CAPÍTULO 32
Sasha
—¡Sal de donde te escondes, maldita rata traidora… que hoy te mueres!
—¡Sasha, espera… por favor! —suplica la chica, envuelta entre mis sábanas.
—Pase lo que pase, no te muevas de aquí.
—No… déjame hablar con él…
—¡Sal, cobarde, o voy a quemar toda esta porquería!
La voz furiosa del hombre, seguida del estruendo de los disparos que retumban desde la planta inferior, deja claro que no ha venido a negociar. Si se atrevió a entrar en mi fortaleza es porque sabe que ella está aquí.
—Lo siento, muñeca… pero no creo que tu hermano quiera hablar.
Me inclino y deposito un beso breve sobre sus labios antes de salir de la habitación.
Dejando atrás a la mujer por la que he desatado el infierno.
Bajo los escalones con calma, sostengo el arma con firmeza mientras recorro con la mirada lo que antes era mi sala.
La puerta principal cuelga apenas de una bisagra.
Hay sangre en el suelo, la misma que acababa de limpiar después de que Goliath se tragara a mi jefe de seguridad y al del portero.
Varios muebles están volcados. Los cristales del candelabro yacen esparcidos por el piso, incrustados incluso en los cuerpos de dos hombres muertos; cada uno presenta un balazo limpio entre las cejas y sus armas yacen abandonadas a los costados.
Los cuadros y las paredes están perforados por el plomo.
A medida que desciendo, los destrozos empeoran.
Me detengo. Mi mirada se fija en él. El hombre sostiene una Beretta de cacha blanca y apunta directo a la cabeza de uno de mis guardias, forzándolo a permanecer de rodillas.
El infeliz me mira con los ojos desorbitados, suplicando en silencio.
Vuelvo a cruzar miradas con Caín y enarco una ceja antes de desviar la vista hacia el rehén.
—Lo siento, jefe… no quería decirle nada a este bastardo, pero…
El disparo sordo corta la frase a la mitad. Caín Rinaldi le vuela la cabeza sin titubear y, con la punta del pie, aparta el cuerpo como si fuera basura.
—Ahí estás, malnacido. —Toda su atención recae sobre mí.
—Has manchado mi alfombra —señalo el cadáver, del cual brota la sangre que empapa la tela.
—Esa debería ser la menor de tus preocupaciones —responde con una sonrisa torcida—, porque pienso usarla para envolver tu cadáver cuando acabe contigo.
Alzo el mentón y le sostengo la mirada mientras desciendo los últimos escalones hasta quedar a su altura, separados por varios metros.
—¿Papi no vino? —pregunto, con un gesto de desdén.
El bastardo sonríe y se encoge de hombros.
—No quiero que tu muerte sea tan rápida. —Aprieta el agarre de la pistola y la alza hacia mi cara—. Voy a divertirme contigo primero. ¡Ahora escúpelo! ¿Dónde está mi hermana? Y más te vale no haberle tocado un pelo.
La ira que desprende es un volcán a punto de estallar.
Sostengo su mirada mientras mi mente trabaja a toda velocidad para calcular una salida.
En otra situación ya le habría volado la cabeza, pero no es una opción.
No esta vez. La imagen de Sara llorando se clava en mis pensamientos.
Aprieto la mandíbula. Si lo mato, no solo me odiará; la perderé para siempre.
Ya no puedo vivir sin ella y no hay nada en este mundo que deteste más que ver sus lágrimas.
—No sé de qué hablas, pero tienes exactamente quince segundos para abandonar mi propiedad antes de que saque tu feo trasero italiano a punta de plomo.
—Siempre supe que eras un arrogante —escupe. Extrae de su pantalón una pila de tarjetas que reconozco al instante y las lanza frente a mí—. ¿Las reconoces?
Son las tarjetas de cumpleaños que le envié a Sara durante años.
Luego me enseña la pantalla de su celular y alzo el mentón al ver la fotografía: es la cartelera en la habitación de mi hermana.
Entre un mosaico de recuerdos, hay una tarjeta similar a la que envié, con el mismo papel negro atravesado por finas hebras de oro.
—¿Esa es tu evidencia? —río—. Eres patético. Lárgate de mi casa, Rinaldi, y no me hagas cuestionarme cómo obtuviste acceso a la habitación de mi hermana.
—No me subestimes, Ivanov —gruñe—. Sé que tú la tienes y…
El sonido de un disparo corta sus palabras. Un instante después desvío la mirada hacia mi brazo. La sangre brota de inmediato. Aprieto los dientes con la rabia emanando de mis poros mientras alzo la vista hacia el otro hombre que emerge de las sombras, todavía con el arma en alto.
—Lo lamento… se me disparó —se ríe Salvatore Rossi.
La bala apenas me rozó, pero su sonrisa deja claro que no me ha matado porque no ha querido. No lo vi venir.
—No te entrometas, Tore. Este es mío —advierte Caín.
Salvatore blanquea los ojos, pero guarda el arma y se deja caer sobre los restos del sofá.
Mientras tanto, Rinaldi guarda su pistola en la espalda y levanta los puños en posición de combate.
Sacudo la cabeza y suspiro; guardo también mi arma.
Doy un paso al frente al mismo tiempo que mi rival.
Él sonríe con ganas. El bastardo nunca me ha tolerado, menos desde que me negué a besarle el trasero solo por ser un Rinaldi.
—Voy a romperte el cuello y a destruir este lugar hasta encontrarla. Sé que está aquí.
—Tal vez lo esté —me encojo de hombros y noto cómo su mirada se oscurece—. Pero nunca lo sabrás, porque saldrás de aquí en una bolsa para cadáveres… igual que tu perro.
Señalo al chico que me muestra el dedo medio mientras enciende un cigarrillo.
Caín no responde. Se abalanza sobre mí como un animal furioso.
Su pie impacta contra mi rostro y me gira la cabeza de un golpe; intenta rematarme, pero lo esquivo por poco.
Se mueve rápido: gira y lanza una patada directa a mis costillas.
Alzo el brazo a tiempo para amortiguar el impacto, aunque el dolor me sacude.
Intenta barrerme los pies, pero salto hacia atrás en el último segundo.
Apenas consigo tomar distancia. Me limpio la sangre del labio roto con el antebrazo. Ladeo la cabeza para estudiarlo. La ira burbujea en mi interior.
—No eres más que un fanfarrón —suelto con una risa amarga antes de escupir sangre—. Esos trucos no van a salvarte. Última oportunidad, Rinaldi… lárgate antes de que pierda la paciencia.
No responde. Intenta patearme de nuevo. Lo esquivo y, en el mismo movimiento, barro sus piernas. Su espalda impacta contra el suelo y suelta una maldición. No le doy respiro; le pateo las costillas y lo obligo a rodar.
—Hijo de puta… —maldice mientras se sujeta el costado.
—Estamos a mano. —Le sonrío y retrocedo para dejar que se levante.
Se lanza otra vez sobre mí. Su puño impacta en mi rostro, pero le devuelvo el golpe de inmediato.
Lo sujeto de la nuca y le estrello la rodilla en el abdomen.
Se encorva con un gruñido, pero responde con un cabezazo directo a mi boca.
El impacto me aturde. Una punzada atraviesa la herida de mi pecho, todavía abierta, y mi agarre cede.
Se zafa antes de que pueda romperle el brazo.
Ambos tenemos sangre en la boca y él no deja de sonreír como un demente.
Doy un paso al frente, con la ira ardiendo bajo mi piel, cuando el estruendo de un nuevo disparo corta el aire. Me giro de golpe. Allí está ella, con los ojos enrojecidos, sosteniendo el arma con manos temblorosas.
—Sara… —susurra Caín.
Él baja los brazos en cuanto la ve. Ella permanece al pie de la escalera, con el rostro gélido y la mirada apagada.
Solo lleva una de mis sudaderas y está descalza.
Su cabello es un desastre de nudos, pero lo que más impacta es su expresión: está sumida en una crisis, se ve peligrosamente molesta y por completo desorientada.
—¿Prima?
Rossi se incorpora con lentitud. Todo rastro de burla desaparece de su rostro y su expresión se vuelve tan lúgubre como tensa.
Da un paso hacia ella, pero se detiene en seco y lleva la mano al arma en su espalda cuando un gruñido bajo nos obliga a desviar la atención al animal que aparece desde detrás de Sara, como un guardián silencioso.
Ella ni siquiera reacciona ante la presencia de Goliath.
Comienza a bajar las escaleras con el arma firme entre sus manos, la misma que dejé sobre la mesa de noche.
El tigre la sigue de cerca, como una sombra protectora.
Por un instante, el cañón me apunta; al siguiente, se desplaza hacia su hermano, quien la observa con el ceño fruncido y la boca entreabierta, incapaz de comprender la escena.
—¡Sara! Reacciona, soy yo, Caín. Baja eso, vine por ti.
Su hermano le habla mientras intenta acercarse, pero en cuanto Goliath bufa y le enseña los colmillos, se queda clavado en su sitio.
—¿Qué demonios le hiciste, malnacido? —Se gira hacia mí con furia, pero cuando intenta avanzar, otro disparo lo detiene.
Todos desviamos la atención hacia la pared. Sara acaba de destrozar uno de los espejos, a escasos centímetros de la cabeza de su hermano.
—Sara… —susurra él con la voz quebrada.
Alza las cejas, consternado, mira el agujero en el muro y luego la observa a ella.
Sara no responde. Sigue ahí, inmóvil, con esa expresión vacía.
Su mano tiembla, pero no baja el arma. El cañón se mueve de un lado a otro, errático; parece desorientada, incapaz de distinguir quién es la amenaza real.
Su rostro está empapado en lágrimas que caen sin cesar y, aun así, guarda un silencio sepulcral.
Ni siquiera cuando su hermano y Rossi repiten su nombre una y otra vez se atreve a bajar la guardia.
—Freya… —la llamo.
Su agarre se tensa y la expresión de su rostro se endurece.
—Todo está bien… mírame, pequeña.
Por un momento no hay reacción. No obedece ni se mueve.
Su mirada permanece fija en la punta de la pistola, como si el resto del mundo hubiera desaparecido.
Doy un paso lento hacia ella mientras alzo la mano para indicarle a Goliath que retroceda.
Esta vez, el animal me obedece. Coloco mi mano sobre el arma de Sara; la suya vibra por el espasmo.
Con suavidad, elevo su barbilla con mis dedos para obligarla a buscar mis ojos.
—Freya… está bien. Nadie aquí va a hacerte daño. Estás a salvo, ¿recuerdas?
Ladea la cabeza como si procesara mis palabras. Su mirada baja hacia mi mano sobre la suya y asiente una sola vez. El arma se afloja entre sus dedos. Se la quito con cuidado y la lanzo lejos. Caín Rinaldi se aproxima de inmediato e intenta tomarla del brazo, pero lo aparto con brusquedad.
—¡Tócala y perderás la mano!
—¿Quién te crees que eres? ¡Es mi hermana!
—Me importa un carajo. Es mi mujer ahora… y no permito que nadie le ponga las manos encima.
—¿Tu mujer? —se ríe con sorna—. ¡¿Te volviste loco, infeliz?!
—Basta… —La voz trémula de Sara es apenas un hilo.
Ella se aferra a mi hombro mientras se sostiene la cabeza con la mano libre. Al ver su inestabilidad, rodeo su cintura con mi brazo para evitar que se caiga. Sigue temblando, lo cual me inquieta; es la primera vez que entra y sale de una crisis de forma tan abrupta.
—¡No la toques! —Rinaldi insiste, pero Rossi lo sujeta.
—¡Detente! Mira cómo está —señala Rossi a Sara, que sacude la cabeza y se aferra a mí con desesperación—. ¡Casi te mata!
—No me importa. Ese tipo no puede tocarla.
Ignoro las voces e inspecciono el rostro de Sara. Sigue aturdida y mareada. Sus ojos permanecen entreabiertos, como si la luz le causara dolor físico. Los gritos de su hermano no ayudan.
—¡Aléjate! —Levanto el dedo índice en advertencia y lo empujo cuando intenta acercarse de nuevo.
—Piérdete, Ivanov. En serio, no quiero matarte frente a ella, pero no tientes a tu suerte. Lo que sea que le hiciste lo vas a pagar con tu vida.
—Hasta ahora mi suerte me ha servido bien. —Lo miro con frialdad—. Asi que deja de escupir estupideces que mi prioridad es ella, no tus amenazas.
—Tu suerte se terminó. Apártate. Voy a sacar a mi hermana de aquí ahora mismo.
—¡Ya! Basta, por favor… —suplica Sara.
Me niego a que este hombre me la quite. Me muevo hacia el frente para esconderla tras mi espalda y acorto la distancia hasta quedar frente a frente con él.
—Que. Te. Apartes —gruñe Rinaldi.
No me muevo. La rabia me recorre entero. La sola idea de perderla hace que mi sangre hierva. Él está demasiado ocupado en su deseo de matarme como para notar el estado de su hermana.
—Oblígame —respondo.
Nos sostenemos la mirada en un desafío silencioso hasta que, al mismo tiempo, reaccionamos. Sacamos las armas y nos apuntamos mutuamente. Nadie cede. No voy a permitir que se lleve a mi mujer. Si quiere pasar, tendrá que matarme. Caín coloca el dedo sobre el gatillo y…
—¡No!
El grito de Sara me hiela la sangre. Se interpone entre los dos, de espaldas a mí, para evitar el intercambio de disparos. Se tambalea y apenas logra mantenerse en pie, pero me aparta con un manotazo cuando intento alcanzarla para protegerla.
—Quítate, Sara. Voy a volarle la cabeza a este bastardo secuestrador—gruñe su hermano sin dejar de mirarme.
Bajo el arma con el miedo atravesándome al verla en medio de la línea de fuego.
—Él no me secuestró —dice ella con voz quebrada—. Sasha Ivanov… me salvó.
Me mira por encima del hombro un segundo antes de volver la vista hacia su hermano. Caín parpadea, confundido. El odio en su mirada se transforma en desconcierto mientras, por fin, se enfoca en ella.
—Caín, baja el arma. Por favor… —pide Sara mientras toca su mano.
Él me lanza una última mirada cargada de recelo, pero finalmente cede y baja la pistola.
—Te encontré, enana… —murmura.
Los hombros de Sara se sacuden cuando rompe a llorar.
Trago saliva al notar su reacción ante ese apodo.
Caín suspira y, de un momento a otro, ella se lanza sobre él para envolverlo en un abrazo desesperado.
No puedo apartar la vista. Algo se remueve en mi pecho al comprender cuánto lo ha extrañado; una mezcla de vacío y presión se instala en mi interior.
Sara ha mentido. Ha cruzado un límite que jamás imaginé para evitar que nos matáramos. Salió de una crisis por voluntad propia y, aun desorientada, detuvo una masacre. Sin embargo, por las miradas de odio que recibo de Rossi y Rinaldi, sé que esto apenas comienza.