6 #3
—No tengo mucho en lo que basarme, lo reconozco.
Pero encontré un eslabón común entre vosotros tres.
De vuestra niñez. Vi un trozo de piel en tu despacho, cuando te visité.
¿No es verdad que, para ti, tiene un gran significado?
Es un símbolo. Una asociación, una hermandad, un lazo de sangre.
Lo has guardado durante más de veinticinco años.
También Anders y Alex conservaban los suyos.
En el reverso de los tres había una borrosa huella impresa con sangre, por eso creo que, a la manera dramática de los niños que erais, creasteis un lazo de sangre.
Además, están las iniciales grabadas en el anverso: «L.T.M.
». Eso no he conseguido descifrarlo. Quizá tú puedas ayudarme, ¿no?
Patrik vio literalmente cómo, en el interior de Jan, dos voluntades contradictorias pugnaban por ganar la victoria.
Por un lado, el sentido común le decía que no dijera nada en absoluto; por otro, su deseo de hablar, de confiarse a alguien, no era fácil de ignorar.
Patrik creía que podría vencer el ego de Jan y apostó su fortuna a que le resultaría irresistible la idea de poder desahogarse con alguien que le prestara atención.
Y optó por ayudarle a tomar la decisión.
—Todo lo que digamos aquí quedará entre nosotros. No tengo ya ni fuerzas ni recursos para hacer el seguimiento de un suceso que aconteció hace veinticinco años, y tampoco creo que encontrara pruebas, por más que lo intentara. Esto es personal. Tengo que saberlo.
Era una tentación demasiado irresistible para Jan.
—Los Tres Mosqueteros. Eso es lo que significa L.T.M.
Ridículo y absurdamente romántico, pero así nos veíamos a nosotros mismos.
Éramos nosotros contra el mundo. Cuando estábamos juntos, olvidábamos lo que nos había pasado.
Nunca hablábamos de ello, y tampoco nos hacía falta.
Cerramos un pacto según el cual siempre estaríamos cuando los otros lo necesitaran.
Con un trozo de cristal que encontramos nos hicimos un corte en el dedo, mezclamos la sangre de los tres y estampamos con ella nuestro emblema.
»Yo era el más fuerte de los tres. No tenía más remedio que ser el más fuerte.
Los otros dos podían sentirse seguros en casa, pero yo siempre miraba a mi espalda y, por las noches, me acostaba con la manta hasta la barbilla y aguzaba el oído por si detectaba los pasos que sabía se dejarían oír, primero en el descansillo y, después, cada vez más cerca.
Era como si hubieran cedido los muros de una presa. Jan hablaba sin cesar a un ritmo vertiginoso, mientras Patrik guardaba silencio para no interrumpir su discurso. Jan encendió un cigarrillo, bajó la ventanilla un poco para que saliera el humo y prosiguió:
—Vivíamos en nuestro mundo. Nos reuníamos cuando nadie nos veía y buscábamos consuelo y seguridad en esa compañía.
Lo más extraño era que, pese a que cada uno debería haber funcionado como una especie de recordatorio de la desgracia para los otros dos, solo cuando estábamos juntos podíamos evadirnos un rato.
Ni siquiera sé cómo lo supimos. Cómo llegamos a buscar refugio entre nosotros.
Yo fui quien tuvo la idea de resolverlo a nuestra manera.
Alex y Anders lo vieron al principio como un juego, pero yo sabía que teníamos que hacerlo en serio.
No había otra salida. Un día de invierno frío y despejado, mi hermanastro y yo salimos a pasear sobre las aguas heladas.
No me fue difícil engañarlo. De hecho, le entusiasmó la idea de que fuera yo quien tomara la iniciativa y estaba encantado con la idea de nuestra pequeña excursión.
Yo me había pasado muchas horas en el hielo aquel invierno y sabía exactamente adónde llevarlo.
Anders y Alex nos esperaban allí. Nils se asombró al verlos, pero era tan soberbio que en ningún momento se le ocurrió que constituyesen una amenaza.
Después de todo, no éramos más que unos niños.
El resto fue bastante fácil. Un agujero en el hielo, un empujón, y Nils desapareció.
Al principio sentimos un alivio enorme. Los primeros días fueron maravillosos.
Nelly no cabía en sí de preocupación por saber dónde se habría metido Nils, pero yo me acostaba por las noches y no podía por menos que sonreír acurrucado en la cama, mientras escuchaba la ausencia de pasos.
Después, se armó un gran lío. Los padres de Alex se enteraron de algo, aunque ignoro cómo lo averiguaron, y fueron a visitar a Nelly.
Supongo que Alex no tuvo fuerzas para resistir la avalancha de preguntas y de presiones y lo contó todo, y también habló de mí y de Anders.
No lo que hicimos con Nils, sino todo lo que nos había estado sucediendo con anterioridad.
Si alguna vez creí que mi madre adoptiva me comprendería, aprendí bien la lección aquel día.
Nelly no volvió a mirarme a los ojos nunca más.
Tampoco me interrogaba sobre dónde estaría Nils. A veces me pregunto si no se lo figura.
—Vera también supo de las violaciones y los abusos.
—Sí, pero mi madre fue muy habilidosa. Se aprovechó de su necesidad de proteger a Anders y de guardar las apariencias, y ni siquiera tuvo que pagarle o que sobornarla con un buen trabajo para conseguir que guardara silencio.
—¿Crees que Vera llegó a enterarse de lo que le había ocurrido a Nils?
—Estoy totalmente seguro de ello. No creo que Anders consiguiera guardar con su madre ese secreto todos esos años.
Patrik pensó en voz alta:
—De modo que, probablemente, Vera mató a Alex no solo para que no se conocieran los abusos sexuales, sino también porque tenía miedo de que Anders fuera acusado de asesinato.
Jan esbozó una sonrisa casi malévola.
—Lo cual resulta bastante cómico, si tenemos en cuenta, por un lado, que ese asesinato ha prescrito y, por otro, que no es probable que nadie se molestara en denunciarnos ahora, tantos años después, dadas las circunstancias y puesto que entonces éramos unos niños.
Patrik le dio la razón, aunque a disgusto. Si Alex se hubiera presentado en la comisaría para contarlo todo, no habría pasado absolutamente nada. Pero al parecer Vera no lo comprendió, sino que creyó que existía un riesgo real de que Anders fuera a parar a la cárcel.
—¿Mantuvisteis el contacto después de aquello? Me refiero a ti, Alex y Anders.