La posesión del Ruso CAPÍTULO 30 #2
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CAPÍTULO 30 #2

Nada me gustaría más que apartar esa mano de su sexo y hundirme en ella hasta la locura.

Poseerla con ferocidad y demostrarle que nadie puede tocarla mejor que yo, ni siquiera ella misma.

Pero resisto. Me mantengo en mi sitio, con los pies clavados al suelo y los puños cerrados, conteniendo a la bestia mientras la escucho gemir una y otra vez.

—Ruso… —susurra. Me exige todo mi autocontrol permanecer inmóvil. Me las pagarás, Sara Rinaldi.

Separa más las piernas y muerde su labio inferior.

La mano que recorre su cuello se aferra al pasamanos de la silla y fija su vista en la mía.

Sus ojos destellan lujuria pura. Sonríe con una malicia ajena a su personalidad habitual; su respiración se agita y no cesa de penetrarse con los dedos.

Los retira solo para frotar su clítoris antes de volver al interior.

No me quita la mirada y juro que jamás he visto algo tan erótico como su expresión cuando está a punto de alcanzar el clímax.

Vuelve a gemir y humedece sus labios. Trago saliva con dificultad.

La intensidad de sus quejidos se mezcla con el crepitar de la leña en la chimenea.

Se frota con ansia y balancea las caderas; su espalda se arquea y se escurre por el respaldo del asiento.

Tiembla, encoge los dedos de los pies y deja escapar un grito sofocado.

Un pequeño vapor escapa de sus labios, ese que yo quisiera devorar, cuando se entrega al orgasmo como una deidad del averno.

—No tienes idea de lo que acabas de provocar —mi voz es un mar de oscuridad que promete el infierno.

Con parsimonia, aparta la mano de su intimidad.

Su cabello está desordenado y su pecho sube y baja con rapidez.

No responde; solo sonríe. Con su elegancia característica, se pone en pie sin romper el contacto visual.

Toma el vaso de la mesa y agota el contenido de un solo trago.

Debo tragar saliva porque sigo en ese trance hipnótico en el que solo ella logra sumergirme.

Da un paso hacia mí y la recorro con la mirada.

Sus pezones se marcan bajo la tela arrugada y húmeda por el sudor.

Sus piernas, torneadas y firmes, son una tentación constante.

La mezcla de dulzura y peligro en su mirada aviva el hambre animal que reprimo para no cometer un acto del que pueda arrepentirse.

Sara no es ella misma en este instante y no debo olvidarlo; no voy a aprovecharme de su estado, aunque sea ella quien lo pida.

Sus pasos son seguros, con un andar firme.

Sus caderas oscilan de un lado a otro. Su perfume me invade cuando se detiene frente a mí.

Ladea la cabeza para observar mi pecho y yo aparto un mechón de su cabello tras su oreja.

Apenas alcanza la mitad de mi estatura, pero alza el mentón para sostenerme la mirada.

Es tan pequeña; mi salvaje y dulce Freya.

—No cumpliste tu palabra… —murmura—. Así que yo no cumplí la mía —susurra casi sobre mis labios.

De eso se trataba: castigarme por no ceder a sus caprichos.

—Yo siempre cumplo mi palabra, muñeca. El trato sigue en pie, pero este no es el momento —le aclaro mientras elevo su barbilla con el índice—. Pero créeme, lo que acabas de hacer te costará caro cuando vuelvas a ser tú.

Un extraño brillo invade sus pupilas dilatadas y una sonrisa tira de la comisura de sus labios.

La observo beber el último resto de su copa.

Extiendo la mano para quitársela, pero antes de que lo logre, lanza el vaso al otro extremo de la habitación sin inmutarse por el estallido de cristales que se esparcen por el suelo.

Observo el desastre hasta que siento sus palmas en mi pecho.

Ascienden hacia mis hombros y acarician mi piel como si necesitara memorizar cada centímetro.

Se detiene en mis tatuajes y regresa a mis ojos.

Sus dedos se enganchan en mi cinturón y recorren mi cintura.

Sonrío cuando intenta alcanzar el arma tras mi espalda; soy más rápido y se la arrebato.

—Esto no es parte del trato —digo. Alzo el arma frente a su rostro, retiro el cargador, quito la bala de la recámara y lanzo todo sobre el sofá a mi espalda.

—No eres divertido —se queja con un mohín.

Es inexplicable cómo en sus crisis aflora su instinto agresivo.

Ahora entiendo la negativa de Rinaldi a entregar a su hija.

Una mujer como Sara, en las manos equivocadas, sería un riesgo letal; podrían manipularla y usarla como un arma.

Ese lado oscuro que habita en su cabeza la vuelve una herramienta para cualquiera que no desee ensuciarse las manos.

Con el pulgar recorre mi barbilla hasta mis labios y rodea mi nuca con su mano.

Busca mi boca para besarme y lo permito.

Mis labios se prenden de los suyos y le otorgo el control.

Muerde y tira de mi labio mientras su lengua busca la mía.

Su sabor es una droga para mis sentidos.

El calor me invade y la sujeto de las caderas para alzarla; ella rodea mi cintura con sus piernas.

Salgo de la sala con ella aferrada a mí y maldigo en silencio cuando la siento restregarse contra mi cuerpo, presionando su centro contra el mío. Estoy al límite.

—Sara…

—No… —farfulla contra mis labios. Se aparta apenas unos milímetros para mirarme con ojos que arden como una hoguera.

—Freya —me corrige en un susurro. Y antes de que pueda responder, vuelve a besarme.

Correspondo al beso y la aprisiono contra la pared al llegar a mi habitación. La presiono con mi cuerpo y me pierdo entre sus labios; el deseo nubla mi juicio mientras le muerdo la boca y hundo mis manos en sus muslos.

—Sí… ruso, así… —jadea sobre mi boca.

De pronto, la lucidez regresa. No es Sara.

Sin soltarla, la sujeto de la garganta con suavidad y afianzo mi brazo en su cintura para evitar que caiga.

Camino con ella hasta entrar en el baño.

No lo nota; mantiene los ojos cerrados mientras continúa el beso.

Disfruto de su entrega, pero no voy a sacar provecho de su vulnerabilidad.

Con ella jadeante y aferrada a mi cuello, entro en la cabina de la ducha. Pego su espalda contra la loza fría y abro el grifo. El agua helada nos golpea al instante.

—¡Maldición! —exclama al separarse por el impacto del frío. Intenta forcejear, pero la sujeto con firmeza.

—¡Hijo de perra! —gruñe furiosa.

Aferro mi mano a su cuello para mantenerla contra la pared. Sus ojos, llenos de rabia, me atraviesan como cuchillas, pero le sostengo la mirada.

—Me encantas, lo juro. Y voy a follarte eso es seguro… pero lo haré cuando vuelvas en ti y puedas recordar cada gemido que arrancaré de tus labios mientras me hundo tan profundo que no volverás a desafiarme.

Me mira con odio y me escupe en el rostro.

Vuelvo a besarla con fuerza y muerdo su labio inferior.

Cuando me aparto, suelta una carcajada estruendosa.

Frunzo el ceño mientras la veo luchar por soltarse.

Presiono su cuello lo justo para inmovilizarla contra la pared fría.

El agua nos empapa y, poco a poco, su risa cesa.

Pierde fuerza; su cabeza se balancea como si el agotamiento la venciera.

Busco sus ojos y veo el momento exacto en el que el brillo salvaje se apaga.

—Sara… —la llamo.

No hay respuesta. Su cuerpo se relaja y, de un momento a otro, parece una muñeca de trapo. Su frente cae sobre mi pecho. Tomo su rostro y aparto el cabello mojado; sus ojos permanecen cerrados y sus brazos caen pesados a los costados.

Suspiro con alivio y apoyo mi frente sobre su cabeza mientras la rodeo con mis brazos. Cierro el grifo y la estrecho contra mí.

—Te tengo. Todo estará bien, Freya.