La Profecía de los Caídos Capítulo 21
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Capítulo 21

A pesar de su semblante imperturbable, Miguel se moría de preocupación por dentro.

Desde el momento en que Lupa y Khata cerraron los ojos para entrar en trance, su cuerpo había permanecido rígido, como un arco tensado al límite.

Cada minuto que pasaba era una eternidad que desgarraba su paciencia y su cordura.

Confiaba en la sabiduría de la druida, sí, pero era la primera vez que Khata cruzaba el umbral hacia el plano espiritual. Un millón de cosas podrían salir mal, y esa idea lo consumía con un miedo que no recordaba haber sentido jamás.

Miguel se obligaba a mantener la calma, a ser el ángel sereno y firme que los demás esperaban ver.

Pero dentro de él, una tormenta rugía con violencia.

Su respiración se volvió pesada, el pulso tembloroso.

Se sentía al borde del abismo, luchando contra el impulso de romper el círculo sagrado y traerla de vuelta a la fuerza, sin importarle las consecuencias.

Tumbadas en el suelo, Lupa y Khata yacían justo sobre un círculo con una estrella de David en el centro, cuyas velas blancas encendidas en cada una de sus seis puntas titilaban suavemente, proyectando sombras que se estiraban y encogían sobre sus rostros.

El silencio se volvió insoportable, hasta que Miguel vio las lágrimas que se escapaban entre las espesas y largas pestañas de la vampira, resbalando por sus mejillas una tras otra.

El corazón del arcángel dio un vuelco. Un dolor sordo le atravesó el pecho, una punzada tan humana que lo dejó sin aliento.

—Por todos los cielos… —murmuró, llevándose las manos al rostro.

Dio un paso atrás, como si el suelo le quemara los pies, y otra oleada de angustia lo sacudió. No podía soportarlo. No podía seguir mirando. Se giró, recorriendo la estancia con pasos nerviosos, hasta que un murmullo rompió la quietud. Las dos mujeres abrieron los ojos con pesadez.

El aire pareció vibrar cuando el vínculo con el otro plano se cortó de golpe. Miguel se volvió con rapidez, su mirada buscando con desesperación la de Khata.

—¿Cómo ha ido? —preguntó Iria, rompiendo el silencio con voz tensa, sin apartar la vista del círculo.

—Creo que bien —respondió Lupa con el aliento entrecortado, mientras soltaba la mano de Khata y se incorporaba con esfuerzo.

Pero Miguel no escuchó el tono de satisfacción en su voz. Solo veía el rostro pálido de Khata, los párpados que temblaban, la debilidad en su respiración.

—¿Qué le ocurre? —exclamó, acercándose con pasos largos y urgentes. Se arrodilló junto a ella, la tomó por los hombros y la llamó con voz baja, pero cargada de pánico—: Khata… mírame, por favor. Respóndeme.

Su silencio fue un puñal.

—Es normal —explicó Lupa con voz cansada y serena—. Es su primera vez, y ha gastado casi toda su energía canalizando la magia necesaria para contactar con sus ancestros. Está exhausta, solo necesita recuperar fuerzas.

Las palabras no bastaron para calmarlo. No podía quedarse quieto, no podía fingir serenidad cuando el temor lo devoraba.

Con un gesto instintivo, Miguel deslizó un brazo bajo su cuerpo y la alzó con una facilidad que contrastaba con la ternura con la que lo hizo.

La sostuvo contra su pecho, protegiéndola como si el simple contacto pudiera devolverle el calor perdido.

Su mirada recorrió a los presentes, encendida, casi feroz.

—Me la llevo a su habitación para que descanse —anunció con una firmeza que no admitía réplica.

Antes de que nadie alcanzara a responder, un halo de luz lo envolvió.

En un parpadeo, ambos desaparecieron, dejando tras de sí el susurro de las velas y el eco de su desesperación suspendido en el aire.

Iria intercambió una mirada con Lupa, quien solo asintió con una mezcla de agotamiento y comprensión.

El resto hizo lo mismo, buscando una respuesta en el rostro de la druida.

—No os preocupéis, los dos estarán bien —dijo la reina, casi en un susurro, observando el lugar donde habían estado—. El destino se encargará de ello.

Miguel apareció en la habitación de Khata, replegó las suaves, blancas y majestuosas alas a su espalda y la depositó con infinita delicadeza sobre la cama, como si temiera que el mínimo roce pudiera quebrarla.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, observándola en silencio. Su piel, normalmente pálida, parecía casi traslúcida bajo la luz de las lámparas. Los labios, entreabiertos, apenas dejaban escapar el aire. Su respiración era tan leve que por un instante creyó que había dejado de hacerlo.

El arcángel se arrodilló junto a ella, la mano temblando en el aire antes de atreverse a tocar su mejilla.

Al sentir el leve calor que aún conservaba, exhaló un suspiro entrecortado, mezcla de alivio y miedo.

Se incorporó con rapidez, dispuesto a aumentar la temperatura del cuarto avivando y añadiendo más leña a las pocas ascuas que todavía retenía la vieja chimenea.

La máscara que había sostenido durante siglos, la compostura celestial, la serenidad forzada y el papel del guerrero perfecto se resquebrajaron en el instante en el que se volvió a mirarla de nuevo.

Se dejó caer en la silla junto al lecho, con los codos apoyados en las rodillas, el rostro entre las manos y un suspiro nacido desde lo más profundo de su pecho salir tembloroso.

—Soy un idiota —habló con amargura—. Un estúpido que creyó que podría mantener la distancia, que no se vería afectado… Pero tú... —levantó la vista hacia ella, los ojos brillando con lágrimas contenidas— tú has hecho pedazos todas mis certezas, Khata.

El silencio de la estancia lo envolvió, tan espeso que podía oír los latidos de su propio corazón.

Cada uno le recordaba que, por mucho que el Cielo lo llamara arcángel, en ese momento solo era un ser roto que había temido perderla cuando pensó que ella no abriría los ojos tras volver del ritual de los Ancestros.

Se incorporó y se arrodilló junto a ella, apartándole un mechón de cabello del rostro.

Las yemas de sus dedos recorrieron la línea de su mandíbula, bajaron hasta su cuello, deteniéndose justo donde el pulso latía, débil pero constante.

Ese pequeño ritmo era todo lo que necesitaba para seguir respirando.

Acarició su mano, entrelazando sus dedos con los de ella, y la sintió responder, apenas un leve movimiento, pero suficiente para desarmarlo.

Sonrió con tristeza y apoyó la frente contra la suya.

—Vuelve pronto, pequeña. No sé qué será de mí si no lo haces.

La bombilla de la lámpara más cercana parpadeó, proyectando sombras danzantes sobre sus rostros.

Miguel se quedó así, velándola en silencio, mientras los minutos se diluían entre el aroma de Khata y el susurro de su respiración.

El tiempo se detuvo. Los siglos de batallas, de deberes sagrados, de una existencia medida en victorias y sacrificios, se desvanecieron como el humo.

Ya no era el guerrero invencible, el arcángel de hierro.

Era solo un ser frágil, temeroso, humano en un sentido que nunca antes había comprendido, frente a la mujer que lo había desarmado sin siquiera intentarlo.

Y entonces, lo sintió. No como un relámpago, sino como un amanecer: lento al principio, un destello tímido en el horizonte de su alma, hasta que la luz lo inundó todo.

Sintió pánico; el pavor visceral de perderla, de que el mundo, cruel y caprichoso, pudiera arrebatársela.

Sintió ternura; la necesidad abrumadora de proteger cada uno de sus suspiros, cada uno de sus gestos, como si fueran sagrados.

Y también sintió amor; un afecto tan vasto que desbordó los límites de su ser, tan intenso que le quemó las entrañas y lo dejó sin aliento, temblando.

Ya no había vuelta atrás. Ya no podía mentirse.

Khata, esa criatura de sombras y luz, de risas que sonaban como campanas y miradas que lo atravesaban como espadas, se había convertido en su todo.

No sabía cuándo había ocurrido. No podía señalar el momento exacto en que sus almas se habían entrelazado, en que su existencia había pasado a girar en torno a ella como los planetas alrededor del sol.

Solo sabía que, en algún punto entre el odio y la protección, entre la desconfianza y la complicidad, Khata se había colado bajo su piel, había anidado en su espíritu, y ahora era tan parte de él como sus propias alas.

Intentó recordar. Buscó en su memoria el instante en que ella había cruzado las barreras que él había levantado durante milenios, el momento en que su corazón, frío y disciplinado, había comenzado a latir por ella.

Pero no había un solo recuerdo, sino mil: la primera vez que la había visto desafiarlo con esa sonrisa burlona; el modo en que sus ojos se oscurecían cuando estaba enfadada; la vulnerabilidad que asomaba en su mirada cuando creía que nadie la veía.

Khata no había irrumpido en su vida, sino que se había deslizado como la marea, hasta que él ya no pudo distinguir dónde terminaba el océano y dónde comenzaba la orilla.

Y entonces, ella se movió. Un suspiro, un leve temblor en sus pestañas, como si incluso en sueños luchara contra sus propios demonios.

Miguel contuvo la respiración. El mundo se redujo a ese gesto, a la manera en que la claridad acariciaba su rostro al despertar.

Ya no era el mismo, ya no era el arcángel imperturbable, el soldado de Dios; era un simple ser ante la mujer que lo había cambiado todo sin pedirle permiso.

Había bajado la guardia. Había permitido que su alma se desnudara ante ella, que sus muros se resquebrajaran, que algo más fuerte que el deber, más antiguo que el tiempo, tomara el control.

Y no había nada más aterrador… ni nada más hermoso.

Se inclinó hacia adelante, sin atreverse a tocarla, pero necesitando estar más cerca.

Por primera vez en una eternidad, Miguel no rezó, no pidió guía ni perdón, simplemente sintió. Y en ese sentir, encontró una verdad que lo trascendía todo: no existía nada, ni en el Cielo ni en la Tierra, que fuera más importante para él que Khata.

—Hola —susurró con un hilo de voz cuando la mirada plateada se encontró con la suya.

Una sonrisa pequeña, casi temerosa, se dibujó en los labios de Khata.

—Hola.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó él, con la voz grave, contenida, pero rota por la preocupación—. ¿Quieres agua? ¿Sangre? Solo dime qué necesitas y yo… yo te lo traeré.

Ella negó con un leve movimiento de cabeza.

—Estoy bien —dijo mientras se incorporaba con lentitud.

Miguel se apresuró a sostenerla, ayudándola a sentarse.

—¿Segura?

Ella lo miró, y algo nuevo brilló en su mirada.

—Nunca he estado más segura de nada en mi vida, Miguel.

Sus palabras llenaron la estancia de una serenidad imposible, como si el aire mismo se hubiera purificado.

Miguel la creyó sin reservas. Había algo distinto en ella: ya no había rastro del miedo ni del dolor que solían tensar su expresión.

Parecía completa, reconciliada con el mundo, con su propia alma.

Él asintió, aliviado, y se dedicó a ajustar las mantas, a hacerle sitio entre los almohadones, buscando cualquier excusa para mantenerse ocupado, para no dejar que el silencio revelara la emoción que lo desbordaba.

Pero entonces sintió su mano, pequeña, deteniendo la suya.

—Miguel… —su voz lo frenó como un conjuro.

Él levantó la vista, y su respiración se suspendió.

Khata lo observaba con una ternura que jamás había visto en ella, con una dulzura tan inesperada que lo dejó sin palabras.

Su mano subió despacio hasta su rostro. Los dedos rozaron su mejilla, el arco de su mandíbula, la comisura de sus labios.

Miguel cerró los ojos por un instante, vencido por la sensación.

—Gracias —susurró ella.

Él frunció el ceño, confundido.

—¿Por qué? Yo no he hecho nada.

—Gracias por cruzarte en mi camino —dijo, y cada palabra era un latido, un juramento—.

Por no rendirte conmigo cuando todo en mí gritaba que te alejaras.

Gracias por traerme aquí, por aguantar mi desconfianza, mi pésima actitud…

—Su voz se quebró, solo un instante, antes de continuar con una firmeza que lo dejó sin aliento—: Gracias por ser mi destino.

Miguel sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. En todos los siglos que había existido, en todas las plegarias que había escuchado, en todos los himnos que había entonado, nada había sonado tan verdadero como esas palabras.

—Khata, yo… —balbuceó, pero ella no lo dejó terminar.

Se incorporó hacia él, lenta, inexorable, como si el universo entero conspirara para que ese momento existiera.

Y cuando sus labios se encontraron, Miguel supo que estaba perdido.

No hubo prisa, no hubo urgencia, solo entrega.

Fue un beso que lo cambió todo: lo divino y lo humano, lo maldito y lo sagrado, fundidos en un solo instante.

Miguel sintió el temblor en sus dedos al tocarla, la calidez de su piel bajo sus manos, el ritmo entrecortado de su respiración mezclándose con la suya.

Era como si, por primera vez, entendiera el significado de vivir.

Por un momento, el mundo se disolvió. No hubo deber. No hubo Cielo ni condena. No hubo pasado ni futuro. Solo ellos. Solo el latido compartido de dos almas que, contra todo pronóstico, habían encontrado su reflejo.

Miguel apoyó su frente contra la de ella, sus labios aún rozándose, su respiración entrelazada.

—No sabes cuánto he luchado contra esto —confesó, y su voz sonó rota, como si llevara siglos guardando esas palabras—. Contra lo que siento por ti.

—Lo sé —respondió ella, apenas un susurro—. Porque yo también llevo tiempo luchando contra lo que siento. Pero es obvio que nada de lo que hagamos puede detenerlo.

Miguel sonrió. Una sonrisa temblorosa, triste y libre a la vez, como si por fin se rindiera a lo inevitable.

—Entonces… —susurró, con los labios aún contra los de ella—: ¿qué te parece si dejamos que el mundo entero arda?

Y esta vez, cuando se besaron de nuevo, no fue solo un beso. Fue una promesa. Fue el instante en que el cielo se rindió. Fue el comienzo de algo que ni la eternidad podría deshacer.