La primera piedra (La Piedra y la Corona 1) 10
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Segunda parte · La frontera

Nueve veces había bajado el río desde entonces, y nueve veces había vuelto a subir, y en esos nueve años el montón de fugitivos se había vuelto una aldea.

Teudila lo medía, como lo medía todo, por la piedra.

Cuando llegaron solo había la ermita y los muros romanos abiertos al cielo.

Ahora, dentro del recinto viejo, había casas de verdad: paredes de mampostería con su techo de tablazón y paja, una era para trillar, un horno de pan, corrales pegados a la muralla aprovechando los lienzos que aún se tenían en pie.

Habían cerrado la puerta con un portón de roble que herraba Quirico.

Habían limpiado la canal romana y el agua del manantial corría otra vez por donde la habían hecho correr hombres muertos hacía siglos.

Velagra, porque ya casi todos la llamaban así sin que nadie lo hubiera decidido, comía de su vega, pastoreaba en su alto y dormía detrás de sus muros, y eso, en la tierra de nadie del Duero, era casi un milagro.

Después vinieron los años de ir a más. Los labriegos, que al principio eran cuatro, roturaron la vega palmo a palmo, quemando matorral, sacando piedra, hasta que la tierra negra que llevaba siglos descansando empezó a dar centeno y cebada como si se vengara de tanto descanso.

Munio rehízo sus rebaños con las primeras parideras y aprendió los pastos del alto como si hubiera nacido allí.

Ardón organizó una ronda, enseñó a los mozos a tirar con honda y con arco, puso vigías en lo más alto de la mole para ver venir el sur.

Y la gente que había ido sumándose por el camino, el herrero Quirico con su yunque, la vieja Sabina con sus hierbas, las familias que la voz de la peña fue atrayendo, acabó de dar a Velagra lo que le faltaba para dejar de ser un campamento con suerte y volverse lo que era ahora: una aldea con sus oficios, sus pleitos, sus bodas y sus entierros, su manera de hacer las cosas.

Nueve años. A Teudila se le habían ido casi sin sentirlos, porque los años de construir se van así, en hiladas, sin que uno note que de tanto poner una piedra sobre otra se le ha puesto la vida encima.

Y a Teudila no le bastaba.

Aquella mañana subió, como tantas, a lo más alto de la mole, donde la roca afloraba limpia y donde, todos lo sabían menos casi todos, dormía bajo una piedra cualquiera la cosa que Adosinda había enterrado el primer día.

Se sentó en un sillar caído y miró lo que tenía delante: el arranque de una gran torre romana, dos lienzos de muralla colosal que en su día habían abrazado la peña entera, ahora rotos, desplomados en faldas de escombro que el tomillo se comía.

Llevaba nueve años mirando aquello. Y llevaba nueve años sabiendo dos cosas a la vez, las dos verdaderas, las dos insoportables: que aquello se podía volver a levantar, y que él no sabía cómo.

Sabía poner un muro. Sabía tallar un sillar y trabarlo con el de al lado a hueso, como le había enseñado Materno.

Con eso había hecho las casas, los corrales, el horno.

Pero lo que pedía la mole era otra cosa.

Pedía subir una torre de cuatro o cinco alturas que no se viniera abajo por su propio peso; pedía techar con piedra, con bóveda, no con madera que arde; pedía abrir el agua en la roca viva para resistir un cerco.

Eso no se lo había enseñado Materno, porque Materno tampoco lo sabía: era saber romano, saber de los que habían levantado aquello, y se había ido perdiendo de maestro en maestro como se pierde el agua de un cántaro rajado, hasta que ya casi nadie en toda la península sabía hacerlo.

Teudila tenía las manos. No tenía el oficio entero.

Y arder por hacer algo que no se sabe hacer es una manera lenta de volverse loco.

Lo había intentado. A escondidas, casi con vergüenza, en aquellos nueve años había hecho pruebas.

Había montado, en un rincón, un arquito pequeño de medio punto, con la ilusión de un crío, y lo había visto aguantar y se le había alegrado el alma; pero al querer hacerlo más grande, el doble, se le había venido abajo dos veces, y no había sabido por qué, porque la piedra parecía la misma y la curva parecía la misma y sin embargo una se quedaba y la otra se caía, y esa diferencia que no entendía era exactamente la frontera entre lo que él sabía y lo que no.

Había rascado en las marcas de los canteros romanos buscando que le hablaran, había medido cien veces los muros viejos tratando de robarles el secreto por los ojos, había pasado noches enteras dibujando en el suelo de tierra de su casa, a la luz del candil, líneas que borraba al amanecer.

Y nada. La piedra antigua le enseñaba el qué, mira, se puede, aquí está, hecho, pero se callaba el cómo, que es lo único que de verdad importa.

Era como tener delante un texto en una lengua que uno reconoce que es bella y no sabe leer.

Y sin embargo, en lo que sí sabía, no había en toda la frontera mejores manos.

Aquella misma semana, en la cantera, lo había vuelto a demostrar sin proponérselo.

Habían dado, picando, con una veta buena, una capa de piedra clara, sana, sin pelos, de la que se sacaban sillares grandes, de los que un muro pide para las esquinas; pero estaba honda, bajo varios codos de roca mala, y sacarla entera, sin partirla, era de esas cosas que separan al cantero del que solo pica piedra.

Teudila se pasó tres días leyendo aquel banco de piedra como otros leen el cielo: por dónde corrían las vetas naturales, dónde estaban las juntas que la propia roca traía de fábrica, por dónde quería partirse ella sola si se la ayudaba un poco.

Y luego, en vez de atacarla a la brava, hizo lo que le había enseñado Materno: abrió a cincel una hilera de huecos a lo largo de la línea por donde quería que se partiera, metió en cada hueco una cuña de madera de roble bien seca, y los mojó.

Nada más. Mojó la madera y se fue a dormir.

Y por la noche, mientras Velagra dormía, la madera empapada se hinchó, despacio, con esa fuerza ciega y enorme que tiene la madera mojada, una fuerza que no se ve y que parte montañas, y empujó las cuñas contra la piedra a todo lo largo de la línea a la vez, con una paciencia y una igualdad que ningún hombre con ningún mazo podría imitar.

Al amanecer, el banco de piedra se había abierto solo, limpio, por donde Teudila había querido, dejando una cara lisa como cortada con un cuchillo.

Los hombres lo miraron como se mira un milagro.

Teudila no les dijo que el milagro no era suyo, sino del agua y de la madera y de la paciencia, las tres cosas que un buen cantero usa más que el mazo.

Sacaron de allí los mejores sillares que había dado Velagra en nueve años.

Y Teudila, pasando la mano por aquella cara limpia, pensó, con una amargura que ya conocía, que era capaz de partir un monte por donde quisiera y no era capaz de cerrar una bóveda; que dominaba la mitad de abajo del oficio, la de arrancar y asentar, y se le negaba la de arriba, la de volar la piedra sobre el vacío.

Y que un hombre que sabe la mitad de algo grande está peor que el que no sabe nada, porque el que no sabe nada duerme.

Lo peor era saber que la respuesta estaba a cien pasos, durmiendo.

Porque en Velagra había un hombre que sí sabía, que lo sabía todo, las bóvedas, el agua en la roca, las torres que no se caen: el alejandrino.

Macario llevaba nueve años en la aldea siendo un par de manos más, callado, trabajando la piedra como cualquiera, sin alardear nunca de lo que llevaba dentro.

Y Teudila, que lo intuía, no se lo había pedido.

Por orgullo, en parte, el orgullo estúpido del que no quiere reconocer que le falta la mitad.

Y en parte porque el otro tampoco se ofrecía, como si esperara algo, como si midiera.

Dos hombres que sabían, cada uno, una mitad de lo mismo, viviendo a cien pasos durante nueve años sin juntarlas.

Algunos días Teudila pensaba que eso, y no la falta de hierro ni la falta de oro, era la verdadera ruina de la obra: dos orgullos viejos callándose.

—Otra vez aquí arriba.

Era Froila quien hablaba, aunque Froila no hablaba todavía.

Era su madre, Gontroda, la mujer de uno de los canteros, que subía con el crío a la cadera, recién nacido aquella primavera, colorado y ceñudo, con un puño cerrado fuera del envoltorio.

La mujer venía a llenar un cántaro en el manantial de arriba, que daba el agua más fría.

—Le gusta esto al niño —dijo Teudila, por decir algo, mirando al crío.

—A este lo que le gusta es comer y berrear. —Gontroda se rió, pero miró ella también la mole, los muros rotos, y se le borró la risa—. ¿De verdad crees que se puede, maestro? Levantar todo eso otra vez.

Maestro. Le decían maestro porque era el que más sabía de piedra, pero él sabía que no lo era, que un maestro de verdad habría sabido el cómo, y la palabra, en vez de halagarlo, le pesaba como una acusación.

Pero hubo algo en aquel cruce con Gontroda y su crío que se le quedó dentro, más que la pregunta.

Fue que, por primera vez, reparó en que en Velagra estaban naciendo niños.

No criaturas traídas del sur en la huida, marcadas por el camino y el miedo, sino niños nacidos allí, en la peña, que no conocían otra tierra, que no habían visto Guadalete ni Toledo ni la riada, para los que el mundo entero era aquel recinto de muros viejos y aquella vega y aquel río.

Una generación nueva, la primera de verdad de Velagra, que mamaba, gateaba y daba sus primeros pasos entre los andamios y los rebaños como si la peña fuera lo más natural del mundo, porque para ellos lo era.

Y Teudila comprendió, mirando aquel puño cerrado del crío de Gontroda, una cosa que cambiaba el sentido de todo lo que hacía: que la obra ya no era para los que llegaron huyendo, los viejos, los que se acordaban de otra cosa y morirían acordándose.

La obra era para aquel niño, y para los que vendrían después de él, los que no recordarían nunca que un día sus abuelos llegaron sin nada a una peña sin nombre.

Construía para gente que aún no sabía hablar, y para gente que aún no había nacido.

Y eso, lejos de cansarlo, le dio la primera paz de verdad que sintió desde Guadalete, porque un hombre que ha entendido para quién trabaja ya no trabaja contra el tiempo, sino con él.

—Se puede —dijo—. Lo hicieron una vez. Lo que se hizo una vez, se puede volver a hacer.

No dijo lo otro: que no sabía cómo, y que el único hombre de Velagra que quizá lo supiera llevaba nueve años callándoselo.

Bajó del alto de mal humor y se fue derecho a la fragua, que era donde se le pasaban los malos humores.

La fragua de Quirico era el otro corazón de la aldea, el que Teudila no acababa de querer reconocer que mandaba tanto como el suyo.

Quirico era un hombre seco, de pocas palabras y manos quemadas, que había llegado con la marea como todos y que se había hecho indispensable sin pedir permiso, porque sin él no había clavo, ni reja de arado, ni filo, ni gozne, ni la herramienta con que el propio Teudila tallaba la piedra.

El golpe del martillo sobre el yunque marcaba las horas de Velagra mejor que las campanas de la ermita.

Desde que llegó con su yunque a la espalda, años atrás, Quirico no había parado un solo día.

Teudila y él se llevaban con ese respeto áspero de los dos artesanos que se necesitan y no se lo perdonan: porque el cantero no podía dar un golpe sin la herramienta del herrero, y el herrero, en el fondo, sabía que sin la obra del cantero su fragua sería solo rejas de arado y herraduras, oficio menor.

Se medían. Se picaban. Pero cuando uno de los dos enfermaba, era el otro el que aparecía de noche a ver cómo seguía, sin decir nada, dejando un caldo en la puerta.

—Necesito punteros nuevos —dijo Teudila—. Y los cinceles otra vez sin filo. La piedra de aquí arriba se come el hierro.

Quirico ni levantó la vista del yunque.

—Pues entonces necesitas hierro —dijo—. Y de hierro ando como ando.

—Señaló con la barbilla un rincón donde había cuatro tochos miserables—.

Eso es lo que me queda. Cuando se acabe, se acabó.

Ni punteros, ni rejas, ni gonces, ni filos.

La obra que tanto sueñas, maestro, no la para el moro ni la lluvia.

La para que se me acabe esto. —Volvió a golpear—.

Reza por que suban pronto los arrieros con metal, o por que tu Adosinda encuentre con qué pagarlo.

Porque la piedra la pones tú, pero la herramienta con que la pones la pongo yo, y sin mí no hay nada.

Teudila se quedó mirando los cuatro tochos de hierro.

Y entendió, con una claridad fría, que la obra de su vida no dependía solo de un saber que le faltaba, sino de aquel rincón miserable de la fragua, y de los caminos por donde subía el metal, y de algo enterrado bajo una piedra en lo alto de la peña con que se pagaba, en secreto, lo que la aldea no podía pagar.

Tres hilos. Y cualquiera de los tres, al romperse, lo paraba todo.

Aquella tarde, sin proponérselo, los tres hilos lo llevaron al mismo sitio, que era donde acababan llevando todos los hilos de Velagra: a Adosinda.

La encontró en la ermita, inclinada sobre una piel raspada, haciendo lo que hacía siempre, cuentas; y al verla así, Teudila tuvo una de esas comprensiones que no se buscan.

Que mientras él soñaba con torres y Quirico golpeaba el hierro y Munio contaba ovejas, alguien tenía que sostener el conjunto, decidir cuánto grano se guardaba y cuánto se trocaba por metal, a quién se daba tierra y a quién no, cómo se pagaba a los arrieros sin que se notara de dónde salía el oro.

Esa era ella. La aldea creía que la sostenían los muros y los rebaños; Teudila empezaba a ver que la sostenía aquella mujer encorvada sobre una piel, sumando, restando, callando lo que enterraba el primer día.

No le dijo nada de la fragua ni del hierro.

Le pareció, de pronto, que ya tenía bastante encima.

Le pidió, solo, que le diera los buenos días, y ella levantó la vista de las cuentas y se los dio, y los dos, por un momento, sin palabras, se reconocieron como dos personas que cargan, cada una a su modo, el mismo peso imposible.

Lo que ni él ni ella sabían aquella tarde, inclinados sobre las mismas cuentas y el mismo silencio, era cuánto iba a pesar ese peso el día en que el cielo se cerrara.

Llevaban años de cosechas medianas, que es lo más que pide un pueblo nuevo, y se habían acostumbrado a creer que el hambre era cosa del sur, de la guerra, de los otros.

Faltaban todavía unos cuantos veranos para que Velagra aprendiera que la peña que la guardaba de los hombres no la guardaba del cielo, y que llega un año en que no hay cuenta, por bien hecha que esté, capaz de repartir lo que no existe.