CAPÍTULO CUATRO #6
—Le estoy ofreciendo un puesto. Salario de seis cifras. Beneficios completos. Trabajo desafiante.
El cerebro de Caeli se detuvo por completo.
—Perdón, ¿acaba de decir seis cifras?
—Sí.
—¿Como cien mil dólares o más?
—Ciento cincuenta mil.
—¿Dólares?
—Sí.
—¿Dólares estadounidenses?
—¿Existe otro tipo?
—¡No lo sé! ¡Estoy en estado de shock!
Caeli se puso de pie tan rápido que, casi pierde el equilibrio.
Maya la sostuvo del brazo.
—¿Quiere pagarme ciento cincuenta mil dólares por un trabajo para el que no estoy calificada?
—Está calificada.
—Realmente no lo estoy.
—Sí lo está.
—Estamos dando vueltas en círculos.
—Entonces deje de discutir.
Caeli soltó una carcajada ligeramente histérica que resonó por el salón de convenciones.
—Esto es una locura. Usted está loco. Yo estoy loca por siquiera considerar esto.
—¿Lo está considerando?
—Quiero decir... no. Tal vez. No lo sé.
Caeli se llevó las manos al rostro.
—¿Por qué yo? En serio. Hay cientos de personas aquí con mejores currículums, más experiencia, referencias reales que no son cartas de lástima. ¿Por qué me elegiría a mí?
David permaneció en silencio durante un largo rato.
Sus ojos grises se clavaron en los de ella con una intensidad que la hizo sentir como si estuviera mirando a través de ella, más allá de ella, hacia algo que ella misma no podía ver.
—Porque usted es exactamente lo que he estado buscando —dijo finalmente.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única respuesta que va a obtener.
Sacó una tarjeta de presentación del bolsillo.
Cartulina gruesa.
Letras en relieve.
Probablemente cada tarjeta costaba más de lo que Caeli gastaba en comestibles en una semana.
La extendió hacia ella.
—Piénselo. Llámeme antes del lunes.
Caeli tomó la tarjeta automáticamente, mientras su cerebro seguía intentando procesar los últimos cinco minutos de su vida.
—Yo...
Pero David ya se estaba alejando.
Atravesó la multitud con la confianza natural de alguien a quien nunca le habían dicho que no y que probablemente no sabría qué hacer si eso ocurriera.
Caeli se quedó mirando la tarjeta.
David AshfordCEO, Ashford Industries
—¿Qué demonios acaba de pasar? —preguntó Maya lentamente.
—Creo que un robot, con un traje extremadamente caro, que acaba de ofrecerme un trabajo.
—Un robot que quiere pagarte ciento cincuenta mil dólares.
—Un robot con un criterio muy cuestionable y posibles tendencias de acosador.
—¿De verdad estás considerando rechazar ésto?
—Estoy considerando seriamente la posibilidad de que esté alucinando por estrés y sobredosis de cafeína.
Caeli volvió a mirar la tarjeta.
Las letras en relieve parecían brillar bajo las luces fluorescentes.
—Esto no tiene sentido. La gente no ofrece trabajos de seis cifras a desconocidos en convenciones. Así no funciona el mundo.
—Tal vez así funciona su mundo.
—Su mundo parece falso.
—Su mundo parece costoso.
Maya la tomó por los hombros.
—Caeli. Escúchame. Esta es la oportunidad que has estado esperando. No la analices demasiado.
—Siempre analizo demasiado las cosas. Es mi rasgo más característico. Eso y mi capacidad para convertir literalmente cualquier situación en una catástrofe.
—Lo sé. Es agotador.
Maya la sacudió suavemente.
—Pero, por una vez en tu vida, simplemente acepta la victoria. Llámalo. Acepta el trabajo. En el peor de los casos no funciona y, entonces, encuentras otra cosa.
—En el peor de los casos, termino trabajando para un multimillonario socialmente torpe, que podría o no, ser un asesino en serie.
—Ya trabajate para un tipo que te paga el salario mínimo y te obliga a contestar sus llamadas personales. Al menos, éste paga bien.
Caeli volvió a mirar la tarjeta de presentación.
El nombre parecía vibrar con una importancia, que no lograba comprender.
David Ashford.
Había algo en ese nombre que le resultaba familiar.
Como si debiera conocerlo.
Como si significara algo.
Pero eso era imposible.
Nunca había conocido a David Ashford.
¿Verdad?
—Está bien —dijo finalmente—. Lo pensaré.
—¿Lo llamarás?
—Pensaré en llamarlo.
La casa donde Caeli creció estaba al final de Maple Street, una modesta vivienda de dos habitaciones con revestimiento azul descolorido y un porche delantero que se hundía ligeramente del lado izquierdo.
Su padre seguía diciendo que lo arreglaría “el próximo fin de semana”, pero ese próximo fin de semana llevaba ocurriendo aproximadamente, siete años.
Caeli estacionó en la entrada detrás del Honda de quince años de su madre: el que tenía el espejo lateral sujeto con cinta adhesiva y una calcomanía en el parachoques que decía: “Las enfermeras lo hacen con paciencia”, que su padre había comprado como una broma y que su madre nunca se había molestado en quitar.
La luz del porche parpadeó cuando se acercó.
Otro elemento de la lista de “el próximo fin de semana”.
Tocó dos veces y entró por su cuenta. La puerta mosquitera chirrió de esa manera familiar que significaba hogar, incluso cuando el hogar era complicado.
—¡En la cocina! —gritó su padre.
La sala estaba exactamente igual que siempre:
El sofá floral de 1995.
La mesa de centro con una marca permanente de vaso.
Los estantes repletos de novelas de misterio de su padre y libros de enfermería de su madre.
El televisor estaba encendido, mostrando uno de esos programas de renovación de casas donde personas con presupuestos ilimitados se quejaban de las encimeras de granito.
Su padre estaba frente a la estufa, removiendo algo que olía a salsa de tomate y optimismo.
Llevaba su uniforme habitual de la noche:
Cárdigan con parches en los codos.
Gafas de lectura empujadas sobre la cabeza.
Pantuflas que habían visto décadas mejores.
—¡Caeli-bug!
Se giró con una cuchara de madera en la mano y el rostro se le iluminó de la manera en que siempre lo hacía cuando ella entraba.
Como si fuera lo mejor que le había pasado en todo el día.
—Estoy haciendo espaguetis. Tu madre está trabajando hasta tarde, pero llegará pronto. ¿Tienes hambre?
—Me estoy muriendo de hambre. He estado sobreviviendo al café de centro de convenciones y, a la angustia existencial.
—Ah, el desayuno de los campeones.
Señaló la mesa de la cocina: la misma en la que habían comido durante veinte años, con la pata tambaleante que su padre había “arreglado” con una servilleta doblada.
—Siéntate. Cuéntame sobre la convención. ¿Alguna pista prometedora?
Caeli se sentó y sacó la tarjeta de presentación de su bolso, colocándola sobre la mesa como si pudiera explotar.
—Define prometedora. Porque o acaban de ofrecerme el trabajo de mis sueños o estoy a punto de aparecer en un podcast de crímenes reales.
Su padre tomó la tarjeta.
Sus cejas se alzaron.
—David Ashford. Ashford Industries.
La miró por encima de sus gafas.
—Eso es... una empresa importante.
—Es una empresa de multimillonarios. Una empresa del tipo “¿por qué esta persona me está hablando?”.
—¿Qué te ofreció?
—Un puesto en gestión de crisis. Salario de seis cifras. Beneficios completos. Incorporación inmediata.
El rostro de su padre se abrió en una sonrisa genuina, de esas que arrugan las comisuras de los ojos.
—Caeli, eso es maravilloso. Es exactamente aquello por lo que has estado trabajando.
—O es una estafa elaborada. O me confundió con alguien competente. O va a darse cuenta de su error y retirar la oferta antes de que siquiera lo llame.
Caeli tiró de un hilo suelto de la manga.
—Me inclino por la tercera opción. Parece la más probable estadísticamente.
—¿Por qué asumirías eso?
—Porque las cosas buenas simplemente no me pasan, papá. Las cosas buenas les pasan a personas con mejores currículums y menos defectos de personalidad.
—No tienes defectos de personalidad.
—Tengo un historial documentado de decir la cosa equivocada en el momento equivocado. La semana pasada le dije a mi jefe que su corbata parecía un arcoíris deprimente. En su cara. Mientras la estaba usando.
Su padre se echó a reír.
Ese sonido suave y amable que siempre le había hecho sentir que quizá no era tan desastre como todos decían.
—¿Te despidió?
—No, pero solo porque soy la única persona que sabe usar la fotocopiadora.
Caeli se hundió en la silla.
—Hablo en serio, papá. Esto no tiene sentido. David Ashford me vio ser rechazada por siete empresas en tres horas y decidió que yo era la persona que quería contratar. Eso no es un comportamiento humano normal. Es desesperación o delirio.
—O buen juicio.
—Estás parcializado. Estás contractualmente obligado a pensar que soy competente.
—Soy tu padre. Estoy contractualmente obligado a amarte. Pensar que eres competente es simplemente una observación precisa.
Removió la salsa, la probó y añadió más orégano.
—¿Qué te dice tu instinto?
—Mi instinto me dice que voy a arruinar esto de manera espectacular y que, de algún modo, será peor que si nunca lo hubiera intentado.
—Eso no es tu instinto. Eso es tu ansiedad.
—Mi ansiedad tiene un mejor historial de aciertos.
La puerta principal se abrió y la voz de su madre recorrió la casa, cansada pero cálida.
—Algo huele delicioso. Por favor dime que no es otra de tus recetas “experimentales”, Richard.
—Es espagueti, querida. No soy tan aventurero.
Su madre apareció en la entrada de la cocina, todavía con el uniforme médico puesto, el cabello recogido en una cola de caballo práctica y el rostro marcado por cada uno de sus turnos dobles.
Pero cuando vio a Caeli, sonrió.
Esa sonrisa real que hacía que el cansancio desapareciera un poco.
—Caeli. No sabía que ibas a venir.
Le besó la parte superior de la cabeza y luego notó la tarjeta sobre la mesa.
—¿Qué es esto?
—Una posible oferta de trabajo. O un engaño muy elaborado. El jurado aún no ha emitido su veredicto.
Su madre tomó la tarjeta.
Su expresión pasó de la curiosidad a la preocupación.
—Ashford Industries. Eso es... Caeli, es una empresa enorme.
—Lo sé.
—¿Qué te ofrecieron?
—Gestión de crisis. Ciento cincuenta mil dólares. Beneficios. Todo incluido.