La parte del diablo (Inspector Jefe Bone 8)
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1 Uno
Uno
El sargento detective Mark Mullens hizo una mueca al intentar retorcer su corpachón en lo que la instructora de yoga llamaba alegremente la postura del perro boca abajo.
Al otro lado de la carretera de la destilería Glendurie, en el enmohecido centro comunitario de Kincraig, se vio rodeado por un mar de mujeres esbeltas enfundadas en licra, que se doblaban y estiraban sin esfuerzo como Curly Wurlys humanos.
Lanzó una mirada aviesa a su mujer, Sandra, que le había arrastrado a aquella sesión de tortura.
Ella le devolvió la mirada con una sonrisa empalagosa que prometía represalias si se atrevía a quejarse.
Mullens soltó un suspiro e intentó concentrarse en la voz reconfortante de la instructora, que parecía venir de algún punto junto a su axila izquierda.
Su indumentaria era digna de verse. Sandra había insistido en que llevase ropa «de yoga de verdad», lo que al parecer significaba embutir su considerable volumen en unas mallas ciclistas de nailon elástico tan ajustadas que hacían daño a la vista y con una camiseta emperrada en subirse y dejar al aire su barriga a la mínima ocasión.
El efecto era menos «maestro zen» y más «embutido tratando de salirse de la tripa».
Intentó pasar a la postura del guerrero y se dio cuenta con agudeza de que el único otro hombre de la clase —un tipo fibroso con moño y tatuajes tribales— ejecutaba el movimiento con exasperante facilidad.
Decidido a no quedarse atrás, Mullens se exigió más, solo para notar un retumbe familiar en las tripas.
Antes de poder evitarlo, un pedo atronador resonó por todo el salón. La clase enmudeció, salvo por unas cuantas risitas mal reprimidas.
Justo cuando estaba pensando en fingir otro infarto para escapar de la pesadilla, el silencio se hizo añicos con el aullido de varias sirenas. Se fue tambaleando hasta la ventana, ignorando las protestas de la instructora sobre alterar el flujo de energía de la clase.
Fuera, una comitiva de vehículos policiales y una ambulancia entraron a toda prisa por la entrada de la destilería. Los agentes ya estaban montando un cordón. Mullens aprovechó el momento para dar por terminada la tortura.
—Perdona, cariño —le gritó a Sandra, que le fulminaba con una mezcla de vergüenza, exasperación y resignación—, el deber me llama.
Mullens salió disparado y cruzó la carretera al trote, su conjunto de licra atrayendo más de una mirada atónita entre la gente que empezaba a reunirse. Se acercó al cordón, donde un agente joven mantenía a raya a los mirones.
—Sargento detective Mullens —se identificó—. ¿Qué está pasando aquí?
El agente le recorrió con la mirada, claramente escéptico. —Sí, y yo soy Taylor Swift. Buen modelito, colega.
Antes de que Mullens pudiera contestar, una voz familiar gritó: —¡La madre que te trajo, Mark! ¿Estás haciendo pruebas para Fame o qué?
El agente Dave MacKenzie, compañero de copas de Mullens en los Fells, apenas contenía la risa. —Es de los nuestros —le dijo al agente más joven—, aunque nunca le había visto tan... revelador.
—Te voy a revelar la mandíbula rota como sigas —replicó Mullens—. ¿Qué está pasando aquí?
La expresión de MacKenzie se ensombreció. —Uno de los empleados se ha desplomado durante una visita con cata. No tiene buena pinta.
Mullens se agachó bajo la cinta y entró en la destilería. La sala de catas era un hervidero, con forenses y sanitarios ya de acá para allá, cargando aparatos de lo más variopinto.
La víctima yacía boca arriba en el suelo, con el kilt retorcido alrededor de las piernas.
Los paramédicos se cernían sobre él, pero sus movimientos carecían de urgencia: una señal clara de que la esperanza ya se había desvanecido.
A Mullens se le revolvió el estómago; tomó nota del aspecto de la víctima: el rostro hinchado y decolorado, los ojos ligeramente salidos de sus órbitas.
Una mezcla de vómito y saliva le costraba las comisuras de la boca, y había más salpicado en el suelo, llenando el aire con un hedor agrio que se mezclaba de forma desagradable con el rico aroma del whisky.
Mullens se acercó un poco más, con cuidado de no perturbar la escena inmediata.
Las manos del hombre estaban cerradas en puños tensos, como si en sus últimos instantes se hubiese aferrado a la vida misma.
El cuerpo estaba deformado, los músculos aún rígidos, prueba del suplicio que debía de haber soportado.
El suelo estaba cubierto de astillas de cristal, rodeadas por un charco de líquido ámbar que se filtraba lentamente entre las losas. En una mesa cercana había una botella de whisky medio vacía.
Mullens estaba a punto de dirigirse a los paramédicos cuando un revuelo cerca de un cuarto lateral llamó su atención. Un tejano corpulento y alterado discutía con un agente en la puerta.
Mullens se acercó a zancadas. —¿Cuál es el problema aquí?
El joven agente se volvió hacia Mullens, con el alivio reflejado en la cara. —Señor, este caballero insiste en que...
—¡Uno de sus sospechosos ha puesto pies en polvorosa! —interrumpió el tejano, con un acento cargado de frustración.
Mullens alzó una ceja. —Tranquilícese un momento. Empiece por el principio.
Bradshaw le frunció el ceño un segundo y luego tomó aire hondo.
—Soy Cliff Bradshaw, ranger de Texas retirado.
Estaba en la visita cuando ha pasado esto.
Enseguida he visto que era envenenamiento: cianuro, si no me equivoco.
Ya lo he visto antes. He ayudado a su equipo de primera intervención a intentar salvar al pobre diablo mientras esperábamos a los paramédicos —se le ensombreció el rostro—.
Pero no por eso estoy montando el pollo.
Había un tipo callado en nuestra visita, me dio mala espina desde el principio.
Cuando nos metieron aquí dentro, me di cuenta de que no estaba. ¡Se había esfumado!
El agente joven intervino: —Señor, ya le he dicho al señor Bradshaw que nadie ha salido de esta sala.
—¡No estaba usted prestando atención! —saltó Bradshaw—. Le digo que se ha largado.
Mullens alzó una mano. —De acuerdo, cálmese, señor Bradshaw. ¿Puede darme una descripción de ese hombre?
Mientras Bradshaw desgranaba los detalles, un frío le recorrió la espalda a Mullens. Si el tejano tenía razón, tenían a un posible sospechoso suelto.
Sin dudarlo, Mullens echó a correr hacia el grupo más cercano de agentes de respuesta. —Posible sospechoso a la fuga —ladró, transmitiendo la descripción—. Registrad las instalaciones y las calles de alrededor. No puede haber ido lejos.
Mullens cruzó el patio a la carrera, con varios agentes pisándole los talones, y salió a la calle. Barrió la zona con la mirada, pero no había rastro de nadie que encajase con la descripción.
—Mecachis —murmuró—. Seguid buscando —ordenó a los agentes—. Revisad cada calle, cada callejón y cada calleja.
La batida se dispersó.
Mullens se volvió hacia uno de los agentes que quedaban. —Necesito coger su radio.
—¿A quién quiere llamar? —preguntó el agente.
—A los Cazafantasmas. ¿A quién cree que voy a llamar? —gruñó Mullens—. A mi superior, inspector jefe Bone.