La princesa de hielo (Los crímenes de Fjällbacka 1) 5 #11
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Karl-Erik miró a su mujer intentando ver qué pensaba.

—¿Sabéis cuánto tiempo duraron los abusos?

—No exactamente. Alex nunca quiso hablar de ello. Probablemente un par de meses, tal vez incluso un año. Y ahí tiene también la respuesta a la anterior pregunta —dijo tras una breve vacilación.

—¿Qué pregunta? —dijo Patrik.

—La de la relación entre Anders y Alex. Anders también fue una víctima.

Un día antes de la mudanza, encontramos una nota que Alex le había escrito, y de ella dedujimos que Nils también había abusado de Anders.

Al parecer, comprendieron o se enteraron, no sé cómo, de que los dos estaban en la misma situación y buscaron consuelo el uno en el otro.

Yo me llevé la nota y fui a ver a Vera Nilsson.

Le conté lo que le había pasado a Alex y lo que parecía haberle ocurrido a Anders.

Jamás en la vida me he visto en una situación tan difícil.

Anders es, o era —se corrigió enseguida— lo único que tenía Vera.

Y supongo que yo abrigaba la esperanza de que Vera hiciese lo que nosotros no tuvimos el valor de hacer: denunciar a Nils y hacer que cargara con las consecuencias de sus actos.

Pero no pasó nada, e imaginé que Vera era tan débil como nosotros.

Sin darse cuenta, Karl-Erik había empezado a masajearse el pecho con el puño. El dolor crecía en intensidad y ya empezaba a irradiarse hacia los dedos.

—¿Y no tenéis idea de adónde pudo ir Nils?

—No, ni la más remota. Pero, dondequiera que se haya metido, espero que el muy sinvergüenza esté sufriendo.

El dolor era ya insoportable. Se le estaban durmiendo los dedos y comprendió que algo iba mal.

Muy mal. Tanto le dolía que todo empezó a difuminarse y, aunque veía que las bocas de los demás seguían moviéndose, era como si las imágenes y los sonidos pasaran a velocidad ultrarrápida.

Por un instante, se alegró al ver que había desaparecido la expresión de ira de los ojos de Birgit, pero cuando observó que había sido reemplazada por una clara preocupación, comprendió que estaba pasando algo grave. Después, todo quedó a oscuras.

Tras el precipitado trayecto en ambulancia hasta el hospital Sahlgrenska, Patrik se sentó en el coche e intentó recobrar el ánimo.

Había seguido a la ambulancia en su coche y se había quedado con Birgit y Henrik hasta que les dijeron que había sido un infarto grave, pero que Karl-Erik estaba ya fuera de peligro, pues había superado la fase crítica.

Aquel día había sido uno de los más terribles de su vida. Había visto muchos horrores durante los años como policía, pero nunca había oído una historia tan desgarradora como la que había contado Karl-Erik aquella tarde.

Pese a que Patrik iba intuyendo la verdad a medida que la iba oyendo, le resultó duro escucharla.

¿Cómo podía seguir viviendo una persona después de pasar por lo que había pasado Alex?

No solo habían abusado de ella arrebatándole su infancia, sino que además se había visto obligada a vivir el resto de sus días con el recuerdo constante de ello.

Por más que lo intentaba, no atinaba a comprender la conducta de sus padres.

Él jamás habría dejado escapar a un agresor que abusara de su propio hijo, y de ningún modo lo habría mantenido en silencio.

¿Cómo podían importar más las apariencias que la vida y la salud de un hijo? Era algo que le costaba comprender.

Se quedó, pues, sentado en el coche, con los ojos cerrados y echado sobre el respaldo.

Había empezado a atardecer y pensó que debería irse a casa, pero se sentía agotado y apático.

Ni siquiera el que Erica estuviera esperándolo le infundía el ánimo suficiente para arrancar y ponerse en marcha.

Su sólida actitud positiva ante la vida había sufrido un duro golpe en los cimientos y, por primera vez, dudaba de que la bondad humana superase verdaderamente a la maldad.

Por otro lado, se sentía un tanto culpable, puesto que, si bien aquella tremenda historia lo había conmovido hasta lo más hondo de su ser, también le había hecho sentir la satisfacción profesional de comprobar que las piezas iban encajando.

¡Cuántas dudas se habían despejado aquella tarde!

Y, aun así, su frustración era ahora mayor.

En efecto, aunque había conseguido aclarar bastantes incógnitas, aún seguía sin tener ni idea de quién o quiénes habían asesinado a Alex y a Anders.

Tal vez el móvil tuviera su origen en el pasado, o tal vez no estuviera relacionado con él, aunque le parecía inverosímil.

A pesar de todo, en el pasado se hallaba la única conexión clara entre Alex y Anders.

Pero ¿por qué querría nadie matarlos por unos abusos sexuales cometidos hacía más de veinticinco años?

Y, en todo caso, ¿por qué ahora y no antes?

¿Qué podía poner en movimiento algo que había estado latente durante tantos años, haciendo que acabara en dos asesinatos cometidos con un par de semanas de diferencia?

Lo más frustrante era que no tenía la menor idea de en qué dirección seguir.

La información obtenida aquella tarde había supuesto un gran giro en la investigación, pero al mismo tiempo había conducido a un callejón sin salida.

Patrik revisó mentalmente lo que había hecho y oído durante el día y cayó en la cuenta de que, pese a todo, llevaba en el coche una pista muy concreta.

Era algo que había olvidado por lo delicado del tema tratado en casa de los Carlgren y el tumulto a consecuencia del ataque sufrido por Karl-Erik.

Sintió renacer el entusiasmo de aquella mañana, pues comprendió que tenía la posibilidad de investigar esa pista más de cerca.

Lo único que necesitaba era un poco de suerte.

Encendió el móvil, ignoró el aviso de que tenía tres mensajes en el buzón de voz y llamó al servicio de información telefónica para que le dieran el número del hospital Sahlgrenska. Le dieron la posibilidad, que aceptó, de pasarle la llamada directamente.

—Hospital Sahlgrenska, ¿dígame?

—Hola, me llamo Patrik Hedström. Quisiera saber si Robert Ek trabaja en su Unidad de Medicina Legal.

—Un momento, voy a comprobarlo.

Patrik contuvo la respiración. Robert era un viejo compañero de la Escuela Superior de Policía que siguió estudiando para ingresar en la policía científica forense.

Fueron muy amigos mientras estudiaban, pero después habían perdido el contacto.

Patrik había oído decir que ahora trabajaba en el Sahlgrenska y rogó que así fuera.

—Bueno, veamos. Sí, en efecto, Robert Ek trabaja aquí. ¿Quieres que te pase con él?

Patrik daba saltos de alegría.

—Sí, por favor.

Oyó un par de tonos de llamada y, después, la voz familiar de Robert.

—Medicina Legal, Robert Ek al habla.

—Hola, Robban, ¿sabes quién soy?

Se hizo un silencio y Patrik pensó que Robert no caería en la cuenta. Pero, cuando ya estaba a punto de echarle una mano, oyó un silbido en el auricular.

—¡Patrik Hedström, viejo granuja! ¡Qué demonios! Si hace un siglo... ¿Cómo es que tengo el placer de oírte? Quiero decir que no es tu estilo.

Aquello sonó a reproche y Patrik se sintió algo avergonzado.

Sabía que era malísimo a la hora de llamar a la gente y mantener el contacto con los amigos.

Robert se portaba mucho mejor, pero había terminado por cansarse de ser siempre él quien llamaba.

Se avergonzó más aún al pensar que, cuando por fin lo hacía, era para pedirle un favor, pero ahora ya no tenía remedio.

—Sí, ya lo sé, soy un desastre. Pero ahora resulta que estoy en el aparcamiento del Sahlgrenska y me acordé de que alguien me dijo que trabajabas aquí... Así que se me ocurrió comprobar si estabas en el trabajo por si podía hacerte una visita y saludarte.

—Joder, claro que sí. Vente, me encantará verte.

—¿Dónde estás exactamente?

—Estamos en el sótano. Cruza la entrada principal y coge el ascensor, cuando salgas, gira a la derecha hasta el final del pasillo. Al fondo hay una puerta. Ahí estamos. Llama al timbre y te abriré. ¡Vaya sorpresa!

—Sí, pues nada, nos vemos en un par de minutos.

Patrik volvió a sentirse avergonzado, pues estaba a punto de utilizar a un viejo amigo, pero, por otro lado, tenía una larga lista de favores que cobrarle a Robert.

Cuando eran estudiantes, Robert vivía con su prometida, que se llamaba Susanne, pero al mismo tiempo mantenía una excitante historia con una de sus compañeras de clase, Marie, que también estaba comprometida con otro chico.

Aquello duró casi dos años y Patrik no recordaba ya cuántas veces tuvo que salvarle el pellejo a Robert.

En muchas, muchísimas ocasiones, Patrik le había servido de coartada y se había visto obligado a dar muestras de una imaginación inagotable cuando Susanne llamaba para preguntarle si sabía dónde estaba Robert.

Bien mirado y al cabo de tantos años, le parecía que tal vez no fuera muy honrado ni por su parte ni por la de Robert, pero en aquel entonces eran los dos tan jóvenes e inmaduros...

, y, en honor a la verdad, a él le parecía una pasada y llegó a sentir algo de envidia de Robert, que hacía malabares con dos tías a la vez.

Claro que aquello estaba condenado a irse al traste y Robert se encontró un día sin casa y sin ninguna de las dos tías.

Aunque, como el seductor empedernido que era, no tuvo que pasar muchas semanas durmiendo en el sofá de Patrik, pues enseguida encontró a otra chica a cuya casa mudarse.

Cuando le contaron que Robert trabajaba en el hospital, mencionaron también que estaba casado y que tenía hijos, pero a él le costaba creerlo. Ahora podría comprobar si era verdad.

Recorrió los interminables pasillos del hospital y, pese a que la descripción de Robert le había sonado bien sencilla, llegó a perderse dos veces hasta que por fin se encontró ante la puerta que su viejo amigo le había indicado. Llamó al timbre y esperó. De pronto, la puerta se abrió.

—¡Hooola!