Epílogo
Unos meses después, el apartamento de Ben ya no parecía exactamente el mismo.
Seguía estando ordenado. Las llaves continuaban en su sitio, las facturas tenían una carpeta específica y nadie aparte de Jamie consideraba necesario que existiera una categoría llamada «cables que probablemente sirven para algo».
Pero ahora había una chaqueta abandonada sobre una silla desde hacía casi dos horas sin que Ben la hubiera movido, una taza de Jamie permanecía junto al sofá y tres libros estaban apilados sobre la mesa de centro en un orden que, con toda seguridad, no había elegido él.
A cambio, Jamie había aprendido a guardar los cargadores en lugares donde pudieran volver a encontrarse, utilizaba el calendario compartido sin tratarlo como una violación de los derechos humanos y, aquella tarde, había llegado con quince minutos de antelación.
Ben no lo había comentado.
Jamie tampoco.
Los dos lo sabían.
—¿Todavía tienes esto? —Jamie estaba sentado en el suelo frente a uno de los cajones del mueble del salón cuando sacó una carpeta fina de debajo de unos documentos antiguos.
Ben levantó la vista del portátil.
—¿Qué?
—El cuestionario de Sin Rostro. —Jamie sacó las hojas y reconoció inmediatamente el formato—. Lo guardaste.
—Era documentación de una experiencia en la que participé.
—Claro. No tiene nada que ver con sentimentalismo.
—No.
—Como la caja.
Ben cerró el portátil.
—No empieces.
Jamie sonrió y siguió hojeándolo. Algunas preguntas parecían todavía más absurdas después de meses viviendo respuestas que ninguno de los dos habría conseguido resumir en una escala del uno al cinco.
—Deberíamos repetirlo.
—No.
—Ni siquiera has escuchado la idea completa.
Ben guardó silencio.
Jamie levantó la mirada de la hoja.
—Funcionó una vez.
—Por desgracia.
—Vamos a responder ahora, sabiendo lo que sabemos.
—¿Para qué?
—Ciencia.
—Eso no es ciencia.
—Entretenimiento con hoja de cálculo.
Ben lo consideró durante unos segundos.
—Esa es una descripción más sincera.
Jamie ya estaba cogiendo el portátil.
—Entonces estás de acuerdo.
—No he dicho eso.
—Pero tampoco me has impedido abrir el archivo.
Después de que terminara el programa piloto, Sin Rostro había mantenido disponible para los participantes una herramienta de recálculo del cuestionario, sin generar nuevos emparejamientos.
Casi media hora después, terminaron.
Algunas respuestas seguían siendo exactamente iguales.
Ben todavía prefería organizar los viajes con antelación.
Jamie seguía considerando perfectamente aceptable decidir qué hacer el sábado esa misma mañana.
A Ben le seguía gustando la rutina. Jamie seguía pensando que demasiada rutina hacía que los días parecieran repetidos incluso antes de ocurrir.
Otras respuestas habían cambiado un poco.
No porque hubieran aprendido a responder como el otro.
Sino porque se conocían mejor a sí mismos.
Jamie envió el resultado y esperó.
Cuando apareció el número, se quedó mirando la pantalla durante dos segundos.
41 %.
—Hemos mejorado cuatro puntos. —Jamie giró el portátil hacia Ben, satisfecho.
—Eso no funciona así. —Ben acercó el ordenador y examinó el resultado—. Las respuestas han cambiado. El índice se ha recalculado a partir de ellas. No existe una progresión acumulativa.
—Estamos creciendo.
—Estadísticamente irrelevante.
—Cuatro puntos no me parecen irrelevantes.
—Seguimos veinticuatro por debajo del mínimo.
Jamie cerró el portátil.
—Consigues convertir cualquier victoria en un informe de riesgos.
—Es una habilidad.
—Treinta y nueve.
Ben lo ignoró.
—¿Quieres cenar? —Jamie se levantó y dejó las hojas sobre la mesa.
—He hecho una reserva. —Ben cogió las llaves del aparador.
Jamie se detuvo.
—¿Para cuándo?
—Dentro de cuarenta minutos.
La expresión de Jamie cambió con tanta seriedad que Ben estuvo a punto de comprobar si había algún problema real.
—Ben, eso es prácticamente espontáneo. —Jamie se llevó una mano al pecho—. Cuarenta minutos. ¿Te das cuenta de lo que está ocurriendo?
—No exageres.
—Necesitaba que me avisaras con antelación para prepararme emocionalmente para este nivel de evolución.
—Tienes cuarenta minutos.
—Estoy sinceramente orgulloso.
—Vámonos.
Ben fue al dormitorio a buscar la cartera que había dejado sobre la cómoda.
Jamie se quedó solo en el salón menos de veinte segundos.
Tiempo suficiente.
La etiquetadora seguía en una estantería baja, accesible porque Ben insistía en que las herramientas de uso frecuente debían ser fáciles de encontrar.
Un error de cálculo que Jamie consideraba importante conservar.
Cuando Ben regresó, oyó el pequeño ruido mecánico.
—Jamie.
—No estoy haciendo nada.
—Solo dices eso cuando estás haciendo algo.
Jamie arrancó la etiqueta antes de que Ben pudiera acercarse y la escondió en la palma de la mano.
—Llegamos tarde a tu reserva espontánea.
—Todavía tenemos treinta y siete minutos.
Jamie sonrió.
—Número interesante.
Ben entrecerró los ojos.
—¿Qué has hecho?
—Nada.
Jamie esperó a que Ben se volviera para coger el móvil y pegó discretamente la etiqueta en la espalda de su camisa.
Salieron del apartamento.
En el ascensor, Ben pulsó el botón de la planta baja mientras Jamie mantenía una expresión demasiado inocente como para resultar creíble. Las puertas estaban a punto de cerrarse cuando Ben vio el reflejo en el espejo lateral.
Un pequeño rectángulo blanco estaba pegado a su espalda.
Alcanzó la etiqueta, la arrancó y leyó.
37 %
Ben levantó lentamente la mirada.
Jamie ya estaba sonriendo.
—Has dejado la etiquetadora accesible.
—Vivo aquí.
—Entonces técnicamente la responsabilidad es tuya.
Ben dobló la etiqueta entre los dedos.
—Debería tirar esto.
—¿La etiquetadora o el treinta y siete por ciento?
Las puertas del ascensor se abrieron.
Ben guardó la etiqueta en el bolsillo.
—Ninguno de los dos.
Jamie se quedó mirándolo durante un segundo antes de sonreír de verdad.
Después salieron juntos.