Capítulo 25
veinticinco
LINC
El cuchillo produce un golpe satisfactorio contra la tabla de cortar mientras pico una cebolla con precisión ensayada. Hay algo terapéutico en cocinar: la promesa de satisfacción cuando todo encaja. Un poco como el hockey. Un poco como el sexo.
Definitivamente como anoche con Em.
No puedo contener la sonrisa que se me extiende por la cara mientras pienso en ese encuentro por quincuagésima vez. En ella. En cómo me miró cuando estábamos en la habitación de Declan, con los labios todavía hinchados de mis besos, los ojos brillantes con algo que no era solo deseo.
«Te deseo».
Esas palabras siguen resonando en mi cabeza, pero no solo por lo que provocaron en el plano físico.
Es el peso detrás de ellas lo que me tiene sintiéndome como si hubiera marcado un hat trick en el partido más importante de mi vida.
Ella me desea, y joder si yo no la deseo a ella con la misma intensidad.
Recojo la cebolla picada en un bol y paso a los pimientos, y el cuchillo se desliza por la carne crujiente con mínima resistencia. La receta pide rojo y amarillo, pero también compré verde porque me gusta el contraste de color. Mi padre siempre dice que la presentación importa tanto como el sabor.
—Eh, ¿a qué viene todo esto?
Levanto la vista y me encuentro a Mike en el umbral de la cocina, con las cejas levantadas mientras inspecciona lo que hay desplegado por nuestra encimera: hierbas frescas, pollo marinando, una botella de vino decente en la que me dejé un dineral.
.. un despliegue muy superior a cualquier cosa que haya preparado jamás para las cenas del equipo.
—Noche de cita —digo, con una mezcla extraña de orgullo y timidez—. Em viene a cenar.
—¿No jodas? —Mike sonríe, cojeando hacia el refrigerador—. Vaya, Lincoln García por fin listo para sentar cabeza...
El calor me sube por el cuello.
—Puede ser...
Saca un Gatorade y se apoya en la encimera, mirándome con un interés nuevo.
—Maine estaba prácticamente haciendo un baile de la victoria.
—Me lo imagino —me río—. ¿Tú de qué lado de la apuesta estabas?
—Sin comentarios. —Esboza una sonrisa, otro destello del Mike de antes que está volviendo poco a poco—. Entonces... ¿le estás cocinando?
—Es solo piccata de pollo. —Me encojo de hombros, intentando quitarle importancia al esfuerzo que llevo invirtiendo—. Nada del otro mundo.
—Ya. —Mike resopla—. Solo piccata de pollo con... —se asoma a mi bol— ¿pasta casera? Hermano, nunca cocinas así para el equipo... Me siento herido.
—El equipo come como una manada de lobos hambrientos —señalo—. No apreciarían el sutil perfil de sabor del limón con las alcaparras.
—¿El sutil qué? —Mike se ríe—. Escúchate, como Gordon Ramsay o algo así.
—¿No tenías que estar en algún sitio? —digo con buen humor, echando los pimientos en otro bol.
—Hasta luego no. —Da un trago a su Gatorade, estudiándome por encima de la botella—. ¿Cómo lo llevas con Brown?
Mi cuchillo se detiene una fracción de segundo antes de que retome el corte.
—Bien.
—¿Bien? —Arquea una ceja—. Nos han pateado el culo tres años seguidos.
—Y este año no lo harán —digo con más confianza de la que siento—. Tenemos más profundidad.
—No, no la tenemos... —Mike se ríe—. Declan dejó el equipo, y yo llevo una eternidad sin jugar...
—Profundidad de alma, imbécil —sonrío—. Ahora que Em está a mi lado, voy a marcar un hat trick en cada partido.
—Eso es tan ñoño que me dan arcadas —dice Mike con sequedad—. ¿Llevas ensayando esa frase para la rueda de prensa?
Me río, pero la verdad es que he estado intentando activamente no pensar en el partido contra Brown.
No solo porque estén cargados de talento, sino porque mis padres vienen.
Y aunque los quiero —los quiero, con todo— la perspectiva de mi madre en las gradas todavía me llena de un extraño temor latente.
Llevo tres días sin responder a sus mensajes.
Tres días esquivando sus textos cada vez más frecuentes sobre ojeadores de la NHL que podrían estar en el partido, sobre cómo el señor Harrison de su club de lectura tiene un primo que trabaja para la organización de los Capitals, sobre lo orgullosa que está de su «superestrella».
Cada mensaje añade más peso a mis hombros, otra expectativa que temo no cumplir.
Y ahora ha enviado veinte —veinte— fotos de las socias de su club de lectura apiñadas alrededor de un portátil viendo la retransmisión de mi último partido.
Veinte ángulos diferentes de señoras de mediana edad en rebecas sosteniendo carteles hechos a mano.
No sé si sentirme conmovido u horrorizado.
—Eh, Linc, ¿sigues aquí? —dice Mike, agitando una mano delante de mi cara—. ¿Dónde te has ido, hermano?
Parpadeo, de pronto consciente de que llevo un minuto entero mirando la misma zanahoria.
—Perdona, estaba... pensando en el partido.
—Y una mierda —dice Mike, pero no insiste. En su lugar, cambia ligeramente de tema—. Van a subir para el partido, ¿no? Tus padres.
Asiento, concentrándome intensamente en la zanahoria que estoy cortando en juliana.
—Sí.
—¿Tu madre sigue bombardeándote el móvil con lo de los ojeadores?
Otro asentimiento.
—Madre mía. —La risa de Mike es mitad compasión, mitad diversión genuina—. Se lo está tomando muy en serio esto de ser madre de jugador de hockey, ¿eh?
—Tiene una camiseta personalizada que dice «La Mamá de Linc» en la espalda —digo, y las palabras me salen más planas de lo que pretendía—. Con pedrería.
Mike intenta contener la sonrisa y fracasa estrepitosamente.
—Eso es...
—¿Horroroso? ¿Mortificante? ¿Una razón válida para fingir mi propia muerte?
—Iba a decir «entregada», pero claro, quédate con mortificante.
Me paso una mano por el pelo.
—Sé que debería estar agradecido. Hay tipos cuyos padres no van nunca a un partido.
—Como los míos...
—Ya lo sé, pero... —exhalo despacio, escogiendo las palabras con cuidado, porque sé que Mike daría lo que fuera por tener a sus padres en un partido—. Es mucha presión, ¿sabes?
Las palabras quedan suspendidas en el aire. Si la cago con ella mirando, la decepción será insoportable. Si la cago con ella mirando, intentará dirigirme desde las gradas. Si la cago con ella mirando, el peso de sus sueños para mí podría terminar de aplastarme los pulmones.
Mike me mira fijamente durante un largo momento, y casi puedo ver cómo sopesa si ofrecerme un consejo o dejarlo estar.
Al final, opta por cambiar de tema, y se lo agradezco.
Hay un momento y un lugar para este tipo de conversación, y me alegro de que se haya dado cuenta de que no es ahora, antes de mi cita.
—Bueno. —Se endereza, lanzando la botella vacía de Gatorade al contenedor de reciclaje—. ¿Estás nervioso?
—¿Por el partido? —Frunzo el ceño.
—Por cocinar para Em. —Señala el despliegue otra vez—. Es mucho esfuerzo para una chica con la que ni siquiera salías hace un día.
Me relajo un poco, agradecido por el giro.
—Quiero que salga bien.
Eso se queda corto. Quiero que sea perfecto. No solo la comida, todo. El ambiente, la conversación, el inevitable momento en que acabemos en mi habitación. Quiero hacer bien esto de estar en pareja. Sobre todo con ella.
—Bueno, no voy a estropearte el plan —dice Mike—. Me iré a casa de Maine esta noche.
—No hace falta que...
—Créeme, sí. —Mike pone cara de asco—. Las paredes son finas, hermano. Finas.
El calor me trepa por el cuello otra vez.
—Eso no es, o sea, nosotros no...
—Guárdatelo para tu diario, Casanova. —Mike levanta la mano—. Simplemente disfruta.
La insinuación queda flotando en el aire, y no puedo fingir que no lo he pensado. Estar con Em del todo. Dar ese paso juntos, ahora que me ha dicho que está lista. No es que no haya tenido sexo de sobra antes, pero esto se siente distinto. Importante.
—Gracias —digo al fin.
—De nada. —Mike se despega de la encimera—. Y ¿Linc?
—¿Sí?
—Le gustarías aunque hubieras pedido una pizza.
Abro la boca para responder, pero ya se ha ido, dejándome solo con mis pensamientos otra vez. Lo primero que pienso al volver a la tabla de cortar, retomando mi preparación metódica, es lo agradable que es tener de vuelta al Mike de antes. Lo segundo es que Em estará aquí en menos de una hora.
Así que, por ahora, empujo los pensamientos sobre hockey, mi madre y los ojeadores al fondo de mi cabeza. Esta noche no va de nada de eso. Esta noche va de Em —de nosotros— y de ver adónde puede llevarnos lo que hay entre los dos. Y, como obedeciendo a una señal, el móvil vibra en la encimera.
Es de Em:
De camino. Muero por ver qué estás preparando... y no me refiero solo a la cena.
Los labios se me curvan en una sonrisa mientras leo el mensaje. Pase lo que pase en mi vida, esto —aquí, ahora mismo— se siente como una victoria.
El sonido de tres golpes suaves me hace prácticamente saltar hacia la puerta.
Llevo la última media hora listo, comprobando la hora periódicamente, limpiando encimeras que ya estaban limpias y ajustando el regulador de luz exactamente diecisiete veces.
Y, lo más importante de todo, la comida está lista.
Y yo también.
Cuando abro la puerta, Em está ahí con un vestido negro sencillo que se le ciñe a las curvas en todos los sitios correctos. El pelo le cae en ondas sueltas sobre los hombros, y un toque de maquillaje le acentúa los ojos. Tardo un segundo en recordar cómo se forman las palabras.
—Hola —consigo decir al fin.
Me inclino y le doy un beso suave en los labios, tentativo, como si todavía estuviéramos descifrándonos.
Porque así es. La fiesta fue hace dos noches, y no nos hemos visto desde entonces.
Hemos estado escribiéndonos sin parar, pero esta es nuestra primera cita oficial como. .. lo que sea que seamos ahora.
—Estás increíble —le digo.
—Gracias. —Se le colorean un poco las mejillas—. Tú tampoco estás nada mal arreglado.
—Llevo una camisa y vaqueros —digo—. Tú vas vestida para una pasarela...
Sonríe.
—Tendrás que compensarlo cuando nos desvistamos...
Casi me atraganto, y la tomo de la mano.