5 #12
Se abrazaron con entusiasmo antes de dar un paso atrás para ver los efectos que el paso del tiempo había causado en el otro. Patrik constató que el tiempo se había portado bien con Robert, y esperaba que Robert pensara lo mismo de él, pero, por si acaso, metió barriga y sacó pecho.
—Pasa, pasa.
Robert lo condujo hasta su despacho, que resultó ser una habitación minúscula en la que apenas si cabía una persona, y menos aún dos.
Patrik escrutó a Robert con más detenimiento después de sentarse frente a él, en la silla que había detrás del escritorio.
Tenía la melena rubia tan repeinada como cuando eran más jóvenes, y la ropa igual de bien planchada debajo de la bata blanca.
Patrik siempre creyó que la necesidad de orden y pulcritud externas de Robert funcionaba como una compensación al caos que tendía a crear en su vida privada.
Su mirada se fijó en la fotografía de la estantería que tenía detrás.
—¿La familia?
Formuló la pregunta sin poder ocultar del todo su asombro.
Robert sonrió con orgullo y cogió la foto.
—Exacto, mi mujer, Carina, y mis dos hijos, Oscar y Maja.
—¿Cuántos años tienen?
—Oscar tiene dos y Maja seis meses.
—Son preciosos. ¿Cuánto tiempo llevas casado?
—Ya ha hecho tres años. Te cuesta creer que me haya convertido en padre de familia, ¿verdad?
Patrik rio de buena gana.
—Sí, he de reconocerlo; eras un auténtico ligón.
—Bueno, ya sabes, cuando el diablo se hace viejo, se vuelve religioso. Y tú, ¿qué ha sido de ti? Seguro que tienes una buena prole a estas alturas.
—Pues no, la verdad. Lo cierto es que estoy separado. Sin hijos, lo que, dadas las circunstancias, puede considerarse una suerte.
—Vaya, lo siento.
—Bueno, no está tan mal. Tengo entre manos una historia que parece muy prometedora, así que ya veremos.
—Cuéntame, ¿cómo es que te presentas aquí como por arte de magia, después de tantos años?
Patrik se removió nervioso en la silla, otra vez con el punto de remordimiento que le producía el no haber llamado en tanto tiempo y ahora presentarse para pedir un favor.
—He venido a la ciudad por un asunto policial y, de pronto, me acordé de que tú trabajabas aquí, en Medicina Legal.
Necesito resolver un escollo y, sencillamente, no puedo esperar a que pase el trámite administrativo habitual.
Me llevaría semanas obtener una respuesta y no tengo ni el tiempo ni la paciencia necesarios.
Aquello parecía haber despertado la curiosidad de Robert, que juntó las yemas de los dedos a la espera de que Patrik continuara.
Este se inclinó, sacó de su maletín un papel protegido por un plástico y se lo entregó a Robert, que lo expuso a la fuerte luz de su flexo para ver mejor de qué se trataba.
—Lo saqué de un bloc que hallé en la casa de la víctima de un asesinato. Vi las huellas de algo que habían escrito en la hoja que falta, pero son demasiado tenues y no se ve más que parte de lo que dice. Vosotros tenéis aquí el equipamiento técnico necesario para averiguarlo, ¿verdad?
—Sí, bueno, claro que lo tenemos.
Robert respondió algo reticente sin dejar de estudiar el folio a la luz.
—Pero, como tú bien dices, existen reglas, muy estrictas, sobre cómo y en qué orden tramitar la solicitud. Tenemos una larga cola de documentos así.
—Sí, sí, ya lo sé. Pero yo pensaba que esto debe de ser muy fácil y rápido de mirar y que, si te lo pedía como un favor, que mirases así, rapidito, por ver si puede sacarse algo en claro, pues...
Robert frunció el entrecejo mientras reflexionaba sobre las palabras de Patrik. Después, esbozó una de esas sonrisas suyas de niño travieso y se levantó.
—En fin, no hay que ser tan burocrático. Y es verdad que no me llevará más que unos minutos. Ven conmigo.
Echó a andar por el estrecho pasillo y entró en una sala que había enfrente de su despacho.
Era una habitación amplia y luminosa, llena de aparatos raros.
Todo estaba reluciente y presentaba un aspecto de limpieza clínica que le otorgaban las blanquísimas paredes y el cromado de las mesas de estudio y los armarios.
El aparato que necesitaba utilizar Robert estaba al fondo de la sala.
Con sumo cuidado, sacó el papel de la funda de plástico y lo colocó sobre una bandeja.
Pulsó el botón de «ON», que estaba en un lateral del aparato, y se encendió una luz azulada.
Las palabras aparecieron enseguida sobre el papel con toda la claridad deseable.
—¿Lo ves? ¿Es lo que esperabas encontrar?
Patrik ojeó rápidamente el texto.
—Exacto. Esto era lo que esperaba. ¿Te importa dejarlo ahí un momento, mientras lo copio?
Robert sonrió.
—Puedo hacer algo mucho mejor. Con este equipo, puedo hasta sacar una fotografía del texto. Te haré una.
Patrik sonrió satisfecho.
—¡Fantástico! Sería perfecto, gracias.
Media hora más tarde salía de allí con una fotocopia del folio que faltaba en el bloc de Anders. Le prometió a Robert que lo llamaría más a menudo y esperaba poder mantener su palabra. Aunque, por desgracia, se conocía demasiado bien.
Se pasó el trayecto de regreso a casa reflexionando.
Le encantaba conducir en la oscuridad. La paz con que lo envolvía la aterciopelada negrura de la noche, tan solo interrumpida por las luces de algún que otro vehículo con el que se cruzaba, le permitía pensar con más claridad.
Pieza a pieza, fue recomponiendo lo que él ya sospechaba y ahora veía confirmado sobre el papel y, cuando ya entraba en el carril de acceso a su casa de Tanumshede, estaba bastante seguro de haber resuelto al menos uno de los dos misterios que tanto lo torturaban.
Se le hacía raro irse a la cama sin Erica.
¡Qué curioso con qué rapidez se acostumbra uno a las cosas, sobre todo si son agradables!
Se encontró con que le costaba conciliar el sueño estando solo.
Le sorprendió lo decepcionado que se había sentido cuando, mientras iba de camino a casa, Erica lo llamó al móvil para decirle que su hermana había venido inesperadamente y que era mejor que se quedara en su casa aquella noche.
Le habría gustado indagar más sobre la visita, pero por el tono de Erica entendió que no podía hablar, de modo que se contentó con despedirse diciendo que ya se llamarían al día siguiente y que la echaba de menos.
Y ahora estaba en vela, no solo por el recuerdo de Erica, sino también porque no podía evitar pensar en lo que tendría que hacer al día siguiente, de modo que fue una noche muy larga para él.
Con los niños ya dormidos, tuvieron por fin tiempo para hablar. Erica había dispuesto algo de comida preparada que tenía en el congelador, pues parecía que Anna necesitaba echarle algo al estómago. Además, ella misma se había olvidado de comer y también su estómago empezaba ya a protestar.
Anna no hacía más que remover la comida con el tenedor mientras Erica empezaba a sentir la habitual punzada de preocupación por su hermana que siempre se le alojaba en el cuerpo.
Igual que cuando eran pequeñas, sentía deseos de coger a Anna entre sus brazos, mecerla y tranquilizarla asegurándole que todo iría bien, besarle la zona magullada y hacer desaparecer el dolor.
Sin embargo, ahora eran adultas y los problemas de Anna superaban con mucho el dolor de una rodilla lastimada.
Erica se sentía impotente ante aquello. Por primera vez en su vida, veía a su hermana como a una extraña y a sí misma torpe e insegura a la hora de hablar con ella.
De ahí que guardara silencio, a la espera de que Anna le mostrara el camino.
Cosa que no hizo hasta después de pasado un buen rato.
—No sé qué hacer, Erica. ¿Qué va a ser de mí y de los niños? ¿Adónde vamos a ir? ¿De qué voy a vivir? Llevo tantos años de ama de casa que no sé hacer nada.
Erica vio la tensión en los nudillos de Anna, que se aferraba a la mesa como en un intento de controlar físicamente la situación.
—Chist..., no pienses en eso ahora. Todo se arreglará. Tómatelo con calma, puedes quedarte aquí con los niños el tiempo que quieras. La casa también es tuya, ¿no?
Se permitió esbozar media sonrisa y vio con satisfacción que Anna le correspondía. Su hermana se secó la nariz con el reverso de la mano y, pensativa, se puso a toquetear el mantel.
—Lo que no puedo perdonarme es haberlo dejado ir tan lejos. Le hizo daño a Emma, ¿cómo fui capaz de permitirlo?
De nuevo empezó a moquearle la nariz y, en esta ocasión, se limpió con el pañuelo en lugar de con la mano.
—¿Por qué permití que le hiciera daño a Emma? ¿No sabría yo en el fondo que llegaría a ocurrir y decidí cerrar los ojos a esa realidad solo porque era más cómodo para mí?
—Anna, si hay algo de lo que estoy segura es de que tú jamás permitirías conscientemente que les hicieran daño a los niños.
Erica se inclinó sobre la mesa y le cogió la mano a Anna. Una mano de una delgadez alarmante. Los huesos parecían los de un pajarillo y daban la sensación de ir a quebrarse si presionaba demasiado fuerte.
—Lo que no puedo comprender de mí misma es que, pese a haber hecho lo que hizo, una parte de mí aún lo siga queriendo.
Llevo tanto tiempo amando a Lucas que ese amor se ha convertido en una parte de mí, en una parte de lo que soy, y por más que lo intento, no consigo deshacerme de ella.
Quisiera poder amputármela con un cuchillo, físicamente. Me siento sucia y despreciable.
Se pasó la mano temblorosa por el pecho, como para mostrar dónde le dolía.
—Eso es normal, Anna. No tienes por qué avergonzarte. Lo único que tienes que hacer es concentrarte en ponerte bien.
Hizo aquí una pausa, antes de añadir:
—Pero algo que sí tienes que hacer es denunciar a Lucas.
—No, Erica, no puedo.
Las lágrimas empezaron a rodar copiosamente por las mejillas de Anna, y unas gotas se le quedaron suspendidas en la barbilla antes de caer mojando el mantel.