CAPÍTULO TREINTA #9
Hizo una pausa.
—Quiero escucharlas otra vez.
El pecho de David se tensó.
No había cantado aquellas canciones en treinta años.
—No sé si recuerdo todas las palabras —admitió.
—Inténtalo.
David respiró hondo y comenzó a cantar.
Su voz era suave.
Vacilante.
La melodía regresaba en fragmentos, como recuerdos que emergían lentamente de la oscuridad.
—Duérmete ya, pequeña reina, las sombras no son reales...
Los ojos de Caeli se llenaron de lágrimas.
—Esa es —susurró—. Esa es la que recuerdo.
David siguió cantando.
Su voz se fue fortaleciendo poco a poco.
—El príncipe te mantendrá a salvo, el dragón es solo un sueño...
Cuando terminó, Caeli estaba llorando.
—Pensé que lo había inventado —dijo—. Pensé que era solo... algo que mi mente había creado para sobrevivir.
—Era real.
David tomó su mano.
—Todo fue real.
—Cuéntame lo que recuerdas.
David guardó silencio por un momento, ordenando sus pensamientos.
—Recuerdo el olor —dijo finalmente—. Moho, polvo y algo dulce... como fruta podrida. Recuerdo la forma en que la luz entraba por las grietas de las paredes. Recuerdo estar tan asustado que apenas podía respirar.
—¿Qué más?
—Recuerdo escucharte llorar.
Su voz se quebró.
—Y recuerdo pensar que tenía que ser fuerte. Porque si yo me derrumbaba, tú te derrumbarías también. Y los dos moriríamos en aquella habitación.
Caeli apretó su mano.
—Yo recuerdo tu voz —dijo ella—. La forma en que hacías que todo pareciera una aventura. Como si fuéramos exploradores en lugar de prisioneros.
David soltó una pequeña risa amarga.
—Estaba aterrorizado todo el tiempo.
—Lo sé. Pero nunca lo demostraste.
Ella lo miró.
—Me salvaste, David. No solo físicamente. También emocionalmente. Me diste algo a lo que aferrarme cuando todo lo demás se estaba derrumbando.
—Tú también me salvaste.
—¿Cómo?
—Me diste una razón para ser valiente.
Su voz fue suave.
—Antes de ti, yo solo estaba... sobreviviendo. Esperando que alguien viniera a rescatarme. Pero cuando apareciste, comprendí que tenía que ser yo quien nos sacara de allí. Tenía que ser tu príncipe.
Caeli sonrió a través de las lágrimas.
—Lo fuiste. Y lo sigues siendo.
Permanecieron en silencio durante un momento.
Entonces Caeli habló.
—¿Recuerdas el último día?
—Sí.
—Cuéntamelo.
David respiró profundamente.
—Me desperté y la casa estaba demasiado silenciosa. Podía oler...
Se detuvo.
—Podía oler la muerte. Supe que se habían ido. Supe que teníamos una oportunidad.
—Nos sacaste de allí.
—Llegamos hasta la puerta. Tú nos llevaste a casa.
La miró.
—Tú recordaste el camino. Recordaste las calles. Nos llevaste de regreso a tu vecindario.
—No recuerdo esa parte.
—Estabas en estado de shock. Pero seguías diciendo...
Su voz se quebró.
—Seguías diciendo: “izquierda en la casa azul, derecha en el árbol grande”.
Los ojos de Caeli se abrieron con sorpresa.
—Lo hice. Memoricé el recorrido mientras me llevaban a la casa. Pensé... pensé, que si podía recordar el camino, podría encontrar la forma de volver a casa.
—Y lo hiciste.
—Lo hicimos.
Apoyó la cabeza sobre el hombro de David.
—Juntos.
Permanecieron sentados allí durante mucho tiempo, procesando los recuerdos y validando las experiencias del otro.
—¿Tienes pesadillas? —preguntó Caeli finalmente.
—A veces. Menos ahora que antes.
David la miró.
—¿Y tú?
—Sí. Pero ahora son diferentes. Menos relacionadas con el secuestro. Más relacionadas con...
Se detuvo.
—Más relacionadas con perderte.
El pecho de David se tensó.
—No vas a perderme.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Besó la parte superior de su cabeza.
—Sobrevivimos a lo peor que podía pasarnos. Todo lo demás es simplemente vivir.
Caeli sonrió.
—Mi madre dijo exactamente lo mismo.
—Es una mujer inteligente.
—Lo es.
Caeli se apartó ligeramente para mirarlo.
—¿David?
—¿Sí?
—Gracias por recordar. Por aferrarte a esos recuerdos cuando yo no podía.
David le acarició suavemente la mejilla.
—Gracias por volver a mí.
Se besaron.
Suave.
Tiernamente.
Llenos de reconocimiento.
No solo del presente.
Sino también del pasado.
Del niño y la niña que se salvaron mutuamente en la oscuridad.
Del hombre y la mujer que se encontraron de nuevo.
CAPÍTULO VEINTINUEVE
CAELI
9:47 A. M. — Dos semanas después
El espacio de oficinas era perfecto.
Décimo piso.
Unidad de esquina.
Ventanales de piso a techo con vistas a la ciudad.
Ahora estaba vacío.
Pero rebosaba potencial.
Caeli permanecía en el centro de la sala principal, con las manos en las caderas, imaginando la distribución.
—La sala de conferencias aquí —dijo señalando un área—. Los escritorios junto a las ventanas. La recepción cerca de la entrada.
David entró cargando dos cafés.
—¿Y mi oficina?
Caeli se volvió hacia él.
—No tendrás oficina.
David se detuvo en seco.
—¿Qué?
—Somos socios. Compartimos oficina.
Una sonrisa traviesa, apareció en su rostro.
—A menos que necesites un espacio privado para encerrarte a meditar en tu sufrimiento.
—Yo no hago eso.
—Claro que sí. Te la pasas ensimismado todo el tiempo.
Él le entregó un café y sonrió.
—Está bien. Oficina compartida. Pero yo me quedo con el escritorio junto a la ventana.
—Lo decidiremos al azar.
Pasaron la mañana midiendo espacios, discutiendo sobre muebles y esquemas de colores.
—Necesitamos algo profesional, pero acogedor —dijo Caeli—. No tan frío y estéril como Ashford Industries.
—De acuerdo. ¿Qué tal azul marino y gris?
—Demasiado corporativo. ¿Y azul marino con crema?
David lo pensó un momento.
—Me gusta.
Ordenaron los muebles en línea: escritorios elegantes, sillas cómodas y una mesa de conferencias con capacidad para doce personas.
Caeli insistió en tener plantas.
David insistió en tener buen café.
Llegaron a un acuerdo y se quedaron con ambas cosas.
—¿Y el arte? —preguntó David, observando las paredes vacías.
—Tengo una idea.
Caeli sacó su teléfono y le mostró una fotografía.
—Esta artista hace obras abstractas. Colores intensos. Mucho movimiento.
—Me gusta.
—¿De verdad? Pensé que querrías algo más tradicional.
—Quiero algo que nos refleje.
La miró.
—Audaces. Poco convencionales. Imposibles de ignorar.
Caeli sonrió.
—Eso somos nosotros.
Compraron tres piezas grandes.
Una para la recepción.
Otra para la sala de conferencias.
Y una más para su oficina compartida.
Para la tarde, el espacio comenzaba a tomar forma.
Llegaron los muebles.
Pasaron horas armando escritorios y sillas, discutiendo sobre la orientación correcta de la mesa de conferencias.
—Debería quedar orientada hacia las ventanas —dijo Caeli.
—Debería quedar orientada hacia la puerta. Se ve más profesional.
—¿Y a quién le importa lo profesional? Queremos luz natural.
—Está bien. Hacia las ventanas.
Colgaron las obras de arte, juntos.
Caeli sostenía los cuadros mientras David medía y marcaba las paredes.
—Más arriba —dijo ella.
—Ya está bastante arriba.
—Más arriba.
—Caeli...
—Confía en mí.
Él hizo el ajuste.
—¿Así está mejor?
—Perfecto.
Al caer la tarde, la oficina ya parecía un negocio de verdad.
Profesional.
Acogedora.
Suya.
Caeli permaneció en la entrada, contemplándolo todo.
—Lo logramos —dijo en voz baja.
David se acercó por detrás y rodeó su cintura con los brazos.
—Lo logramos.
—De verdad está sucediendo.
—Sí.
Ella se giró entre sus brazos.
—¿Tienes miedo?
—Aterrado.
—Yo también.
Sonrió.
—Pero también estoy emocionada.
—Yo también.
Permanecieron abrazados durante un momento, observando el espacio que habían construido juntos.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Caeli.
—Ahora —respondió David— conseguiremos nuestro primer cliente.
CAPÍTULO TREINTA
DAVID
10:23 A. M. — Una semana después
La mujer sentada frente a ellos parecía no haber dormido en días.
Se llamaba Jennifer Hartley.
Directora ejecutiva de una empresa tecnológica de tamaño mediano.
Y estaba en plena crisis.
—Están diciendo que malversé fondos —dijo con la voz temblorosa—. Dicen que usé dinero de la empresa para gastos personales. Dicen que soy un fraude.
Caeli se inclinó hacia adelante.
—¿Hay algo de verdad en esas acusaciones?
—No. Quiero decir...
Jennifer se interrumpió.
—Usé la tarjeta corporativa para algunos gastos personales. Pero siempre reembolsé el dinero a la empresa. Tengo recibos. Tengo estados bancarios. Tengo pruebas.
—Entonces, ¿por qué están diciendo que malversaste fondos?
—Porque mi director financiero está intentando quedarse con la empresa.
La voz de Jennifer estaba cargada de amargura.
—Ha estado filtrando información. Plantando historias. Poniendo a la junta directiva en mi contra.
David y Caeli intercambiaron una mirada.
Conocían perfectamente ese tipo de estrategia.
Ya habían visto ese juego antes.
—Explíquenos la cronología completa —dijo Caeli.
Jennifer lo hizo.
Comenzó con la primera filtración, ocurrida seis semanas antes, y continuó hasta las acusaciones de malversación de fondos, que habían surgido tres días atrás.
Caeli tomó notas.
Su mente ya estaba trabajando en posibles estrategias.
David formuló preguntas.
Directas.
Específicas.
Diseñadas para llegar a la verdad.
—¿Quién tiene acceso a los registros financieros? —preguntó.
—Mi director financiero. Mi contador. Y la junta directiva.
—¿Quién se beneficia, si usted es removida de su cargo?
—Mi director financiero. Lleva meses posicionándose como mi reemplazo.
—¿Tiene pruebas?
—Correos electrónicos. Mensajes de texto. Actas de reuniones de la junta donde cuestiona constantemente mi liderazgo.
—Bien.
David miró a Caeli.
—¿Qué estás pensando?
—Estoy pensando que debemos pasar al ataque.
Caeli abrió su computadora portátil.
—Publicaremos un comunicado reconociendo los gastos personales y presentando toda la documentación que demuestra los reembolsos. Lo presentaremos como un acto de transparencia, no como una admisión de culpa.
—¿Y el director financiero?
—Lo expondremos.
La voz de Caeli fue firme.
—Mostraremos a la junta su patrón de sabotaje contra Jennifer. Mostraremos las filtraciones. Mostraremos su coordinación con los medios de comunicación.
—Eso es arriesgado —dijo Jennifer.
—Todo es arriesgado.
Caeli sostuvo su mirada.
—Pero si no controlamos la narrativa, él lo hará. Y usted perderá su empresa.
Jennifer permaneció en silencio durante unos segundos.
Finalmente asintió.
—Está bien. Hagámoslo.
Trabajaron durante doce horas seguidas.
Caeli redactó comunicados.
David coordinó esfuerzos con el equipo legal de Jennifer.
Juntos, construyeron una línea de tiempo detallada del sabotaje cometido por el director financiero.
A medianoche, ya tenían una estrategia.
A la mañana siguiente, estaban listos para ejecutarla.
Caeli publicó el comunicado a las ocho de la mañana.
Transparencia total.
Documentación completa.
Una explicación clara del proceso de reembolso.
David se reunió con tres miembros de la junta directiva y les presentó las pruebas de la manipulación del director financiero.
Para el mediodía, la narrativa había cambiado.
Al caer la tarde, el director financiero había presentado su renuncia.
Y, para finales de la semana, la reputación de Jennifer estaba completamente restaurada.
Ella fue, personalmente a la oficina, para agradecerles.
—Salvaron mi empresa —dijo Jennifer, con los ojos brillantes por la emoción.
—Usted salvó su empresa —la corrigió Caeli—. Nosotros solo la ayudamos a contar la verdad.
—No sé cómo agradecerles.
David sonrió.
—Háblele de nosotros a otras personas. Apenas estamos comenzando.
Después de que Jennifer se marchó, Caeli se dejó caer en su silla.
—Eso fue agotador.
—Eso fue brillante.
David rodeó el escritorio y se acercó a ella.
—Tú fuiste brillante.
—Nosotros fuimos brillantes.
Caeli levantó la vista y lo miró.
—Juntos.
David la ayudó a ponerse de pie y la besó.
—Juntos —estuvo de acuerdo.