces recordé su famosa lista. No la amaba. Solo salía con ella porque cumplía los requisitos.
—Ahora sí que siento lástima por ella.
—Actúas como si estuvieras casada conmigo de verdad.
—Tengo suficiente experiencia con nuestro matrimonio para saber que su vida va a ser un infierno —resoplé—. Está saliendo con un infiel.
—¿Ah, sí? Y yo que pensaba que tú y yo nos estábamos divorciando. ¿No estamos en lo que se llama período de separación? La gente sale con otras personas durante la separación.
—Hemos estado separados desde que nos casamos.
—Por eso no entiendo por qué te importa tanto. A menos que, por supuesto —se acercó un paso—, todavía me desees.
Quería apartarlo. Debería haberlo hecho, pero su aroma embriagador me empujó a decir algo que jamás me habría atrevido a decir cinco años atrás.
—¿Por qué nunca me besaste?
La pregunta lo pilló desprevenido.
—¿Qué?
—¿Por qué? ¿Tienes algún problema raro? ¿Les tienes miedo a los labios de las mujeres? ¿Por qué?
Me acerqué hasta que mis labios rozaron su cuello.
Él no me apartó. En cambio, inclinó la cabeza y rozó los labios contra mi cuello, lamiendo y mordiendo como un vampiro a punto de devorar a su presa.
Entonces giré el cuello y posé mis labios sobre los suyos, dándole el beso que siempre había querido darle.
Atrapé sus labios entre los míos y lo besé como había imaginado tantas veces cuando era niña.
Pensé que se resistiría. No lo hizo. Al principio. El cambio de roles lo descolocó tanto que lo único que pudo hacer fue dejarme explorar sus labios, su boca. Mis manos bajaron a su cintura y rozaron la chaqueta mientras se deslizaban por dentro, presionando mi cuerpo contra el suyo.
Fue entonces cuando me apartó.
—¿Qué ha sido eso? —dijo, limpiándose la boca.
—Un beso. Siempre me pregunté a qué sabías. Ahora que lo sé, puedo dejarte en paz.
Palideció y salió de la sala hecho una furia. Tyler se marchó tan bruscamente que sus subordinados se asomaron después de que saliera disparado, lanzándome miradas furtivas.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Richard.
Me encogí de hombros. No podía contarles lo del beso.
—Dijo que me enviaría su decisión por correo electrónico.
Eso pareció tranquilizarlos, pero no me quedé el tiempo suficiente para más preguntas.
Recogí mis cosas rápidamente y me dirigí a la salida.
El sabor del beso aún persistía en mis labios.
No sé qué me impulsó a hacerlo. Quizás fue saber que por fin estaba pasando página, que ya no sería mío nunca más, lo que me hizo querer probar aquello que me había negado todos estos años.
Por muy adulta que fuera, no esperaba que me afectara tanto.
Mis labios aún hormigueaban cuando llegué al vestíbulo, y estaba casi en la puerta cuando un hombre me llamó por mi nombre, deteniéndome en seco.
—El Señor Hawthorne quiere verla —dijo. Su traje negro, camisa blanca y auricular me hicieron suponer que era del equipo de seguridad.
—Tengo otra reunión —dije con una sonrisa radiante y falsa—. Dile que lo llamaré, ¿vale?