La posesión del Ruso CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Sasha

Observo atónito a la chica que tiembla, aferrada a la tela de mi camisa.

Su mirada se apaga de forma gradual, hasta el punto de que temo perderla.

La respiración agitada y el sudor que perla su frente confirman mis sospechas.

Maldigo para mis adentros mientras la sujeto por el cuello y la atraigo hacia mí, obligándola a sostener el contacto visual.

—Freya… mírame. Todo está bien —intento apaciguarla.

—Sasha… no me dejes pensar…

El sonido de su voz, dulce y frágil al pronunciar mi nombre, es el detonante que envía mi escasa cordura al abismo. ¡Blyad!

—Tú lo has pedido, Sara. Recuérdalo.

Son las únicas palabras que escapan de mis labios antes de estrechar el agarre en su garganta para atraerla hacia mí.

Una descarga de adrenalina recorre cada rincón de mi cuerpo mientras pruebo su boca, dulce y aterciopelada; la sensación resulta indescriptible.

Me embruja la forma en que se deja dominar, rodeando mis hombros con los brazos y separando apenas sus labios para concederme acceso.

El fuego que me invade crece sin control hasta que termino mordiendo su boca, incapaz de contener la intensidad que me consume.

Ella gime, pero no se aparta, ni siquiera cuando mi lengua juega con la suya, que se mueve con timidez en un intento de seguir mi ritmo.

Su inexperiencia es evidente, pero me importa poco.

No es que yo sea un experto en la materia, he tenido sexo, sí, pero nunca he permitido que me besen.

Jamás lo creí necesario; el sexo era solo una transacción, una forma de descargar tensión.

Nunca imaginé que ansiaría tanto unos labios como los de Sara Rinaldi.

Ahora, mientras la estrecho entre mis brazos, comprendo que ha valido la pena cada segundo de espera y cada noche de insomnio imaginando este instante.

Sin retirar la mano de su cuello, sonrío contra su boca.

Siento cómo su pulso se estabiliza bajo mis dedos y sus latidos recuperan la calma de forma progresiva.

No ocurre lo mismo con su respiración, que continúa agitada mientras intenta seguir la brusquedad de mis labios.

Devoro los suyos, alternando mordidas con leves tirones de mis dientes sobre la sedosa piel de su labio inferior. Una delicia absoluta.

Me separo y observo cómo abre los ojos con lentitud.

Su mirada apenada y el sonrojo de sus mejillas conforman la imagen más adorable que he visto en mi vida.

Una sonrisa tímida asoma en su rostro e intenta desviar la vista, pero aprieto el agarre en su nuca para obligarla a mantener el contacto.

Quiero toda su atención puesta en mí, ahora y siempre.

—¡No tienes idea de lo que acabas de hacer! —exclamo, acariciando sus labios con el pulgar.

—Solo… fue un beso —susurra con voz trémula.

Sonrío y presiono su cuello con suavidad hasta que sus labios se entreabren.

—Un beso que marca un antes y un después. Si alguna vez existió la mínima posibilidad de huir de mí, ahora ya no hay vuelta atrás. Nunca voy a dejarte ir, Sara. Tenlo presente la próxima vez que pienses en escapar.

Traga saliva y vuelve a fijar la vista en mi boca. Satisfecho, la acerco de nuevo para depositar un beso breve. Aunque me aparto un poco, mi pulgar continúa rozando la piel enrojecida de su boca. Esta obsesión por sentirla cerca acabará conmigo.

—Están muertos —murmura, observando con pavor los alrededores antes de volver a mirarme.

Una línea de tensión se dibuja en mis labios mientras contengo una sonrisa.

—Lo están —asiento—. Y así acabará cualquiera que intente poner sus manos sobre lo que me pertenece. Yo no comparto, Sara. Tu piel, tu aroma… —respiro hondo, inclinándome hasta fundir mi aliento con el suyo—. Toda tú me perteneces.

No responde. En cambio, frunce el ceño y lleva una mano a su frente, cerrando los ojos como si un dolor repentino la atravesara. Analizo cada uno de sus gestos con atención, escaneando su rostro en busca de alguna herida o indicio de daño, pero no encuentro nada.

—¿Podemos regresar a casa? —pide.

De inmediato le ofrezco mi mano para ayudarla a ponerse en pie. Suspira y asiente con lentitud. Entrelazo mis dedos con los suyos; decido no analizar el hecho de que ha usado el plural para referirse a «nuestra casa», ni que no ha rechazado el contacto.

Mientras caminamos entre los cadáveres, percibo cómo traga saliva y aprieta el agarre sobre mis dedos. Sujeto su mano con más fuerza y elevo su mentón, obligándola a mirarme.

—No los veas, no lo valen —sentencio, centrándome en sus iris—. Quiero tus ojos en mí todo el tiempo. Yo te guío.

Asiente y acaricio su mejilla antes de besar su frente. Me giro y tiro con delicadeza de ella para que me siga. De soslayo compruebo que, tal como le indiqué, evita mirar los cuerpos. Sus ojos están fijos en nuestras manos entrelazadas mientras avanzamos sobre el reguero de sangre. Buena chica.

Resulta irónico que, siendo la hija de un hombre con la reputación de «la Parca italiana», le tema tanto a la sangre.

Creció en nuestro mundo; la muerte y los cadáveres son parte de nuestra esencia.

No deberían suponer un problema para ella.

Sacudo la cabeza, incrédulo, y sigo el camino hacia el coche que dejé atrás cuando me interné en el bosque.

El regreso nos tomará tiempo y la oscuridad es total.

Saco el teléfono e ignoro las llamadas perdidas del Pakhan.

Enciendo la linterna para iluminar el sendero.

Sara no emite sonido alguno y, por momentos, la observo con el temor de que se pierda de nuevo en su mente.

No es que me disguste ese lado oscuro y salvaje que se empeña en ocultar, al contrario, me fascina.

Lo que me molesta es que sufra por ello.

Ya encontraré la forma de solucionar ese inconveniente.

Tarde o temprano entenderá que es perfecta tal como es y que no debe reprimirse por nadie.

No es su culpa que otros no sepan dominar sus demonios.

Sara se detiene de súbito y yo me freno en seco.

Volteo a tiempo para verla quejarse. Al seguir su mirada, descubro que cojea.

Le falta uno de sus zapatos, asumo que lo perdió durante la huida o en el forcejeo con esos bastardos.

El recuerdo del disparo regresa a mi mente y no puedo evitar sonreír.

Pese al pánico, disparó un arma para salvarme el pellejo. Sara Rinaldi es un enigma fascinante.

—Déjame ayudarte.

La tomo entre mis brazos y la levanto para cargarla el resto del trayecto.

—No es necesario, es solo que he perdido un zapato —dice, mientras mueve la pierna para mostrarme su pequeño pie descalzo.

No respondo; solo avanzo apretándola contra mi pecho.

Reprimo una sonrisa al escuchar su suspiro de resignación.

Los lobos continúan aullando en la lejanía y siento su estremecimiento, aunque su rostro permanece inexpresivo.

Supongo que tanto tiempo reprimiendo sus emociones la ha convertido en una experta en ocultar lo que siente.

—No hay nada que temer. Solo son lobos.

—Lo lamento, no todos somos inmunes a los depredadores carnívoros y hambrientos —responde, arqueando una ceja con un atisbo de ironía.

—¿Eso fue sarcasmo?

—Tal vez —encoge los hombros—. No eres el único que sabe usarlo.

—El depredador más peligroso del bosque está justo aquí, Freya, y como podrás notar, tiene las manos ocupadas —le guiño un ojo.

—No pienso contradecir eso —replica de inmediato. Sostiene mi mirada un instante antes de carraspear y desviar la vista.

—Sabes… eres mucho más de lo que se ve a simple vista —murmuro para mí mismo.

—¿Qué?

Bajo la mirada hacia ella y, tras un breve duelo silencioso, vuelvo a centrarme en el camino.

***

El coche se detiene frente a la fortaleza. Sara no duda en desabrocharse el cinturón de seguridad, pero antes de que alcance la puerta, sujeto su muñeca. Se voltea y me mira. Llevo un dedo a mi mejilla, señalando el lugar. Su ceño se frunce en un gesto de confusión.

—No te has despedido, pequeña.

Su expresión me indica que está a punto de mandarme al diablo, pero antes de que hable, la tomo por la nuca y la acerco de un tirón, estampando mis labios contra los suyos.

Me empuja en un instinto inicial por apartarse, pero cuando mi lengua irrumpe en su boca, su cuerpo pierde rigidez.

Se rinde y corresponde al roce con suavidad.

El sonido de mi teléfono rompe el momento.

Sara se aparta de un salto y sale disparada hacia la entrada de la mansión, como si hubiese cometido un pecado capital.

Sonrío mientras la veo huir y deslizo el pulgar sobre mis labios.

Sabe mucho mejor de lo que esperaba. Acabará sucumbiendo; he notado lo que provoco en ella.

Puede que no lo recuerde, pero me desea tanto como yo a ella.

Al igual que yo la condené desde el primer instante, ella me ha condenado a mí. No pienso soltarla jamás.

Miro el dispositivo y suspiro al ver el número que ha insistido todo el día. No estoy de humor para hablar con él, así que cuelgo. Un segundo después el teléfono vuelve a sonar, pero esta vez es el número de mi madre.

—¡Privet, madre!

—¿Qué demonios pasa contigo? Te he estado llamando —ladra mi padre desde el otro lado. Pongo los ojos en blanco.

—Lo noté, padre, pero he estado ocupado.

—Pues mueve tu trasero a la mansión antes de que envíe a alguien por ti. Tenemos un problema.

Frunzo el ceño. Me ha llamado desde el teléfono de mi madre, Kat no se ha comunicado en todo el día y…

—¿Mamá y Kat están bien?

—Sí, Sasha, ellas están bien. Eres tú el que me preocupa. Ven ahora, tengo un asunto que tratar contigo.

—¿Por qué usas el teléfono de mamá?

—Porque tú no me respondes, Sasha. Por eso tuve que recurrir al de tu madre, al que curiosamente sí has tenido tiempo de contestar —me reclama. Me masajeo la frente con frustración.

—Bien. Estaré allí en unos minutos —informo y hago una pausa—. Por cierto, padre: si yo fuera tú, no volvería a tocar el teléfono de mamá sin su permiso. No le gustará saber que lo usas para manipularme.

—¡Vete al diablo, Sasha!

Suelto una carcajada al cortar la llamada.

Tecleo un mensaje para mi jefe de seguridad, indicándole que Sara está en la mansión y que no quiero a nadie más dentro de la propiedad hasta que regrese.

Goliath la protegerá; está entrenado para ello.

No me preocupa dejarla sola un rato, pero soy incapaz de dejarla sin vigilancia.

Es una ventaja que nadie en Rusia la conozca, ya que ha vivido oculta gran parte de su vida.

Mi personal es limitado y Lev se ha encargado de conseguir gente de confianza.

No quiero arriesgarme a que alguien la reconozca o hable de más.

Apoyo la cabeza en el respaldo de cuero, recordando el sabor de sus labios y cómo se calmó entre mis brazos. El paraíso existe y estoy convencido de que reside en los labios de Sara Rinaldi. Sacudo la cabeza y lanzo el celular al asiento del acompañante antes de poner el motor en marcha.