La posesión del Ruso Capítulo 1
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Capítulo 1

Moscú

Un año después del encuentro

Entro al despacho y me desplomo en el asiento frente al escritorio. El ambiente está saturado con el aroma penetrante del tabaco y el rancio olor de los libros viejos. Con deliberada insolencia, cruzo los tobillos y apoyo los pies sobre la superficie de madera.

—Adelante, ponte cómodo —murmura el hombre tras el escritorio, sin desviar la atención de los documentos que analiza con rigor.

—He escogido a mi futura esposa —informo sin preámbulos. El tono de mi voz es seco, definitivo—. Como Pakhan y como mi padre, deseo que realices los trámites necesarios para pedir su mano.

Por primera vez, alza la mirada con lentitud. Me observa por encima de sus gafas con una expresión que oscila entre la incredulidad y la espera del remate de un chiste.

—¿Quieres... casarte? —pregunta con escepticismo marcado.

—Lo que has escuchado, padre.

El desconcierto se instala en sus facciones mientras me estudia.

Doy una calada al cigarrillo, dejando que el humo nuble el espacio entre ambos.

Él se recompone rápido y sacude la cabeza con una mezcla de resignación y cansancio; conoce de sobra que, cuando una obsesión se ancla en mi mente, no hay fuerza capaz de detenerla.

—Bien, D'yavolenok, si es tu voluntad, me ocuparé —asiente, volviendo a su papelería—. ¿Quién es la víctima? Perdón, quise decir la afortunada —añade con una sonrisa socarrona.

—Sara Rinaldi.

La burla desaparece de su rostro al instante. Se endereza en el asiento con una brusquedad que hace crujir la silla.

—Perdona... creo que el oído me falla. ¿Sara Rinaldi? —pregunta con el ceño hundido.

Asiento en silencio, observando cómo la brasa del cigarrillo consume el papel cerca de mis dedos.

—La quiero a ella. Es una princesa de la mafia y pertenece a un linaje tan poderoso como el nuestro. La reclamo como mía —sentencio.

—Sasha... —el tono de advertencia en su voz se vuelve denso—. Es imposible. Olvídalo. Elige a cualquier otra y la tendrás, pero a ella no puedo entregártela. Sebastián Rinaldi jamás...

—¡Pizdet, padre! —lo interrumpo mientras me pongo en pie—. No solicito tu permiso. Me es indiferente la opinión de Rinaldi. Los matrimonios por conveniencia han regido nuestro mundo durante siglos. Podemos exigirlo como un derecho para consolidar la alianza.

—Ambos sabemos que esas prácticas están obsoletas, Sasha —replica—. No se ha ejecutado un contrato así en décadas.

—Hasta ahora —insisto. Él se masajea las sienes, buscando una paciencia que se le agota.

—¿Qué te parece la hija de Sullivan? —propone—. Los irlandeses recibirían una unión con entusiasmo. Alise Sullivan es una joven encantadora.

—No me interesa —respondo tajante.

Mi padre me sostiene la mirada en un duelo silencioso. Finalmente, exhala un suspiro cargado de derrota y alcanza su teléfono.

—Hablaré con Kiara —dice negando con la cabeza—. Quizás tu madre logre que recuperes la razón.

—No la involucres en esto —frunzo el ceño, endureciendo mi postura—. Ni siquiera ella conseguirá que desista.

Respeto a mi madre por encima de cualquier persona, pero en esta cuestión no hay espacio para negociaciones. Mi padre se recuesta en el respaldo, clavándome sus ojos —espejos de los míos— con una preocupación genuina.

—¿Por qué ella? —pregunta en voz baja.

—Porque sí —respondo con una frialdad absoluta.

—Sasha... —se inclina hacia adelante, entrelazando los dedos—.

El último que sugirió un matrimonio arreglado con la hija de Rinaldi abandonó esa casa con tres dedos menos.

Casi le amputan la mano con un abrecartas; de no ser por Isabella Rinaldi, lo habrían ejecutado allí mismo.

Sebastián nunca entregará a su hija voluntariamente.

—Entonces... dices que no lo hará por voluntad propia —murmuro, una idea oscura formándose en mi mente mientras aplasto el cigarrillo en el cenicero.

—¡No! —advierte, señalándome con el dedo—. ¡Conozco esa mirada, D’yavolenok! Olvida a esa chica. Nos tomó años forjar la paz con los italianos. No te acerques a ella, a menos que busques provocar una guerra que ahogue todo en sangre.

Me ajusto la tela del traje con un gesto de calculada indiferencia. Sin añadir una sola palabra, camino hacia la salida mientras escucho al Pakhan maldecir en voz baja.

—Como digas, padre.

—¡Sasha! ¡Blyád! ¡Te lo advierto! —su grito resuena contra la madera de la puerta cuando la cierro tras de mí.

Ciudad de Nueva York

Tres años después (Presente)

Sara Rinaldi

Termino de organizar los libros en mi bolso y recojo una de las carpetas sobre el escritorio. Con un toque suave, golpeo el cristal de la pecera donde duerme Sunny, mi conejillo de indias. Ella me ignora, ocupada en devorar un trozo de zanahoria con un entusiasmo envidiable.

Recorro mi habitación con la vista para verificar que no olvido nada antes de salir al pasillo. Desde la planta baja ascienden voces familiares y el aroma reconfortante del café recién colado.

—¿Sara y Caín ya se levantaron? —pregunta la voz de mi padre.

—A Sara no la he visto; Caín entrena en el jardín —responde mamá.

Bajo las escaleras atraída por el olor a galletas recién horneadas.

En la cocina, mi padre revisa su teléfono mientras bebe café, recostado en la cabecera de la mesa con una elegancia informal.

Viste una de sus habituales camisas negras con las mangas recogidas, revelando sus antebrazos.

Su cabello oscuro, peinado con precisión, deja ver algunos hilos de plata que delatan el paso del tiempo.

Mi madre se gira con una bandeja humeante y me dedica una sonrisa radiante.

Su delantal tiene una pequeña mancha de chocolate cerca del hombro.

—Buenos días, pequeña —saluda ella. Mi padre levanta la vista y sonríe.

—¡Hola! Buenos días —respondo con alegría, apresurándome a abrazarla. Mi padre extiende los brazos al verme.

—Mia tesorina.

Rodeo su cuello desde atrás y beso su mejilla. Su tesoro. Estoy a punto de cumplir diecinueve años, y el apodo sigue vigente.

—Buenos días, papá —acaricio su brazo antes de sentarme a la mesa.

—¿Lista para tu primer día de clases? —pregunta mamá con entusiasmo.

Sus ojos verdes brillan. Sé cuánto deseaba que retomara mis estudios, aunque el temor a que no estuviera preparada siempre estuvo latente. No la culpo; me ha tomado tiempo y esfuerzo "superar" lo sucedido, pero finalmente me siento capaz de volver.

—Apuesto a que ha estado lista desde hace días —comenta papá entre risas.

Me sorprende que no se opusiera a la universidad.

Al mencionarlo, temía su negativa, pero él simplemente afirmó que mi felicidad era su prioridad.

El abuelo, sin embargo, mostró su paranoia habitual; no le agrada la idea de que me exponga fuera de la mansión.

Papá le aseguró que los fantasmas del pasado estaban bajo control.

No sé si se refería al incidente de mi antigua escuela o a algo más profundo, y no estoy segura de querer descubrirlo.

El incendio que redujo a cenizas mi colegio días después de mi expulsión difícilmente fue una coincidencia, pero una cosa es sospechar y otra confirmar la mano de mi padre en ello.

De pronto, ráfagas de recuerdos borrosos me golpean: risas, gritos y el tacto metálico de unas tijeras en mi mano. Frunzo el ceño y cierro los ojos ante un pitido agudo que surge en mi cabeza. Es un sonido leve, pero suficiente para fracturar mi paz.

—Cielo...

Parpadeo para recobrar la conciencia y me encuentro con los ojos preocupados de mamá.

—Lo siento —sonrío con esfuerzo—. Olvidé mi medicación.

Busco el paquete en mi mochila, extraigo dos tabletas y papá me acerca su vaso de zumo de inmediato. Al tragar, una mueca de asco deforma mis facciones.

—¡Dios! ¿Esto es... zumo de naranja? —protesto entre accesos de tos.

—Ese es el de tu padre, el tuyo es de fresa —aclara mamá con una sonrisa.

Papá finge demencia mientras ella me retira el vaso. Aprovecho que está de espaldas para clavarle la mirada.

—¿Algún día admitirás cuánto lo detestas? —le susurro. Él se lleva un dedo a los labios y me guiña un ojo, sellando nuestro secreto.

Ruedo los ojos y tomo una galleta con chispas de chocolate, pero antes de morderla, una mano veloz me la arrebata.

—Demasiado lenta, enana —se mofa Caín tras darle un mordisco enorme.

—¡Eso era mío! —protesto.

—Beneficios de ser el mayor —responde encogiéndose de hombros.

—Solo por unos minutos —le recuerdo con firmeza.

Él me dedica una sonrisa descarada y rodea a mamá con el brazo. Mi hermano mellizo posee casi el doble de mi volumen; al verlo junto a ella, noto cuánto la ha superado en altura.

—¡Papá! —me quejo.

—Caín... ya basta —advierte mi padre con tono agotado, sin soltar su móvil. Y sonrío satisfecha.

—¿Dónde está Damon? —pregunto por mi hermano pequeño.

—Allá afuera —señala Caín.

En el jardín, Damon se balancea suavemente en el columpio mientras acaricia a su gato. Al mirar el reloj, el pánico me invade.

—¡Es tardísimo! Llegaré tarde mi primer día.

Cuelgo el bolso en mi hombro y me despido con prisa.

Escucho los deseos de buen día de mamá antes de salir disparada hacia mi coche.

Arrojo mis pertenencias al interior del pequeño Mini Cooper y arranco el motor.

Piso el acelerador con urgencia. Toco la bocina frente a la reja cerrada, pero frunzo el ceño cuando Víctor, el guardia, sale de su cabina para acercarse a mi ventanilla.

—Buenos días, señorita Sara. Hay un paquete para usted.

Me entrega una elegante caja negra adornada con una cinta roja y una tarjeta a juego. Mi recelo se activa al instante.

—Eh... gracias.

Sostengo el objeto con precaución. ¿Una bomba? Me regaño internamente por la paranoia. Mis ojos se clavan en la tarjeta roja y leo la caligrafía cursiva:

“Feliz cumpleaños, Freya.”

Trago saliva con dificultad y guardo la tarjeta en mi bolsillo antes de dejar la caja en el asiento del copiloto.

—Gracias, Víctor. Por favor, abre la reja, tengo mucha prisa.

Él asiente y, mientras el metal se desliza, vuelvo a mirar el regalo.

Es el segundo año consecutivo que recibo uno.

Sé perfectamente quién lo envía; solo él posee la osadía de ignorar las reglas y enviarme un obsequio directamente a mi hogar.

La tentación de abrirlo es abrasadora, pero me obligo a esperar.

Aún faltan doce horas para que comience oficialmente mi cumpleaños número diecinueve.