La Promesa (El Rancho de Birch Creek 2) 5 Abigail
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ABIGAIL

Los novelistas venden libros. Los comerciantes venden sus productos. Amanda vende sus consejos, sus pensamientos y su estilo de vida. Los restauradores venden comida o, si se trata de un lugar elegante, una experiencia.

Como abogada, mi único bien valioso es mi tiempo. Me veo obligada a mantener el control hasta de décimas de hora. A veces parece que vivo mi vida en intervalos de seis minutos.

Revisar y analizar la jurisprudencia relativa a las reclamaciones pendientes de pago: 1.5. Una hora y media que no volveré a ver.

Elaborar borrador de la correspondencia al respecto: 0.2. Doce minutos perdidos.

Investigar el impacto de las infracciones de la Ley federal de reclamaciones por agravios en Unisafe: 2.9. Dos horas y cincuenta y cuatro minutos esfumados.

Y así sucesivamente.

En los últimos meses, la mayoría de esos proyectos se han sucedido entre paseos a caballo, trabajo en el establo o en terrenos del Servicio Forestal y la preparación de la cena.

Hago un hueco para revisar contratos entre bañar a Gabe, leerle cuentos y hablar con Ethan de los planes de futuro.

Envío correos electrónicos a mi jefe mientras medio entre las peleas de los niños y sus primas, enseño a Izzy a cocinar y frego los interminables suelos de madera.

El trabajo de una madre nunca termina del todo. Parece que el de una abogada tampoco.

Probablemente sean gajes del oficio, pero me he pasado la mayor parte del verano contando los días que faltaban para la vuelta a las clases.

En muchos sentidos, el verano es la época más agotadora de todo el año.

Se espera que haga todo mi trabajo y, sin embargo, quiero pasar tiempo con mis hermosos hijos.

Quiero jugar con ellos. Quiero cocinar y hornear y hablar y cantar y bailar.

Pero cuanto más hago esas cosas, más me atraso y menos puedo hacerlas al día siguiente, a la semana y al mes.

Con todas las exigencias de mi tiempo, parece que nunca encuentro un momento para hacer nada de lo que yo quiero hacer.

No veo televisión. No leo libros. Apenas tengo tiempo para lavarme los dientes.

Ni siquiera puedo pensar en el horrible aspecto que deben tener las uñas de mis pies.

A la luz de todo esto, el primer día de clase debería ser un deleite.

Por fin podré disfrutar de un día de silencio, de un día de trabajo ininterrumpido y quizá, si estoy dispuesta a conducir hasta Green River, de una pedicura.

El comienzo de la escuela también marca el inicio de un horario más organizado y predecible, lo que permite que la maniática del control que llevo dentro respire aliviada.

Sin embargo, también es triste.

Otro año ha llegado y se ha ido. Otro verano de tiempo puro y sin planificar que nunca volverá.

Cuando mis hijos eran bebés, contaba los minutos de una manera diferente, cada uno de ellos un aluvión angustioso de pañales, biberones, llantos, siestas, alimentación y baños, y vuelta a empezar.

La idea de que uno de ellos fuera al colegio era emocionante.

¿La idea de que se fueran a la universidad?

El nirvana. Podría tener una casa para mí sola.

Podría bañarme o ir al baño sin que nadie me interrumpiera para preguntarme dónde estaban los bloques o para quejarse de que un hermano le había mordido en la pantorrilla.

Ahora que Ethan podría literalmente irse de mi casa en cualquier momento, ahora que Izzy se acerca a la partida con cada respiración, me entristece de una manera que no puedo expresar con facilidad. Mis hijos, mis queridos pollitos torpes de cabezas enmarañadas, volarán pronto.

A veces me pregunto si la mayor parte de mi miedo proviene de la muerte de Nate.

Al fin y al cabo, cuando imaginaba esta etapa antes, los polluelos desplegando las alas y echando a volar, no estaba sentada sola en este nido. Tenía un compañero, un mejor amigo.

Un amante.

Ahora, cuando se vayan, estaré total y completamente sola.

En cuanto despido a los niños y Ethan, Jeff y Kevin se van a segar otro campo de heno, me pongo manos a la obra. Es la mejor manera de distraerme.

Termino mi memorándum, dos cartas y la petición en un tiempo récord, y luego me quedo mirando la pantalla. Cuando rompo a llorar sin motivo, decido que es hora de una nueva distracción, algo para lo que no he tenido tiempo en meses.

—¿Abby? —La voz de Amanda es suave, casi como si esperara que yo no respondiera—. Cerraste la puerta. ¿Estás… durmiendo una siesta?

Me río a carcajadas.

Hace años que no duermo la siesta. Abro la puerta y ella retrocede un paso. —Oh.

—Voy a correr. ¿Quieres venir conmigo?

Sacude la cabeza lentamente.

—Te he visto correr antes —La miro de arriba abajo—. Estás en muy buena forma. ¿Ya has hecho ejercicio hoy?

—No podrías pagarme para ir a correr contigo.

—Qué mala —Me llevo la mano a la cadera sin pensarlo—. ¿Por qué no podría?

—Me has visto salir a correr. Hay una gran diferencia entre lo que haces tú y lo que hago yo.

—¿Cómo lo sabes? No he salido en todo el verano. Tendré suerte si hago ocho kilómetros.

Se echa a reír. —¿Suerte si haces ocho kilómetros? —Sigue riéndose—. Creo que nunca he recorrido ocho kilómetros.

Parpadeo.

—Corro un kilómetro y medio. Quizá tres. Si me he tomado un Redbull o algo así, puede que camine uno más para llegar a los cinco. Ese es un gran día para mí.

—Oh.

—Te quiero Abby, de verdad, pero si quieres que te siga queriendo, no intentes convencerme de que haga ejercicio contigo. ¿De acuerdo?

Al menos no tiene miedo de decirme lo que piensa. No estoy segura de que siempre haya sido así. —Te veo en un rato.

—¿Ocho kilómetros? —Sacude la cabeza—. No caigas muerta por ahí. O al menos llévate tu teléfono para que puedas llamarme cuando pase.

—¿Cómo podría llamarte si estuviera muerta? —La idea me hace reír de una manera que sólo otra viuda podría entender.

Cuando me voy, me ofrece una sonrisa estilo estamos–tan–destrozadas–que–nadie–más–podría–entendernos.

El sol brilla con fuerza cuando llego a la calle principal, que es una pequeña carretera rural con un arcén casi imperceptible.

En Houston apenas se consideraría una carretera, pero aquí es la vía principal.

¿Debería girar a la izquierda y pasar por lo de Amanda Saddler y subir al cañón?

Es la ruta más pintoresca. Es la mayor elevación y, en consecuencia, será muy beneficiosa para mis muslos.

¿O giro a la derecha y me dirijo hacia el pueblo?

No hay mucho que ver en esa dirección. La carretera es casi llana, casi recta, y los árboles bordean la mayor parte de ella.

Pero Steve está en esa dirección.

Aunque es poco probable que esté en casa.

Me pregunto si me hablaría, incluso si estuviera ahí. Anoche lo evité como una gallina que huye de un halcón. Cada vez que se acercaba, ponía algo entre nosotros. Una ensaladera. Una bolsa de patatas. Un niño pequeño.

Como si alguna vez hubiera alguna duda real de lo que iba a hacer, voy hacia la derecha.

El primer kilómetro siempre es el peor.

Y este no es un primer kilómetro normal de una carrera.

Es mi primer kilómetro desde junio. Es el primero de todos mis kilómetros en Utah.

Es mi primer kilómetro desde que mis hijos dejaron la casa y volvieron a ser pequeños adultos.

Es mi primer kilómetro en un nuevo hogar, un hogar donde Nate ya no está.

Donde ya no hay futuro para un nosotros.

Pero en la mitad de ese primer kilómetro, mi agotamiento se impone, y el pavimento a mis pies se allana y respiro y lo suelto todo.

Bueno, tal vez no todo. Estoy terriblemente fuera de forma. Me vendría muy bien alguna razón para parar y tomarme un pequeño descanso.

—Esta es mi suerte. Ni una sola farola en todo el condado de Daggett —Resoplo.

Me sudan las axilas. Me suda la frente. He sudado hasta el sujetador deportivo y la camiseta, y ahora desearía haberme puesto algo menos voluminoso, como mi camiseta de tirantes con sujetador deportivo integrado. Por supuesto, cuando veo cierta pequeña granja blanca, recupero el aliento.

Podría competir con el mismísimo Flash.

Podría enseñarle a Hermes cómo hacer su trabajo.

Ahora que tengo casi cuarenta años, ese nuevo impulso dura aproximadamente once segundos.

Ah, bueno. Fue agradable mientras duró. De manera decepcionante, Steve no parece estar en casa.

No está cortando el césped sin camisa, como he revivido en mi mente una docena de veces.

No está asando hamburguesas en bañador, algo que nunca he visto.

Ni siquiera está sentado en el columpio del porche completamente vestido, bebiendo una cerveza helada.

Es entonces cuando por fin admito a mí misma que me había hecho ilusiones.

Puede que me esconda bajo las encimeras en una tienda cualquiera.

Puede que lo esté esquivando y bloqueando con cualquier cosa que encuentre cuando quiere acercárseme, pero todo eso es para aparentar.

Es una pose. Por lo visto, puedo echar de menos a Nate, preocuparme por mi futuro y obsesionarme con Steve al mismo tiempo.

Los seres humanos son criaturas interesantes.

La casa de Steve está a unos cinco kilómetros de la mía.

Al parecer, mi desesperada esperanza de que estuviera en casa y me viera pasar trotando con ese conjunto tan estúpidamente mono que elegí con la ayuda de Amanda de su vieja y tonta empresa de artículos deportivos me animó durante los primeros cinco kilómetros.

Pero ahora que he pasado por delante de su casa y no ha pasado nada, empieza a sentirse como una tortura.

De repente soy muy consciente de que cada paso que doy es un paso que tendré que desandar para llegar a casa.

A menos que tenga el valor de llamar a Amanda.

Pero ella se dará cuenta desde donde estoy de lo que esperaba cuando troté hasta aquí. Se reirá, o al menos, le brillarán los ojos. Y tampoco lo dejará pasar pronto.