SAMANTHA
En cuanto lo meto en mi boca, el gemido más sexy que he oído en mi vida escapa de sus labios. Su mano se enreda en mi pelo, atrayéndome hacia él mientras embiste suavemente. Su cabeza cae hacia atrás contra la nevera.
Cuando alzo la vista, veo su mandíbula tensarse y su nuez moverse.
—Joder —escapa de sus labios, lo que solo me hace esforzarme más.
Sus músculos empiezan a tensarse—. Para, Sammy —ordena, pero no le hago caso.
Todavía no he tenido suficiente. Él tampoco.
Otro gemido se le escapa y su mano se tensa en mi pelo, tirando ligeramente, pero de esa forma que solo me hace desearlo más.
No cierra los ojos mientras se derrama en mi boca para que me lo trague. Mantiene nuestra conexión, como si verme de rodillas con su polla en la boca intensificara su placer. Embiste tres veces y me trago hasta la última gota.
Me aparto de él y me limpio la boca mientras me pone de pie tirándome del pelo.
Me mantiene a poca distancia, observando mis ojos llorosos y mis labios hinchados antes de atraerme hacia él y capturar mi boca con la suya.
Me pega tanto a él que mi cuerpo se funde con el suyo, y nunca en mi vida me he sentido tan bien.
Sus dedos se enredan en mi pelo mientras su brazo izquierdo me rodea la cintura.
Con un movimiento rápido, me levanta y mis piernas se enroscan en torno a él.
Empieza a llevarme por su apartamento y estoy tan perdida en él que no noto nada a mi alrededor hasta que caemos sobre su cama.
Me deja caer de espaldas mientras él permanece de pie.
—Quítatelo todo —ordena, descalzándose para poder sacarse los pantalones y los bóxers.
Lo único que llevo puesto son las bragas y los zapatos, así que me descalzo rápidamente antes de levantar las caderas y deslizar las bragas por las piernas.
Las bajo hasta los tobillos antes de que él se incline y me las arranque, tirándolas al suelo.
Ahora que ambos estamos completamente desnudos, apoya la rodilla en la cama y gatea hasta colocarse entre mis piernas. Deposita un beso en la cara interna de mi rodilla.
—No tienes ni idea de cuánto he pensado en lo bien que sabes —besa más arriba en mi muslo—.
He soñado con tenerte otra vez, con saborearte, con hundirme tan profundo en ti que grites mi nombre —besa más arriba, casi donde lo necesito.
Podría llegar ya, pero no lo hace. Es un maestro en provocarme, en hacerme suplicar.
Pasa a la otra rodilla y empieza su tortura de nuevo—.
No he podido sacarte de mi cabeza desde aquella noche —besa más arriba.
Justo antes de llegar donde lo necesito, se aparta y dejo escapar un gemido lastimero.
Sonríe con suficiencia—. ¿Alguien se está impacientando?
—desliza la mano entre mis piernas y hunde un dedo ligeramente.
Luego lo retira y lo frota entre mis pliegues y sobre mi clítoris.
—Dom, por favor —suplico mientras mis manos se aferran a la manta—. No me provoques.
—Oh, Sammy... Sabes que me encanta cuando me suplicas, ¿verdad? —presiona de nuevo contra mi clítoris, con los ojos fijos entre mis piernas, mirando cómo me toca.
—Por favor —repito, deseando que disfrute tanto como yo.
Retira la mano y se lame mi excitación del dedo. Cierra los ojos mientras me saborea en su lengua y luego se lanza. Su lengua recorre mis pliegues hasta llegar a mi clítoris, que succiona con avidez.
—Ohhh. Qué jodidamente bien se siente —la espalda se me arquea al instante, despegándose de la cama.
Sus manos se desplazan a mis caderas para sujetarme mientras se aparta ligeramente.
—Veo que sigues siendo igual de agradecida —vuelve a succionar mi clítoris, fustigándolo con la lengua.
Sus manos me aprietan las caderas con fuerza.
Casi parece que me van a salir moratones, pero no hay dolor ni necesidad de pedirle que afloje.
Me encanta cómo me sujeta mientras su boca intenta hacerme volar.
Tengo los ojos cerrados y me retuerzo sin poder evitarlo.
Las rodillas me tiemblan y los dedos de los pies se me curvan, cada músculo tensándose más y más y más hasta que, finalmente, el orgasmo estalla y me recorre como una ola gigante.
El corazón me golpea el pecho y los pulmones se me paralizan, negándome el oxígeno.
Pero da igual. Estoy bastante segura de que ahora mismo no necesito respirar.
Podría morir feliz en este momento.
El orgasmo me recorre el cuerpo con una ferocidad que nunca antes había sentido.
Nada podría compararse jamás. Ningún otro hombre podría compararse.
De repente los pulmones se me desbloquean y aspiro una bocanada de aire mientras el orgasmo remite. Se aparta de mí y se limpia mis fluidos relucientes de los labios y la barbilla.
Todo el cuerpo me pesa, agotado. Como si ya me hubiera exprimido por completo.
No había tenido un orgasmo así desde la noche en que me quitó la virginidad, pero esta vez ha sido aún mejor.
Asciende por mi cuerpo con la polla en la mano.
—No me digas que ya estás cansada —lo observo masturbarse un par de veces. Una gota de líquido preseminal se forma en la punta y esbozo una sonrisa mientras me humedezco los labios.
—No estoy cansada —le digo, incapaz de apartar la vista de cómo se toca. Su polla está dura como una piedra y lista para otra ronda. Es larga, pero tiene el grosor que marca la diferencia.
Me dedica una sonrisa de suficiencia.
—¿Te gusta verme jugar con ella?
No puedo evitar sonreír mientras asiento.
—Quizá me gustaría verte a ti. Enséñame cómo te tocas cuando piensas en nuestra noche juntos —su mano sigue moviéndose lentamente de la punta a la base.
Me muerdo el labio inferior mientras deslizo la mano entre mis piernas.
No tiene sentido meterme los dedos, ya que él ha hecho todo el trabajo previo. Hay lubricación de sobra mientras me froto el clítoris.
Lo observo mientras él me mira, y veo cómo sus ojos se oscurecen y su mandíbula se tensa. Los abdominales se le contraen, igual que los pectorales y los bíceps, como si estuviera conteniéndose.
Cierro los ojos mientras mi mano se mueve más rápido. Dejo escapar un gemido y luego, para rematar, susurro su nombre.
—Oh, Dominick.
De pronto, me aparta la mano de un tirón y me penetra profundamente.
Grito al sentirme tan llena, casi olvidando lo grande que lo siento dentro de mí. Él mueve las caderas.
—Te lo dije: ese anillo te hace mía, y nadie juega con lo que me pertenece.
Su boca se funde con la mía y me besa hasta dejarme sin aire. Sus caderas se mueven como si tuvieran vida propia, a una velocidad vertiginosa.
—Dom —grito, mientras el orgasmo vuelve a crecer dentro de mí—. No pares. Por favor, no pares.
Y entonces, de repente, me arrastra de nuevo.
Todo mi cuerpo arde como si me consumiera desde dentro, y sus embestidas se vuelven aún más poderosas.
Arqueo la espalda, despegándola de la cama, y entonces él deja escapar un gemido mientras se vacía dentro de mí.
Reduce el ritmo hasta detenerse por completo y se aparta de mí, jadeando.
Lo miro y veo cómo su pecho sube y baja. A pesar de lo increíble que ha sido todo, no he tenido suficiente, y no sé cuándo ni si volveremos a hacer esto, así que, en lugar de decir nada, deslizo la mano entre mis piernas. Su cabeza gira bruscamente hacia mí.
—¿Todavía no has tenido suficiente?
—Todavía no —le digo con una sonrisa.
—Eso no puede ser —dice, y se coloca entre mis piernas para lamerme. No parece importarle que acabe de vaciarse dentro de mí. Ahora me limpia con la lengua. Estoy tan sensible que no hace falta mucho. Me estremezco con cada pasada de su lengua.
No sé si él lo sabe, pero así es exactamente como vamos a pasar la noche entera, porque sé por experiencia que, cuando sale el sol, la vergüenza llega con toda su fuerza.
Me despierto por la mañana y, aunque todavía no he abierto los ojos, temo lo que voy a encontrar.
Sé que la culpa probablemente lo está devorando. Al menos así fue la última vez que hicimos esto.
Mi mente regresa a aquel día…
—Oh, joder —prácticamente grita mientras salta de la cama—.
¿Qué mierda hicimos? —pregunta, aunque ya sabe la respuesta.
Mira alrededor de la habitación y luego a mí, y veo el momento exacto en que los recuerdos de anoche lo asaltan.
Tiene una almohada en el regazo para taparse y, en estado de conmoción, la deja caer—.
Nosotros… Te quité la virginidad, ¿verdad?
No puedo evitar sonreír mientras asiento.
Fue la mejor noche de mi vida.
—Joder. Joder, joder, joder. Tu hermano va a matarme —dice mientras se pone los bóxers y se sienta en el borde de la cama.
—No se va a enterar. Nadie lo hará —le digo mientras me incorporo y me deslizo hasta el borde de la cama.
Me mira a los ojos antes de que su mirada baje brevemente a mi pecho, cubierto solo por una sábana—.
Está bien —le prometo—. Los dos somos adultos.
No hicimos nada malo. Yo quería todo lo que pasó anoche.
Y tú… Fuiste perfecto, amable y respetuoso.
Con cada palabra, siento que nos acercamos más y más hasta que nuestros labios se funden. Su lengua se adentra en mi boca y le rodeo el cuello con los brazos. Empiezo a recostarme, tirando de él conmigo. Cede… por un segundo. Demasiado pronto, se aparta.
—No, no podemos volver a hacer esto. Una vez ya fue bastante malo, pero ¿dos veces? Sería restregárselo en la cara —dice mientras agarra el bañador y se lo pone—. Tengo que irme antes de que se den cuenta de que pasé la noche aquí, en esta habitación.
—Ni siquiera está aquí. Se fue anoche, ¿recuerdas?
—Volverá en cualquier momento a verte. Y no pienso dejar que me pillen con las manos en la masa.
Debe de ver el dolor en mi rostro, porque se detiene y se arrodilla junto a la cama.
—Lamento que tenga que ser así, Samantha.
Aaron es mi mejor amigo y lo ha sido desde que tengo memoria.
Anoche fue… bueno, fue la mejor noche de mi vida y desearía que las cosas pudieran ser diferentes —se inclina y me besa en los labios—.
Dios, no sabes cuánto tiempo he deseado esto —dice contra mis labios, y vuelve a besarme.
Esta vez más despacio, con más sentimiento.
Le pongo las manos en las mejillas para retenerlo contra mí todo lo que puedo, pero se aparta mucho antes de que esté lista.
—Por favor, no se lo cuentes nunca a nadie. No podemos arriesgarnos a que se entere.
Asiento.
Siento que las lágrimas amenazan con desbordarme, pero no me permitiré llorar delante de él.
—Tengo que irme, Samantha. Cuídate —se pone de pie, sale de la habitación y me deja sola después de haberme quitado la virginidad.
Me siento estúpida por haberme permitido sentir algo.
Esto es exactamente lo que quería, así que ¿por qué me siento tan vacía, tan perdida, tan… sola?