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Los dos rieron con mirada cómplice. A Erica siempre la dejaba estupefacta la rapidez y eficacia de los servicios de información del pueblo. No tenía la menor idea de cómo se habría difundido tan rápido el rumor de su encuentro con Patrik.
—No sé de qué me hablas.
—Ya me imagino. En fin, ¿hasta dónde habéis llegado? ¿Habéis probado o qué?
Erica le dio un codazo en el pecho, pero no pudo evitar una carcajada.
—No, no he «probado» nada. En realidad, ni siquiera sé si me interesa. O, más bien, me interesa, pero no sé si quiero que vaya a más. Siempre y cuando a él le interese. Lo que no tiene por qué ser así.
—En otras palabras, eres una cobarde.
Erica odiaba que Dan tuviera razón la mayoría de las veces. En ciertas ocasiones, pensaba que la conocía demasiado bien.
—Sí, he de reconocer que estoy un poco insegura.
—Bueno, solo tú puedes decidir si te atreves o no. ¿Has pensado cómo te sentirías si resultara bien?
Sí, Erica lo había pensado. Muchas veces, durante los últimos días. Pero la cuestión era, por el momento, hipotética. Después de todo, solo habían cenado una vez.
—Bueno, de todos modos, yo creo que debes ir por ello al cien por cien. Mejor aprender del pasado y seguir adelante.
—A propósito de Alex, resulta que encontré algo muy curioso. —Erica cambió radicalmente el tema de la conversación.
—Ah, ¿sí? ¿El qué?
La voz de Dan sonaba expectante y como alerta a un tiempo.
—Pues verás, estuve en su casa hace un par de días y encontré un papel muy interesante.
—¿Qué dices que has hecho?
Erica no se molestó en contestar y desechó aquella explosión con un gesto indolente de la mano.
—Encontré una copia de un viejo artículo sobre la desaparición de Nils Lorentz. ¿Tú entiendes por qué Alex habría escondido entre la ropa interior un artículo de hace veinticinco años?
—¿Entre la ropa interior? Pero, Erica, ¿qué coño dices?
Ella alzó la mano para detener las protestas y prosiguió.
—Mi intuición me dice que tiene algo que ver con que la asesinaran. No sé cómo, pero ahí hay un auténtico gato encerrado. Además, alguien entró en la casa y anduvo rebuscando mientras yo estaba allí. Y es posible que lo que buscaba ese alguien fuera el artículo.
—¡Estás loca! —Dan la miraba atónito—. Y, además, ¿por qué coño tienes que mezclarte tú en todo eso? Buscar al asesino de Alex es trabajo de la policía.
Su voz había empezado a sonar chillona.
—Sí, ya lo sé. No tienes que gritarme, que no estoy sorda.
Soy consciente de que, en realidad, no tengo nada que ver con el asunto.
Pero, en primer lugar, la familia ya me ha involucrado, en segundo lugar, Alex y yo fuimos muy amigas en su día y, en tercer lugar, me cuesta olvidarme de ello, puesto que fui yo quien encontró el cadáver.
Erica se abstuvo de hablarle del libro. En cierto modo, siempre sonaba más sucio y frío cuando lo decía en voz alta.
Además, tenía la impresión de que Dan había reaccionado de forma un tanto desmedida, aunque él siempre se había preocupado mucho por ella.
Tenía que reconocer que, dadas las circunstancias, no era muy inteligente andar husmeando en la casa de Alex.
—Erica, prométeme que dejarás esto.
Le puso las manos sobre los hombros y la obligó a volverse hacia él. Tenía la mirada limpia, pero demasiado dura para ser de Dan.
—No quiero que te ocurra nada y, si sigues metiéndote en esto, será como ponerte la soga al cuello. Déjalo.
Dan la agarraba con más fuerza sin dejar de mirarla fijamente. Erica abrió la boca para responder, estupefacta ante la reacción, pero antes de que alcanzara a pronunciar una sola palabra, se oyó la voz de Pernilla desde el embarcadero.
—¡Vaya, aquí estáis! Y pasándolo bien, según veo.
Tenía en la voz una frialdad que Erica no había oído jamás. Tenía la mirada sombría y abría y cerraba las manos nerviosamente. Los dos se quedaron helados al oírla y las manos de Dan seguían sobre los hombros de Erica. Dan las retiró como un rayo, como si se hubiera quemado, y se levantó.
—Hola, cariño. ¿Has salido antes del trabajo? Erica solo venía a charlar un rato y ha traído unos bocadillos.
Dan hablaba sin parar mientras Erica los miraba atónita.
Le costaba reconocer a Pernilla, que le lanzó una mirada llena de odio.
Tenía los puños apretados y, por un instante, Erica pensó que iba a pegarle.
No comprendía nada. Hacía años y años que habían aclarado las cosas en lo que a Dan y ella se refería.
Pernilla sabía que no quedaba ya ningún sentimiento entre ellos.
O, al menos, ella creía que lo sabía. Ya no estaba tan segura.
La cuestión era, pues, qué habría provocado aquella reacción.
Ella seguía mirándolos a los dos. Dan parecía el perdedor de la lucha sin palabras que daban la sensación de estar librando él y Pernilla.
Erica no tenía nada que decir y decidió que lo mejor sería marcharse en silencio y dejar que ellos aclarasen la situación.
De modo que recogió los platos y el termo en el cesto. Mientras se alejaba del embarcadero, oyó las voces de Dan y Pernilla cada vez más alteradas en el silencio.