Epílogo
Doce años más tarde…
Rhys
—¡Así se hace, princesa! —gritó Drew a mi lado.
Sonreí, viendo cómo se le caía la baba a mi amigo.
—¡Bravo, Iona! —gritó también Brad, acompañándolo.
Yo estaba sentado en medio de los dos, en las gradas de una pista de hielo. En ella estaba patinando Iona, la hija de Drew, de siete años. Era una artista, no me cabía duda de que llegaría lejos en ese deporte si no lo abandonaba según creciera.
Junto a nosotros, en la misma fila, se encontraban a los lados Santi, César y Carlos.
En unos bancos por debajo de los hombres, estaban sentadas todas las mujeres, empezando por la mía: Zoe, Noa, Lyn, Nerea, Olivia y Tracey, con nuestros hijos, quienes hacía muy poco estaban con nosotros. Iban subiendo y bajando.
—¡Por Dios, Drew! ¡Cállate! —le pidió Noa, su mujer—. Iona te pidió que no la pusieras nerviosa. Hasta su hermana y sus primos se portan mejor que tú.
Los pequeños rieron y se sintieron orgullosos por el halago.
—Aplícate el cuento, hombre —se unió a la petición Lyn, hacia Brad.
Mis amigos soltaron un bufido y el frustrado padre, se cruzó de brazos, resignado de no poder gritar con todo su amor a su hija.
Crucé la mirada con la de Zoe y ella apretó los labios, con diversión. Le hice un guiño, antes de que ambos continuáramos viendo el espectáculo.
Al cabo de dos horas, Iona se hizo con una medalla de plata bien merecida, aunque su padre, mi amigo Drew, protestó porque su pequeña se merecía la de oro. Por suerte, los familiares de la niña ganadora del primer puesto no se encontraban cerca de nosotros.
Toda la familia salimos de la pista de hielo felices por Iona y dispuestos a celebrar un nuevo logro. Daba igual de quién fuera, no perdíamos la oportunidad para celebrarlos todos.
El siguiente lugar al que iríamos sería a la casa de mi padre. Allí comeríamos, junto a él, Sheena, Conor, Morag y Archie. Nos esperaban para llenar la casa de ruido, por todos los que éramos.
Habíamos formado una gran familia.
Todos vivimos en Escocia la mayor parte del año, aunque también pasamos temporadas en España. Los niños iban al colegio en Escocia y los adultos trabajábamos entre las empresas de ambos países.
Zoe y yo hicimos triplete con el número cuatro porque nos casamos a los cuatro años de estar juntos, con Zoe embarazada de cuatro meses de Emily, y al cabo de cuatro años nació nuestro segundo hijo, Izan.
En Escocia tenemos dos residencias: mi casa de Glasgow, la que siempre mantuve y en la que fue donde viví hasta que me lancé a la aventura de viajar a España para presentarme al proceso de selección, y la casa que compramos en Stirling, para estar más cerca de la empresa.
En España vivíamos en un edificio de lujo propiedad de mi padre.
Sí, por si lo habéis pensado, todos nuestros amigos son nuestros vecinos allí. Estábamos bien juntitos.
La empresa de mi padre, SISR (Scottish Innovation and Scientific Research), hoy día continúa siendo un gran referente en el área de la ciencia.
Mi padre la llevó a lo más alto y dentro de poco sería yo el que tendría que continuar con su legado, tomando el control de la sede central y de todas las delegaciones de otros países.
Como dije una vez, no tenía claro lo que sucedería en un futuro. Y aquí estaba, dispuesto a encargarme de lo que tanto tiempo me negué a asumir. Eso sí, sustituiría a mi padre, pero nada ni nadie me quitaría mi laboratorio y mi pasión por ser científico. Esa parte de mí era inamovible.
Sobre Rita y su locura, solo os diré que Cameron, mi amigo inspector, consiguió sacarle toda la información necesaria para hacerla pagar por todo el daño que hizo.
Hoy día sabemos que ya no está en Escocia y que te tiene prohibido viajar a este país.
Regresó a España, donde debe permanecer unos cuantos años más bajo vigilancia. Así lo ordenó el juez en su día.
Ahora, después de lo malo, voy directamente a lo bueno. Entro a hablar de nuestros seres queridos, de nuestra gran familia, tanto de sangre como de corazón.
Comienzo por mi padre y por Sheena. Puedo decir con orgullo que, al final, la historia de amor de ambos, la que dejaron pasar durante tanto tiempo, consiguió avanzar cuando mi padre tomó la decisión de ser feliz.
Y eso sucedió gracias a Zoe, porque mi mujer no solo se lo pidió, tal como quería mi padre, aunque eso lo dijera él en broma.
Zoe no se conformó con poco, sino que, después de la petición que le hizo a mi padre para que fuera realmente feliz con todo, le dijo también unas palabras totalmente inesperadas que hicieron recapacitar mucho a mi padre.
Zoe sabía que Sheena también estaba enamorada de mi padre y jugó muy bien sus cartas, para darle a él el empujón que hasta entonces no se había atrevido a dar por él mismo.
Sheena y él llevan años juntos y son muy felices, por fin se sienten completos el uno junto al otro.
Por cierto, mi padre también aprendió a delegar y a liberarse de tantas cargas, lo que fue muy beneficioso para su salud, sobre todo, para la mental.
Sobre mis suegros, Miranda y Pedro, solo puedo decir que me llevo genial con ellos.
Desde que los conocí fue así y me acogieron como un hijo más.
Son dos personas maravillosas que viajan mucho a Escocia en las temporadas que pasamos en el país.
Sus nietos los adoran y ellos son unos orgullosos abuelos.
Conor, Morag y Archie continúan inseparables de mi padre y desde hace años, de todos los demás.
Se convirtieron en parte de la familia de nuestros amigos y estaban incluidos en todo lo que hacíamos.
El primer día que llevé a Zoe a la casa de mi padre, el momento de la presentación de Morag y Archie fue muy emotivo y precioso.
Mi amigo Cameron, el inspector de policía, se casó años atrás con Mariam.
El amor comenzó entre ellos como de película, porque la primera vez que se vieron, él tuvo que rescatarla.
El flechazo fue mutuo y directo a la diana, porque desde entonces se volvieron inseparables.
Tienen dos hijos, Luca y James. Desde hace un año viven en Edimburgo, ya que a él lo trasladaron por dos años.
Lyn y Brad continuaron muy poco a poco, pero con pasos seguros. No fue hasta varios meses después que nos dijeron que estaban juntos, a pesar de que todos lo sabíamos de sobra. Están casados y tienen una hija, Kenzie.
Después estaban Noa y Drew, los padres de Iona, la patinadora.
Su otra hija se llama Ava y es dos años más pequeña que Iona.
Es evidente cómo fue la historia que iniciaron Drew y Noa.
Mi amigo se pasó largas temporadas en España, al principio, ya que podía desplazarse donde fuera y podía continuar trabajando desde su ordenador.
Al final, con el paso del tiempo, Noa decidió dejar España porque le faltaban muchas cosas que ya no estaban allí.
Mi padre le consiguió un trabajo en la empresa, incluso superando el puesto que dejó.
Otra pareja que se formó de la aventura que iniciamos al viajar a Escocia fue la de Nerea y Santi.
La relación de ambos también estuvo cantada, por sus tiras y aflojas y por sus piques continuos.
Tanto les gustó buscarse que terminaron encontrándose.
Tal cual. Tienen una relación preciosa y muy estable.
Están casados y tienen tres hijos, Ewan, Ian y Duncan.
Carlos, el amigo de Zoe, Noa y Lyn, se enamoró de una escocesa uno de los tantos veranos que pasaba con nosotros los primeros años que él todavía vivía en España.
Ella se llama Tracey, es profesora en la Universidad de Stirling.
Él, como es lógico, porque se mudó a Escocia, dejó su trabajo de camarero.
En Stirling encontró algo parecido, pero siendo él el dueño.
Abrió en el centro de la ciudad un café restaurante que tuvo mucho éxito desde su apertura.
Tienen dos hijos, Callum y Jack. Carlos no ha vuelto a saber nada más de su padre, más allá de que lo metieron en la cárcel.
Y, por último, pero no menos importante, estaba otra pareja que he dejado para el final porque puede que os pille de sorpresa.
Estoy hablando de César y Olivia. Sí, la misma Olivia que me perseguía a todas partes, en cuanto me veía.
Las cosas de la vida, que nunca sabemos por dónde saldrán…
El tema fue que, después de mi conversación con mi padre y de mi posterior petición de que alejara a Olivia de Zoe y de mí, mi padre habló muy seriamente con Olivia y le puso sobre la mesa cómo de complicada estaba la situación.
No fue un momento fácil para mi padre porque ver llorar a alguien, siendo él el culpable de ello, cuesta digerirlo.
Eso fue lo que pasó. Olivia lloró, pero pareció reaccionar, como si en su cerebro algo hiciera clic.
Le pidió a mi padre tiempo y le prometió que, si podía alejarse por unos meses, ella volvería con fuerzas y recuperada.
Mi padre aceptó, primero por el que fue su mejor amigo, el padre de Olivia, y después por ella, porque vio sinceridad en sus palabras y su mirada.
Así fue como Olivia desapareció casi un año y cuando regresó a la empresa de Escocia, porque tampoco volvió a España, lo hizo totalmente diferente a como se fue.
Debo reconocer que me sorprendió, incluso que me pidiera perdón personalmente.
No pude hacer otra cosa que perdonarla, por supuesto, al igual que hizo Zoe, porque ante ella también se puso delante para disculparse.
La sorpresa nos la llevamos, y bien grande, cuando vimos el primer indicio de tonteo entre Olivia y César.
Ese fue el comienzo y el final solo lo escribirán ellos.
Están casados y tienen dos hijos, Millie y Andrew.
La vida da unos giros impresionantes. Y yo que, cuando me fui de Escocia para buscar el futuro de mis sueños, pensé que dejaba mi hogar…
No pude estar más equivocado. Mi hogar es donde me siento como en casa y eso solo lo consigue una persona: Zoe.
Ella es mi hogar, uno cálido, atrevido, divertido, retador, cariñoso y apasionado. La mujer de mi vida.
Por cierto, antes de irme queda algo sin aclarar.
¿Os acordáis cuando a Zoe le negaron cortarse el pelo en la peluquería que entró lanzada, para hacerse un gran cambio?
Pues el culpable de que eso sucediera fui yo.
¿Qué puedo decir? Estoy enamorado desde siempre de su melena y no iba a consentir que se la cortara.
Al menos, no en aquel momento que no estaba del todo bien, por lo que después podía arrepentirse.
Fui a todas las peluquerías de la ciudad dando los mismos datos, para que en ninguna de ellas le cortaran el pelo.
¿Cualquier otra cosa? No había problema.
Os hubiera encantado saber cuál fue la reacción de mi mujer cuando se lo conté dando un paseo, al pasar por delante de dicha peluquería.
Pero no me arrepiento, mereció completamente la pena.