CAPÍTULO TREINTA #6
—Muy bien. Empiece desde el principio.
Victoria les contó todo.
Cómo Leticia la había contactado seis meses atrás.
Cómo habían coordinado la campaña de sabotaje.
Cómo ella había proporcionado información confidencial sobre los horarios de trabajo de Caeli, sus proyectos y sus vulnerabilidades.
Cómo había mencionado la vulnerabilidad de la base de datos a Leticia, sabiendo perfectamente, lo que podía ocurrir.
Cómo observó que el video de terapia se volvía viral y, se sintió enferma por ello pero, aun así, no hizo nada para detenerlo.
—¿Por qué? —preguntó Morgan cuando terminó.
Victoria levantó la mirada.
Su expresión estaba completamente destrozada.
—Porque estaba enamorada de David. Y Caeli hizo que él... ella hizo que él sintiera cosas. Y yo no podía soportarlo.
—Así que intentó destruirla.
—Sí.
—Sabiendo que estaba cometiendo un delito federal.
Sus compañeros de trabajo la observaban.
Algunos parecían conmocionados.
Otros parecían disgustados.
—Karla Moreno —dijo el agente Chen—, está siendo acusada de acceso no autorizado a información médica protegida bajo la ley HIPAA, conspiración para cometer un delito federal y distribución de registros médicos confidenciales. Tiene derecho a guardar silencio...
Karla dejó de escuchar.
Miró a Linda con desesperación.
—Lo siento. Yo no... solo estaba tratando de...
—Violó la ley federal.
La voz de Linda temblaba.
—Utilizando nuestros sistemas. Nuestras credenciales. Ha comprometido a toda ésta institución.
—Lo siento...
—Está despedida —dijo Linda—. Con efecto inmediato. Seguridad la acompañará fuera del edificio, cuando los agentes terminen.
Karla sintió, cómo su mundo se derrumbaba.
La condujeron por la oficina.
Pasó junto a los cubículos donde había trabajado durante tres años.
Pasó junto a la sala de descanso donde había almorzado con aquellas personas.
Pasó frente a la sala de conferencias donde tantas veces la habían felicitado por su eficiencia.
Todos la observaban.
Todos lo sabían.
Afuera, el sol de la mañana era demasiado brillante.
Karla entrecerró los ojos, mientras las lágrimas, corrían por su rostro.
—¿Cómo lo supo? —preguntó en voz baja—. ¿Cómo supo Caeli que había sido yo?
El detective Morgan abrió la puerta del automóvil.
—Porque su hermana es brillante. Rastreó los registros de acceso, comparó las marcas de tiempo, verificó la dirección IP y construyó un caso que, cualquier fiscal soñaría con tener.
—Va a destruirme.
—No.
Morgan la miró directamente.
—Usted se destruyó sola. Ella simplemente la hizo responsable de sus actos.
Karla subió al vehículo.
Mientras se alejaban, miró por última vez el edificio donde había trabajado.
Donde se había sentido competente.
Valorada.
Respetada.
Todo había desaparecido.
Porque había sido lo suficientemente imprudente como para creer que podía lastimar a Caeli sin enfrentar consecuencias.
—Sí.
Morgan se recostó en su silla.
—Señorita Wright, voy a ser sincero con usted. La evidencia que reunió la señorita Moreno es devastadora. Cada correo electrónico, cada mensaje de texto, cada punto de coordinación. Está enfrentando entre cinco y siete años de prisión como mínimo.
El rostro de Victoria se descompuso.
—Sin embargo —continuó Morgan—, si coopera plenamente —testificando contra Leticia y Karla, proporcionando evidencia adicional y, demostrando un arrepentimiento genuino— la Fiscalía Federal podría ofrecerle un acuerdo de culpabilidad. Tres años, quizá menos, con buena conducta.
Rebecca se inclinó hacia adelante.
—¿Cómo sería ésa cooperación?
—Una confesión completa. Testimonio bajo juramento. Y una disculpa formal, dirigida a la señorita Moreno.
Victoria levantó la mirada, con los ojos abiertos de par en par.
—Ella nunca aceptará mis disculpas.
—Probablemente no —admitió Morgan—. Pero sigue siendo lo correcto.
Victoria permaneció en silencio durante un largo rato.
Finalmente, asintió.
—Está bien. Lo haré.
Morgan cerró su libreta.
—Bien. Porque señorita Wright, necesito que entienda algo. Lo que le hizo a Caeli Moreno —utilizar como arma el trauma de su infancia, coordinar una conspiración para destruir su carrera y aislarla profesionalmente— no fue amor. Fue crueldad.
—Lo sé —susurró Victoria.
—¿De verdad?
La voz de Morgan se volvió más dura.
—Porque desde donde yo estoy sentado, pasó seis meses destruyendo sistemáticamente a una mujer que no le había hecho absolutamente nada, excepto existir. Y, lo hizo, porque estaba celosa.
Victoria comenzó a llorar, otra vez.
Morgan se puso de pie.
—Me comunicaré con usted respecto al acuerdo de culpabilidad. Mientras tanto, piense en lo que va a decirle a la señorita Moreno. Porque le debe mucho más que una disculpa.
Salió de la sala, dejando a Victoria sola con su abogada.
Ya en el pasillo, Morgan sacó su teléfono y le envió un mensaje a Caeli.
Morgan: Los tres están bajo custodia. Victoria está cooperando. Leticia ya contrató abogado. Karla está destrozada. Construiste un caso impresionante.
La respuesta llegó casi de inmediato.
Caeli: ¿Se siente como una victoria?
Morgan observó el mensaje durante unos segundos.
Luego escribió:
Morgan: No. Se siente como justicia. Hay una diferencia.
Caeli: Sí. Estoy empezando a entender.
PARTE B: EL PROCESO FEDERAL
DÍA DOS — FISCALÍA FEDERAL DE LOS ESTADOS UNIDOS
La fiscal federal adjunta Jennifer Park estaba sentada frente a Rebecca Torres en una sala de conferencias repleta de cajas con evidencia.
—Su clienta enfrenta cargos muy graves —dijo Jennifer, mientras deslizaba un documento sobre la mesa—. Conspiración para cometer un delito federal, fraude electrónico y complicidad en violaciones de HIPAA. Estamos hablando de un mínimo de cinco a siete años.
Rebecca revisó el documento.
—¿Qué están ofreciendo?
—Tres años. Cumplirá dos con buena conducta. Pero debe cooperar plenamente: testificar contra Leticia Moreno y Karla Moreno, revelar todas las comunicaciones, sin excepción y, realizar una declaración formal, aceptando su responsabilidad.
—¿Y, si no coopera?
La expresión de Jennifer se endureció.
—Entonces iremos a juicio. Y, señorita Wright, he revisado la evidencia recopilada por la señorita Moreno.
Es la documentación más exhaustiva que he visto en toda mi carrera.
Cada correo electrónico tiene fecha, hora y verificación.
Cada mensaje de texto ha sido autenticado.
Cada punto de coordinación está respaldado con la evidencia correspondiente.
Sacó una carpeta gruesa y la colocó sobre la mesa.
—Este es solo el primer volumen. Hay tres más.
Rebecca observó el expediente.
—Su clienta coordinó una conspiración de seis meses para destruir la carrera y la reputación de otra mujer. Utilizó sistemas de correo corporativos para facilitar delitos federales. Proporcionó información confidencial que permitió una violación de HIPAA.
Rebecca permaneció en silencio.
—Si vamos a juicio —continuó Jennifer—, destruiré la defensa de su clienta. El jurado verá cada mensaje. Cada correo electrónico. Cada momento de coordinación. Y, la declararán, culpable.
—¿Y qué ocurrirá con Leticia y Karla? —preguntó Rebecca.
—El abogado de Leticia está peleando con más fuerza.
Tiene un equipo legal más sofisticado. Pero la evidencia en su contra es igual de sólida.
El defensor público de Karla ya está hablando de un acuerdo de culpabilidad; ella es la más implicada.
Fue quien accedió directamente a los registros y, quien subió el video.
Rebecca observó la carpeta.
—¿Puedo ver la evidencia?
Jennifer la empujó hacia ella.
Rebecca pasó veinte minutos leyendo.
Su expresión se fue oscureciendo con cada página.
Finalmente levantó la vista.
—Mi clienta aceptará el acuerdo.
—Una decisión inteligente.
—Pero quiero algo a cambio.
Jennifer arqueó una ceja.
—¿Qué cosa?
—Custodia protectora durante la sentencia. La señorita Moreno tiene todo el derecho de estar presente en ésa sala. Pero mi clienta está aterrorizada de enfrentarse a ella.
—Su clienta debería estar aterrorizada —respondió Jennifer con frialdad—. Intentó destruir la vida de la señorita Moreno.
—Lo sé. Pero también es un ser humano que tomó decisiones terribles y ahora está enfrentando las consecuencias. Estoy pidiendo una medida básica de dignidad.
Jennifer reflexionó unos instantes.
—Está bien. Custodia protectora durante la sentencia. Pero Victoria Wright leerá su declaración formal de responsabilidad en audiencia pública. Se enfrentará a la señorita Moreno. Y asumirá la responsabilidad de sus actos.
—De acuerdo.
Ambas estrecharon las manos.
DÍA TRES — EL ABOGADO DE LETICIA
Leticia estaba sentada en una sala de conferencias junto a su abogado, Marcus Holloway.
Traje costoso.
Título en Derecho, de Harvard.
Reputación de ganar casos imposibles.
Estaba revisando la carpeta de evidencias con una frustración cada vez más evidente.
—Esto está mal —dijo finalmente.
—¿Qué tan mal?
—Muy mal.
Levantó la vista.
—Leticia, lo tienen todo. Seis meses de mensajes de texto entre tú y, Victoria Wright. Correos electrónicos donde compartiste información confidencial sobre tu hermana. Registros financieros que muestran que le pagaste quinientos dólares a Karla, para acceder a la base de datos.
—Eso solo fue...
—Eso es conspiración para cometer un delito federal —la interrumpió Marcus—. Y la Fiscalía Federal tiene documentación que demuestra que sabías que era ilegal. Los mensajes de Victoria muestran conversaciones explícitas sobre violaciones de HIPAA y sobre cómo evitar ser descubiertas.
El estómago de Leticia se revolvió.
—¿Qué me están ofreciendo?
—Dos años de libertad condicional, quinientas horas de servicio comunitario y una disculpa formal dirigida a tu hermana.
—¿Eso es todo?
—Eso es, si cooperas.
Marcus cerró la carpeta.
—Si decides pelear esto en los tribunales, te enfrentas a, entre cinco y siete años, en una prisión federal.
Leticia sintió que la habitación daba vueltas.
—No puedo... no puedo ir a prisión.