Capítulo 18
Saffron
E speré fuera de la oficina de Tyler, temblando.
Me dejó colgada en el vestíbulo mientras me subía por las paredes, muriéndome por saber cuál sería su próximo movimiento.
Intenté llamarlo poco después de que colgara, pero no contestó.
Luego probé con el teléfono de su hermano, pero no había cobertura.
Fuera cual fuera el asunto familiar que estaba tratando, seguía en marcha.
Así que hice lo que tenía que hacer: ir a su oficina.
Su asistente se negó a dejarme pasar, aunque yo había visto que Tyler llevaba mucho tiempo solo.
Durante las dos horas que estuve en aquel vestíbulo, la gente no paraba de entrar y salir de su despacho.
Pero cuando por fin se abrió la puerta y salieron su director financiero y su asesor jurídico tras una larga reunión —Richie me sonrió al pasar, así que quizá no me culpaba—, me colé corriendo antes de que Matt pudiera detenerme.
—¡Tienes que dejarme explicar! No tuve nada que ver con ese artículo.
—¿Te ha dejado entrar Matt? Lo voy a despedir —dijo Tyler, con la ira grabada en el rostro. Tenía el cuerpo en tensión junto a su escritorio, enmarcado por el reluciente horizonte de Nueva York tras los ventanales de suelo a techo.
—¿Es Saffron? —dijo alguien. Busqué con la mirada de dónde venía la voz. De un teléfono. Sebastian. No estaba solo. Estaba hablando con su hermano. Casi me eché atrás, pero era mi oportunidad de suplicarle a alguien que pudiera escucharme.
—¡Yo no fui, Sebastian! ¡Tienes que creerme!
—Entonces, ¿quién fue? —dijo Tyler—. ¡Porque la única persona que podría saber esto está muerta!
—Eh... hola, Saff —dijo Sebastian.
—¿La llamas Saff? —Tyler frunció el ceño.
—¿Por qué? —dijo Sebastian—. ¿Tiene algo de malo?
—No tenía ni idea de que el chantaje era esto. Pensé que tenía que ver con correos o algo así.
—O algo así. —Tyler se pasó las manos por el pelo y golpeó el escritorio con ambas manos—. ¿Tienes idea de lo que has hecho? Mi viaje no habrá servido de nada.
—Eso aún no lo sabemos —dijo Sebastian. Me alegró que fuera la voz de la razón. Quizá no todo estaba perdido.
Tyler se inclinó sobre el escritorio para gritarle a su hermano.
—Massimo no ha contestado a ninguno de mis mensajes ni correos desde que saltó la noticia. Ya sabes cómo es con las normas. No trabajará con nosotros mientras esto penda sobre nuestras cabezas. Y si otra empresa se lo lleva...
—Hay muchos peces en el mar —dijo Sebastian.
—Mira quién fue a hablar. Tú eras el que lo quería a toda costa. «Tiene propiedades inmobiliarias de primera, Tyler». ¿No era eso lo que decías siempre?
—A ver, ¿qué podemos hacer? Si no es capaz de capear un temporal menor como este, tampoco debería trabajar con nosotros.
—Temporal menor. ¿Te estás oyendo? ¿Qué le han hecho a mi hermano? ¿Es por la niña? ¿Es eso?
Sebastian se rio.
—Algo así. Ha sido un infierno, pero es encantadora, así que no me puedo quejar. Podría acortar las vacaciones y venir a echarte una mano.
Tyler negó con la cabeza.
—No hace falta. Ya apagaré el fuego por aquí. Necesitas pasar tiempo con ella.
—¡Eh! ¡Saff puede ayudar! Ya sabes que Massimo es muy familiar. Le encantaría saber que no eres un playboy, sino un hombre casado y decente.
Como si hubiera olvidado que yo estaba allí, Tyler alzó la vista hacia mí, con el ceño fruncido ensombreciendo sus hermosos rasgos.
—Ni de coña. Esto lo causó ella.
—Yo no fui —intervine.
—Pues entonces deja que te ayude.
Tyler volvió a mirarme. Su mirada era más dura y penetrante que antes. Se la sostuve.
—Te llamo luego, Seb —dijo, y colgó.
—Piensa lo que quieras de mí, pero jamás sabotearía a una empresa con la que trabajo.
Eres la tabla de salvación de mi empresa.
Marble Row estaba al borde de la quiebra hasta que aceptaste nuestro contrato.
Y no solo eso: hemos contratado gente. ¿Por qué iba a arriesgar sus puestos de trabajo por una estúpida venganza que ni me va ni me viene? Piénsalo.
Entornó los ojos. Se le tensó la mandíbula. Ese gesto tan suyo. El tiempo pareció ralentizarse. Hasta detenerse en este instante. Y entonces avanzó hacia mí, devorando el espacio entre nosotros hasta cernirse sobre mí.
—Quien hizo esto lo hizo por ti. ¿Conoces a alguien capaz de algo así?
—¿Y a mí en qué me beneficia eso?
—No lo sé. ¿Qué te parece demostrar que puedes usar el material que tienes para hacerme daño cuando te convenga? ¿O usarlo para sacar ventaja en nuestro divorcio? Esto no es todo, y lo sabes. Podrías dejarme en la ruina si quisieras.
Estaba a punto de negarlo, pero opté por otra táctica.
—¿Y si te ayudo? Como sugirió Seb.
—Eso no va a pasar.
—¿Por qué no? Necesitas ayuda.
Se acercó más, acorralándome. ¿Para intimidarme?
¿O era otra cosa...? Se le dilataron las fosas nasales.
Inclinó la cabeza mientras clavaba la mirada en mis labios.
No me había puesto mi habitual pintalabios rojo; había optado por un aspecto más natural y limpio, con un simple brillo de labios.
Parecía casi fascinado. Alcé ligeramente la barbilla.
—Déjame ayudarte —repetí.
Como si saliera de un trance, echó la cabeza hacia atrás y retrocedió varios pasos. Con los brazos en jarras, dijo:
—Está bien. Pero más vale que consigamos el trato, o se acabó para ti.
—Entendido.
◆◆◆
—No puedes ponerte eso —dijo Tyler cuando salí de mi apartamento. Estaba apoyado en su coche, muy elegante con pantalones chinos, camisa azul y mocasines color canela. Las gafas de sol completaban el estilo de multimillonario mimado. Me miré el vestido blanco de tirantes.
—¿Qué tiene de malo?
—Demasiado ajustado y demasiado corto.
—Venga ya. Me llega un poco por debajo de la rodilla.
Se encogió de hombros.
—Si quieres que Massimo crea que somos una pareja decente y feliz, ir vestida como una prostituta de lujo no va a ayudar.
—¿Qué debería ponerme entonces?
Se acercó a mí con paso decidido y me agarró del brazo.
—Tengo que hacerlo todo yo —murmuró mientras me llevaba de vuelta al edificio.
—No está tan mal; estás exagerando.
—Créeme, no exagero. ¿Dónde está el ascensor?
—Vamos por las escaleras —dije, y lo guié hacia el hueco de la escalera.
Pareció dudar un momento, y luego recordó.
Me soltó el brazo y me dejó caminar delante de él.
Sentía su mirada clavada en mi trasero mientras subíamos.
La intensidad aumentaba con cada escalón.
Sí, yo también me estaba arrepintiendo del vestido.
Solo podía imaginar cómo se vería desde atrás.
Podía subir más rápido, quizá de dos en dos, pero no con los tacones anchos que llevaba.
Por suerte, mi apartamento estaba en el segundo piso y llegamos enseguida.
Tyler esperaba detrás de mí mientras abría la puerta.
—¿Siempre te quedas en pisos bajos?
—Tus burlas ya no me afectan como en el instituto —dije.
—Lo preguntaba en serio.
Me siguió adentro, y su mirada recorrió el diminuto estudio. Sabía lo que estaba pensando aunque no dijo nada, y eso me hizo sentir un poco cohibida.
—En realidad no. Pero los prefiero aunque eso signifique tener un apartamento más pequeño.
—No he dicho nada.
—Ando justa de dinero, como puedes ver —añadí, y fui al dormitorio—. ¿Qué haces?
—¿Por qué?
Tyler me había seguido hasta allí.
—La que debería hacer preguntas soy yo. Como por qué estás en mi dormitorio.
—¿Por qué andas tan justa? Te he estado enviando miles de dólares al mes.
Me eché hacia atrás, sorprendida.
—¿Perdona? No he recibido nada de eso. Y aunque lo hubiera recibido, te lo habría devuelto. Seré muchas cosas, pero no estoy desesperada por el dinero de los Hawthorne.
Se cruzó de brazos.
—La historia dice lo contrario. Te he estado enviando pagos mensuales religiosamente. Dinero más que suficiente para que vivas en un sitio mejor que este.
—Tyler, no sé a quién le has estado enviando dinero, pero a mí no. ¿Seguro que no te está estafando un príncipe nigeriano?
Entrecerró los ojos. Luego cambió de actitud, pasó junto a mí y fue hacia el armario.
—Voy a elegir la ropa yo, ya que tú no eres capaz.
Y así, sin más, actuó como si nunca hubiera mencionado el dinero misterioso. Escogió un vestido largo granate con cuello alto y lo tiró sobre la cama.
—Eso es más apropiado.
Luego fue a las chaquetas y sacó una de cuero.
—Con esto, diría que estás lista.
—No pienso ponerme eso. No es mi estilo.
—Me da igual. No vamos a una fiesta. Esto es trabajo. Te pones lo que yo diga o el trato se acabó.
Miró el reloj.
—Tienes cinco minutos. Si tardas más, vuelvo y te visto yo mismo.
Salió del dormitorio con pinta de que cumpliría su amenaza. Imbécil.
Terminé de vestirme en menos de tres minutos, y cuando volví al salón, Tyler estaba de espaldas a mí, mirando el certificado enmarcado que había colgado en la pared.
—Te graduaste con honores —dijo sin mirarme.
—¿Sorprendido de que lo consiguiera?
—Un poco, sí.
—Pues no soy solo piernas y tetas.
Se giró para mirarme.
—¿Eso es una cita textual?
—No lo recuerdas, ¿verdad? El veintiún cumpleaños de tu hermano. Levi, creo. Se lo dijiste a tus amigos cuando uno de ellos preguntó si tenía novio.
Se señaló el pecho.
—¿Yo dije eso?
—Claro que lo olvidaste.
Ladeó la cabeza. —Si lo dije, sería porque intentaba protegerte. ¿No tenías unos dieciséis o diecisiete años entonces?
—Ah, claro. No me estabas insultando; estabas haciéndote el caballero andante.
Hizo una pausa como si quisiera decir algo, pero se contuvo en el último momento. Me recorrió con la mirada y dijo:
—¿Dónde está tu anillo?
Señalé su dedo anular desnudo.
—¿Y el tuyo?
Metió la mano en el bolsillo, sacó una alianza de oro y me la agitó delante de la cara.
—¿De verdad tengo que llevar uno?
—Sería raro que no los lleváramos, ¿no crees? Y peor aún si yo llevo uno y tú no.
—Vale.
Fui a buscar el anillo donde lo había dejado olvidado: la cajita de joyas de mi tocador. Cuando volví con él, me examinó una vez más. Satisfecho, hizo un gesto con la cabeza.
—Servirás. Vámonos.