Capítulo 20 #2
—Eso, hija mía, lo desconocemos —confesó, y su tono transmitía una genuina pesadumbre—. El futuro es un río con muchos afluentes. Pero debes confiar en ti. Todos nosotros —dijo, e hizo un gesto que abarcaba a los ancestros presentes— lo hacemos.
—Mamá… —la voz de Khata se quebró, vulnerable—. Tengo miedo. Un miedo que me paraliza.
—Lo sé, cariño. Es natural, pero no estás sola. El poder de tu linaje te respalda, la Marca te protege y el amor de aquellos que te rodean en el mundo de los vivos será tu escudo.
—¿Y si no es suficiente? —le preguntó llena de pánico—. ¿Y si fallo? ¿Y si no logro estar a la altura? ¿Y si los decepciono a todos?
Su madre se irguió entonces, y su expresión se volvió grave, intensa. La tomó por los hombros con una firmeza que no era dura, sino llena de urgencia.
—Escúchame bien, Khata —le dijo, mirándola con fijeza a los ojos—. Hay un don que posees, uno al que apenas has prestado atención y que ahora debes despertar. Y ese talento es ahora más crucial que nunca.
Ella frunció el ceño, la confusión nublando por un momento el temor.
—¿Las auras? ¿Te refieres a ver las energías de los demás?
—Sí —confirmó su madre, y cada palabra sonó como un martillazo de advertencia—.
Cada ser lleva un aura única, imposible de imitar o de falsificar.
Recuérdalo. Apréndetelo. Confía en lo que tus ojos te muestren —su voz bajó hasta convertirse en un susurro lleno de sombras—.
Porque entre los que te rodean, Khata, más cerca de lo que tu corazón quisiera creer, se esconde un traidor.
Y solo tú, con tu facultad, podrás ver la mentira que oculta su verdadero rostro.
El corazón de Khata se encogió en el pecho. La temperatura de la estancia pareció descender, y por un instante los rostros de sus ancestros se tornaron graves, sombríos.
—¿Un traidor? —repitió en un susurro, incapaz de creerlo.
Sabela asintió con lentitud, los ojos clavados en los suyos.
—Sí. Alguien disfrazado de aliado, alguien que espera el momento oportuno para destruir y crear el caos. Y solo tú, con tu don, podrás desenmascararlo.
La revelación final cayó como una losa de hielo.
El propósito monumental se vio de repente empañado por una amenaza inmediata y visceral.
La paz que había encontrado se agrietó, reemplazada por una fría y aguda desconfianza.
El amor y la guía de su familia le habían dado una misión, pero también le habían entregado una carga aún más pesada: la certeza de que la traición acechaba en la sombra, y que su capacidad, la que siempre había visto como una curiosidad o una condena, era la única clave para sobrevivir a lo que venía.
De pronto, la mano de la reina se posó sobre su hombro, llamando su atención.
—Debemos irnos, Khata.
Ella sacudió la cabeza con desesperación, negándose a abandonar a sus seres queridos ahora que los había encontrado de nuevo.
—¡No! Déjame un poco más… Solo un poco más —rogó, y la voz se le quebró por la angustia.
Sabela se acercó a su hija y la abrazó con una intensidad abrumadora; ese último contacto fue la cosa más real y dolorosa que Khata había sentido en siglos.
—Lupa tiene razón, mi amor —susurró contra su cabello—. La línea entre este mundo y el de los vivos es demasiado frágil. Si te quedas más tiempo, podrías quedar atrapada entre ambos.
—¡Mamá…! —sollozó, aferrándose al cuerpo de la mujer que le dio la vida, temiendo que se desvaneciera—. No puedo… —Las lágrimas brotaron sin control, calientes y amargas, resbalando por sus mejillas mientras se aferraba a ellas como si fueran su último salvavidas—. No puedo perderos de nuevo.
Su abuela se unió a ellas en el abrazo. Khata sintió la presión suave y firme de sus labios sobre su frente.
—Nunca nos perderás —susurró acunando su rostro entre las manos, sus pulgares secando las lágrimas con un cuidado infinito—. Llevamos siglos velando por ti, y seguiremos aquí, siempre. Pero ahora debes irte. Tu camino no termina aquí.
Khata cerró los ojos, sintiendo cómo el calor de sus cuerpos comenzaba a desvanecerse, como si el mundo mismo las estuviera arrancando de sus brazos. Cuando los abrió de nuevo, sus contornos ya se difuminaban, como humo arrastrado por el viento.
—Te amo, pequeña —logró decir su madre, y aunque sus labios ya no formaban las palabras, Khata las sintió resonar en su alma como un eco eterno—. Te amo más que a mi vida. Y por favor, sé feliz. No vivas aferrada al pasado ni a la amargura; solo mira hacia el futuro con ilusión y esperanza.
Y entonces, como cenizas llevadas por una brisa invisible, comenzaron a disiparse.
Sus figuras se hicieron transparentes, la luz que las rodeaba se atenuó.
Khata intentó aferrarse a ella, a su olor, a la calidez de su piel, pero su cuerpo se sintió como arena fina escurriéndose entre sus dedos.
La misma sensación se apoderó de su abuela y del resto de los ancestros.
Primero sus manos se volvieron etéreas, luego sus rostros, hasta que solo quedaron sus sonrisas llenas de paz, grabadas a fuego en la memoria de Khata, justo antes de que se volvieran sombras, para luego perderse entre los recuerdos de aquellas paredes, hasta desaparecer del todo.
El dolor la atravesó como una espada, dejándola vacía, temblando en medio de un silencio que de repente era ensordecedor. Khata se quedó sola, con el eco del amor en sus manos vacías y el sabor amargo de la pérdida en su boca.
—Ellas estarán bien, Khata —murmuró Lupa, posando una mano sobre su hombro—. No has perdido a tu familia, solo regresaron al lugar al que pertenecen. Y podrás verlas cada vez que cierres los ojos y las llames con el corazón.
Con los ojos anegados en lágrimas, Khata miró a la reina buscando sinceridad en sus palabras. Un sentimiento de alivio la recorrió por cada rincón de su cuerpo, una pequeña luz que regresaba a su oscuridad.
—Gracias.
Lupa arrugó la frente sin entender.
—¿Por qué?
—Por obligarme a abrazar mi linaje, a explorar la magia que recorre mis venas, a dejar de resistirme a mi destino… Gracias a ello pude verlas de nuevo, saber que están bien, que no sufren…
La druida se limitó a asentir y extendió su mano para agarrar la suya.
—No tienes por qué dármelas; al fin y al cabo, somos familia.
Khata miró aquel gesto con gratitud y no dudó en tomarla de la mano con confianza, justo a tiempo de ver la imagen de lo que un día fue su hogar desaparecer del todo, fundiéndose en la bruma de su mente y regresando a la realidad de la Fortaleza.