La Pequeña Reina CAPÍTULO CUATRO #9
25%

CAPÍTULO CUATRO #9

—¿Puedo hacerle una pregunta? —dijo Caeli.

—Sí.

—¿Por qué yo? Podría contratar a cualquiera. A alguien con más experiencia, mejores contactos, alguien que no lo llame Terminator en su cara. ¿Por qué ofrecer este trabajo a alguien con quien nunca ha trabajado?

David guardó silencio durante un largo rato.

Luego dijo:

—Porque confío en mis instintos. Y mis instintos me dicen que usted es la persona adecuada para éste trabajo.

—Eso no es una respuesta real.

—Es la única respuesta que tengo.

—Eso es muy críptico y, ligeramente inquietante.

—Es honesto.

—Es evasivo.

—Es ambas cosas.

Caeli quiso insistir.

Exigir una explicación mejor.

Pero algo en la expresión de David la detuvo.

No iba a decir más.

Esto era todo lo que estaba dispuesto a ofrecer.

—Está bien —dijo finalmente—. Acepto el trabajo.

Y, sinceramente, estaba demasiado cansada para seguir discutiendo.

La expresión de David no cambió.

Pero algo brilló en sus ojos.

¿Alivio?

¿Satisfacción?

¿Sorpresa porque ella realmente hubiera dicho que sí después de que él prácticamente describiera una situación de rehenes?

—Bien. Empieza el lunes.

—¿El lunes? Eso es dentro de tres días.

—¿Es un problema?

—No. Solo necesito avisar en mi trabajo actual. Ya sabe, como una persona normal, con cortesía profesional.

—Le pediré a Lauren que redacte una carta de renuncia para que usted la firme. Nosotros nos encargaremos del resto.

—¿Ustedes se encargarán de...?

Caeli se detuvo.

—¿Va a escribir mi carta de renuncia por mí?

—Sí.

—Eso es... controlador.

—Es eficiente.

—Es raro.

—No me gustan los cabos sueltos, señorita Moreno. Si va a trabajar para mí, quiero que esté concentrada en este empleo, no preocupándose por su empleador anterior.

—¿Y si quiero escribir mi propia carta de renuncia?

—¿Por qué querría hacer eso?

—Porque es mi trabajo. Mi decisión. Mi autonomía humana básica.

David pareció genuinamente confundido.

—Es una carta de renuncia. Es una formalidad.

—Es mi formalidad.

—Está siendo innecesariamente difícil con esto.

—Y usted está siendo innecesariamente controlador con esto.

Se quedaron mirándose.

Caeli comprendió, con una sensación de hundimiento en el estómago, que esta iba a ser su vida ahora.

Batallas constantes sobre interacciones humanas básicas con un hombre que pensaba que las emociones eran ineficientes y, que los límites personales, eran simples sugerencias.

¿En qué me he metido?

—Está bien —dijo finalmente—. Escribiré mi propia carta de renuncia. Puede revisarla si eso lo hace sentir mejor.

—Lo haré.

—Por supuesto que lo hará.

David se puso de pie y extendió la mano.

—Bienvenida a Ashford Industries, señorita Moreno.

Caeli también se levantó y estrechó su mano.

Su agarre era firme.

Su piel estaba cálida.

Lo cual fue sorprendente, considerando que ella esperaba que fuera de sangre fría.

Y durante un instante...

apenas una fracción de segundo...

sintió algo.

Una chispa.

Una conexión.

Una sensación de déjà vu tan intensa que la mareó.

Retiró la mano, rápidamente.

—Gracias, señor Ashford.

—David. Si vamos a trabajar juntos, debería llamarme David.

—Está bien. David.

Probó el nombre.

Se sintió extraño en su lengua.

Familiar y desconocido al mismo tiempo.

Él sonrió.

Una curva pequeña, casi imperceptible, de sus labios.

Parecía que el gesto le causaba dolor físico.

—Nos vemos el lunes, Caeli.

Ella asintió y se dirigió hacia la puerta, con el corazón latiéndole con fuerza.

Mientras salía de la oficina, pasó junto al escritorio de Lauren y entró al ascensor. No podía quitarse la sensación de que acababa de tomar una decisión que lo cambiaría todo.

Simplemente no sabía si las cosas cambiarían para mejor o, para peor.

Probablemente, para peor.

Definitivamente, para peor.

Acababa de aceptar trabajar para un hombre que pensaba que el equilibrio entre vida y trabajo era un mito y que, decir “por favor”, era opcional.

Esto va a ser un desastre.

Pero mientras el ascensor descendía, Caeli se sorprendió sonriendo.

Porque si había algo en lo que era buena...

era en manejar desastres.

Y David Ashford estaba a punto de descubrir que ella no aceptaba órdenes fácilmente.

Esto iba a ser interesante.

CAPÍTULO TRES

DAVID

Ella había dicho que sí.

David estaba de pie frente a la ventana de su oficina, observando la ciudad que se extendía debajo de él, cuando sintió algo desconocido retorcerse en su pecho.

Posesividad.

No se encariñaba con las personas.

No formaba conexiones más allá de las estrictamente necesarias, a nivel profesional.

Y, sin embargo, cuando Caeli había salido de su oficina, había sentido una necesidad casi primitiva de mantenerla allí.

De conservarla cerca.

De conservarla.

Cuando se habían estrechado la mano, algo había atravesado su interior, como una descarga.

Un destello de reconocimiento que no tenía sentido.

Nunca la había conocido antes de la convención.

Estaba seguro de eso.

Casi seguro.

David abrió la investigación de antecedentes que había solicitado.

Caeli María Moreno.

La menor de tres hermanas.

Secuestrada a los seis años.

Desaparecida durante treinta y un días.

Encontrada ilesa.

El mismo período de tiempo que su propio secuestro.

Era una coincidencia.

Tenía que serlo.

Excepto que, cuando cerraba los ojos, casi podía escuchar su voz.

Ahora eres mi príncipe.

No.

Abrió los ojos y eliminó el archivo.

No importaba quién era ella ni de dónde venía.

Lo que importaba era que era brillante.

Y ahora era suya.

Su empleada.

La persona encargada de resolver sus problemas.

Suya.

David no cuestionó aquella posesividad.

Simplemente actuó en consecuencia.

La había contratado porque era la mejor.

Esa era la única razón.

La única razón que importaba.

CAELI

—Eso no es justo —dijo Leticia con voz tensa.

—¿No es justo?

Caeli soltó una risa breve y amarga.

—¿Saben qué no fue justo? Pasar treinta y un días creyendo que nadie iba a encontrarme. ¿Saben qué no fue justo? Pasar veinte años escuchándolas actuar como si mi secuestro hubiera sido algo que yo les hice a ustedes.

El comedor quedó en silencio.

Su madre dejó lentamente el plato que estaba sosteniendo.

Su padre bajó la mirada hacia la mesa.

—Caeli... —comenzó Karla.

—No.

La voz de Caeli fue firme.

—No. Ya no voy a hacer esto.

Karla se cruzó de brazos.

—¿Hacer qué?

—Fingir que no entiendo lo que pasa aquí.

Los ojos de Leticia se entrecerraron.

—¿Y qué crees que pasa?

—Creo que me odian.

Su madre inhaló bruscamente.

—Mija—

—No, mamá. Déjame terminar.

Caeli miró primero a Leticia y luego a Karla.

—Creo que me odian porque sobreviví. Creo que me odian porque después del secuestro nuestros padres se preocuparon más por mí. Creo que me odian porque saqué buenas notas. Porque conseguí becas. Porque ahora conseguí un trabajo que paga más dinero del que cualquiera de ustedes cree que merezco.

—Eso no es cierto —dijo Leticia.

Pero sonó poco convincente.

—¿No?

Caeli inclinó la cabeza.

—Porque cada vez que logro algo, ustedes encuentran una forma de convertirlo en un problema.

—Solo estamos preocupadas por ti —dijo Karla.

—No.

La voz de Caeli fue tranquila.

Demasiado tranquila.

—Están preocupadas por perder la versión de mí que las hace sentir mejor consigo mismas.

Karla se puso de pie.

—Eso es ridículo.

—¿Lo es?

—Sí.

—Entonces dime algo.

Caeli sostuvo su mirada.

—Si hoy hubiera venido aquí a decirles que me rechazaron, ¿estarían felices por mí o aliviadas?

Karla abrió la boca.

Luego, la cerró.

Y eso fue, respuesta suficiente.

Caeli sintió que algo dentro de ella, finalmente, se rompía.

No de una manera dolorosa.

De una manera liberadora.

Como una cadena oxidada que por fin cedía.

—Eso pensé.

Su padre habló por primera vez.

—Karla. Leticia. Su hermana tiene razón.

Las dos mujeres giraron la cabeza.

Sorprendidas.

Porque rara vez intervenía.

—Papá—

—No.

Su voz fue suave.

Pero firme.

—Durante años las he escuchado culpar a Caeli por cosas que nunca fueron su responsabilidad.

—No la culpamos—

—Sí lo hacen.

Su madre se sentó lentamente.

Lágrimas brillaban en sus ojos.

—Y nosotros permitimos que ocurriera.

Leticia quedó inmóvil.

—Mamá...

—Deberíamos haberlo detenido hace mucho tiempo.

La voz de María tembló.

—Caeli era una niña. Una niña aterrorizada. Y mientras ella intentaba sobrevivir, ustedes estaban enojadas porque necesitaba más atención.

—No fue así —susurró Leticia.

—Sí, así fue.

El silencio volvió a llenar la habitación.

Finalmente, Karla soltó una carcajada amarga.

—Increíble.

—¿Qué es increíble? —preguntó Caeli.

—Que siempre termines siendo la víctima.

Las palabras deberían haber dolido.

Pero no lo hicieron.

Porque, por primera vez, Caeli ya no necesitaba que Karla entendiera.

Ya no necesitaba su aprobación.

Ya no necesitaba que Leticia la quisiera.

—No soy una víctima.

Karla arqueó una ceja.

—¿No?

—No.

Caeli se puso de pie.

—Soy una sobreviviente.

Las palabras resonaron en la habitación.

Fuertes.

Innegables.

—Y mañana voy a comenzar un trabajo por el que he trabajado toda mi vida. Con o sin su aprobación.

Tomó su bolso.

—Caeli, espera... —dijo su madre.

Pero ella sonrió suavemente.

—No estoy enojada, mamá.

Y era verdad.

Por primera vez en mucho tiempo, no estaba enojada.

Solo estaba cansada.

—Los quiero.

Miró a su padre.

—Gracias por creer en mí.

Los ojos de él se llenaron de lágrimas.

—Siempre creeré en ti, mija.

Caeli asintió.

Luego miró a sus hermanas.

—Y espero que algún día encuentren una manera de perdonarse a sí mismas.

La expresión de Leticia se quebró.

Karla apartó la mirada.

Y en ese momento, Caeli comprendió algo.

Nunca se había tratado de ella.

Nunca.

Ellas llevaban veinte años cargando con una culpa que se había transformado en resentimiento.

Y ella había pasado veinte años creyendo que debía cargar con ambos.

Ya no.

Tomó las llaves.

Caminó hacia la puerta.

Y cuando salió de la casa, el aire fresco de la tarde llenó sus pulmones.