Capítulo 5
Nueva York
Sebastián Rinaldi
La silla atraviesa el ventanal de mi oficina con un estruendo de cristales rotos al caer desde el segundo piso.
La rabia me corroe las entrañas; siento que estoy a punto de perder la cabeza.
«Se la llevaron. Algún infeliz se la llevó».
Azoto la palma de la mano sobre el escritorio y me giro hacia el cuadro familiar que preside la estancia.
Los ojos de mi hija me observan desde el lienzo, donde abraza a su madre y hermanos.
Aprieto la mandíbula mientras contemplo la imagen, repitiéndome que debo conservar la calma.
Suspiro y cierro los ojos, retirando el cabello de mi frente con ambas manos antes de encarar al hombre que aguarda mis órdenes.
—Quiero que prepares a los mejores —ordeno con voz ronca—.
Ni sicarios de poca monta ni pandilleros.
Quiero hombres con experiencia, que sepan lo que hacen.
Sujetos capaces de acatar una orden sin replicar, a los que no les tiemble el pulso ni se acobarden al matar a quien sea necesario.
Habrá muertos, y serán muchos. Quiero la certeza de que, si les ordeno disparar a su propia abuela, jalarán el gatillo sin dudar.
Apoyo los puños sobre la madera, descargando mi peso.
—¡Entendido! Me pongo con ello ahora mismo, jefe —asegura el hombre. Permanece estático, pasmado, hasta que mi mirada fulminante lo obliga a reaccionar. Asiente varias veces y sale disparado, chocando en el umbral con Caín.
Mi hijo entra resoplando, tan alterado como yo. Aprieta una tableta entre sus manos con tal fuerza que sus nudillos lucen blancos.
—Tengo la grabación de seguridad del estacionamiento de la universidad. Esos bastardos sabían lo que hacían —niega con la cabeza—. Sabían que estaba sola. Pero hay algo en todo esto que no termina de encajar.
—¡Dámela! —ordeno. Él duda.
—Papá... no te gustará ver esto.
—¡Que me la entregues, demonios! —exclamo. Él exhala un suspiro de derrota y me extiende el dispositivo.
Reproduzco la grabación. Siento la mirada de Caín clavada en mí, vigilando cada una de mis reacciones.
Me paso la mano libre por el rostro, frustrado, mientras el video avanza.
El poco autocontrol que me quedaba se hace añicos al ver cómo estrellan el rostro de Sara contra la puerta de su coche.
Ella lucha como una leona, intentando zafarse de ese animal, hasta que él la abofetea y otro le apunta con un arma.
—¡Hijos de puta! —escupo.
Estrello la tableta contra la pared. El aparato se deshace en fragmentos al caer al suelo.
Me obligo a detenerme antes de que el frenesí me domine.
Camino de un lado a otro de la oficina, con los puños cerrados, respirando hondo para mantener a raya a la bestia que ruge en mi interior. No ahora. Todavía no.
Mi estado mental es inestable a pesar de los años.
La única forma que hallé para contenerme fue seguir el tratamiento que me recetó el psiquiatra cuando supe que sería padre.
No podía permitir que mis hijos crecieran junto a un lunático.
Pero ahora las emociones resultan imposibles de filtrar.
Es como si el monstruo enjaulado arañara los barrotes, desesperado por salir.
Debo controlarme por Sara y por el resto de la familia, pero la imagen de mi niña en manos de algún desalmado me tortura.
Los recuerdos de cómo encontré a Isabella en el pasado, el rastro de su sufrimiento, me golpean sin piedad.
Una emoción que apenas reconozco empieza a nublar mi juicio: miedo.
No. No puedo permitir que el miedo tome el control.
Sara es fuerte. Es una Rinaldi. Es mi hija y resistirá hasta que yo vaya por ella.
—Que tu madre no vea eso —ordeno, señalando los restos de la tableta. Caín asiente de inmediato—. Isabella no soportaría ver cómo lastiman a su pequeña.
—El comandante Rogers está aquí —anuncia un guardia desde la puerta.
Caín frunce el ceño. No necesita preguntar; su expresión exige respuestas.
—Rogers trabaja para mí. Necesito información interna de la policía para ir un paso por delante, y él sabe qué hilos mover —explico. Tomo mi arma, la oculto tras la espalda y camino hacia la salida mientras me arremango la camisa.
En la sala, Isabella deja una taza frente al hombre sentado en el sofá. Ella alza la cabeza al notar mi presencia; tiene los ojos enrojecidos por el llanto. No ha cesado de llorar desde la desaparición de Sara. Damon, aunque silencioso, no se ha separado de su lado ni un instante.
—Rinaldi —Rogers se pone en pie.
—Secuestraron a mi hija —suelto con veneno—. ¡En mi propia ciudad! ¿Cómo demonios ocurrió?
—Es lo que investigo —responde, enderezándose—. Revisé las cintas y mi personal localizó al titular de la matrícula del vehículo. Fue robado cerca del aeropuerto pocas horas antes del rapto.
Me presiono el puente de la nariz, tratando de procesar la información.
—¿Entonces no hay forma de localizarla? —pregunta Isabella—. Por favor, encuentre a mi niña. Ella toma medicación controlada; no puede estar sin su tratamiento mucho tiempo —explica con las manos temblorosas.
—Hago lo que puedo, señora —responde él—. No se preocupe, ayudaré en todo lo posible.
—Eso no basta —solloza ella, cubriéndose el rostro—. Solo quiero que traigan a mi niña a casa. No quiero que sufra lo que yo... Esos hombres se la llevaron y quién sabe con qué propósito. Cuando descubran su condición, ellos...
—Disculpe, señora, pero como dije, hacemos lo necesario —interrumpe Rogers—. Mis hombres no son máquinas. Colaboramos, pero fue una imprudencia dejarla andar sin seguridad. Esto podía pasar.
—¿Qué dijiste, bastardo? —masca Caín a mi lado.
Isabella llora con más fuerza. Me dispongo a avanzar hacia el oficial, pero la voz de Damon, quien parecía sumido en su propio mundo, me detiene en seco.
—Nadie nace asesino. Y yo no pretendo serlo —Damon alza la mirada y observa a Rogers por encima de sus gafas gruesas—. Pero si ofendes a mi madre delante de mí, te arrancaré las entrañas con mis propias manos. Conoce tu lugar o me veré obligado a enseñártelo.
El adolescente murmura la amenaza sin apartar la vista del hombre, quien traga saliva con dificultad.
Esos ojos grises, duros como el acero, imponen un respeto absoluto.
Pese a su juventud, nadie sería tan estúpido para ignorar la advertencia de un Rinaldi.
Damon se acomoda las gafas y, con una calma aterradora, vuelve al cómic que sostiene.
Todas las miradas recaen sobre él. Incluso su madre parece petrificada.
No son solo sus palabras, sino el tono neutro y despreocupado con que las pronuncia; una violencia latente tras la imagen de un joven que no parecería capaz de lastimar a nadie.
Muchos subestiman su silencio sin considerar los genes que corren por sus venas.
Los Rinaldi podemos ser muchas cosas, pero jamás sumisos.
—No pretendía ofender a la señora, yo solo...
—¡No quiero excusas, quiero resultados! —espeto—. Mi hijo tiene razón: cuida cómo le hablas a mi mujer. Me eres útil, pero no indispensable.
—Entiendo. Lamento la ofensa —dice Rogers, mirando a una incómoda Isabella—. Pero Rinaldi, comprenda que mi gente hace todo lo posible...
—Se te paga una fortuna por tu trabajo —lo corto—. No me importa si tus hombres deben volverse robots, pero quiero a mi hija de vuelta o esta ciudad va a arder.
Él suspira y se pasa las manos por el rostro, frustrado por la presión.
—Bien... contactaré con conocidos en Chicago.
Se mueven en negocios turbios: apuestas y casinos clandestinos.
Gran parte del bajo mundo pasa por ellos; quizá sepan algo.
Los rumores vuelan, y si alguien es tan demente para desafiar a la Parca Italiana, supongo que será lo bastante imbécil para alardear de ello.
Asiento en silencio.
—Te pido tiempo. No queremos que se repita lo de hace años. No queremos bajas civiles —añade.
—¿Tiempo? —replica Caín—. ¿Qué parte de que se llevaron a mi hermana no entiendes, idiota? No nos interesa causar una masacre, pero encuentra a esos infelices o será tu cabeza la que ruede.
—Cariño, por favor... —suplica Isabella. Caín bufa, da media vuelta y sale de la estancia, probablemente para no perder el control.
—Rinaldi... confía en mí. Deja que me encargue. No alertemos a las autoridades con decisiones apresuradas. Si armamos un escándalo y el captor se siente acorralado, podrían...
—¡Basta! —lo detengo, evitando que Isabella escuche más—. Haz tu parte. Yo haré la mía, pero no esperes que me quede de brazos cruzados. Si algo le sucede a mi hija, no quemaré la ciudad. Voy a destruir el país entero.
Moscú, Rusia
Sara
Sacudo la cabeza, tratando de abrir los ojos. Siento los párpados pesados. Una punzada me atraviesa el cráneo y me obliga a llevar la mano a la frente. El olor a alcohol antiséptico me hace arrugar la nariz mientras me incorporo en la cama. La habitación está sumida en la penumbra.
Recorro la estancia con la mirada hasta detenerme en un punto rojo en el rincón.
Entrecierro los ojos y distingo la silueta de un hombre que me observa en silencio mientras fuma.
Es el mismo que se coló en mi jardín hace unos días para dejar una rosa negra.
No habla; solo vigila. Noto que el olor a antiséptico emana de mis propias manos.
—¿Sara?
Él emerge de las sombras, se pone en pie y camina hacia mí con lentitud.
—¿Cómo te sientes? —pregunta. Intento recordar qué ocurrió, pero mi memoria es un lienzo en blanco.
—No lo sé —murmuro, observando mis palmas.
Él se detiene a pocos pasos. Las cortinas apenas dejan pasar una franja mínima de luz.
De pronto, mi mente proyecta imágenes inconexas: la universidad, una furgoneta, sangre, voces, nieve, fuego.
Me sujeto la cabeza ante una nueva punzada de dolor.
El pulso se me dispara y las manos me tiemblan. No recuerdo cómo llegué aquí.
—Sara...
Él se sienta en el borde de la cama y toma mi mano. El calor de su piel contrasta con mi frialdad. Le aparto la mano de un manotazo. Sé que todo esto es su culpa.
—¿Qué pasó? —me levanto de un salto—. ¿Qué me hiciste? —le reclamo, tomando distancia mientras me abrazo a mí misma. La rabia agita mis músculos.
Él frunce el ceño, confundido, y avanza hacia mí, obligándome a retroceder hasta que mi espalda choca contra la pared.
—¡No te acerques, lunático!
—¿O si no qué? —me reta con voz firme—. A mí nadie me da órdenes, Freya.
Ese nombre resuena en mi cabeza una y otra vez. «Freya, Freya...».
—¿Qué fue lo que hice? —miro mis manos. Destellos de mis dedos manchados de rojo asaltan mi conciencia.
—Nada. No has hecho nada... solo te desmayaste —asegura, acercándose con cautela. Me mira con una mezcla de confusión y una fascinación perturbadora.
—Yo creí que...
—¿Qué creíste, Sara? —pregunta. Trago saliva al sentir su cercanía—. ¿Que habías asesinado a alguien? Eres demasiado dulce para eso.
Su loción inunda mis sentidos. Sus dedos acarician mi barbilla y, con los nudillos, eleva mi rostro. La luz tenue ilumina sus ojos: un azul gélido e intenso que me escruta como si fuera un enigma.
—Fascinante... —murmura, recorriendo mis facciones—. De verdad no lo recuerdas.
Niego con la cabeza. Es absurdo, pero su tacto me relaja y cierro los ojos un instante.
Sus labios se curvan en una sonrisa peligrosa.
Dos de sus dedos recorren mi cuello, apartando el cabello hacia atrás.
Se inclina un poco más y sus manos encuentran mi nuca.
Bajo la mirada, desorientada, y noto el collar que cuelga de mi cuello.
Me dedica una sonrisa burlona antes de rozar la punta de mi nariz.
—Tenías razón —admite—. No es un rastreador.
Con absoluta calma, se gira y camina hacia la salida. Observo su espalda y, antes de que abra la puerta, me apresuro a sujetarlo del brazo.
—¡Sasha! —mi voz suena suplicante. No parece sorprendido de que conozca su nombre—. Por favor, deja que llame a casa. Mi familia debe estar desesperada.
Él no se vuelve, pero siento cómo sus músculos se tensan bajo mi agarre.
—Por favor —insisto.
Aparta mi mano con suavidad y se gira para mirarme. Sostengo su expresión inexpresiva. Esconde un mechón de mi cabello tras la oreja con un gesto casi tierno.
—Tienes que comer —se limita a responder.
Sale de la habitación y cierra la puerta tras de sí. Suspiro, bajo la mirada al collar y lo envuelvo con fuerza en mi puño.