La Pequeña Reina CAPÍTULO TREINTA #5
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CAPÍTULO TREINTA #5

—Probablemente entre tres y cinco años. Tal vez menos, si mantiene buena conducta.

Victoria comenzó a llorar.

Lágrimas silenciosas.

Desesperadas.

Incontrolables.

Llegaron al vestíbulo.

Algunos corredores madrugadores y, personas paseando a sus perros, se detuvieron para observar, mientras los agentes federales escoltaban a una mujer esposada y vestida con una bata, a través de las puertas de vidrio.

El aire de la mañana era frío.

Victoria tembló.

—Yo lo amaba —dijo en voz baja—. Solo... yo lo amaba.

El detective Morgan abrió la puerta trasera de un sedán sin identificación oficial.

—El amor no destruye a las personas, señorita Wright.

Su voz fue tranquila.

—La obsesión, sí.

Guiaron a Victoria hacia el interior del vehículo.

La puerta se cerró con un clic final y devastador.

A través de la ventana observó, cómo su edificio de apartamentos, comenzaba a desaparecer detrás de ellos.

Había vivido allí durante siete años.

Había construido una vida.

Había construido una carrera.

Y ahora, todo había desaparecido.

Todo.

Se había ido.

DÍA UNO — 8:23 A. M.

LETICIA

Leticia estaba preparando café cuando sonó el timbre.

Miró el reloj.

8:23 de la mañana.

Demasiado temprano para recibir visitas.

Quizás era una entrega de paquetes.

Abrió la puerta.

Cuatro agentes federales estaban de pie en el porche.

Detrás de ellos, dos patrullas policiales ocupaban la entrada de la casa.

—¿Leticia Moreno?

El estómago se le hundió.

—Sí.

—Soy la agente especial Sarah Reeves, del FBI. Tenemos una orden de arresto en su contra.

La mente de Leticia quedó en blanco.

Y luego comenzó a correr a toda velocidad.

Caeli realmente lo hizo.

Realmente presentó cargos.

—¿Bajo qué cargos?

La voz de Leticia permaneció firme.

Controlada.

Siempre había sido buena manteniendo el control.

—Conspiración para cometer un delito federal, complicidad en el acceso no autorizado a información médica protegida y, fraude electrónico.

La agente Reeves dió un paso adelante.

—Por favor, dé la vuelta y coloque las manos detrás de la espalda.

—Quiero llamar a mi abogado.

—Podrá hacerlo desde la comisaría. Por favor, dé la vuelta.

Leticia obedeció, lentamente.

Las esposas se cerraron alrededor de sus muñecas con un clic metálico.

Detrás de ella, escuchó la voz de su madre.

—¿Leticia? ¿Qué está...?

María Moreno apareció en el pasillo, todavía vestida con su bata de casa.

El color abandonó su rostro.

—Mamá... —comenzó Leticia.

—¿Qué es ésto?

La voz de María sonó aguda, aterrada.

—¿Qué está pasando?

—Señora Moreno —dijo el detective Morgan, dando un paso al frente—. Su hija está siendo arrestada por cargos federales relacionados con una conspiración para acceder ilegalmente y distribuir registros médicos confidenciales.

—Eso...

María miró a Leticia.

—Eso no es posible. Leticia jamás...

—Tengo documentación que demuestra lo contrario —dijo Morgan con calma—. Seis meses de mensajes de texto, coordinando la conspiración. Correos electrónicos con información confidencial. Registros financieros que muestran pagos realizados para facilitar la violación de seguridad.

La mano de María voló hasta su boca.

Roberto apareció detrás de ella, con expresión confundida.

—¿Qué está pasando?

—Están arrestando a Leticia —susurró María.

El rostro de Roberto se endureció.

—¿Por qué cargos?

La agente Reeves los repitió.

—Eso es absurdo —dijo Roberto—. Leticia es maestra. Ella no... ella jamás...

—Señor Moreno —intervino el detective Morgan con voz amable pero firme—.

Entiendo que esto es difícil. Pero la evidencia es contundente.

Su hija coordinó una conspiración junto con Victoria Wright y Karla Moreno para destruir la carrera y la reputación de Caeli.

Accedieron ilegalmente a los registros de terapia de Caeli y los distribuyeron públicamente.

María emitió un sonido ahogado, como si acabara de recibir un golpe.

—¿Los registros de terapia de Caeli?

La voz de Roberto apenas fue un susurro.

—De cuando tenía ocho años —confirmó Morgan—. Hablando sobre el trauma de su secuestro. El video fue publicado en redes sociales y se volvió viral.

María comenzó a llorar.

Leticia sintió que algo se rompía dentro de su pecho.

—Mamá, lo siento...

—¿Cómo pudiste?

La voz de María estaba destrozada.

—¿Cómo pudiste hacerle eso a tu hermana?

—Se lo merecía.

Las palabras escaparon antes de que Leticia pudiera detenerlas.

—Ella siempre obtenía todo...

—¡Ella fue secuestrada!

La voz de María se elevó hasta convertirse en un grito.

—¡Tenía seis años cuando se la llevaron! Y tú... ¡tú convertiste su trauma en un arma, porque estabas celosa!

La garganta de Leticia se cerró.

—Señora Moreno —dijo la agente Reeves con suavidad—. Necesitamos llevarnos a su hija a la comisaría, ahora.

María se dio la vuelta.

Sus hombros temblaban por los sollozos.

Roberto permaneció inmóvil, observando a Leticia, como si no la reconociera.

—Papá...

La voz de Leticia se quebró.

—No.

La voz de Roberto fue baja y contenida.

—Ahora mismo, no me llames así.

La condujeron hacia el automóvil.

Los vecinos comenzaban a salir de sus casas.

La señora Chen de al lado.

Los Johnson al otro lado de la calle.

Los estudiantes universitarios que alquilaban la casa de la esquina.

Todos observando.

Todos viendo cómo Leticia Moreno —maestra respetada, hija responsable, pilar de la comunidad— era arrestada por agentes federales.

La vergüenza era asfixiante.

El detective Morgan abrió la puerta del vehículo.

Antes de que Leticia subiera, se inclinó ligeramente hacia ella.

—Su hermana construyó un caso irrefutable —dijo en voz baja—. Cada prueba está documentada, fechada y verificada. Su abogado le recomendará aceptar un acuerdo de culpabilidad. Le sugiero que lo escuche.

—¿Cuánto tiempo?

—Depende de qué tan cooperativa sea. Probablemente entre dos y cinco años. Quizás libertad condicional, si testifica contra los demás.

Leticia volvió la vista hacia la casa.

Su madre estaba ahora en la puerta, con el brazo de Roberto rodeándole los hombros.

María seguía llorando.

—Nunca quise que llegara tan lejos —susurró Leticia.

—Sí que querías —dijo Morgan—. Lo coordinaste durante seis meses. Sabías exactamente lo que estabas haciendo.

Leticia subió al automóvil.

La puerta se cerró.

Y mientras se alejaban, comprendió con una claridad contundente, que el detective Morgan, tenía razón.

Había sabido exactamente lo que estaba haciendo.

Y aun así, lo hizo.

DÍA UNO — 10:15 A. M.

KARLA

Karla estaba en el trabajo cuando fueron por ella.

Trabajaba como asistente administrativa en HealthBridge Medical Systems.

El mismo centro donde había accedido a los registros de terapia de Caeli, tres semanas antes.

Estaba archivando documentos cuando su supervisora, Linda, apareció en la puerta de la oficina.

—¿Karla? Hay unas personas aquí que quieren verte.

Karla levantó la vista.

—¿Quiénes?

La expresión de Linda era extraña.

Preocupada.

Confundida.

—Agentes federales.

Las manos de Karla quedaron entumecidas.

No.

No, no, no...

Se puso de pie lentamente y caminó hacia el vestíbulo.

Cuatro personas la esperaban.

Tres agentes del FBI.

Y el detective James Morgan.

Todos sus compañeros de trabajo estaban observando.

Todos.

La oficina entera había quedado en silencio.

—¿Karla Moreno? —preguntó el agente Chen.

—Sí.

—Está bajo arresto por acceso no autorizado a información médica protegida, conspiración para cometer un delito federal y, distribución de registros médicos confidenciales.

La visión de Karla comenzó a cerrarse.

—Yo... ¿qué?

—Por favor, dése la vuelta.

—Esperen...

Karla miró a Linda.

—Esto es un error. Yo no...

—Señorita Moreno —dijo el detective Morgan con firmeza—. Tenemos registros de acceso que muestran que ingresó a la base de datos de HealthBridge el 14 de octubre a las 11:47 p. m., utilizando sus credenciales. Accedió sin autorización a los registros confidenciales de terapia de Caeli Moreno.

El rostro de Linda perdió todo color.

—Karla... ¿eso, es cierto?

—Yo...

La voz de Karla se quebró.

—Solo estaba...

—Descargó un archivo de video —continuó Morgan mientras sacaba un documento impreso—. Una grabación de una sesión de terapia del año 2002. Después subió ese video a múltiples plataformas de redes sociales el 16 de octubre a las 9:47 p. m., utilizando la dirección IP de su apartamento.

—Dios mío —susurró Linda.

—Eso constituye una violación de HIPAA —continuó Morgan—. Acceso no autorizado a información médica protegida, con intención de causar daño. Un delito federal. Pena máxima de diez años.

Karla comenzó a llorar.

—Yo no quería...

—Subió a internet un video de una niña de ocho años hablando sobre el trauma de su secuestro.

La voz de Morgan se volvió fría.

—Ese video se volvió viral en cuestión de horas. Millones de personas lo vieron. Esa niña ahora es una mujer adulta que tuvo que revivir públicamente el peor momento de su vida, porque usted quería hacerle daño.

—Es mi hermana...

—Eso lo hace, aún peor.

Morgan dio un paso hacia ella.

—Dése la vuelta.

Karla dió la vuelta.

Las esposas se cerraron, alrededor de sus muñecas, con un clic metálico.

DETECTIVE JAMES MORGAN

2:34 P. M.

Morgan estaba sentado en la sala de interrogatorios frente a Victoria Wright y su abogada, una mujer de mirada aguda, llamada Rebecca Torres, quien había llegado en menos de una hora, después del arresto de Victoria.

Victoria parecía no haber dejado de llorar durante toda la mañana.

Tenía los ojos rojos e hinchados.

Las manos le temblaban, mientras apretaba un pañuelo de papel entre los dedos.

—Mi clienta desea hacer una declaración —dijo Rebecca.

Morgan asintió.

—Adelante.

Victoria respiró profundamente, tratando de controlarse.

—Quiero cooperar. Voy a contarles todo.

—Victoria... —comenzó Rebecca.

—No.

La voz de Victoria fue firme, a pesar de las lágrimas.

—Ya terminé de mentir. Ya terminé de fingir que ésto fue otra cosa distinta de lo que realmente fue.

Morgan sacó su libreta.