La pastelera de los martes tristes Capítulo 21
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Capítulo 21

La mujer que entró aquel jueves por la tarde no venía a comprar pan.

Mariona lo supo antes de que abriera la boca, por cómo miró la tienda: no como se mira una confitería, sino como se mira un inmueble.

Repasó el techo, las paredes, el suelo, el escaparate, con los ojos de quien calcula metros y no antojos, y cuando bajó la vista a Mariona la repasó a ella igual, de arriba abajo, tasándola.

Era una mujer de unos cuarenta y cinco, bien vestida sin lujos, con cara de cansancio antiguo y un abrigo bueno de ciudad.

Se parecía a alguien, y a Mariona le costó un segundo colocar a quién.

Cuando lo colocó, se le encogió el estómago.

—¿La señora Prado? —dijo la mujer—. Mariona Prado.

—Soy yo.

—Nuria Vega. —Le tendió la mano, firme, seca—. Represento a la familia propietaria de este edificio. Del que usted es inquilina. —Una pausa, midiéndola—. Creo que ya conoce a mi sobrino. Adrián.

Y ahí estaba. La tía. La del teléfono al que Adrián le mentía. La que pagaba la residencia. La que quería vender. En carne y hueso, plantada en la confitería un jueves de noviembre con cara de haber conducido dos horas para arreglar algo que se le estaba yendo de las manos.

Mariona le puso un café, por hacer algo, y Nuria lo aceptó con un gesto cansado de agradecimiento, y se sentó en el taburete de Emérito, y desde ahí, sin más rodeos, le soltó lo que había venido a soltar.

Y Mariona, de pie detrás de su propia barra, fue enterándose, frase a frase, de la historia entera de los últimos dos meses contada desde el otro lado, desde un lado que ella no conocía, y con cada frase se le iba cayendo el suelo un poco más.

—Voy a serle sincera, señora Prado, porque estoy muy cansada de rodeos —empezó Nuria—.

Esta venta tenía que haberse cerrado hace un mes.

Estaba todo en marcha. Mi sobrino vino en septiembre, tasó el edificio, revisó los papeles, dejó preparada la operación con el grupo comprador.

Firmó él las autorizaciones para poner en venta el inmueble entero, con usted dentro.

—Dio un sorbo—. Lo digo para que sepa con quién ha estado tratando.

El desahucio que la tiene a usted en vilo desde octubre lo puso en marcha Adrián.

Con su firma. En nombre de la familia, sí, pero con su firma.

Mariona no dijo nada. Se agarró al canto de la barra. Aquello ya lo sabía, en el fondo; Adrián había llegado como el enemigo, con el tasador, con la carpeta; nunca lo había ocultado del todo. Pero oírlo dicho así, en frío, con la palabra «firmó», le dolió más de lo que esperaba.

—Y ahora viene lo que no entiendo —siguió Nuria, y en su voz se coló la frustración de verdad—.

Desde hace unas semanas, el mismo que lo puso todo en marcha se dedica a frenarlo.

A entorpecerlo. Primero pidió un informe jurídico que no hacía falta.

Luego una segunda tasación. Luego que si el comprador no era solvente, que si había que revisar avales, que si sus derechos de usted como inquilina de renta antigua exigían no sé cuántas cautelas.

Excusas, señora Prado. Una detrás de otra.

Lleva un mes largo inventando motivos para no cerrar una venta que él mismo preparó.

—Dejó la taza—. Y a mí me está costando muy caro ese mes.

Porque ese dinero, el de esta venta, hace falta.

No es capricho. Es para pagarle a mi padre, al abuelo de Adrián, la residencia donde se está muriendo sin acordarse ya de cómo nos llamamos.

Tres mil euros al mes. Cada semana que su…

que Adrián roba a esta operación es una semana que yo tengo que sacar de donde no hay.

Mariona escuchaba con la cara ardiendo y el corazón haciéndole cosas raras, porque en aquel relato cabían las dos cosas a la vez, la buena y la mala, encajadas como las dos mitades de una nuez.

Adrián había empezado el desahucio. Y Adrián lo estaba frenando.

La había amenazado y la había protegido, con la misma mano, con la misma firma.

La estaba salvando en secreto a costa de la cama de su abuelo.

Era, a la vez, la peor noticia y la mejor, y Mariona no sabía cuál de las dos le dolía más.

Lo intentó ordenar mientras Nuria hablaba, y no pudo, porque no había manera de ordenarlo.

Si se quedaba solo con la parte fea —él firmó, él la puso en la calle—, era un canalla, y podía odiarlo con la conciencia tranquila, y hasta le habría venido bien.

Si se quedaba solo con la parte buena —él la protegió, mintió por ella, se peleó con su familia por ella—, era un héroe, y tenía que perdonarlo y darle las gracias.

Pero es que era las dos cosas. No en momentos distintos, como quien cambia.

A la vez. El mismo hombre, con la misma mano, había firmado su ruina en septiembre y la había frenado en octubre, y ni una cosa borraba la otra, ni la otra excusaba la una.

Y por debajo de las dos, sosteniéndolas, estaba lo que de verdad le estaba abriendo el pecho: que en ninguno de los dos casos, ni para hundirla ni para salvarla, se le había ocurrido contar con ella.

Ni para lo malo ni para lo bueno le había preguntado. La había decidido. Dos veces.

—¿Por qué me cuenta todo esto? —consiguió decir.

Nuria la miró, y por primera vez su cara de negocios se ablandó en algo más humano, más perdido.

—Porque no entiendo a mi sobrino y esperaba que usted me lo explicara.

—Se encogió de hombros—. Adrián lleva tres años sin implicarse en nada de la familia.

Se le murió la madre y se apagó, dejó de venir, dejó de coger el teléfono, me dejó a mí con todo.

Y de repente, con este edificio, con este pueblo, se implica como no se implicaba desde…

no sé desde cuándo. Frena una venta que le da igual, miente por un edificio que no había pisado en su vida, se pelea conmigo por una inquilina a la que no conoce de nada.

—Entrecerró los ojos, y Mariona vio el momento exacto en que la mujer ató el cabo—. A la que no conoce de nada. ¿O sí?

Se hizo un silencio horrible.

—Ah —dijo Nuria, muy despacio, mirándola de otra manera—. Ya. Ahora lo entiendo. —No lo dijo con maldad. Lo dijo con un cansancio infinito, casi con lástima—. Pues sí que se ha complicado la vida el chico.

Mariona no lo confirmó ni lo negó. No hacía falta. Se le debía de ver en la cara todo lo que llevaba dentro. Se quedó callada, sujetando la barra, mientras el suelo terminaba de irse del todo.

Nuria se levantó, dejó las monedas del café —las justas, como Emérito, como todos los de aquella familia con las cuentas apretadas—, y antes de irse dijo, ya sin dureza, casi de mujer a mujer:

—Mire, señora Prado. No sé lo que hay entre usted y mi sobrino, y en el fondo no es asunto mío.

Pero le voy a decir una cosa, por si le sirve.

Adrián es buen chico. Bueno de verdad. Pero es un cobarde para lo importante, siempre lo ha sido, viene de fábrica en esta familia.

Hace las cosas a medias, por detrás, sin dar la cara.

Le ha frenado a usted la venta sin decírselo, ¿a que no se lo ha dicho?

—Vio en la cara de Mariona que no—. Claro que no.

Prefiere hacerle un favor a escondidas que sentarse con usted y con su familia y pelear a cara descubierta por lo que quiere.

Igual que su abuelo. —Cogió su bolso—. Esa venta se va a cerrar, señora Prado.

Con Adrián o sin él. Yo no puedo permitirme sus escrúpulos románticos.

Lo siento por usted, de verdad que lo siento, pero mi padre no puede pagar la residencia con los remordimientos de mi sobrino.

En enero cierro yo la operación. Se lo digo para que se vaya preparando, que bastante fea ha sido ya toda esta historia como para que encima la pille por sorpresa.

Y se fue, dejando la campanilla temblando y a Mariona clavada detrás de la barra, con dos meses de mentiras recolocándosele en la cabeza y un café a medias enfriándose en el taburete.

Llamó a Adrián. Le salió una voz que no era la suya.

—Ven. Ahora. Ha estado aquí tu tía.

Adrián llegó en cuarenta minutos, con la cara descompuesta, sabiendo ya, por el tono, que se había destapado todo. Entró, y Mariona no le dejó ni acercarse.

—¿Es verdad? —le dijo, desde el otro lado de la barra, que de pronto había vuelto a ser una frontera—. Todo. Que tú firmaste el desahucio en septiembre. Y que llevas un mes frenándolo sin decirme nada. ¿Es verdad?

—Mariona…

—¿Es verdad?

—Sí. —No lo negó. Se le hundieron los hombros—. Las dos cosas son verdad. Déjame explicártelo.

—Explícamelo.

Y Adrián se lo explicó, y lo peor de todo fue que lo entendió.

Que no había ni una mentira gorda que le permitiera odiarlo a gusto.

Le contó que sí, que en septiembre había venido como venía a cualquier encargo, frío, con la carpeta, sin saber ni querer saber a quién echaba de dónde, que había firmado los papeles como quien firma una nómina.

Que entonces ella, para él, no pasaba de ser un renglón de un expediente, «la inquilina», una casilla que había que dejar vacía para poder vender.

Y le contó que luego, cuando empezó a conocerla, cuando el perro, cuando la niña, cuando el bolero, cuando todo, se le había hecho imposible seguir, y que había empezado a frenar la venta a escondidas, a mentirle a Nuria, a robarle semanas a la operación, para ganarle a ella tiempo. Todo por protegerla.