La posesión del Ruso Capítulo 41 #3
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Capítulo 41 #3

Por un segundo me pregunto de qué manicomio ha salido toda esta gente.

—¡Tore! —exclama el hermano de Sara sin parar de reír—. ¿De dónde diablos sacaste eso?

—¿Viste eso? —el hombre se acerca a grandes zancadas, sin borrar la sonrisa de su rostro—. Quiero verte hacer lo mismo con una maldita ballesta.

—Cierra la boca, idiota. Necesitamos tus servicios aquí —señala Caín en dirección a Lev, que continúa perdiendo el conocimiento por la hemorragia.

—¡Mierda! Eso se ve muy mal, amigo.

Salvatore se acerca al coche, asoma la cabeza por la ventanilla y arroja el lanzacohetes en el asiento del copiloto.

Lev lo mira con hostilidad, apretando los dientes, y aparta la mano del italiano de un manotazo cuando este intenta examinar la herida.

—Tranquilo, vaquero. Solo estoy revisando. Confía en mí… ya casi soy médico —asegura con desparpajo.

Enarco una ceja, recorriéndolo con la mirada, lleno de escepticismo.

—Hay que sacarlo de aquí de inmediato. Necesita una transfusión, ha perdido demasiada sangre.

—Tú conduces, yo aún tengo trabajo aquí —le ordena el hermano de Sara.

Le lanza las llaves y Rossi asiente, atrapándolas en el aire con destreza. Vuelvo a mirar a Lev, quien hace un intento inútil por incorporarse, pero lo empujo del pecho, obligándolo a quedarse quieto en el asiento.

—¡Tú te largas! —le gruño, y él me sostiene la mirada de mala gana.

—Kat te necesita… y jamás nos perdonará si mueres. Así que vete y ¡No te mueras! —ordeno con tono imperativo.

La mención de mi hermana parece provocar un cambio en su actitud.

Sus ojos se oscurecen y la mandíbula se le tensa por la rabia de la impotencia, pero no protesta.

Azoto la puerta del coche al mismo tiempo que Rossi se coloca detrás del volante y arranca, haciendo chirriar las ruedas en el pavimento.

—¿Médico? —indago de forma escéptica, mirando a Caín mientras el coche se aleja a toda velocidad.

Él suelta una carcajada limpia y se encoge de hombros.

—De animales… pero es prácticamente lo mismo, ¿no?

Giro el rostro hacia él, alzando ambas cejas ante su respuesta. En ese instante, un disparo impacta justo a un costado de mi cabeza. Reacciono por puro instinto; me giro y disparo hacia la entrada del club, donde un tirador se cubre tras una columna mientras me apunta.

A lo lejos, Rinaldi se aleja disparando contra otros objetivos. Yo derribo al infeliz que me tenía en la mira, mandándolo al piso con un tiro certero que le atraviesa el cráneo.

Un silencio pesado cae de golpe sobre la calle cuando los disparos cesan.

Veo a papá lanzar una granada hacia el interior del club para asegurar el perímetro.

Por su parte, Rinaldi permanece de pie, con un pie apoyado con fuerza sobre el pecho de Montalvo, quien yace en el suelo inconsciente y con las manos esposadas al frente.

Volteo sobre mi hombro y descubro al hermano de Sara. Sostiene una navaja militar en la mano mientras se enfrenta a otro sujeto que le lanza una puñalada rápida, la cual Caín esquiva con un movimiento ágil del torso.

Su rifle ha quedado en el suelo. Vuelvo la mirada hacia la silueta de otro enemigo que se le aproxima por la espalda, intentando sorprenderlo, aprovechando que el italiano mantiene toda su atención en el adversario frontal.

No voltea ni una sola vez. El atacante a su espalda avanza con paso apresurado, decidido a matarlo, mostrando una sonrisa confiada a medida que acorta la distancia.

Vislumbro la hoja del cuchillo que extrae de su manga, reluciendo bajo la luz intermitente de las llamas. Está demasiado cerca. Sin embargo, soy más rápido. Levanto el cañón de mi arma y le vuelo la cabeza, enviándolo al suelo de inmediato.

—Lo tenía controlado, imbécil —me ladra el italiano por encima del hombro, mirándome con fastidio.

Pongo los ojos en blanco antes de voltear y abatir a otro tirador que se asoma desde el tejado.

—¡Por nada, hijo de perra! —respondo cuando me giro hacia él, justo en el momento en que Caín termina por enterrar la hoja de su navaja en el mentón de su oponente, quien se desploma pesado a sus pies.

El estruendo de la explosión final a mi espalda me obliga a voltear, imitado por Caín. Él se acerca con pasos despreocupados, limpiando la sangre del metal en su ropa antes de detenerse a mi lado.

Ambos observamos a los dos hombres mayores, quienes ríen a carcajadas contemplando las llamas voraces que consumen lo que queda del club Apocalipsis. Desplazo la mirada por el entorno, evaluando el desastre de cadáveres y vehículos reducidos a cenizas.

—Apuesto a que los ancianos están disfrutando esto —murmura Caín a mi costado.

Lo observo mientras saca un cigarrillo y se lo lleva a los labios. Me extiende la cajetilla para que tome uno, manteniendo la vista fija en la silueta de su padre y en la del Pakhan.

—Puedes apostarlo.

Sacudo la cabeza, aceptando el cigarrillo para disipar la tensión, y dejo escapar un suspiro largo. Lo enciendo con el encendedor que me ofrece, cuelgo la correa del rifle tras mi espalda y avanzo con paso firme hacia el Pakhan y la parca italiana.