La puja matrimonial (Multimillonarios Hawthorne)
© inepub.com
Capítulo 1
Saffron
E n treinta minutos me subastarán, y todavía no he ideado ningún plan para librarme de un matrimonio con un viejo a dos pasos de la tumba.
He pensado en todo, desde huir del país hasta quitarme la vida.
Lo primero era imposible porque no tengo dinero para vivir escondida.
Y lo segundo no era viable porque, por mucho que mi vida fuera una mierda en este momento, en el fondo me gusta estar viva.
Así que aquí estaba, bebiendo un champán que no tenía por qué estar tan bueno, plantada en un rincón de un salón de baile dorado y blanco de lo más hortera, preguntándome qué viejo iba a ser mi marido.
No era la única en este trance. Muchas mujeres se mezclaban con los viejos ricos.
El salón estaba dividido a partes iguales entre boomers en esmoquin y veinteañeras con vestidos de noche en tonos pastel que parecían sacados de un baile de graduación.
¿O era precisamente esa la intención? Olga, la madame que organiza estas subastas matrimoniales, no me había dejado elegir, y supongo que a las demás tampoco.
Mi vestido lavanda, con su escote pronunciado y la tela casi transparente, sobre todo bajo aquella iluminación tan intensa, me hacía parecer más joven de mis veinticinco años.
Sumado al maquillaje que me había hecho la maquilladora del evento antes de entrar, parecía una cría de diecisiete años.
Me quedé horrorizada cuando me vi en el espejo. Qué asco.
La única mujer que no llevaba un vestido de estilo juvenil era Olga, que se deslizaba por la sala con un vestido azul medianoche que exhibía su generoso escote.
Lucía sus carillas demasiado blancas mientras hablaba con uno de sus clientes, un hombre que estaba segura de que era socio de mi padre.
¿Cómo podía vivir consigo misma?, me preguntaba.
Organizando lo que no era más que prostitución forzada.
Olga no parecía tener remordimientos mientras se reía de lo que seguro era un chiste insulso, dándole palmaditas en el brazo al hombre mientras su frente intentaba en vano arrugarse bajo todo el bótox que le hinchaba la cara.
Nuestras miradas se cruzaron y, unos segundos después, dejó al hombre y se dirigió hacia la fuente de champán junto a mí. Genial. Esperaba que solo fuera a por una copa, pero su mirada se clavó en mí mientras contoneaba las caderas y sus rizos negros rebotaban a cada paso.
—Saffron —dijo con un marcado acento del Este de Europa, arrastrando las letras «ff» y «r» de mi nombre. Su tono grave y su forma pausada de hablar eran justo lo que una esperaría de una madame de burdel—. ¿Por qué estás sola? Deberías estar alternando.
Le dediqué una sonrisa tensa.
—Ya he alternado bastante, gracias.
—Hmm... —Olga arqueó las cejas pobladas—.
Tu padre quiere lo mejor para ti, y te prometo que a todos los hombres de aquí los he investigado personalmente —enfatizó la última palabra dándose golpecitos en el pecho— yo misma.
No tienes de qué preocuparte. Echa un vistazo y mira a ver quién te llama la atención.
Solté un bufido.
—Qué bien lo pintas, como si tuviera elección.
Olga ladeó la cabeza.
—Puede que no lo parezca, pero créeme, si consigues gustarle a un hombre, puedes decidir tu destino con la misma facilidad.
—¿Desde cuándo el ganado tiene voz y voto en una subasta? Es la primera noticia que tengo.
—Saffron. No eres ganado. Y esto no es un rancho de Texas. La mayoría de las mujeres consiguen un solo postor, porque todos aquí ya han acordado a quién quieren antes de que empiece la subasta.
—¿Eso es lo que les dices a todas? —señalé el salón con la copa.
Ahora le tocó a ella sonreír con suficiencia.
—Todas estas mujeres me suplicaron que las dejara venir.
Habrían vendido un riñón de haber podido.
Si te quedas pegada a la pared y te vuelves invisible, podrías acabar con alguien que no te guste.
Eres modelo. ¿No se os da bien luciros? No querrás ser la única que salga de aquí sin marido, ¿verdad?
Le dediqué mi mejor sonrisa falsa.
—Lo intentaré.
No se dejó engañar. Olga me dio una palmadita en el hombro y volvió contoneándose entre la multitud.
Di otro trago de champán para armarme de valor.
La cosecha de posibles maridos no estaba tan mal si no te importaban los viejos babosos.
Algunos no llegaban a los cincuenta y no parecían tener un pie en la tumba.
Uno era incluso, me atrevería a decir, guapo.
Pero no buscaba un hombre joven. Lo que yo quería era un marido viejo y frágil, a ser posible con pocos años por delante.
Y uno había captado mi atención: un hombre jovial al que le encantaba soltar un chiste malo en casi todas las conversaciones que teníamos.
Era mayor que mi padre y tenía una tos persistente que sonaba más a enfermedad crónica que a gripe común.
Con su piel pálida y apergaminada, Dennis tenía una fortuna lo bastante grande como para satisfacer a mi padre, y al menos no se me quedaba mirando las tetas cuando hablábamos.
Me recordaba a mi propio abuelo, tan divertido él, un pensamiento en el que prefería no recrearme, pero el matrimonio con él quizá no fuera tan aburrido.
Había dejado claro que buscaba una compañera para sus últimos años, y por eso era todo un éxito entre la mayoría de las mujeres.
Si él no podía pujar por mí, mis esperanzas estaban puestas en el segundo candidato más probable: un atractivo canoso llamado Larry, que había estado coqueteando conmigo casi toda la velada.
En ese momento, un grupo de mujeres lo rodeaba mientras él intentaba prestarles a todas la misma atención.
Sí, conseguir que se fijara en mí iba a ser difícil.
Él tenía donde elegir, a diferencia de los demás.
¿Quería a alguien como él o a alguien que se muriera y me dejara libre para hacer lo que quisiera unos años después? Con Dennis, eso era probable, pero con Larry, quién sabía cómo era en realidad. ¿Y si tanta amabilidad era solo fachada? Si podía conseguir mujeres tan fácilmente, ¿qué hacía aquí?
Las puertas del salón se abrieron de repente, dejando entrar una corriente de aire fresco y a un hombre que captó mi atención al instante.
Se me escapó un jadeo. La copa se me resbaló de la mano, sobresaltando al camarero que estaba a unos metros y a algunas personas de alrededor.
Pero me dio igual. ¿Qué hacía él aquí? Si Larry no tenía por qué estar aquí, él desde luego que no.
Para empezar, era demasiado joven, y aunque me costara admitirlo, demasiado guapo.
Tyler Hawthorne no pintaba nada en una fiesta tan lamentable como esta.
Lo seguí con la mirada mientras pasaba, con las manos hundidas en los bolsillos del esmoquin, caminando como un rey entre sus súbditos.
Su actitud fría e indiferente hizo que el corazón se me acelerara, como siempre que estaba cerca de él.
Me apoyé en la mesa que tenía al lado y rocé sin querer un par de copas de champán, que cayeron al suelo. Él entra en la habitación y yo me convierto automáticamente en la adolescente torpe que estaba enamorada de él.
En cuanto lo vio, Olga se apresuró hacia él y empezó a hablarle.
Gesticulaba señalando a las mujeres de la sala.
Algunas, al darse cuenta de que había una presa más joven y más guapa, ya le lanzaban miradas hambrientas.
Tyler recorrió la sala con la mirada, con expresión impasible, sin revelar nada.
El corazón me latía con fuerza, rezando para que no me viera.
Nunca me había acomplejado mi altura, salvo contadas excepciones, y esta noche era una de esas raras veces.
Con tacones de diez centímetros, no podía hacerme pequeña por mucho que lo intentara.
Miró hacia donde yo estaba y me agaché para ayudar al camarero, que estaba limpiando el estropicio que había causado.
Pasara lo que pasara, Tyler no podía saber que estaba aquí.
Se reiría si descubriera a qué había quedado reducida.
¿Y qué coño hacía él aquí?
No tuve tiempo de darle muchas vueltas, porque en ese momento sonó un gong y Olga anunció que era hora de que las mujeres abandonaran el salón de baile.
La subasta estaba a punto de comenzar. Todas nos apresuramos hacia lo que yo llamaba los bastidores.
Era otra sala casi tan grande como el salón de baile que los organizadores de Olga habían convertido en camerino y sala de maquillaje.
Como yo estaba más cerca, fui la primera en entrar, pero enseguida el tropel de mujeres irrumpió detrás de mí, todas charlando emocionadas.
—No lo viste —dijo una chica con un marcado acento francés a la que había visto antes en el mundo del modelaje—. Acaba de entrar —les dijo a las otras dos mujeres que la seguían—. Es el hombre que quieres, créeme.
—¿Porque es guapo? —preguntó su amiga.
—Porque es rico. Más rico que todos los de aquí, créeme. Es Tyler Hawthorne. Sí. Ese Hawthorne.
Las otras dos mujeres ahogaron un grito.
Que se lo queden. Preferiría casarme con Dennis y su cáncer antes que con Tyler.
O sea, ¿por qué iba a querer estar con un hombre que pensaba que yo no era más que piernas y tetas?
El día que me lo dijo me vino a la cabeza sin querer.
Estábamos en la fiesta de cumpleaños de su hermano, el veintiuno de Levi.
Yo era una adolescente y me comporté como una tonta intentando llamar su atención, sin conseguirlo. Pero cuando por fin lo logré…