Capítulo 21 #2
—Por protegerme —repitió Mariona, y ahí, en esa palabra, encontró por fin la grieta por donde le dolía—.
Ahí está el problema, Adrián. Que me has protegido.
Sin preguntarme. Sin contarme. Has decidido tú, por tu cuenta, lo que me convenía saber y lo que no, y has ido moviendo los hilos por detrás como si yo fuera una cría a la que hay que ahorrarle los disgustos.
—Le temblaba la voz de rabia y de pena mezcladas—.
Llevo toda la vida siendo la que cuida a los demás, la que carga, la que resuelve, y por una vez, por una sola vez, aparece alguien y en lugar de dejarme entrar, en lugar de contarme la verdad y pelearla conmigo, decide gestionarme.
A escondidas. Como se gestiona un problema.
—Lo hice porque no quería hacerte daño —dijo Adrián.
—Me lo has hecho igual. Más. —Cogió aire—.
¿Sabes lo peor? Que hace tres días me besaste.
Y yo te dije, con estas palabras, que estaba harta de que en esta familia nadie dijera las cosas claras.
Y tú tenías todo esto dentro, todo, y me besaste y te lo callaste.
Tuviste el momento justo para contármelo y elegiste taparlo con otro beso.
—Se le quebró—. Yo venía estos días con una cosa enorme que contarte.
Una cosa mía, de lo más hondo que tengo, que descubrí el martes y que no se la he dicho a nadie porque quería decírtela a ti, en persona, porque pensé que tú eras la persona.
Y resulta que mientras yo guardaba mi verdad para dártela entera, tú me estabas escondiendo la tuya a plazos.
—Iba a contártelo —dijo Adrián, y hasta él se dio cuenta de lo pobre que sonaba—.
Cuando tuviera algo cerrado. Cuando pudiera decirte «tranquila, esto está resuelto».
No quería darte una esperanza que a lo mejor no podía cumplir.
La venta la puedo frenar unas semanas, no para siempre.
Si te decía «te estoy protegiendo» y luego mi tía cerraba la operación igual, te habría hecho ilusiones para nada. Preferí callarme hasta estar seguro.
—Y ahí lo tienes otra vez —dijo ella, casi con una risa triste—.
«Preferí.» «No quería.» «Preferí callarme.
» Todo lo decides tú. Hasta cuándo tengo yo derecho a enterarme de que me están echando de mi casa lo decides tú.
—Negó con la cabeza—. No te das cuenta, ¿verdad?
Yo no necesito que me resuelvas la vida por detrás y me la entregues arreglada como un pastel terminado.
Necesito que te sientes a este lado de la barra y me digas: «Mariona, la he cagado, firmé aquello, ahora intento frenarlo, no sé si podré, ¿lo peleamos juntos?
». Eso necesito. Un igual. No un protector que me maneja creyendo que me cuida.
—Se le nubló la vista—. Bastante manejó ya tu familia a la mía cincuenta años, sin que ninguna de las dos tuviera vela en el entierro.
No quiero un hombre que me haga lo mismo con buena cara.
Adrián no dijo nada. No tenía defensa para eso, y lo sabía.
Bajó la cabeza, y a Mariona le dolió verlo así, hundido, porque una parte de ella quería rodear la barra, abrazarlo y decirle que lo entendía, que sabía que lo había hecho por amor, que en el fondo se lo agradecía.
Pero otra parte, la que llevaba un año aprendiendo a marcarse límites después de toda una vida sin ninguno, la sujetó por dentro.
Por una vez no iba a ser ella la que corriera a consolar al que le había hecho daño.
Por una vez le tocaba estar dolida y quedarse quieta en su dolor, sin salir corriendo a arreglárselo a nadie.
—No me has mentido en lo pequeño —dijo Mariona, más bajo, más cansada—. Me has mentido en la única cosa que te pedí. En decir las cosas claras. Y eso, Adrián, no sé cómo se arregla.
Se quedaron los dos a un lado y otro de la barra, en la tienda que empezaba a oscurecer, sin gritarse, que habría sido más fácil, solo mirándose por encima de todo lo que ya no se podía dar por dicho.
Él había hecho una cosa buena de la peor manera posible.
Ella lo sabía, y saberlo no le quitaba ni un gramo al daño.
No era un malentendido. No había una frase mágica que lo deshiciera.
Era, sencillamente, que el hombre del que se había enamorado la quería y no había sabido tratarla como a una igual, y que eso, por muy de buena fe que fuera, se parecía demasiado a lo que su familia llevaba cincuenta años haciéndole a la suya.
—Vete a casa, Adrián —dijo al final, sin rencor, que era lo peor—. Hoy no. Hoy no puedo.
—Mariona. —Se detuvo en la puerta, con la mano en el picaporte, y por un momento pareció que iba a pelear, a insistir, a decir alguna de esas cosas grandes que se dicen en el umbral—.
Lo que dije el otro día era verdad. Lo de no ser mi abuelo.
Lo de no ser el que no vuelve. —Tragó—. Voy a demostrártelo.
No con palabras. Ya sé que las palabras contigo ya no valen nada.
—No me demuestres nada por detrás —dijo ella, agotada—. Es justo lo que no soporto. Si quieres demostrarme algo, hazlo de cara. A tu tía, a tu familia, a mí. A cara descubierta, por una vez. Y si no eres capaz de eso, no me demuestres nada, que ya me sé el final de esa película.
Y él se fue, porque tuvo, al menos, la decencia de no insistir.
Mariona bajó la persiana, apagó las luces, y se quedó sola en la tienda a oscuras, con el café de Nuria aún medio lleno en el taburete y el olor del día entero pesándole encima.
Se sentó en el suelo, detrás de la barra, con la espalda contra los cajones, como no se sentaba desde que era niña, y por primera vez desde que todo aquello empezó no supo si lo que sentía por él iba a bastar para perdonarle que la hubiera querido tan mal.
Y, peor todavía, no supo si perdonarlo, aunque quisiera, iba a servir de algo, porque en enero llegaba Nuria con sus papeles y su razón humana y su padre muriéndose, y ni el perdón más grande del mundo paraba ya aquella venta.
Se había enamorado, había dado el paso, había bajado a la parada.
Y a la parada, puntual, había bajado también el mismo coche negro de siempre a llevárselo todo.