La posesión del Ruso CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

Sasha

A medida que me adentro en la fortaleza, una sensación de alarma me invade. Los guardias que deberían custodiar el perímetro han desaparecido. Di la orden explícita de no ingresar a la propiedad si yo no estaba presente, de modo que descarto la posibilidad de que se encuentren en el interior.

La puerta principal está entreabierta. Entrecierro los ojos.

Si alguno de esos imbéciles desobedeció mis instrucciones, saldrá de aquí en una bolsa para cadáveres.

Extraigo la pistola del cinturón y empujo la hoja de madera con el cañón antes de entrar.

Recorro el salón desierto con la mirada y examino cada rincón.

No hay nadie. Sin bajar el arma, avanzo hacia las escaleras que conducen al ala sur de la planta alta, donde se ubica la biblioteca que acondicioné para Sara.

Resultaba imposible que dieran con este lugar. Rinaldi estaba convencido de que debía buscar en un punto opuesto y el «Mini Parca» parecía demasiado ocupado con sus berrinches filiales. Al parecer, no compartía los planes de rastreo de su padre tras la reunión privada que sostuvieron.

Aun así, él sería capaz de venir. El Pakhan me advirtió que los italianos no deseaban armar revuelo en suelo ruso, pero también fueron claros: cuando encuentren al responsable del secuestro de Sara, no pedirán permiso a nadie.

«Voy a destripar a ese infeliz con mis propias manos… y colgaré su cabeza en mi chimenea».

Esas fueron las palabras de Rinaldi. Durante el encuentro, su hijo no apartó la vista de mí, sosteniendo una sonrisa que no ocultaba sus sospechas. Como bien advirtió mi hermosa Freya, Caín Rinaldi no es ningún idiota y desconfía de mí. Llego al pie de la escalera y subo el primer peldaño.

—¡Qué descortesía!

Me detengo en seco y clavo la vista en la chica recostada en el sofá. Un escalofrío recorre mi espina dorsal mientras la observo.

—No es de caballeros hacer esperar a una dama —dice la mujer que cautiva mis sentidos.

Solo viste una de mis camisas, que apenas cubre hasta la mitad de sus muslos.

Sus piernas descansan cruzadas, una sobre la otra, con una elegancia tan provocadora como solo ella sabe proyectar.

Su cabello cae en ondas salvajes sobre un hombro y, mientras observa el vaso que sostiene, acaricia la cabeza de Goliath, que reposa sobre su regazo desnudo.

Se lleva el cristal a los labios y bebe un trago del líquido ámbar sin quitarme la vista de encima.

Me observa por encima del borde y es entonces cuando lo noto: el vacío en sus ojos, desprovistos de su calidez habitual.

Las pupilas están dilatadas. Es una mirada desafiante, condescendiente.

Es Sara Rinaldi en su esplendorosa oscuridad.

—¿Freya?

La llamo y ella sonríe. Inclina la cabeza y roza con sus labios rojos el borde del vaso. Desplazo la mirada hacia Goliath y me giro por completo para encarar a la mujer que me observa como si yo fuera su presa favorita.

—¿Por qué hay sangre en el hocico de Goliath? —pregunto mientras guardo el arma tras mi espalda.

El vaso queda a medio camino de su boca cuando alza el mentón. Una sonrisa arrogante se dibuja en sus labios.

—¿Así se llama? —pregunta mientras acaricia el pelaje del tigre—. Goliath… —repite, rascando bajo su barbilla como si fuera un simple gato—. Me agrada tu mascota.

Doy un paso en su dirección, pero me freno cuando el animal me enseña los dientes y suelta un bufido amenazante. Sara suelta una risita traviesa y bebe otro sorbo.

La reacción del tigre me sorprende tanto como el estado de la chica.

Por lo general, en sus crisis ella no habla; a lo mucho balbucea frases inconexas o intenta matarme, pero nunca muestra esta fluidez.

¿Su condición empeora? La examino a la distancia, pues mi peludo amigo arruga el hocico cada vez que intento acercarme.

El tigre parece cómodo con ella, pero no es eso lo que me inquieta.

Goliath jamás la atacaría; yo entrené su olfato con las pertenencias de ella para que la reconociera de inmediato.

Lo que me preocupa es la sangre y las manchas de pisadas en el suelo.

Sea lo que sea que atacó, no sobrevivió.

—Sara, ¿qué ha pasado?

Lo intento de nuevo, pero me ignora. Pone los ojos en blanco, suspira y sigue bebiendo mientras acaricia al animal que me impide el paso.

—¡Sara!

—¿Podrías callarte? —farfulla con fastidio—. Eres demasiado ruidoso, ¿lo sabías?

Se masajea la sien con dos dedos. Sé que atraviesa un episodio, pero es la primera vez que entabla una conversación de este modo.

Al principio no comprendía por qué ella no recordaba aquel encuentro en el bosque.

Ahora está claro: no era a Sara a quien casi beso aquella noche.

Era a ella, a esa otra personalidad oculta que se empeña en mantener tras los muros de su mente.

Parece ella misma; de hecho, luce tranquila rodeada de sangre con un tigre de doscientos kilos encima. De no ser por la mirada salvaje en sus ojos, nadie notaría la amenaza que esconde esta chica de un metro sesenta. Una sonrisa tira de la comisura de mis labios.

—Freya… ¿qué ha comido Goliath?

—Eso —señala con entusiasmo—. No es nada, solo un intruso. He descubierto que a este bebé no le agrada que las personas se me acerquen.

Por supuesto, para eso lo entrené. Recorro la sala. Mi jefe de seguridad y el guardia de la entrada han desaparecido. Creo saber qué se ha comido el tigre. Me masajeo la frente con fastidio. Demonios y con lo difícil que es conseguir personal discreto y eficiente en estos días.

Suspiro e intento avanzar, pero el gruñido de Goliath me detiene. Arruga el hocico y dejo caer los hombros con pesadez ante el traidor que cierra los ojos cuando Sara le rasca la mandíbula.

—Sara… —digo con tono agotado—. ¿Puedes pedirle a mi tigre que me permita acercarme?

No responde; sigue sonriendo y me mira como si la situación le resultara divertida. Sus ojos oscuros aceleran mi pulso. Se ve poderosa e indomable: una diosa de las tinieblas.

—¿Qué me darás a cambio si lo hago?

Ladea la cabeza y me recorre con la mirada. El tono juguetón me hace sonreír.

—Lo que quieras —prometo—. Solo dale la orden.

—¿Lo que yo quiera? —Desliza el cristal sobre sus labios y me observa de arriba abajo—. ¿Cualquier cosa?

—Cualquier cosa —repito.

Nos sostenemos la mirada. Ella parece perderse en la mía durante unos instantes. Me dispongo a hablar, pero me interrumpe:

—¡Quítate la ropa!

Eso no lo esperaba. No es que me disguste la idea; poseo un físico que el mismo Hércules envidiaría, pero no soy un hombre fácil.

En otra circunstancia accedería solo para borrarle esa sonrisita a base de placer, pero en su estado actual, sospecho que solo quiere desarmarme para intentar asesinarme con ventaja.

—Me halagas, muñeca, pero no creo que sea prudente.

—Por favor… —hace un mohín—. No seas tímido, no voy a comerte… —hace una pausa provocadora—. A menos que me temas.

—Tal vez lo hago —respondo con indiferencia. Su sonrisa se ensancha.

—Pero si soy inofensiva —dice con picardía.

—Muñeca, tú eres todo menos inofensiva.

Ella sonríe de oreja a oreja. Goliath se aparta y se acomoda en el suelo, junto a los pies de ella.

—Es una lástima. Creía que eras un hombre de palabra.

—Lo soy.

—La ropa que aún cubre tu cuerpo afirma lo contrario.

Sonrío ante la provocación. Es una manipuladora experta.

Sé que es una idea nefasta, pero mantengo mis ojos fijos en los suyos mientras me quito la chaqueta y la arrojo al sofá.

Sara me observa quitarme los zapatos antes de comenzar con los botones de la camisa.

Sus ojos heterocromos destellan y parecen convertirse en un agujero negro cuando mi torso queda a la vista.

Me desabrocho el cinturón, pero mantengo las manos ahí y observo al tigre.

Ella sigue mi mirada y sonríe. Apoya el vaso sobre la mesa; el sonido del cristal es el único ruido en el salón mientras nos medimos.

Sin borrar su expresión triunfante, descruza las piernas con una lentitud que me eriza la piel.

La saliva se atasca en mi garganta y el pulso se dispara cuando separa las extremidades, permitiéndome ver su intimidad. Tardo un segundo en reaccionar. Elevo la mirada hacia sus ojos, que ahora brillan con un fulgor inédito.

—¿Qué pasa, ruso? ¿Te ha comido la lengua el gato?

Su voz desprovista de emoción es casi una caricia. Doy un paso hacia ella, pero se lleva un dedo a los labios para pedir silencio.

—Chist…

Niega con la cabeza y mira a Goliath, que permanece en la alfombra como su guardián fiel.

Sara me sonríe; sabe que me tiene a su merced.

Se muerde el labio y sigo el trayecto de su mano mientras la desliza por su muslo, subiendo la tela de la camisa.

La garganta se me seca. Mis ojos se clavan en sus dedos, que trazan un camino erótico sobre su piel hasta que alza la prenda casi hasta las caderas.

Desliza los dedos por la parte interna de los muslos y separa con elegancia sus hermosas piernas.

Desvía la mirada un instante hacia ellas y luego vuelve a mis ojos.

Aprieto los dientes y tenso la mandíbula; el corazón bombea con violencia y mi miembro se aprieta contra la tela del pantalón.

En ningún momento aparta la vista de mí mientras recorre su propia piel.

Me lanza una sonrisa juguetona y, sin previo aviso, desliza una mano entre sus piernas.

Se frota con suavidad, en movimientos lentos que me hipnotizan.

Se introduce dos dedos, lo cual le arranca un leve gemido que escapa de sus labios entreabiertos. Cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás, mientras con la mano libre recorre su abdomen por encima de la tela. Los pezones erectos resaltan bajo la camisa que lleva apenas abotonada. Mi camisa.

Gime y distingo el aliento que escapa de su boca mientras se estimula un pecho sobre la ropa. No pierde el ritmo mientras se masturba ante mis ojos. El corazón parece que va a salirse de mi pecho, igual que la erección que palpita en mi entrepierna. Maldición.