Capítulo 3
Saffron
M i marido era un hombre difícil de encontrar.
Bueno, pronto sería exmarido si el notificador judicial lograba dar con él.
Según el notificador, Tyler había estado por todo el país y el mundo, lo que complicaba su localización.
Necesitaba este divorcio. Había pasado cinco años en una relación con un marido que jamás se puso en contacto conmigo.
Nunca le importó lo que hiciera con mi vida.
Éramos dos extraños que vivíamos vidas separadas.
Y ahora que mi padre había fallecido, necesitaba empezar de cero, y eso comenzaba por deshacerme de Tyler Hawthorne.
Ya no era la veinteañera insegura que aún sentía algo por Tyler.
Era una mujer adulta con un negocio que, aunque no tan exitoso como me habría gustado, era algo que había construido completamente sola. Sin su ayuda ni la de mi padre.
Malaya entró en la oficina, tiró el bolso sobre su escritorio —frente al mío— y se giró para mirarme con los brazos en jarras.
Aparté a Tyler de mi cabeza. Llevaba su atuendo característico para cazar clientes: una blusa color mandarina oscuro que complementaba su piel marrón claro y una ajustada falda de tubo blanca que le llegaba justo por debajo de las rodillas.
Mi socia solo se ponía ese conjunto cuando intentaba pescar un pez gordo.
Hacía un año que habíamos formalizado nuestro negocio de decoración de interiores.
Malaya y yo empezamos haciendo trabajos por nuestra cuenta mientras estábamos empleadas en una de las prestigiosas empresas de diseño de interiores.
Pero nos llegaba tanto trabajo extra que montar nuestro propio negocio parecía lo más lógico.
Sin embargo, alquilar oficinas parecía habernos traído mala suerte.
Por más que lo intentáramos, nos costaba conseguir clientes que pagaran bien, y las facturas se apilaban literalmente en el escritorio.
En mi escritorio, para ser exactos. Y como para rematar, nuestra asistente, Kayla, abrió la puerta y me entregó la factura de la luz. Suspiré.
—¿Qué es eso? —Malaya señaló con la cabeza la carta que tenía en la mano.
—Vamos a tener que mudarnos a esa oficina de Queens. No creo que podamos seguir pagando los alquileres de Manhattan.
Malaya cruzó los brazos y se apoyó en su escritorio.
—¿Y si te digo que no hace falta?
—Por favor, dime que traes buenas noticias.
—Bueno, noticias tirando a buenas. ¿Recuerdas a ese amigo ingeniero civil de la universidad del que te hablé? Pues al final me puso en contacto con uno de sus colegas arquitectos, y adivina quién acaba de venir de una reunión con Hawthorne y Hawthorne.
—¿Haw-Hawthorne? —Un sudor frío me recorrió la espalda.
Oh, Dios, no. Cualquiera menos esos dos.
Malaya llevaba meses moviéndose para conseguir cinco minutos con Hawthorne y Hawthorne.
La había dejado perseguir esa quimera, convencida de que nunca lo lograría.
Hawthorne y Hawthorne eran grandes y prestigiosos.
Nosotras éramos poca cosa. Menos que poca cosa.
Pero si el miedo se me notaba en la cara, Malaya no pareció darse cuenta.
Se le iluminaron los ojos.
—¡Exacto! Debería habértelo contado, pero Ethan me pilló desprevenida cuando me dijo que uno de los hermanos Hawthorne se uniría a nosotros.
Pensé que iba a reunirme con su otro amigo.
Ya sabes, ese italiano que está construyendo casas por todo Staten Island.
Total, que adivina quién se sienta a comer.
El mismísimo Sebastian Hawthorne. Así que le solté el mismo discurso que tenía preparado para el amigo italiano de Ethan, y pareció impresionado.
Estaba impresionado. ¡Quiere trabajar con nosotras!
—gritó la última frase, dando un salto que sus tacones de siete centímetros no deberían permitir.
Se le borró la sonrisa cuando por fin se fijó en mi cara de espanto—. Bueno, ¿por qué no estás contenta?
—¿Acaso, eh... Hawthorne, Seb...?
—Sebastian. O Seb, como le gusta que le llamen.
—Vale. ¿Te dio alguna garantía de que definitivamente trabajaría con nosotras?
—Mmm. Entiendo lo que dices. Y comprendo que puedas estar un poco recelosa, pero está muy interesado. No firmé ningún trato ni nada, pero lo único que necesita es nuestro portafolio, que le enviaré, y está listo para trabajar con nosotras.
—¿Sebastian Hawthorne?
—¡Eso mismo! No me lo podía creer. Ethan se ha ganado su cita. Menudo contacto.
Malaya rodeó su escritorio, se dejó caer en la silla y abrió el portátil.
—Si conseguimos este trato, tenemos el futuro asegurado.
Y si jugamos bien nuestras cartas, H hice una mueca cuando la máquina se atascó y respiré aliviada cuando la tarjeta fue aceptada.
Probablemente era el último dinero de verdad que quedaba en nuestra cuenta.
Después de que Malaya enviara nuestro portafolio a Sebastian, él había respondido que sí de inmediato.
No me mencionó, cosa que seguro habría hecho dado que estaba casada con su hermano y todo eso.
Seguro que había buscado en Google. Pero quizá no le pareció importante.
Aunque estábamos casados, la última vez que vi a mi marido fue aquella fatídica noche. Vivíamos como si fuéramos solteros.
—¿En qué piensas? —dijo Malaya por encima del bullicio del bar abarrotado, y me sacó de mis pensamientos.
Golpeó la mesa redonda de madera. El cóctel rojo de su vaso estaba casi vacío, mientras que el mío seguía lleno.
Kayla me miraba expectante, con los ojos brillantes por el tercer cóctel. ¿Me habían hecho una pregunta?
Esbocé una sonrisa tensa. —Nada.
—Lleva así desde que anuncié el trato con H&H —le dijo Malaya a Kayla—. No le gusta el trato.
—¡Me encanta el trato! —intervine—. ¡Es lo mejor que nos ha pasado desde... siempre!
—Pero no le caen bien los Hawthorne —volvió a decirle Malaya a Kayla.
—Ooooh. ¿Crees que pasó algo entre ella y uno de los hermanos? —Para ser una asistente que a veces parecía despistada, la morena veinteañera era increíblemente perspicaz.
Malaya asintió. —Creo que nuestra chica salió con uno de ellos y no quiere hablar del tema.
Solté un quejido. —Fui al colegio con ellos.
Malaya y Kayla intercambiaron una mirada cómplice.
—¿Con cuál? —preguntó Malaya.
—Con los dos. Se llevan un año. Conozco mejor a Tyler.
Kayla y Malaya volvieron a mirarse.
—Venga ya —puse los ojos en blanco—. Dejad de miraros así.
—¿Ves? Te dije que los ricos están todos a un grado de separación —le dijo Malaya a Kayla.
—Sabéis que estoy aquí, ¿verdad?
Kayla dio un sorbo a su copa. —Así que fuisteis juntos al colegio...
—Y —suspiré. Sus mentes ya habían ido por derroteros sucios de todos modos, así que bien podía darles carnaza—. Y me gustaba Tyler Hawthorne.
Malaya abrió los ojos como platos.
—Iba varios cursos por delante de mí, y no pasó nada entre nosotros.
—Al menos no en el instituto—. En fin. Le envié una carta.
Una carta de verdad pidiéndole que fuera conmigo al baile de graduación, y me rechazó de la peor manera posible.
—Aquel día volvió a mi mente como si fuera ayer.
La esperanza, el miedo, el valor final para hacerlo y la humillación.
—Venga, no nos dejes con la intriga.
—Así que le escribí una carta. Una carta de amor donde básicamente le decía que me gustaba, y la metí en su taquilla.
Cuando llegó la hora de la asamblea, que se celebraba cada semana, él y sus amigos estaban haciendo una presentación.
Parte de esa presentación consistía en leer cartas de amor que la gente se escribía para pedirse ir al baile.
Era una tradición consagrada en nuestro instituto.
Pero adivinad qué carta acabó mágicamente en el montón.
Kayla soltó un grito ahogado. —¡No! —Se llevó la mano al cuello como una dama sureña exageradamente dramática, y delató por un momento las raíces campesinas que intentaba ocultar a toda costa.
—Su amigo le quitó la carta y la leyó delante de todo el instituto. Y él no lo detuvo ni intentó quitarle importancia. Tuvo el descaro de enfadarse conmigo.
Malaya se llevó la mano al pecho. —Ay, Saff. A lo mejor él también estaba nervioso. Al fin y al cabo, también era un crío.
—Eso habría estado bien si su amigo no le hubiera preguntado si saldría conmigo o no, y él no hubiera respondido: «No me lío con bichos raros patas de palo». Sus palabras exactas, por cierto. Y después de eso, nadie me volvió a llamar Saffron. Fui Patas de Palo hasta que acabé el instituto.
Kayla alargó la mano y cogió la mía. Malaya frunció el ceño. —¿No eras popular en el instituto?
—Me costó años reconstruir mi reputación, pero el mote de Patas de Palo se quedó. Para el último curso, me lo había apropiado como una medalla de honor, pero el dolor de que me lo recordaran seguía en carne viva.
—Joder, no me extraña que odies al tío —dijo Malaya—, pero no es con él con quien vamos a tratar. Trabajaremos con su hermano.
—Sí, pero Tyler es la otra H en H&H —recalcó Kayla—. En algún momento tendremos que tratar con ese creído.
—Cierto. —Malaya dio un sorbo a su copa y se quedó mirando al vacío—. Aunque Seb fue muy amable. Todo un caballero. ¿Será diferente de su hermano, o fue una fachada?
Me encogí de hombros. Nunca presté mucha atención a Sebastian ni a ninguno de los seis hermanos de Tyler.
Solo tenía ojos para él, y después de casarnos, nunca volví a verlo ni a nadie que llevara el apellido Hawthorne.
Incluso cuando era modelo, evité contratos relacionados con la todopoderosa Hawthorne Corp.
Tenían un control absoluto sobre la industria de la moda, y trabajar para ellos te abría todas las puertas, pero aun así los evité como a la peste.
No quería deberles más de lo que ya les debía.
—Pero eso no significa que no podamos trabajar con ellos —añadió Malaya—. Aunque fueran unos capullos en el pasado.
Kayla asintió mientras volvía a sujetar su copa de cóctel.
—Sí. Tampoco es que tengáis elección. Estáis hasta el cuello de deudas.
Malaya resopló.
—¿Cómo que estáis? Tú eres una de las nuestras.
—Que yo sepa, solo soy una empleada. Y aunque sea la empleada número uno, eso no me convierte en socia, ¿o sí? —Se inclinó hacia ellas arqueando las cejas con picardía.
—¿O sí qué? ¿Empleada número uno? —Malaya soltó un bufido—. Querrás decir la única empleada.
—¡Eh! Tened más fe en vuestro negocio. Después de este acuerdo, no pararéis de contratar gente.
—Amén —Malaya alzó su copa. Kayla chocó la suya con entusiasmo contra la de Malaya mientras yo apenas rozaba las de ambas con la mía.
Seguía dándole vueltas a cómo iba a contarles que lo mío con Tyler no acabó ahí.
¿Cómo reaccionarían cuando descubrieran que me casé con él?
Se lo contaré mañana. No tenía sentido aguarles la fiesta ahora.