La posesión del Ruso Capítulo 41 #2
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Capítulo 41 #2

—¡Vete a la mierda, Ivanov!

—¿¡Aún hay una bomba bajo mi trasero o ya puedo levantarme!? —interrumpo, perdiendo la paciencia.

Papá me mira, recobrando una seriedad absoluta en un parpadeo.

—Bien… —asiente. Da un paso hacia mí, pero se detiene a escasos centímetros. Alza el mentón, traga saliva con dificultad y toma una decisión—. Voy por esa mierda de Montalvo.

Asiento en silencio.

Él corta cartucho, asegurando el arma. Vuelve la mirada hacia Lev, quien le devuelve un asentimiento firme a pesar de la debilidad por la pérdida de sangre.

Luego, tras lanzar una última y severa mirada al espacio donde trabaja Rinaldi, mi padre se gira sobre sus talones y sale disparado de la habitación, concentrado en la caza de ese bastardo..

El silencio vuelve a colonizar el despacho, roto solo por la respiración agitada de Lev.

—No sé por qué me ayudas —le digo al hombre oculto bajo mis pies—. Pero no voy a dejar a Sara.

—¿La detendrás en contra de su voluntad otra vez? —pregunta su voz fría desde la base de la estructura.

—Podría hacerlo —admito con crudeza—. Pero no lo haré. Si ella desea marcharse, no me opondré… pero tendrás que soportar mi presencia el resto de tu vida.

Hago una pausa, midiendo el peso de mis palabras.

—Porque iré con ella a donde sea. Y voy a hacerla mi esposa.

El silencio en la habitación se vuelve denso, casi sólido. Lev nos observa en silencio, sosteniendo el fusil de Rinaldi con manos firmes.

—Hablas demasiado, niño —responde el italiano con un tono neutro que no trasluce ninguna emoción.

Nadie dice nada durante un instante suspendido en el tiempo.

El aire huele a pólvora, sangre y sudor.

Entonces, el silencio se quiebra de forma abrupta.

Un pitido agudo escapa del circuito… luego otro, y el ruido persiste con una regularidad frenética que me hiela la sangre, acelerándose hasta que se transforma en un zumbido continuo.

—¡Mierda! —maldice Rinaldi en un susurro violento.

Bajo la mirada con brusquedad, intentando descifrar el peligro, mientras percibo un leve y ominoso temblor debajo de la silla.

—¿¡Qué!? ¿¡Qué pasa!?

—Nada. Es el receptor que pierde la señal… o busca el control —gruñe—. Quédate quieto.

Escucho el roce veloz de los cables y un chasquido seco. Mi pulso se dispara en la garganta.

—Pero es la primera vez —añade con fastidio— que le salvo la vida a alguien a quien realmente quiero mandar al infierno.

Un último pitido agudo corta el aire. Luego, se hace el silencio. Rinaldi se incorpora despacio, saliendo del espacio bajo la silla. En su mano sostiene el dispositivo desconectado, con el entramado de cables sueltos y desactivados.

—Ya puedes dejar de temblar, niño.

Me pongo de pie de inmediato, liberado de la rigidez, observando el artefacto en sus manos.

Ni siquiera sé qué decir; me limito a asentir cuando pasa a mi lado.

Le quita el rifle a Lev con un movimiento fluido antes de empujar de mala gana la bomba muerta contra mi pecho.

Clava sus ojos de demente en los míos, y le sostengo la mirada cuando me analiza.

—Rómpele el corazón a mi niña, lastímala de cualquier forma… y me importará un comino que ella te ame. Te cortaré los testículos, haré que te los tragues… y luego te despellejaré vivo.

Parpadeo, todavía aturdido por la descarga de adrenalina, a pesar de la advertencia de muerte. Cuando se da la vuelta, por una extraña razón, las palabras escapan de mi boca por pura voluntad propia, firmes y sin titubeos:

—Amo a Sara y soy incapaz de dañarla. Antes de hacerle el menor daño… yo mismo me metería una bala en el cráneo.

Rinaldi se detiene de espaldas un momento, rígido en el silencio del despacho. Luego retoma su camino hacia la salida sin añadir una palabra.

Lev se acerca y me da una palmada firme en el hombro, sacándome del trance.

Vuelvo la vista hacia mi Lev. Pese a que cojea ostensiblemente y tiene el rostro empapado en sudor, no me permite ayudarlo.

Se mueve con una terquedad salvaje, como si el dolor no existiera, mientras ajusta el agarre en su arma y se adelanta hacia el pasillo.

Al cruzar el umbral, flaquea y casi cae al suelo.

Ese tropiezo es suficiente para obligarme a seguirlo de cerca.

El interior del club parece desierto, pero los estruendos en el exterior me demuestran lo equivocado que estoy. La verdadera batalla se libra afuera.

Avanzo a su ritmo y extraigo el arma de mi cinturón, la cual no había podido usar por razones obvias. Al atravesar la pista de baile, sembrada con una pila de cuerpos, alcanzo la puerta principal. Los impactos suenan cada vez más cerca, quebrando los cristales de la fachada.

Salgo con cautela, cubriéndome tras la pared lateral junto a la entrada.

Entonces lo diviso: hay un francotirador en la azotea de enfrente.

El hombre levanta la mano y forma un puño en el aire, una señal clara de que nos cubre la retaguardia.

Miro a Lev; su piel ha adquirido un tono mortecino.

Bajo la vista hacia su pierna y maldigo entre dientes al ver cómo la sangre empapa por completo el pantalón, extendiéndose en una mancha oscura.

—¡Demonios, hermano!

Me apresuro a tomar su brazo para pasarlo por encima de mis hombros, cargando con su peso. Él intenta zafarse, dedicándome una mirada hostil. Sus ojos asesinos se clavan en los míos, pero le devuelvo el gesto con total firmeza.

Por acontecimientos del pasado, Lev nunca ha tolerado el contacto físico, a excepción del de mi hermana. Ella no está aquí para calmarlo, así que empuño la solapa de su chaqueta y lo obligo a mirarme de frente.

—¡No te vas a morir aquí, ¿me oyes?! —siseo cerca de su rostro—. ¡Así que colabora o te voy a patear el trasero, Lev!

Él parpadea, como si acabara de reaccionar ante mi presencia, y asiente en silencio. Ajusta su brazo sobre mis hombros y me permite guiarlo, aunque la sangre no cesa de brotar de su herida.

Inspecciono los alrededores en busca de una salida. A lo lejos visualizo al hermano de Sara; sostiene un AK-47 con total familiaridad. Al descubrirnos, se voltea y me señala un coche estacionado con las puertas abiertas.

No me detengo a descifrar qué demonios hace él también en este lugar. En su lugar, me apresuro a arrastrar a Lev en esa dirección.

Los proyectiles resuenan en las paredes y pasan a nuestro lado. Mientras avanzo con el cuerpo de Lev a cuestas, paso mi brazo libre por encima de su hombro, a la altura de su cabeza, y disparo contra un infeliz que aparece detrás de un contenedor de basura con la intención de alcanzarnos.

Su cuerpo cae desplomado sobre el asfalto.

Otro tirador se asoma desde el capó de un vehículo, pero un impacto certero en la frente lo manda directo al piso cuando el francotirador de la azotea lo aniquila.

Lev pierde el equilibrio por completo. Siento cómo sus piernas flaquean, lo que me obliga a apresurar el paso para arrojarlo con cuidado en el asiento trasero del vehículo disponible.

—¡Carajo! Se ve muy mal —señala Caín, quien se asoma desde el costado del coche. Cierra la puerta del maletero con un golpe seco tan pronto como dejo a Lev, quien emite un gruñido ininteligible de puro dolor.

—No me digas —ironizo.

Me quito la corbata del traje con rapidez y la envuelvo alrededor de su muslo, ajustándola con fuerza para improvisar un torniquete que evite que se desangre.

Un impacto en la carrocería me obliga a agacharme. Lev me gruñe que me largue y lo deje allí, pero no le presto la menor atención. Repelo la agresión tomando un rifle que me extiende el hermano de Sara, justo cuando mi pistola se queda sin municiones.

En la distancia distingo a Rinaldi y al Pakhan. Ambos corren en perfecta sincronía, disparando contra una furgoneta negra que pretende romper el perímetro. El transporte acaba por derrapar en zigzag cuando le revientan los neumáticos a punta de balazos.

El vehículo gira con violencia sobre su eje y termina estrellándose contra un poste de luz, destruyendo el frente.

Rinaldi se apresura a abrir la puerta del conductor. Tira con fuerza hacia el exterior al hombre, que cae de bruces al suelo, antes de volarle la cabeza sin contemplaciones.

Al mismo tiempo, el Pakhan se encarga de sacar a Montalvo. Lo arrastra por el cuello de la chaqueta del traje mientras el maldito forcejea de manera inútil en el suelo, intentando zafarse del agarre de mi padre.

De pronto, un vehículo hace chirriar sus neumáticos desde el otro extremo del callejón.

Volteo y disparo en su dirección, imitado por Caín, quien se cubre tras la camioneta sin dejar de accionar su arma.

Las balas rebotan en la carrocería del blindado que se acerca a gran velocidad, amenazando con arrollarnos.

Es demasiado tarde para moverme con Lev en este estado.

Desplazo la mirada a mi alrededor buscando una cobertura mayor.

El coche acorta la distancia a cada segundo.

Ni Caín ni yo dejamos de disparar contra el parabrisas, hasta que, de un instante a otro, el blindado estalla en mil pedazos en una bola de fuego.

Frunzo el ceño ante la onda expansiva. Caín y yo nos miramos, sumidos en la confusión.

En ese momento, una estruendosa carcajada resuena a un costado de la calle.

Ambos volteamos hacia el origen del ruido.

Salvatore Rossi emerge de detrás de un contenedor en llamas, sosteniendo todavía un lanzacohetes sobre el hombro con una sonrisa desquiciada.

—¡Wow! ¡Sí! ¡Toma eso, chupa polla! —grita, riendo con euforia.