La princesa de hielo (Los crímenes de Fjällbacka 1) 4
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Sentía una soledad indecible. El mundo había quedado frío y desolado sin ella y no había nada que él pudiera hacer para mitigar la frialdad.

El dolor era más llevadero cuando podía compartirlo con ella.

Desde que había desaparecido, era como si soportara el sufrimiento de ambos él solo, lo que era más de lo que creía poder resistir.

Pasaba los días contando minuto a minuto, segundo a segundo.

La realidad exterior no existía, él solo era consciente de que ella había desaparecido para siempre.

Y la culpa podía dividirse en partes iguales y repartirse entre los culpables. No pensaba cargar solo con ella. No, en ningún momento se le había ocurrido cargar solo con ella.

Miró sus manos. ¡Cómo las odiaba! Estaban impregnadas de belleza y de muerte, en una combinación imposible de conjugar, pero con la que se veía obligado a vivir.

Solo cuando la acariciaban habían sido buenas.

Su piel contra la de ella había espantado todo mal obligándolo a huir por un instante.

Al mismo tiempo, habían alimentado esa maldad oculta.

El amor y la muerte, el odio y la vida. Opuestos que los habían convertido en polillas revoloteando cada vez más cerca de la llama. Y ella se quemó primero.

Él sentía el calor del fuego en la nuca. Ya estaba cerca.

Estaba cansada. Cansada de limpiar la mierda de otros.

Cansada de esa triste existencia. Cada día daba paso al siguiente, todos iguales.

Cansada de cargar con una culpa que la abatía día tras día.

Cansada de despertarse todas las mañanas y de irse a la cama todas las noches preguntándose cómo estaría Anders.

Vera puso a calentar en el fogón el café de puchero. El tictac del reloj de la cocina era el único sonido que se oía cuando se sentó ante la mesa a esperar a que el café estuviera listo.

Hoy había estado limpiando en casa de los Lorentz.

Era tan grande que le llevaba todo el día.

A veces, echaba de menos los viejos tiempos.

Lo segura que se sentía al poder ir a trabajar siempre al mismo lugar.

El estatus que representaba el hecho de ser la limpiadora de la mejor de las familias de Bohuslän.

Pero eso solo le ocurría a veces. Por lo general, se alegraba de no tener que ir allí todos los días.

De no tener ya que inclinarse y hacer reverencias ante Nelly Lorentz.

Aquella mujer a la que odiaba hasta la insensatez.

Pese a todo, había seguido trabajando para ella, año tras año, hasta que los nuevos tiempos le dieron alcance y dejó de llevarse lo de tener criada.

Se había pasado más de treinta años bajando la mirada y murmurando «sí, gracias, señora Lorentz», «desde luego, señora Lorentz», «ahora mismo, señora Lorentz», mientras reprimía las ganas de agarrar con toda la fuerza de sus manos el cuello frágil de Nelly y apretar hasta que dejase de respirar.

A veces, las ganas eran tan irrefrenables que tenía que esconder las manos debajo del delantal, para que Nelly no viera cómo le temblaban.

La cafetera empezó a silbar, indicando así que el café estaba listo.

Vera se levantó, con gran esfuerzo, y estiró la espalda antes de sacar una vieja taza desportillada en la que se sirvió el café.

Aquella taza era la última reliquia de la vajilla de boda que les habían regalado los padres de Arvid cuando se casaron.

Era de fina porcelana danesa. Fondo blanco con flores azules que no habían perdido apenas el color con el paso de los años.

Y la única pieza que quedaba era aquella taza.

Cuando Arvid vivía, utilizaban la vajilla solo en las grandes ocasiones, pero después de su muerte, ella pensó que no tenía ningún sentido distinguir entre los días de diario y los festivos.

El desgaste natural había hecho que algunas piezas se rompieran a lo largo de los años.

En cuanto al resto, Anders se había encargado de quebrarlas en sus ataques de delirio, hacía ya diez años.

Esa última taza era para ella la pertenencia más querida.

Bebió disfrutando del café. Cuando ya solo le quedaba un sorbo, lo vertió en el plato y se lo bebió con un terrón de azúcar entre los dientes a través del cual se filtraba el café.

Se notaba las piernas doloridas y cansadas después de haber estado limpiando todo el día, y las dejó reposar sobre una silla que colocó delante, para descansarlas un poco.

Tenía una casa pequeña y sencilla. Llevaba viviendo en ella casi cuarenta años, y allí pensaba vivir hasta el último día.

En realidad, no era demasiado práctica. Estaba situada en la cima de una pronunciada pendiente, por lo que, a menudo, tenía que detenerse a recuperar el aliento varias veces cuando iba camino a casa.

Por si fuera poco, tanto el exterior como el interior se habían ido deteriorando con el paso de los años.

Estaba lo suficientemente bien situada como para que le dieran un buen pellizco si la vendía para mudarse a un apartamento, por ejemplo, pero jamás se le había ocurrido siquiera.

Antes la vería pudrirse que abandonarla.

Allí había vivido con Arvid los pocos y felices años que estuvieron casados.

En la cama del dormitorio había dormido por primera vez cuando salió de la casa de sus padres.

La noche de bodas. En esa misma cama habían engendrado a Anders y cuando el embarazo estaba tan avanzado que no podía dormir más que de lado, Arvid se acurrucaba muy pegado a su espalda para acariciarle el vientre.

Allí le había susurrado al oído cómo sería la vida juntos.

Y le había hablado de cómo serían todos los niños que verían crecer a su alrededor.

De las alegres risas que resonarían entre las paredes de aquella casa en los años venideros.

Y cuando hubieran envejecido y los hijos ya hubieran volado del nido, ellos se sentarían ante la chimenea cada uno en su mecedora y hablarían de la maravillosa vida que habían vivido juntos.

Tenían entonces veintitantos años y eran incapaces de imaginar lo que podía aguardarles más allá del horizonte.

Junto a aquella misma mesa de la cocina estaba ella sentada cuando le llevaron la noticia.

El agente Pohl llamó a la puerta con la gorra en la mano y, nada más verlo, supo de qué se trataba.

Ella se puso el dedo en los labios para indicarle que guardara silencio cuando empezó a hablar y, con un gesto, lo invitó a entrar en la cocina.

Lo siguió despacio, meneando la gran barriga de embarazada ya de nueve meses y preparó minuciosamente la cafetera.

Mientras esperaban a que el café estuviera listo, ella se sentó a observar al hombre que tenía sentado a la mesa.

Él, en cambio, no era capaz de sostenerle la mirada, sino que la dejó vagar por la habitación mientras que, visiblemente incómodo, se tiraba del cuello de la camisa.

Ya con las dos tazas de humeante café sobre la mesa, le hizo un gesto al agente para que continuara.

Ella no había pronunciado una sola palabra hasta el momento.

Escuchaba el sordo zumbido que le resonaba en la cabeza y cuya intensidad iba en aumento.

Vio moverse los labios del agente, pero ni una sola de aquellas palabras logró penetrar la cacofonía que le inundaba la cabeza.

No tenía que oírlo. Ya sabía que Arvid yacía en el fondo del mar, moviéndose al ritmo de las algas.

Ningún discurso cambiaría aquella realidad.

Ningún discurso despejaría las nubes que ahora se arremolinaban en el cielo hasta que no se veía ya más que una masa gris.

Vera suspiraba sentada a la mesa de la cocina, muchos, muchos años más tarde.

Otros que también habían perdido a sus seres queridos aseguraban que la imagen que tenían de ellos iba volviéndose más difusa con los años.

A ella, en cambio, le había ocurrido lo contrario y a veces lo veía con tal claridad que el dolor le aferraba el corazón con mano de hierro.

El hecho de que Anders fuera la viva imagen de Arvid era a un tiempo un castigo y una bendición.

Y ella sabía que, de haber vivido Arvid, la desgracia jamás les habría sobrevenido.

De él manaba su fuerza y, junto a su marido, ella habría sido tan fuerte como fuera necesario.

Vera saltó literalmente de la silla al oír el teléfono.

Tan enfrascada estaba en los recuerdos de antaño que, como siempre, le disgustaba que el sonido chillón del aparato viniera a perturbarla.

Tuvo que ayudarse con las manos para bajar de la silla las piernas, que se le habían dormido, y cojeando, se apresuró hasta el teléfono que estaba en el vestíbulo.

—Soy yo, mamá.

Anders balbucía y, gracias a la experiencia de tantos años, ella supo en qué estadio de la embriaguez se encontraba: más o menos en el estadio intermedio hacia la pérdida de conciencia. Vera suspiró.

—Hola, Anders. ¿Cómo estás?

Él pasó por alto la pregunta. Ya habían tenido incontables conversaciones de aquel tipo.