La Promesa (El Rancho de Birch Creek 2) 28 Donna
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28 Donna

DONNA

Estoy segura de que a Abigail le costó mucho gestionar quien le cuide los niños y ausentarse del trabajo, pero nunca se queja de ello. Ni siquiera lo menciona. Ella sólo aparece, como dijo que lo haría, el día que se supone que debo testificar.

Media hora antes de cuando se supone que debo prestar mi juramento, se sienta a mi lado.

Es el momento justo, porque traen a Charlie al mismo tiempo.

Está vestido con traje y corbata, y tiene mucho mejor aspecto del que yo recordaba.

Su aspecto es así. No es ostentoso ni llamativo, pero es rico, elegante y sorprendentemente cuidado.

Para ser alguien cuyo recuerdo siempre me hace estremecer, su apariencia completamente normal siempre me impresiona.

Sus padres entran justo después y se sientan detrás de él.

—Necesito tomar el aire —Me levanto y prácticamente corro hacia el pasillo.

El Sr. Soco abre mucho los ojos y parece a punto de seguirme. Abigail le cierra el paso, dice unas palabras y sale corriendo detrás de mí.

—¿Le preocupa que cambie de opinión? —le pregunto.

—Sin ti para demostrar esos nuevos documentos, su caso se vendrá abajo —dice—. Claro que está nervioso.

—Es mucho —digo—. Con Charlie ahí, simplemente es mucho.

—¿Porque recuerdas tu tiempo juntos?

Resoplo. —Para nada. Porque sus padres también están allí y son los que me ofrecían mucho dinero para que mantuviera la boca cerrada.

—Tomaste la decisión correcta.

—¿Te parece? —Mi corazón se acelera, y mis manos tiemblan, y pienso en cuántas cosas en mi vida, y en la de Aiden, esa cantidad de dinero podría cambiar—. Pensé que ya había pasado el punto de echarme atrás, pero si necesitan tanto mi testimonio…

—Sobre eso —Abigail se muerde el labio.

—¿Qué?

—Entiendo mucho mejor por qué hiciste lo que hiciste. He estado debatiendo decirte esto, tal vez te ayude.

—¿Qué?

—El acuerdo que firmaste con los padres de Charlie… era ilegal.

Palidezco. ¿Significa eso que podrían procesarme?

—Por eso insistí en que los abogados incluyeran esa cláusula, ¿recuerdas? La que te concede inmunidad, no sólo de malversación, sino de cualquier otro cargo durante el periodo de tiempo especificado.

No tengo ni idea de lo que está diciendo. Me estaban dando tantos papeles para leer que empecé a mirarlos por encima.

—Mira, la cuestión importante es que sus padres nunca tuvieron intención de darte dinero. Siempre planearon engañarte.

—¿Qué?

—Aceptaste que el acuerdo se llevara a cabo después de que hubiera prescrito; para ese entonces, tu posición de ventaja se habría esfumado.

Además, si llevaras ese acuerdo –que estipulaba que harías valer la inmunidad conyugal para ocultar pruebas de irregularidades– a cualquier tribunal de Estados Unidos, nunca lo aceptarían.

Tal promesa es ilegal. Lo que significa que no tendrías ningún recurso en caso de que te engañaran, y te enfrentarías a cargos penales si intentaras demostrar que lo han hecho.

No me lo puedo creer.

—Soy una idiota.

—En absoluto, ellos son monstruosamente turbios.

—¿Pero el intercambio 1031?

—Eso es real —dice Abby—. Pero esa era mi señal de alarma.

Esos intercambios no funcionan cuando cambia el propietario.

La existencia de un contrato inaplicable no les impediría cumplir sus promesas.

La gente hace tratos ilegales todo el tiempo.

Pero la verborrea sobre el 1031, que evidentemente no era una opción en estas circunstancias, me impulsó a investigar todo el asunto: nunca vendieron el complejo de apartamentos, y los ingresos no están en una cuenta de depósito en garantía. Todo eso era mentira.

Una mentira que me creí a pies juntillas. —Me siento como una tonta.

—No deberías. Les hice creer que después de descubrir que habían mentido, tomaste esta acción. Te ven más fuerte que nunca. Pero debes saber que seguramente darán una tremenda batalla durante el proceso de divorcio.

—No puede obligarme a seguir casada.

La cara de Abby es sombría. —Por Aiden.

Un golpe tras otro.

Abigail me entrega un sobre. —Hay una buena noticia —Sonríe—.

Los mentirosos mienten. Es lo que hacen.

En cuanto se dieron cuenta de lo que hacía, el gobierno hizo lo que mejor sabe hacer: congelar tus activos.

Todo, desde las cuentas corrientes hasta los fondos inmobiliarios y de inversión. Hasta el último céntimo está bloqueado.

—Lo tengo muy presente.

—Pero tu marido era demasiado listo como para no tener planes para eso. Sus padres están pagando a su abogado, pude rastrear eso. Sin embargo, cuando busqué bajo el nombre de Aiden, aparecieron varias cuentas.

—¿Qué?

—Como actualmente tienes la custodia exclusiva de Aiden, te sugiero encarecidamente que, en cuanto termine este juicio de hoy, nos dirijamos con rapidez a las sucursales más cercanas de CitiBank y Charles Schwab.

No son millones, pero imagino que setenta mil dólares y pico aligerarán la carga que has estado llevando tú sola.

Prácticamente rompo a llorar y le beso las manos.

—Después de lidiar con el tema penal —dice Abby—, el proceso de divorcio dentro de unas semanas será pan comido —Me da otro papel—. Tengo una lista de abogados muy recomendados por mis amigos para que se ocupen de esa parte.

—No, te quiero a ti —le digo.

—No soy abogada de familia, y no estoy habilitada para actuar en California.

—Puedo pagarte —le digo.

—No es eso. Quiero que tengas la mejor oportunidad del mundo…

—Por favor, quédate conmigo —digo—. Contrataré a uno de ellos también. Pero ¿puedes seguir ayudando?

Ella suspira. —Si eso es lo que quieres.

—Es lo que quiero. Eres mi amuleto de la buena suerte.

Sonríe con pesar, pero me rodea con un brazo y me aprieta. —Todo va a salir bien. De verdad lo creo. Ahora tienes que inspirar y espirar varias veces. Es hora de encerrar a ese terrible imbécil durante mucho tiempo.

Con Abigail a mi lado, todo el proceso no parece tan terrible. Sigo su consejo, inspiro y espiro, y entro en la sala.

No tengo que esperar mucho hasta que empieza el juicio. Supongo que ser el testigo estrella de la acusación tiene sus ventajas: no te dejan esperando. —Me gustaría llamar a Donna Windsor al estrado.

Es todo lo que puedo hacer para no estremecerme ante el uso de Windsor. Empecé a usar mi apellido de soltera nada más volver a casa y ya me he acostumbrado. Antes de que puedan tomarme juramento, Abigail se levanta. —¿Puedo acercarme al estrado?

El juez mira hacia el Sr. Soco. —¿Quién es y por qué está aquí?

—Es la abogada privada del testigo, Abigail Brooks. Usted la admitió pro hac vice ayer.

—Cierto —Hace un gesto con la mano—. Claro, acérquese.

Como ya estoy sentada en el estrado, puedo oír lo que dicen.

—Como las cosas han ido deprisa —dice Abigail—, no he tenido ocasión de proponerle…

—Las cosas llevan estancadas más de un año gracias a la negativa de su cliente a declarar —El juez junta sus dedos, las prominentes arrugas de su rostro se hacen aún más pronunciadas cuando frunce el ceño—. Considere cuidadosamente su petición, abogada.

—Lo he pensado mucho —dice Abby, aparentemente imperturbable—, créame, Señoría. Pero mi cliente ha renunciado a su privilegio conyugal, y ha renunciado a lo que podría haber sido un considerable acuerdo conyugal si hubiera aguantado y esos fondos hubieran sido liberados.

El juez se inclina hacia delante. —¿Está insinuando que hubo algún tipo de trato ilegal entre…

Se me revuelve el estómago. ¿Qué está haciendo?

—En absoluto —Abby parece fría como el cristal—. Pero como sabe, el Estado congeló inmediatamente todos sus bienes conyugales, a la espera de esta acción. Lleva un año viviendo de la caridad de otros, con un niño de cinco años que mantener. No ha sido fácil, y ella no hizo nada malo.

El juez suspira, pero está claramente menos agitado. —¿Qué nos está pidiendo que hagamos?

—Me gustaría que emitiera una orden para descongelar la mitad de los activos y ponerlos en una cuenta de depósito en garantía; ya se le ha concedido inmunidad como parte de su testimonio, pero creo que verá que ha estado actuando de buena fe todo el tiempo.

—Pero gran parte de su testimonio es sobre cosas que ha oído por casualidad —dice el Sr. Soco—. Son rumores, a menos que vayan en contra de los intereses de las partes.

—La reserva de una porción de los ingresos en custodia no cambia si va en contra de los intereses de la parte relevante —dice Abigail—.

Quien habla es la persona contra cuyo interés debe ir el testimonio —Parece que le estuviese enseñando el ABC—.

Vamos, Sr. Soco, seguro que esta petición es razonable.

—Da la sensación de que intenta librarse y sacar provecho de las fechorías de su marido —dice el juez.

—Ninguno de los activos congelados proviene de ningún tipo de malversación —dice Abigail—. Si lo fueran, ya tendría una serie de pruebas y no necesitaríais su testimonio. No, voy a insistir en esto, o ella va a tener que reafirmar su privilegio —Se cruza de brazos.

—La mayor parte de los ingresos está en cuentas de jubilación —dice el Sr. Soco—. En cualquier caso, no es suficiente para marcar una gran diferencia.

—¿Así que la fiscalía no se opone?

—Es una forma peculiar de llegar a un acuerdo —dice el juez—. Esto debería haberse solucionado…

—Como usted ha mencionado, todo fue muy precipitado —dice Abigail—, porque mi cliente decidió que estaba dispuesta a hacer grandes sacrificios personales y correr grandes riesgos para que se hiciera justicia. Si mantiene la boca cerrada, seguro que recibirá su parte.

—Bien —El juez los aparta con la mano.

—No lo quiero —digo.

—¿Cómo dice? —El juez ahora me mira fijamente, con los ojos muy abiertos.

—Sé lo que está haciendo Abby, y se lo agradezco, pero ¿podría poner los fondos de los que habla en custodia para mi hijo? No quiero tener nada que ver con ningún dinero que venga de él —Miro fijamente a Charlie—. Tanto si lo ha ganado mediante un empleo legal como si no, no quiero ni un céntimo.

Abigail se tapa la cara con la mano, pero no discute. El caso es que, ahora que por fin he decidido hacer lo correcto, quiero hacerlo hasta el final. Aceptar cualquier tipo de dinero de mi ex me parece asqueroso, y ya he dejado de querer algo así en mi vida.

El testimonio que presto durante las horas siguientes es duro, incluso penoso, y el interrogatorio, el peor de todos. Pero al final del día, por fin puedo decir que he salido del pozo negro en el que he estado nadando durante años, y es una sensación sin parangón.

—¿Cuándo sabremos si es declarado culpable? —pregunto.

El Sr. Soco, maletín en mano, está claramente impaciente por volver a casa. —Unos días. Tenemos que llamar a más testigos y luego montarán su defensa —Se afloja la corbata—. Le avisaré si, por alguna razón, necesitamos volver a llamarle.

—¿Puedes avisarme en cuanto llegue el veredicto?

Asiente con la cabeza. —Me impresionó tu postura allí… y debo decirte que, de hecho, convencí al demandante en el caso civil para que te retirara de la demanda. Todo lo que obtengas en el proceso de divorcio, para ti o para Aiden, estará exento.

Abigail no es muy habladora en el camino de vuelta a casa, y lo agradezco. —Gracias por traerme.

—Lo has hecho muy bien hoy —dice—. Me has impresionado.

—Dicen que ninguna buena acción queda impune—digo—. Pero hoy, horas después de decir que no quería tener nada que ver con el dinero de Charlie, los demandantes en el juicio civil me han retirado de la demanda.

Sonríe. —Según mi experiencia, el bien que una hace al mundo suele volver.

Me sorprende que esa sea su postura. Por lo que sé, ella nunca ha hecho nada más que el bien, y su marido murió, y Patrick y yo estamos tratando de robar su rancho. —Lo siento mucho —le digo—. Sé que es tarde, pero me equivoqué.

—No estoy enfadada —dice—. Como he dicho antes, enfadarse sólo perjudica a la persona que alberga la ira.

—¿Aprendiste eso como abogada?

Ella sacude la cabeza. —Como madre.

Me queda mucho camino por recorrer antes de estar preparada para dejar ir la ira, pero gracias a ella, me gustaría intentarlo. —Si alguna vez hay algo que pueda hacer para arreglar las cosas para ti, por favor dímelo —le digo—. Lo haré. Te lo prometo.