La posesión del Ruso CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Sasha

Recorro los pasillos de mi hogar y mis ojos se detienen en los portarretratos que custodian los muros.

A medida que asciendo por la escalera, un extenso sendero de fotografías familiares me envuelve, narrando una historia de lealtades y sangre.

Observo a mis padres en el día de su boda; a las de mi tía Anika junto al tío Demian y su hijo Brandon.

Me detengo un instante ante una imagen mía a los quince años, cargando a mi hermana sobre la espalda mientras ella sonríe.

Debo admitirlo: gran parte de mi infancia transcurrió en una soledad miserable, bajo el peso de una culpa que no me correspondía por la muerte de la mujer que me dio la vida.

La muerte me ha acompañado incluso antes de mi nacimiento; aprender a convivir con su gélida presencia se convirtió en mi destino.

Me habría hundido en la oscuridad absoluta de no ser por la tía Anika y, sobre todo, por ella.

Por la mujer que me sonríe al instante en que me divisa y abre los brazos con premura.

Ella es la razón por la cual mi padre y yo reduciríamos el planeta a cenizas si alguien osara herirla. Mi madre, Kiara del Castillo.

—¡Mi pequeño demonio de mi corazón!

Pongo los ojos en blanco ante el apelativo ridículo que solo ella se atreve a usar.

—¿Por qué no me avisaste que vendrías? —me recrimina mientras me estrecha en un abrazo, como si yo fuera su persona favorita en el mundo.

—Acabo de llegar, mamá. ¿Cómo has estado?

—¡De maravilla! Aunque no puedo decir lo mismo de tu padre; últimamente tiene un humor del averno. —Hace un gesto de desinterés con la mano antes de apartarse para examinarme con minuciosidad. —Sabía que era una mala idea dejar que te marcharas de casa. Mírate… has perdido peso.

Peina mi cabello hacia atrás con una mirada de reproche. Se cruza de brazos sin apartar la vista de mí, obligándome a revisar mi propio aspecto en busca de algún defecto que justifique su alarma.

—Estoy bien, mamá.

—¡Sh! —Levanta la palma para silenciarme—. Prepararé galletas y te llevarás unas cuantas.

Asiento con una leve sacudida de cabeza.

Ella me dedica una sonrisa mientras acomoda la solapa de mi saco.

Su mano viaja de nuevo a mi cabello y, como de costumbre, termina por desordenarlo de forma juguetona.

Suelto un bufido de resignación. Me guiña un ojo y me indica con un gesto que prosiga hacia el despacho del Pakhan.

—Tal vez tú logres disipar su mal humor. Kat se rindió y prefirió salir a caminar.

—¿Fue sola? —Frunzo el ceño y ella niega de inmediato.

—Lev y Bran la acompañan.

—¿Brandon está en Rusia? —indago con sorpresa.

Mi primo suele permanecer en Colombia con la tía Anika. No esperaba encontrarlo en Moscú, a menos que existiera una razón de peso.

—No es lo que imaginas —se apresura a decir, como si leyera mis pensamientos—.

Anika nunca permitiría que se iniciara en la Bratva.

Solo pasará una temporada aquí para familiarizarse con el idioma y acompañar a Kat.

Se ha sentido sola desde que tú y Lev se marcharon.

Deberías hablar con él; tal vez, si se lo pides tú, acepte volver a casa.

La forma en que me observa, con sus ojos color café brillando con esa súplica silenciosa, me recuerda al gato de alguna de esas películas infantiles que Kat adora. Suspiro y asiento.

—No puedo prometer nada. Sabes cómo es Lev; es reservado y jamás mencionó el motivo por el cual decidió abandonar la mansión. Pero intentaré hablar con él.

—Gracias, cariño. Eres muy atento. —Sonríe mientras palmea mi pecho. Recupera su expresión natural y noto que, una vez más, he sucumbido a sus sutiles tácticas de manipulación.

El estruendo de un cristal rompiéndose dentro de la oficina me obliga a mirar sobre mi hombro. Mi madre exhala un suspiro de agotamiento.

—Ve con tu padre y trata de no empeorar la situación —advierte, señalándome con el dedo—. Sé que disfrutas sacándolo de sus casillas, pero compórtate. Quizás así te confíe qué es lo que lo tiene tan alterado.

Besa mi mejilla y pasa a mi lado. En respuesta, dibujo con la mano una aureola invisible sobre mi cabeza.

Al entrar en el despacho, fijo la vista en mi padre.

Levanta la mirada de una pila de documentos y sus ojos azules, idénticos a los míos, me observan por encima de las gafas.

Me acerco al bar, me sirvo un trago y me desplomo en la silla frente a él.

Ignoro su expresión de fastidio mientras me llevo el vaso de vodka a los labios y bebo un largo trago sin apartar la vista de su rostro.

—¡Al fin te dignas a aparecer!

—¿A qué se debe tanta urgencia, papá? —pregunto con desdén.

—Quiero que me digas la verdad —suelta, entrelazando los dedos sobre el escritorio—. Eso es lo que pasa. Y ni se te ocurra intentar engañarme, porque no te creeré una sola palabra.

—No sé de qué hablas. —Finjo demencia mientras observo el líquido traslúcido.

—¡No juegues al idiota conmigo, Sasha! ¿Tienes idea del desastre que se ha desatado a tu alrededor? ¿Eres consciente de la magnitud de esta crisis? Rinaldi me ha contactado; exige una reunión —dice con brusquedad, arrojando un fajo de fotografías sobre la mesa.

Frunzo el ceño y tomo una de las imágenes.

En ella aparece Emir Ulusoy, el segundo hijo del líder de la mafia turca.

Su rostro es una máscara de sangre, desfigurado por los golpes.

A juzgar por el rastro oscuro que emana de la cuenca vacía donde debería estar su ojo izquierdo, deduzco que alguien se lo arrancó con saña.

—¡Y lo más increíble es que aún respira! —señala mi padre al notar mi interés.

—Inspirador… muy inspirador. ¿Te molesta si me quedo con ella? —Le muestro la foto con sarcasmo.

—¡No bromees, Sasha! ¡Esto es una tragedia inminente! Los están cazando uno a uno. Han iniciado una carnicería. Rinaldi quiere verme y estoy convencido de que la causa es esta.

Su mirada furiosa busca la mía. Me limito a encogerme de hombros mientras ajusto la correa de mi Rolex.

—En primer lugar, esto no guarda relación conmigo. Y en segundo… ¿quién dice que le temo a Rinaldi? Para ser sincero, ese anciano me tiene sin cuidado. Él y esa imitación barata que tiene por hijo no son más que charlatanes.

—Pues esa «imitación barata», como lo llamas, es el autor de esto —dice, señalando las fotos—. Él y Salvatore Rossi. Conoces al hijo de Aurora Rinaldi, ¿verdad? Pues el muchacho resultó estar tan demente como su madre.

—No me impresiona.

—Son una estirpe de carniceros, Sasha. Caín Rinaldi y Salvatore Rossi recorren las calles como dos maníacos, aniquilando a cualquiera que se interponga en su camino.

Rinaldi les ha otorgado libertad absoluta.

Caín es el rastreador más hábil de la organización y Salvatore es un lunático que desprecia incluso su propia vida; es un adicto a la adrenalina.

Lo nombraron jefe de ejecutores y, aunque apenas tiene edad para valerse por sí mismo, ya es una máquina de matar infalible.

—Cualquiera diría que estás considerando contratarlos —replico, recostándome en el asiento.

—No digas estupideces. Expongo los hechos porque, tarde o temprano, vendrán a por nosotros.

—No tienen motivos —le resto importancia—. No creí que fueras de los que se amedrentan por estas nimiedades infantiles. —Suspiro mientras deslizo la fotografía en mi bolsillo.

—¡Devuelve a la chica antes de que exterminen a todos los que la pretendieron y vengan a por ti!

La tensión en su mandíbula delata una furia contenida a punto de estallar.

—No tengo nada que entregar.

—Sasha…

—Deja de preocuparte. Si tanto te inquieta Rinaldi, puedo acompañarte a esa reunión.

Su palma impacta contra la mesa con un golpe seco. Alzo el mentón cuando se pone en pie, proyectando su autoridad.

—¡A mí me respetas, Sasha Ivanov! —brama, aniquilándome con la mirada—.

No me amedrenta Sebastián Rinaldi ni nadie en este mundo.

Pero aprende algo: en nuestro entorno, subestimar al enemigo puede costarte la existencia.

Más aún si se trata de los italianos. Lo diré una sola vez: si tienes a Sara Rinaldi, debes decírmelo.

Vendrán por ella; es solo cuestión de tiempo.

Señala de nuevo las imágenes sangrientas.

—No lo harán…

—¿Acaso tú no irías al fin del mundo por tu hermana?

Aprieto los puños. Es una pregunta retórica; por supuesto que lo haría.

—Vendrán por ella, Sasha. Y si intentan algo contra ti… —Hace una pausa—. Voy a degollarlos y a enviarlos a Nueva York en bolsas para cadáveres. Se desatará una guerra total. Pondrás en peligro a toda la familia: a tu madre, a tu hermana y a tu tía.

Me pongo en pie para sostenerle la mirada.

—Nada de eso sucederá, porque yo no tengo a la chica. Es más, ya te lo dije: infórmale a Rinaldi que estoy a su disposición para colaborar en su búsqueda. Pero a cambio, él ya sabe cuál es mi precio.

Mi padre endereza la espalda y me observa de arriba abajo mientras sacude la cabeza. Una sonrisa carente de alegría se dibuja en su rostro y vuelve a sentarse sin apartar los ojos de mí.

—Así que ese es tu plan —murmura—. Te llevas a la niña y luego, de forma milagrosa, la haces aparecer cuando todos la den por perdida. Te conviertes en el héroe y exiges su mano como recompensa por el rescate. —Se pasa la mano por la cara, agotado.

—No sé de qué hablas —miento con descaro.

—Solo te lo advertiré una vez más: termina con esta farsa. No lo vale. Puedes poseer a cualquier mujer del mundo. ¿Por qué obsesionarte con la única que no puedes tener?

Te equivocas, padre… ella lo vale todo.

—Eso podría preguntártelo yo a ti. Según tengo entendido, al tío Demian no le hizo ninguna gracia que te casaras con mamá a sus espaldas. —Me lanza una mirada gélida mientras aprieta los dientes. —Y yo jamás pondría en riesgo a nuestra familia por una mujer cualquiera.

Mantenemos el duelo visual. No miento, porque Sara Rinaldi no es una mujer cualquiera; es mi mujer y nadie me la arrebatará. Ni su familia, ni el resto del mundo. Si para conservarla debo enfrentar una guerra, que así sea. Estoy preparado para pelear hasta las últimas consecuencias.