La primera piedra (La Piedra y la Corona 1) 24
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El año del derrumbe fue, además, un año de pocas lluvias, y los dos males se juntaron, porque las desgracias, como las aceifas, rara vez vienen solas.

La cosecha vino corta. No una hambruna, todavía, pero corta, y en una comunidad que llevaba años echando brazos a la piedra en vez de a la tierra, una cosecha corta se notaba el doble.

Los graneros del común, que Adosinda había llenado en los años buenos precisamente para esto, bajaban más deprisa de lo que debían, porque eran más bocas que nunca y menos campo trabajado, y al filo del invierno la cuenta empezó a no salir.

Y el que tenía la llave del problema no era ni Adosinda ni Munio: era el molino.

Velagra tenía un solo molino, en el río, y a su frente un molinero, un tal Gontrigo, hombre solitario y de pocos amigos, como suelen ser los molineros, porque el que tiene la llave del pan de todos acaba mirado de reojo por todos.

El molinero es, en cualquier pueblo, el que más cerca está de ser rico y el más odiado por estarlo: vive un poco apartado, junto al agua, no siembra ni pastorea, y sin embargo come, porque de cada saco que muele se queda con su parte, la maquila, y en un año bueno nadie se la discute, pero en un año malo cada puñado de harina que se lleva parece robado de la boca de un niño.

Y el que muele es el que de verdad manda sobre el pan, más que el que siembra y más que el que guarda, porque el grano sin moler no se come: es piedra, es semilla, no es pan.

En los años buenos eso no se notaba, y Gontrigo era uno más, gruñón y solo, al que se saludaba al pasar.

En un año corto, se notó de golpe, y el molinero pasó de ser un vecino raro a ser sospechoso: que si molía antes a los suyos, que si se quedaba más maquila de la justa, que si tenía la artesa más llena que nadie.

Empezó a dormir con un palo al lado. Adosinda tuvo que poner a un hombre de Ardón a vigilar el molino, no de los de fuera, sino de los de dentro, porque en el hambre el primer muro que se cae es el de la confianza, y un pueblo hambriento mira a su propio molinero como un sitiado mira la despensa del vecino.

Así de deprisa, descubrió Adosinda, se descose una comunidad: no por el enemigo de fuera, sino por el saco de harina del de al lado.

La cola del molino se volvió, aquel invierno, el sitio más peligroso de Velagra, más que el adarve.

Allí esperaban, de madrugada, con su poco grano, mujeres y viejos y críos ateridos, y la espera, con hambre, agria el alma de cualquiera.

Saltaban las disputas por nada, por un puesto en la fila, por un puñado de harina, por la sospecha de que al molinero se le pegaba a los dedos más maquila de la justa.

Una mañana, dos mujeres se agarraron del pelo a la puerta del molino, y los hombres que las separaron acabaron a su vez a empujones, y de aquello quedó un rencor que duró meses.

Porque el hambre no entiende de razones grandes; el hambre mira el puchero del vecino y cuenta, y donde había sido comunidad empieza a haber bandos.

Y lo que en la cola del molino era pelea de pobres, subía a la era convertido en otra cosa, en una pregunta sorda que crecía: por qué pasaban hambre teniendo, decían, una señora que guardaba grano, y unos hombres jugando a las torres mientras el campo se quedaba sin brazos.

La pregunta no era justa del todo, pero el hambre no es justa, y prendía.

Y de la era ese descontento subió hacia los de siempre, contra la obra, contra la torre que se había comido los brazos que ahora faltaban en el campo.

Munio se puso al frente, como tenía que ser, porque era la voz de los que daban de comer y porque llevaba veintisiete años diciendo lo mismo y por una vez los hechos le daban la razón entera.

—¡Lo dije! —tronó en la era, ante medio Velagra—.

¡Lo llevo diciendo desde el primer día! ¡Cuatro hombres muertos bajo una piedra que no nos da de comer, y los graneros vacíos porque hemos puesto a los hombres a soñar en vez de a segar!

¡Que se pare la obra! ¡Toda! ¡Que cada brazo vuelva al campo hasta que haya pan, y entonces, si sobra, que jueguen a las torres!

Y entre la gente, mezclado, asintiendo, echando leña con una palabra aquí y otra allá sin que se notara que era él quien las echaba, estaba el arriero.

El topo de Sisberto llevaba cinco años subiendo a Velagra, ganándose la confianza de todos, y aquel invierno hacía su trabajo más fino: no inventaba el descontento, que era real, solo lo soplaba, lo orientaba, susurraba en la cola del molino que la señora guardaba grano para los suyos, que la obra era un capricho de la noble y el cantero, que en otras aldeas se vivía mejor sin torres.

Sembraba. Y de paso, con la excusa de echar una mano en lo que hiciera falta, andaba siempre cerca de la obra, de los cimientos, cavando aquí, apuntalando allá, con los ojos muy abiertos, buscando lo que su amo le había mandado buscar.

Antes de elegir, Adosinda hizo lo que hacía siempre con las decisiones difíciles: las miró de cerca, para no decidirlas desde la ermita como un número.

Bajó al pueblo, entró en las casas. Vio lo que el hambre de verdad va haciendo, despacio, en una comunidad: a los niños con la barriga hinchada y las piernas como palos, callados, que es lo peor, porque un niño que tiene hambre llora, pero un niño que lleva semanas con hambre ya no llora, ahorra; a las madres que se quitaban su parte de la boca y la ponían en la de los críos y luego se mareaban moliendo a brazo en el molino de mano; a los viejos que decían que no tenían apetito, que era mentira, que era su manera de morirse para dejarles su ración a los nietos.

Vio a una mujer hervir, por tercera vez, los mismos huesos de una res que ya no daban ni el sabor, para sacarles un caldo que era poco más que agua caliente, y dárselo a sus hijos como si fuera sustancia.

Y supo, viendo aquello, que Munio tenía razón hasta el tuétano, que no hay torre que valga un niño con las piernas como palos, y que un señor que deja morir de hambre a su gente por una obra de piedra, por sagrada que sea la obra, no merece que lo sigan.

Subió a la ermita con la decisión ya tomada en el cuerpo, no en la cabeza, que es donde de verdad se toman las que cuestan.

Eligió delante de todos, porque las decisiones que se esconden se pudren.

—Se para la obra hasta la próxima cosecha —dijo, y a Teudila se le cayó el alma a los pies, pero ella siguió, mirándolo a él y a Munio a la vez—.

Todos los brazos al campo y al ganado. Munio tiene razón: primero se come.

—Levantó la voz para que no quedara duda—.

Pero la obra se reanuda en cuanto haya pan.

No se abandona. El que diga que se abandona, miente o nos quiere muertos.

La torre no es un capricho: es el sitio donde nos meteremos el día que suba un ejército, y ese día llegará antes de lo que creéis.

Paramos para comer. No paramos para rendirnos. ¿Está claro?

No a todos les quedó claro, y el topo se encargó de que a algunos les quedara aún menos.

Pero la decisión cuajó, y Velagra apretó los dientes para pasar el invierno.

Lo que nadie vio fue lo que estuvo a punto de pasar aquellas mismas semanas, en los cimientos de la torre parada.

El arriero, husmeando entre los andamios desiertos con la excusa de recuperar madera aprovechable, cavó por su cuenta en el corazón de la obra, justo donde la roca afloraba limpia, justo donde Adosinda había enterrado el lino veintisiete años atrás.

Llegó a tocar, con la punta del pico, la losa lisa que cubría el secreto.

Levantó una esquina. Vio, debajo, un hueco, tierra removida distinta, el indicio inconfundible de que allí se había enterrado algo.

Y en ese momento lo llamaron, porque la recua bajaba al día siguiente y había que cargar, y el arriero tuvo que dejarlo a medias, tapar deprisa, y marcharse al sur con la noticia más valiosa que había llevado nunca a medio sacar: que en los cimientos de Velagra, en el sitio exacto, había algo enterrado.

No la corona en la mano. Pero el sitio. Y para Sisberto, el sitio era casi tanto como la pieza.

Pero el arriero cometió un error, y fue tapar deprisa.

Porque desde la noche en que Adosinda le confió el secreto, Teudila no había vuelto a pasar junto a aquel rincón sin mirarlo, con esa atención de propietario que se le pone a uno encima cuando guarda algo.

Y la mañana en que subió a la obra parada a recoger herramienta, lo vio enseguida, antes incluso de entender qué veía: la tierra de aquel punto, su punto, estaba distinta.

Removida y vuelta a poner, mal, con el cascajo en un orden que no era el que él tenía en la memoria, porque un cantero recuerda el suelo de su obra como un pastor recuerda sus ovejas.

Se le heló la sangre. Cavó él mismo, con cuidado, y encontró la losa con una esquina levantada y la tierra de debajo movida.

No habían llegado a la corona, faltaba un palmo.

Pero alguien había estado allí. Alguien había cavado en el único sitio de toda la peña donde no había razón ninguna para cavar.

Fue a buscar a Adosinda con la cara de quien trae la peor noticia, y se lo dijo en voz baja, los dos solos.

La señora se puso pálida como Teudila no la había visto nunca.

Aquella misma noche, sin una luz, los dos bajaron al corazón de la mole y rehicieron el escondite: sacaron la corona, todavía en su lino podrido, y la enterraron un codo más hondo, en un hueco que Teudila abrió en la propia roca viva con un puntero, y encima asentaron, ya no una piedra cualquiera, sino un buen sillar trabado, de los suyos, que no se levantaba sin herramienta y sin saber.

Y mientras lo asentaba, a oscuras, Teudila entendió dos cosas a la vez.

Que el día que reanudaran la torre, fundaría el gran pilar justo encima, como había prometido, y que nadie volvería a tocar aquello sin tirar la torre.

Y que alguien, allá fuera, ya sabía o sospechaba; que el secreto, después de veintisiete años, había empezado a filtrarse; y que la carrera entre la piedra que él subía y la mano que venía a buscar lo de debajo acababa de empezar, aunque ninguno de los dos supiera todavía quién la corría desde el sur.