La promesa de un McLean (Rebeliones en Escocia 2) Capítulo 1
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La promesa de un McLean (Rebeliones en Escocia 2)

La promesa de un McLean (Rebeliones en Escocia 2)

Por Laimie Scott

© inepub.com

Capítulo 1

R egión de Perthshire

James McLean desconocía el tiempo que llevaba huyendo de los soldados ingleses.

Solo pensaba en seguir corriendo para alejarse los más posible del paso de Killiecrankie.

El ejército inglés comandado por el general McKay había organizado batidas por los alrededores en busca de los escoceses que hubiesen quedado vivos después de la batalla.

Había sido una completa carnicería, se dijo rememorando cómo los seguidores de los Estuardo habían cargado contra las tropas inglesas cuesta abajo, guiados por Claverhouse.

Un completo desastre. Eso era lo que había sido el intento de hacer ver al Parlamento de Londres que rechazaban de plano a Guillermo de Orange como nuevo monarca en el palacio de Whitehall.

Algunos clanes se habían mostrado reacios a unirse a las tropas de Claverhouse porque no tenían claro que fuesen a ganar.

Que aquella pequeña rebelión sirviese de algo.

Y, por lo tanto, preferían esperar y ver cómo reinaba el yerno de Jacobo mientras este huía a Francia.

Y ahora Claverhouse estaba muerto y sus seguidores huían hacia las Tierras Altas o a otro escondrijo para salvar sus vidas.

Se detuvo en una zona boscosa para recuperar el resuello.

Recorrió el lugar con la mirada sin saber a ciencia cierta dónde demonios estaba.

Se había alejado tan deprisa del campo de batalla que parecía estar desorientado.

Sin embargo, lo mejor de todo era que había dejado de escuchar voces a su espalda.

Confiaba en encontrar algún sitio donde resguardarse para pasar la noche, aunque le llamaba la atención que, con el tiempo que llevaba corriendo, no hubiese visto ninguna población todavía.

Se sentó sobre unas piedras junto a un arroyo de aguas cristalinas.

Se lavó las manos para desprenderse de la sangre seca de sus enemigos caídos.

Luego cogió agua y bebió, calmando su sed.

Y fue cuando sintió un ligero escozor en el costado izquierdo.

Hasta ese momento no se había percatado de ello, más preocupado por escapar y ponerse a salvo.

Se fijó en que su camisa estaba teñida de color carmesí.

Pensó que era de algún inglés, pero cuando se descubrió el torso jadeó al ver el corte que tenía.

Más le valía cerrarlo lo antes posible o se infectaría y acabaría muerto en medio de la nada.

—Maldita sea...

Sacudió la cabeza desechando cualquier acción sobre la herida.

Ni si quiera la lavaría. Tenía que encontrar a alguien que se la limpiase y se la cerrase.

La cubrió de nuevo y ajustándose el plaid al hombro se puso en pie para continuar su huida.

Levantó la mirada hacia un cielo plomizo, como si este pudiese decirle dónde demonios se encontraba.

—Será mejor seguir.

Fiona se dirigió a recibir a la visita que acababa de presentarse en el castillo.

Días atrás recibieron la noticia de lo sucedido en el paso de Killiecrankie.

Este hecho puso en alerta a los miembros del clan Menzies, que vivían allí.

Estos no se habían unido a la proclama de Claverhouse para combatir el último edicto del Parlamento de Londres, por el cual Guillermo de Orange pasaba a ser el nuevo monarca de las islas, relegando a su suegro Jacobo Estuardo a un exilio forzoso a París.

—¿Quién es la visita, Kittie? —preguntó la joven de cabello oscuro como la pólvora, tez clara y ojos también claros.

—Es un abogado de Perth, señora. Quiere hablar con usted sobre el testamento de su padre —le informó la joven doncella.

Fiona se detuvo en seco. Cogió aire y cerró los ojos unos segundos.

No sabía que su padre hubiese hecho testamento.

¿Por qué no se lo habría contado a ella y a sus hermanos?

Era su legítima heredera al ser la mayor de los tres.

Y, por lo tanto, responsable de la gente del clan que habitaba en el castillo Menzies.

Ella había sido la que había rechazado la petición de Claverhouse, prohibiendo a los hombres jóvenes acudir a la batalla.

Y, al final, un puñado de ellos se había fugado de madrugada desobedeciendo su orden.

—Bien, que pase al salón. Voy de inmediato.

Permaneció a solas un instante mientras se recomponía.

No esperaba esa clase de visita, pero, si había sido el deseo de su padre, tendría que acatarlo.

Un hombre mayor con el pelo blanco rizado la esperaba en el salón observando los cuadros y demás decoración.

Llevaba unas gafas diminutas. Sonrió al verla y le tendió la mano con amabilidad.

—Es usted la señorita Fiona Menzies. No me equivoco, ¿verdad?

—Sí, sí. Lo soy. ¿Y usted es...? —Estaba algo nerviosa por la presencia de aquel hombre—. Por favor, tome asiento. ¿Quiere tomar un té o cualquier otra cosa?

—Me llamo Angus Donaldson. No, gracias; no tengo demasiado tiempo. Seré breve, puesto que tengo que visitar a más clientes.

—Como quiera, señor Donaldson. ¿De qué se trata? Kittie me ha dicho que venía a hablarme del testamento de mi padre. —Fiona entornó la mirada con cautela, no fuese a ser que había entendido mal a la joven.

—Eso es.

—Desconocía que hubiese dejado uno. Nunca me lo dijo. Ni tampoco mi madre. Se supone que el primogénito hereda el clan y las posesiones haciéndose cargo de todo.

—Bueno, pues así es.

—¿Y qué se supone que debo hacer? Como le digo, soy la hermana mayor y señora de este castillo.

—Sí, es cierto. La nombra a usted como su heredera por ser la primogénita. Sin embargo, hay una pequeña condición para no perder el castillo —dijo esgrimiendo un dedo a modo de advertencia—. Por ese motivo he venido. De lo contrario no haría falta.

Fiona movió en el asiento de manera inquieta. No esperaba que su padre le hubiese puesto una condición para seguir viviendo en el castillo. Pero la acataría fuera cual fuese.

—Bien, ¿y cuál es esa condición?

—Aquí dice que usted tendrá que contraer matrimonio en un plazo de tres meses después de la lectura y entrega de la copia del testamento. De lo contrario, su tío Mordacai será el nuevo señor del castillo de Menzies y sus tierras.

Fiona experimentó una sacudida en todo su cuerpo en un primer momento. Luego le siguió un escalofrío recorriendo su espalda en dirección a su nuca, donde se perdió bajo el cabello. Parpadeó en repetidas ocasiones como si no estuviese segura de lo que acababa de escuchar.

—¿Lo dice en serio?

—Aquí lo pone. Léalo usted misma si lo prefiere. Al final del documento. Donde dice: «Cláusula adicional». Usted sabe leer, ¿no es cierto?

Fiona asintió cogiendo el papel y siguió las indicaciones del abogado.

No podía creer que su padre le pusiese esa cláusula para heredar el castillo y las tierras.

¿Cómo se le había ocurrido semejante disparate?

Entregó el documento al señor Donaldson incapaz de decir nada.

Pero ¿con quién se suponía que iba a casarse para no perder el hogar? Ni siquiera tenía un prometido.

—¿Por qué haría algo así mi padre? De sobra sabía que yo no era muy partidaria de... casarme —lo dijo como si le produjese una urticaria.

—Eso mismo me comentó. Pero él pretendía que no se quedase sola. Que su mujer y él así lo habían acordado al ver que usted se mostraba reacia a formar su propia familia. De este modo creía que se lo tomaría en serio.

Fiona jadeó ahogando las carcajadas que aquella situación le producía. No podía dar crédito a las artimañas de sus progenitores.

—De modo que tengo tres meses para casarme... —se repitió en voz baja, como si el abogado no estuviese presente allí.

—En ese tiempo tendré que venir a verificarlo y dejarla como señora del castillo. O bien tendrá que entregárselo a su tío.

—Está bien. Pues nos veremos entonces y podrá ver si tengo un marido o no —le dijo con un tono que reflejaba su malestar por este giro del destino. Parecía que el abogado fuese culpable de aquella encerrona de sus propios padres.

—Entiendo que todo esto le pille por sorpresa y que la moleste. Pero es mi deber hacerlo. Y ahora, si me disculpa, tengo más asuntos que resolver.

—Sí. Lo entiendo.

—Un placer conocerla, señorita Menzies. Si tiene cualquier duda, estaré encantado en resolvérsela. Le dejo anotada mi dirección de Perth —le dijo haciéndole entrega de un papel escrito, que ella cogió sin mirarlo siquiera.

—No puedo decir lo mismo sobre conocerle, porque sin duda no ha sido usted portador de buenas noticias —ironizó viéndolo sonreír de manera tímida ante ese comentario.

Lo acompañó hasta la salida del castillo y lo vio subirse a un modesto carruaje de dos caballos.

De nuevo a solas, abrió los ojos al máximo y resopló pensando en la situación que se le avecinaba.

Debería hacer partícipes de esto a sus hermanos cuanto antes.

La joven Keira Menzies acudió a ver su hermana mayor cuando supo que la visita se había marchado.

La muchacha de cabello cobrizo y ojos verdes encontró a Fiona en el salón mirando por el ventanal con los brazos cruzados.

Atisbó cierta preocupación en su gesto. Tenía el ceño fruncido y los labios apretados.

—¿Qué quería el hombre que preguntaba por ti?

—Es un abogado de Perth. Venía a enseñarme el testamento de nuestros padres.

—¿Y?

—Será mejor llamar a Callum para que los dos sepáis cuál es la situación a la que me enfrento —le dejó claro con un suspiro porque no veía salida alguna a aquel embrollo en el que su padre la había metido a ella y de rebote a sus dos hermanos.

James seguía recorriendo el camino sin saber a dónde iba.

Por lo que creía, la ciudad de Perth no debía estar demasiado lejos.

Pero no veía ninguna señal de esta. Se detuvo cuando el dolor en el costado comenzó a volverse más fuerte y persistente.

Al parecer, lo que él pensaba que era un corte superficial no lo parecía tanto.

—Necesito encontrar un lugar pronto o no estoy seguro de aguantar por más tiempo.