CAPÍTULO 19 #3
Tess reprimió una oleada de dolor antiguo y demasiado familiar.
La presencia inoportuna de Jace resucitaba los recuerdos agonizantes.
Debería haber seguido su primer instinto y haberse mantenido alejada del pueblo hasta que él regresara a Vancouver.
Pero eso habría significado huir de nuevo, y estaba cansada de hacerlo.
—¿Hay algún día que no trabajes? —preguntó Jace.
—El domingo.
—Día de descanso, como solías decirme —dijo él—. Día para ir a la iglesia.
No busques dobles sentidos donde no los hay, se recordó Tess mientras asentía y se alejaba de él. No tienes que justificar tus decisiones ni que ya no vayas a la iglesia tanto como antes.
Comenzó a preparar el capuchino de su madre; el ruido del molinillo ahogó la conversación que esta había entablado con Jace. Preparó la bebida rápidamente y se la entregó en una taza, como a ella le gustaba.
—Supongo que te veré en la reunión de esta noche, ¿verdad, Tess? —dijo Deborah mientras cogía la taza de manos de su hija.
Tess rebuscó frenéticamente en su memoria, tratando de recordar a qué reunión se refería su madre.
—Lo has olvidado, Theresa. ¿Verdad? —El suspiro decepcionado de Deborah hendió el aire—.
¿Después de prometerme que vendrías? Si fueras a la iglesia con regularidad, habrías visto el aviso en el tablón.
—Se volvió hacia Jace—. Te juro que esta chica perdería la cabeza si no la tuviera tan bien pegada al cuello.
—La sonrisa burlona de su madre casi compensaba la reprimenda en su voz. Casi.
—Esta noche es la segunda reunión para la recaudación de fondos del Centro de Asesoramiento en Crisis.
Dijiste que vendrías a la primera y faltaste.
—Deborah rodeó la taza con ambas manos e inclinó la cabeza hacia un lado, inquisitiva.
Ni un solo cabello de su peinado impecable se movió—.
Me debes una. —Su ceja arqueada subrayaba la sencilla afirmación, y Tess recordó lo agradecida que había estado cuando sus padres la ayudaron a mudarse a su nuevo apartamento.
Cuando le dijo a su madre que si alguna vez necesitaba algo, solo tenía que pedírselo.
Eso había sido hacía seis meses, y Tess había dado por hecho que su madre se había tomado la promesa como otra forma de darle las gracias.
Por lo visto, se había equivocado.
—Lo siento. Se me olvidó. —Tess levantó la mano para colocarse un mechón rebelde detrás de la oreja, pero se detuvo, intentando no dar muestras de nerviosismo. Por suerte, Jace se había ido a una mesa, así que ella y su madre podían hablar en privado.
—Puedes recuperar el tiempo perdido. Le pregunté a Dale Andrews, el responsable de la recaudación, si todavía podías participar, y dijo que sí.
—Deborah miró por encima del hombro de Tess y volvió a sonreír al ver aparecer a Claire—.
Ahí estás, Claire. Me preguntaba dónde te habías metido.
¿Podrías ayudarme a convencer a Theresa de que cumpla con sus obligaciones y eche una mano con la recaudación?
—¿Es la del Centro de Crisis? —preguntó Claire. Se echó una toalla al hombro y se ajustó el pañuelo que le sujetaba el pelo oscuro.
—Esa misma.
Claire frunció el ceño y negó con la cabeza.
—Lo siento, Tess. De todas formas, no puedes ir a esa recaudación.
Gracias a Dios. Su querida hermana la estaba sacando del apuro. Sabía que podía contar con Claire para que le cubriera las espaldas frente a su madre.
—¿Por qué no?
—Ese día es el cumpleaños de Tess —explicó Claire.
Deborah arqueó una ceja perfectamente depilada.
—¿Y?
Claire suspiró.
—Iba a hacerle una fiesta. Cumple treinta, ¿recuerdas?
Cierto. Tess prefería no pensar en ese hito inevitable. Aunque agradecía que su hermana hubiera encontrado una excusa para librarla de la recaudación, habría preferido que el motivo fuera cualquier otro: aquello le recordaba en qué punto estaba su vida.
Años atrás, jamás habría imaginado que al cumplir los treinta sería una mujer soltera que iba de trabajo en trabajo, todavía incapaz de sentar cabeza ni con un hombre ni con una profesión.
Su visión de entonces incluía una carrera prometedora como promotora inmobiliaria.
Esa misma visión incluía estar casada con el hombre que ahora estaba sentado en la cafetería de su hermana, tomándose un café mientras repasaba unos papeles esparcidos sobre la mesa.
—Pero yo voy a ir a la recaudación, y tu padre también —protestó su madre—. Seguro que puedes hacerle la fiesta otro día, ¿no?
—Las fiestas de los treinta siempre se celebran el mismo día. Es tradición —dijo Claire, y le lanzó a su hermana una mirada triunfante.
Tess miró de su hermana a su madre mientras el temor se le instalaba en la boca del estómago.
Atrapada entre la espada y la pared. Comprometerse con la recaudación y acabar trabajando con su madre, o comprometerse con la fiesta de cumpleaños y pasarse la noche cara a cara con la cruda realidad de su vida.
¿Quieres seguir leyendo? Claro que sí. Y tengo la solución perfecta para ese dilema.