La posada del viajero Un nuevo miembro de la familia
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Un nuevo miembro de la familia

Después de arreglarme para la cena, salí de la habitación y me crucé con mi abuelo Ángel, un hombre a la antigua usanza al que no se le escapaba una.

Me miró con un gesto de ligero reproche al verme más arreglada de lo habitual, pero enseguida escondió el mohín de su boca.

Aunque no pudo reprimirse cuando mi hermana María nos adelantó a toda velocidad por el camino, seguramente para evitar que reprobáramos su apariencia.

—¿Dónde vas tan deprisa, Mariuca? —preguntó asombrado el güelu , al tiempo que se apartaba para no ser arrollado por mi hermana pequeña.

—Me ha parecido ver que la niña...

No pude terminar la frase, pero no me había equivocado en mi primera apreciación.

María llevaba puesto el vestido de los domingos, y parecía que enseñaba algo más de pierna de lo que aconsejaba el decoro.

Sin embargo, eso no fue lo que más me llamó la atención, como le ocurrió a mi madre cuando se topó con María en el antepatio, camino de la casona.

—¿Quién te has creído que eres, mocosa? Ahora mismo te vas a tu habitación y te quitas todos esos potingues de la cara, pareces una pilingui.

—Pero, madre...

María no pudo siquiera rechistar. La matriarca la cogió por el brazo, apretando con fuerza a conciencia, y la arrastró dentro de nuestra casa antes de que alguien más la viera de esa guisa. La discusión siguió en la cocina, y allí se desataron las hostilidades.

—No pienso permitir que mi hija de trece años vaya a una cena familiar vestida y pintada como una fulana. Quítate ese vestido, lávate la cara y péinate como es debido.

—Ya no soy una niña, y solo me he pintado un poco los labios y espolvoreado la cara. Es la moda entre la burguesía de Santander, me lo ha dicho Marina.

—¡Basta ya, Mariuca! —exclamó mi madre—. No te lo pienso repetir más. Obedece ahora mismo o estarás castigada durante un mes.

—¡Eso no es justo! Yo solo quería estar presentable en la cena, y no ir como una pordiosera del campo. ¡Te odio!

María salió de allí escaldada. De un tirón se liberó del brazo de mi madre y se dirigió con aire furibundo a su habitación. Yo no las tenía todas conmigo. Mi hermana pequeña era bastante rencorosa, y yo sabía que la trifulca no terminaría así.

De todos modos, la niña se había excedido con el maquillaje.

Por aquel entonces estaba de moda que las jóvenes se blanquearan la cara, pero María ya tenía la tez bastante clara.

No como yo, que había salido tan morena como mi padre.

En una cosa tenía razón mi madre: en nuestro pueblo marinero no se estilaban esas cosas, y las jóvenes de Suances eran mucho más sencillas en sus modos y maneras que las de las grandes ciudades.

—Tengamos la fiesta en paz, Inés —dijo el güelu —. Espero que nuestro huésped no haya escuchado las voces desde su habitación. Voy a acercarme a hacerle compañía mientras se sirve la cena. A lo mejor ya está en el salón esperándonos.

—Sí, será lo mejor. Y tú, Amaya, espabila, parece que te haya dado un aire. Venga, ayúdame a preparar lo que hay que llevar a la mesa —dijo mientras rezongaba por lo bajo.

Hice unos cuantos viajes más a la cocina mientras mi madre terminaba de prepararlo todo.

Me llevé hasta el saloncito de la casona el pan de hogaza, cortado en trozos y dispuesto en una cestilla, así como un pequeño aperitivo a base de pescado que había preparado mi madre antes del guiso principal, compuesto de verduras de nuestra huerta y algo de carne.

Y es que, en el fondo, todos queríamos impresionar a nuestro invitado.

Mientras tanto, Declan charlaba con mi abuelo, los dos sentados a la mesa esperando al resto de comensales. El irlandés llevaba la misma ropa que yo le había visto por la tarde, y su semblante parecía sereno. Si había escuchado los gritos en nuestro hogar, lo disimulaba muy bien.

Entré de nuevo en el salón, y Mclister levantó la vista. Posó sus inquietantes ojos en mí, un segundo más de lo considerado decente, y me miró de una manera que me turbó por completo. Parecía satisfecho de lo que veía a simple vista, o eso pensé al ver el fulgor de sus pupilas.

Justo en ese momento apareció mi madre por el umbral.

Su gesto adusto la delataba, aunque ella se esforzaba en disimularlo en presencia de Declan.

El enfado con María no se le había pasado y creí intuir la tormenta que pugnaba por salir al exterior de su cuerpo.

Por ella, seguramente, habría suspendido la cena, pero ya no había marcha atrás.

—No sé si nuestro invitado puede tomar vino, Ángel, sírvale si acaso un vasito.

—No creo que le haga mal, la verdad. Beba un poco de esto, muchacho, seguro que se recupera mucho antes de sus heridas.

—Estoy seguro, don Ángel. Y muchas gracias por invitarme a su mesa, señora Inés. Es un honor para mí.

Yo permanecía de pie, detrás de mi madre, contemplando fascinada aquel diálogo.

Me fijé entonces en un rasgo del irlandés que se acentuaba en determinadas circunstancias.

Declan tenía un poderoso mentón, con un pequeño hoyuelo en la barbilla.

Pero lo que más llamaba la atención cuando sonreía eran los pequeños hoyos que se le formaban justo en las mejillas, algo que le hacía incluso más atractivo.

Intenté centrarme de nuevo, ya que mi mente comenzaba a desvariar y no quería parecer despistada. Hasta que mi madre me sacó del trance.

—Amaya, ve a buscar a tu hermana, es hora de cenar. Y ayúdame después con los platos.

Salí de allí con paso apresurado, de regreso hacia nuestra casa.

Mi madre vino detrás de mí y se dirigió directamente hacia la cocina mientras yo iba en busca de María.

La encontré justo al salir de su habitación, todavía enfurruñada; aunque mi hermana cambió su semblante enseguida, nada más verme, como si fuera una consumada actriz.

Se había quitado todo rastro de maquillaje de la cara y se había peinado su cabello rubio de un modo más infantil. Llevaba puesta una falda más larga, una blusa blanca y una chaquetilla oscura de lana, un atuendo bastante menos atrevido que el anterior.

Cuando llegamos a la cocina, mi madre le echó una mirada reprobadora a Mariuca, aunque se relajó al ver su nuevo atuendo.

Ella mejor que nadie conocía a su hija, y sabía que la escaramuza no se podía dar por concluida.

De todos modos ninguna de nosotras podía hacer mucho más, solo esperar que la cena transcurriera de forma pacífica.

Enseguida nos sentamos todos a la mesa y comenzamos a degustar el aperitivo, aunque la tensión se podía casi cortar con cuchillo. Fue mi abuelo el que rompió el hielo para hacer más agradable la cena:

—El guiso huele muy bien, Inés. Y el aperitivo está riquísimo. Yo soy viejo y cada vez tengo menos caprichos, pero una buena comida como esta revive el alma a cualquiera.

—Tiene razón, don Ángel —contestó el invitado—. La verdad es que se me hace la boca agua. Creo que es la mejor manera de olvidarme de mi percance y reponer fuerzas.

Mi madre asintió por educación, pero no contestó nada.

María y yo seguíamos en silencio, por miedo a provocar de nuevo su ira.

Y el bueno de Nelu se había percatado de la situación y ni siquiera hacía alguna de sus bromas ni se movía en su sitio para no enfadar a nuestra madre.

Todos la conocíamos bien y temíamos su reacción.

—Señor Mclister, ¿ha viajado usted mucho? —soltó María de improviso.

—Bueno, he viajado, pero no tanto. Salí de mi Irlanda natal hace ya algunos años y acabé en Cuba por diversas circunstancias.

Creí que con el tiempo conocería otras islas del entorno, o que incluso viajaría a Norteamérica, pero al final no me moví de allí.

Hasta que llegué a este hermoso país, claro está.

—María, no molestes a nuestro invitado. Y siéntate como es debido en la mesa, así no os he enseñado a comportaros.

—Mi madre habló con voz melosa, pero todos sabíamos que era una orden directa.

María enrojeció ante la humillación recibida delante de Declan, y percibí entonces un odio exacerbado en sus pupilas.

Allí se avecinaba galerna del Cantábrico y no se podía saber cuándo iba a estallar—.

Debe usted disculparla, señor Mclister, es solo una chiquilla.

—No se preocupe, no es ninguna molestia. Ustedes me han acogido en su casa y les estoy muy agradecido por todo lo que han hecho por mí. Lo menos que puedo hacer yo es contestar a sus preguntas, faltaría más.

Declan intentó sonreír a María, pero ella seguía a lo suyo, avergonzada por el trato dispensado por mi madre en presencia de los demás.

—Seguro que corrió muchas aventuras allí, ¿verdad? —terció entonces Nelu—. ¿En qué trabajaba en Cuba, Declan? Mis amigos dicen que en la isla todavía quedan piratas, pero yo creo que es mentira.

—Bueno, alguna aventura sí que viví, eso es cierto. Pero no, ya no quedan piratas en la isla ni en todo el Caribe; esos tiempos pasaron. En cuanto a lo de trabajar en La Habana, he hecho un poco de todo: contable en el puerto, camarero en una taberna e incluso capataz en una plantación.

—¿En serio? Vaya, me encantaría conocer alguna de esas historias.

Declan comenzó a contar anécdotas divertidas sobre su viaje a Cuba y su estancia en La Habana.

Nelu no parpadeó mientras el irlandés narraba las peligrosas tormentas que había padecido en su viaje en barco desde Irlanda.

Por fin mi madre se relajó y le agradeció a nuestro invitado la paciencia que estaba teniendo con el chiquillo.

Mi abuelo metía baza de vez en cuando, y yo únicamente escuchaba, sin participar demasiado en la conversación.

Estaba preocupada por la actitud de María, aparentemente ensimismada.

Hasta que la niña reaccionó en ese preciso momento y se dirigió a mi madre.

—¿Puedo ir un momento a refrescarme? No me encuentro muy bien...