Capítulo 10
diez
LINC
El disco se me escapa del palo por tercera vez en veinte minutos.
—¡Por Dios, Garcia! —La voz atronadora del entrenador retumba por toda la pista—. ¡Mi madre habría atrapado ese pase, y la cremaron hace quince años!
Me muerdo la lengua y asiento.
Aunque lo que quiero decir es que no he dormido.
Mike decidió que las tres de la madrugada era el momento perfecto para poner la discografía completa de Metallica a todo volumen.
Y, por si eso no bastara, dio un portazo a las seis al salir, asegurándose de que llegara al entrenamiento como un zombi.
Pero las excusas no le valen al entrenador, y, francamente, a mí tampoco.
—¡Linc! ¡Tienes que bajar más el palo para anticipar el pase! —El consejo tan útil de Mike resuena desde el banquillo—. ¡Es lo más básico, hermano!
Patino hasta el otro extremo de la pista, poniendo toda la distancia posible entre los comentarios de Mike y yo. Claro, después de semanas de silencio hosco, elige precisamente hoy para convertirse en el John Madden del hockey y comentar cada uno de mis movimientos.
Maine se desliza hasta mi lado, en voz baja:
—Tienes una pinta de mierda.
—Gracias. Me siento aún peor de lo que aparento.
Maine está inusualmente apagado, porque Mike también se la ha tomado con él. Todo el mundo anda pisando huevos alrededor de Mike, pero no nos da tiempo a seguir hablando antes de que el entrenador toque el silbato.
—¡Cambio de línea! ¡Primera línea fuera, segunda dentro! —Su voz me taladra el cráneo—. Garcia, se queda en la pista, y más le vale que la práctica haga al maestro.
Genial. Turnos dobles cuando apenas puedo mantener los ojos abiertos.
Nos colocamos para un ejercicio ofensivo estándar: nada complicado. Recibir el pase, sortear a dos defensas y tirar a puerta. He hecho este ejercicio unas cinco mil veces desde que tenía ocho años. Podría hacerlo dormido, lo cual es conveniente porque prácticamente ya lo estoy.
—¡Acuérdate de amagar a la izquierda antes de ir a la derecha! —grita Mike mientras me coloco—. ¡Te delatas demasiado!
Aprieto la mandíbula con tanta fuerza que me sorprende no romperme los dientes. ¿Desde cuándo Mike —un defensa— tiene opiniones sobre mi estrategia ofensiva? Sobre todo cuando su consejo contradice directamente lo que el entrenador me indicó la semana pasada.
El disco viene hacia mí. Lo recibo limpio —por fin— y encaro a los defensas. Amago a la derecha, voy a la izquierda —lo contrario del brillante consejo de Mike— y los supero. Solo quedamos Rook en la portería y yo. Cambio al revés, apuntando lo que debería ser un tiro directo a la escuadra.
—¡El ángulo está mal! —La voz de Mike me atraviesa la concentración en el momento exacto en que suelto el tiro.
El disco sale desviado, falla la portería por completo y rebota contra el plexiglás con un golpe patético.
Miro al entrenador justo cuando sus ojos se desvían hacia Mike y vuelven a mí, con un cálculo detrás que no logro descifrar.
Me preparo para el castigo: vueltas, sprints o quizás las «cuatro facilitas» por el campus.
Pero, en vez de eso, el entrenador da tres pitidos, señalando el final del entrenamiento.
—A las duchas —dice—. Menos Garcia: mi despacho, cinco minutos.
El equipo va saliendo de la pista; algunos me palmean el hombro en señal de apoyo silencioso. Mike no me mira al pasar con su paso pesado, la muleta encajada bajo el brazo —se niega a usar las dos porque «le hacen parecer débil»— y el ceño fruncido.
En el vestuario, me tomo mi tiempo quitándome los patines, temiendo la conversación que me espera en el despacho del entrenador.
Los chicos saben que estoy preocupado, porque me dejan tranquilo.
¿Me va a sentar en el banquillo? ¿Quitarme el puesto de cocapitán?
¿Decirme que espabile antes de que vengan los ojeadores al próximo partido?
Cinco minutos después, cuando llamo a su puerta, el entrenador ya está tras el escritorio, revisando las grabaciones del entrenamiento.
—Siéntese —dice sin levantar la vista.
Me dejo caer en la silla frente a él, resistiendo el impulso de revolverme como un crío enviado al despacho del director.
Suelta un largo suspiro.
—Le pedí que hablara con Altman. ¿Ya lo ha hecho?
—No. —La culpa me golpea de lleno, sumándose al agotamiento para un ataque combinado contra mi conciencia—. No he encontrado el momento adecuado.
Los ojos del entrenador se entrecierran.
—El momento adecuado fue cuando se lo pedí.
—Está pasando por mucho...
—Todos estamos pasando por algo. —El entrenador se inclina hacia delante—. ¿Cree que yo no? Mi mujer me dejó el mes pasado. Se llevó al perro. Al perro, Garcia. ¿Quién le quita el perro a un hombre?
Parpadeo, momentáneamente descolocado por esta revelación personal.
—Lo siento, Coach. No lo sabía.
—Porque yo no lo traigo a la pista. —Señala la pantalla con el dedo, donde ha puesto grabaciones antiguas de Mike—.
Ese chico era el mejor defensa que he visto en veinte años entrenando a nivel universitario.
Un candidato seguro a la NHL. ¿Y ahora, después de una lesión, qué es? ¿Un calentabanquillo con mala actitud?
—Lo sé. —Y es verdad. El Mike de la pantalla —concentrado, decidido, vivo— se parece poco al cascarón amargado que ronda nuestro departamento.
—Hable con él antes del partido contra Colgate esta semana, porque lo quiero ayudándonos desde el banquillo esta temporada y de vuelta como capitán la próxima.
—El tono del entrenador deja claro que no es una sugerencia—.
Arregle lo que esté roto, o lo haré yo, y créame, ni usted ni Mike quieren que me encargue yo de esto.
—Sí, Coach.
—¿Y Garcia? —Su voz se suaviza, mínimamente—. Duerma algo.
Asiento, me levanto y vuelvo al vestuario, donde la mayoría ya se ha largado. El entrenamiento terminó antes de tiempo, pero nadie quiere quedarse cuando el entrenador está que muerde, así que en cuanto entré en su despacho se ducharon y se fueron.
No los culpo. Si no me hubieran colgado el título de cocapitán, habría salido de ahí más rápido que cualquiera de ellos.
Pero ahora soy yo el que apenas se está quitando el equipo para ducharse cuando Mike se acerca.
Lleva los mismos vaqueros y la sudadera del equipo que tenía en el banquillo, y sigue con la única muleta.
—Oye, ¿quieres ir a tomar un café? —dice, apoyándose en la pierna buena—. Abrieron un sitio nuevo cerca de los edificios de humanidades.
Lo miro un instante. No hemos pasado tiempo juntos por voluntad propia en semanas, salvo algún que otro momento de coincidir en el departamento. Antes de convertirse en Dr. Doom, quedábamos todo el rato, también con Dec y Maine, y lo echo de menos...
—A lo mejor la cafeína te ayuda con los reflejos. —La pulla viene acompañada de una sonrisa forzada que seguramente intenta pasar por juguetona.
Y así, sin más, cualquier interés que pudiera haber tenido en el café de la rama de olivo se evapora.
—No puedo —digo, sacándome la camiseta por la cabeza—. Tengo un montón de trabajo.
Mike aprieta la mandíbula.
—Otro día, entonces. —Se da la vuelta para irse, pero se detiene—. ¿El entrenador te habló del Colgate?
—Solo lo básico —digo, sin ver necesidad de mencionar que me han asignado arreglarle la actitud antes del partido.
—Vale —dice Mike, y se aleja cojeando. Un momento después, la puerta del vestuario se cierra tras él con un golpe sordo.
Me siento en el banco, agotado de repente hasta los huesos.
Las paredes de este vestuario solían sentirse como un segundo hogar.
Ahora se me cierran encima, asfixiándome bajo expectativas que nunca pedí.
Se supone que tengo que cargar con el equipo, salvar a Mike, impresionar a los ojeadores.
.. todo mientras mantengo un promedio de 3. 0 para conservar la beca.
Maine aparece del rincón donde están las duchas, con una toalla enrollada a la cintura.
—¿Estás bien?
Rook lo sigue, ya vestido pero secándose el pelo con energía.
—Lleva toda la semana siendo un imbécil.
A mi pesar, suelto una risa.
—Aunque te lo mereces.
Rook sonríe.
—¿Y mi ego frágil?
—Que no sea algo personal —dice Maine, poniéndose los bóxers—. Ninguno de los dos. Está especialmente insoportable por el partido contra Colgate que se acerca.
—¿Por qué? Ni que Colgate fuera tan bueno este año —digo, confundido por el comentario de Maine.
Maine y Rook se miran.
—¿No lo sabes? —Las cejas de Maine se alzan—. Su padre está de año sabático allí.
—Espera, ¿qué? —Me enderezo—. ¿Su padre está en Nueva York?
—Sí, un puesto de profesor visitante o algo así. —Maine se pone los vaqueros—. Se suponía que iba a venir al partido, pero ahora...
Ahora Mike estará mirando desde el banquillo, sin jugar. Y su padre, célebre por ser imposible de impresionar y por montarle como un jockey, presenciará su caída en desgracia o directamente no se molestará en aparecer.
—¿Cómo no sabía esto? —Las palabras salen más para mí que para ellos.
—¿No viven juntos? —pregunta Rook, sentándose para ponerse las zapatillas.
—Orbitamos el uno alrededor del otro —digo—. Como planetas. O como compañeros de piso que se odian.
—Suena sano —suelta Maine, impasible.
—Llevamos siglos sin hablar. —Me encojo de hombros—. De nada real, al menos.
—No es solo contigo —ofrece Rook—. Casi no habla con ninguno de nosotros.
Maine termina de vestirse y se deja caer en el banco a mi lado.
—Mira, vamos a emborracharlo este fin de semana hasta que se abra de verdad.
—Suerte con eso. —Me levanto, echándome la mochila al hombro—. Yo me largo.
—¿Una cita caliente? —Las cejas de Maine se menean con picardía.
Mientras me encojo de hombros, una imagen de Em me cruza la mente: su ingenio, esos labios que piden un beso, la forma en que le brillan los ojos cuando se ríe.
Técnicamente, no es una cita. Pero caliente, sin duda.
Y mucho más tentador que seguir pisando huevos alrededor de Mike, aunque el entrenador ha dejado claro que me toca romper unos cuantos pronto.
—Mientras mojes —dice Rook—, a lo mejor estás menos insoportable en los entrenamientos.
—Mira quién habla, el que le dijo al entrenador que tenía «ansiedad de rendimiento» cuando le metieron cinco goles contra Princeton.
—¡Era una excusa médica válida! —protesta Rook.
—Tu polla no era la que paraba tiros —señala Maine.
—Que sepamos —añado, y los tres nos reímos por fin: el primer momento de verdadera calidez y camaradería que he sentido en todo el día.
Cuando me dirijo a las duchas, Maine me llama:
—Piensa en lo que te dije. Mike necesita a sus amigos ahora mismo, aunque se esté portando como un imbécil.
Asiento sin comprometerme y me voy a la ducha. Unos segundos después, el chorro de agua caliente me golpea la cara y me da un momento para pensar.
El entrenador quiere que arregle a Mike. Maine y los demás quieren que haga de niñera de Mike. Mi madre quiere que me concentre en el hockey. El equipo quiere que los lleve a la victoria.
¿Y yo qué quiero?
Ahora mismo, quiero desahogarme con alguien que no sabe ni le importa nada de todo este drama del hockey. Alguien que simplemente me ve como un tipo que quizás pueda ayudarla con su problema mientras yo me desahogo también. Alguien como Em.
Por primera vez en todo el día, una sonrisa genuina me asoma a los labios.
Los deberes pueden esperar.
Mis obligaciones de capitán pueden esperar.
Responder a los mensajes incesantes de mi madre puede esperar.
Los problemas de actitud de Mike pueden esperar.
Porque me voy al 7-Eleven por un Slurpee gigante. Después voy a echarme una siesta antes de mi sesión con Em esta noche, porque si hay un área de mi vida donde me niego a rendir por debajo de mis posibilidades, es enseñarle a Em Dubois todo lo que quiere saber sobre lo físico.
Esa es al menos una tarea que tengo verdaderas ganas de completar.