CAPÍTULO 31 #2
—Ajá... sí... —murmura contra mi piel—. Es muy dulce que te preocupes, pero... —Sus labios se detienen un segundo en mi garganta, lo que provoca un nuevo temblor en mis piernas—. Ahora mismo tengo otras prioridades.
—Qué romántico —me burlo.
Se ríe contra mis labios, rozándolos apenas.
—¿Acaso no lo soy siempre?
Jadeo cuando muerde suavemente mi mentón.
Sonrío y ladeo la cabeza para darle más espacio.
Sus labios recorren mi garganta hasta la clavícula; cierro los ojos y me dejo llevar por cada roce de su boca.
Desciende con calma, marca un camino lento que eriza cada centímetro de mi piel, hasta que vuelve a subir con una paciencia que me desespera.
Su mano se desliza por mi cintura y arqueo el cuerpo.
Siento cómo la distancia entre nosotros desaparece.
Vuelve a besarme y, mientras sus labios no se separan de los míos, percibo cada uno de sus movimientos, cada roce sutil que intensifica el fuego que arde entre nosotros.
El colchón se hunde a cada lado de mi rostro cuando él se sostiene sobre sus antebrazos para no lastimarme.
Se aparta lo justo para mirarme y sus ojos azules me atrapan.
Nuestras miradas se entrelazan profundas, intensas, imposibles de romper.
Sujeto su nuca y lo atraigo de nuevo hacia mí, con la necesidad de sentirlo más cerca que nunca.
—Te amo… —confieso en un susurro sobre sus labios.
Él sonríe contra mi boca, un gesto cargado de una ternura que me desarma.
Estoy tan absorta en el rastro de sus caricias que soy incapaz de articular palabra alguna.
De hecho, el silencio se instala entre nosotros, roto únicamente por el pulso acelerado de nuestra sangre.
Me dejo arrastrar hacia ese abismo que parece envolverme y consumir cada duda, cada pensamiento lógico.
Sasha se acomoda entre mis piernas sin dejar de besarme; el sonido del látex al rasgarse es lo único que interrumpe la quietud de la habitación.
Un segundo después, la distancia desaparece.
Me penetra con una sola estocada profunda que me deja sin aliento.
Todo mi cuerpo se tensa en una mezcla de sorpresa y placer; me aferro a sus hombros como si fuera mi único ancla en medio de la tempestad.
Mis uñas se clavan en su espalda mientras escondo el rostro en el hueco de su cuello, entregándome al calor que me invade.
Me desarma la forma en que me hace sentir especial, como si no hubiera nada roto en mi interior, como si no fuera un error desastroso estar aquí.
Estoy perdida por este hombre y, al mismo tiempo, el terror me oprime el pecho.
Nada de esto debió ocurrir de esta forma, pero aquí, bajo el refugio de sus brazos, el mundo se reduce a este instante, a su cercanía y a su voz.
No deseo nada más que la eternidad en este cuarto.
—Eres tan mía… —susurra contra mi oído, y su aliento me provoca un escalofrío.
Asiento, entregada.
—Tu cuerpo… tus labios… —murmura. Atrapa mi labio inferior entre sus dientes sin romper el ritmo que nos envuelve—. Tu corazón… te he marcado, Sara. Estoy en cada rincón de tu ser, igual que tú estás en el mío.
—Sí… —La respuesta se me escapa en un suspiro entrecortado.
Algo cambia en él. Tras pronunciar unas palabras en ruso que no alcanzo a comprender, su intensidad se vuelve salvaje y posesiva.
Me embiste con un ímpetu renovado; cada golpe firme me sacude y me obliga a aferrarme a él con desesperación mientras el entorno se desvanece.
Solo existe su presencia y la forma en que me consume.
—Maldición, Sara… —jadea contra mi piel—. Estás metida en mi mente… en este corazón oscuro y retorcido.
Sus palabras me elevan. Sus movimientos me mantienen en un estado de éxtasis constante y, en un paroxismo de sensaciones, alcanzo el clímax.
Él continúa moviéndose como si no hubiera un mañana, buscando llevarme más allá de mis límites.
Presiono mis talones contra su espalda y rodeo su cintura con mis piernas cuando me alza de las caderas para buscar una profundidad mayor.
Su cuerpo tiembla igual que el mío. Entreabro los ojos para observarlo; tiene el ceño fruncido por el esfuerzo y la concentración.
Es la imagen más erótica que he visto en mi vida.
De pronto, su resistencia cede ante la violencia del placer.
Se aferra a mis caderas con ambas manos, su cabello húmedo cae sobre su frente y la cama cruje bajo nuestro peso.
Se endereza a medias, con los músculos de los hombros tensos y las venas de sus brazos marcadas bajo la tinta de sus tatuajes, sosteniéndome con firmeza.
Un gruñido bajo escapa de su garganta antes de dejarse caer sobre mí, agotado y todavía unido a mi cuerpo, mientras el mundo termina de desaparecer en ese instante en que ambos nos entregamos a la par.
Su rostro, humedecido por el sudor, descansa sobre mi pecho.
Jadeamos en busca de aire, pero él permanece dentro de mí, como si se negara a romper el vínculo.
Acaricio su cabello con los dedos y él responde besando la palma de mi mano.
El silencio vuelve a llenar la habitación durante unos segundos eternos.
—Sara…
—¿Sí?
—Te amo. Te amo con todo mi negro y podrido corazón.
Me tenso ante la confesión. Carraspeo e intento recomponerme, pero pierdo el hilo de mis pensamientos cuando siento sus labios sobre mi piel. Besa mis nudillos y mi resistencia se desmorona con ese gesto tan simple.
—Tenemos que solucionar esto, Sasha… sabes que…
—Lo haremos. Lo prometo —me interrumpe. Levanta la cabeza para fijar sus ojos en los míos—. Buscaré la forma, pero lo haremos juntos. No hay manera de que te deje ir jamás, Sara. Eres mía y nada cambiará eso. Porque esto —dice señalándonos—, por muy retorcido o enfermo que sea, es para siempre.
Estoy a punto de responder cuando el estruendo de una explosión me sobresalta. Sasha reacciona de inmediato y se pone en pie. Una segunda explosión sacude los cimientos, seguida por el tableteo de los disparos. Entonces, una voz potente y cargada de una furia ciega atraviesa el aire:
—¡Sal de donde te escondes, maldita rata traidora… que hoy te mueres!
—Es Caín… —susurro con el corazón desbocado—. ¡Dios santo, es mi hermano!