La última guardia #2
—La caja —dijo—. Si la destruye, no quedará nada.
—Quedarán las copias, los testigos y usted —respondió Amelia—. Siempre que deje de comportarse como si sangrar fuera una obligación del cargo.
Castañeda soltó una risa que terminó en un gemido. Amelia vio desaparecer al inspector detrás del hombre herido. Miró la fotografía que sostenía, la mujer retratada estaba de pie ante una casa sencilla, con una maceta de geranios y una mano apoyada en el hombro de un niño de cuatro años.
—Amalia Castañeda no podía tener hijos —explicó—. Mi padre llegó conmigo una madrugada. Le aseguró que una joven había muerto y que las hermanas buscaban un hogar decente. Mi madre nunca preguntó cuánto pagó porque creyó que preguntar era desconfiar de una bendición.
Recordaba haber encontrado, a los doce años, un recibo con la flor de siete pétalos.
Su padre se lo arrebató y lo quemó. Años más tarde entró en la policía para acceder a los archivos.
Rivas descubrió la búsqueda antes de que encontrara el acta y comenzó a ofrecerle fragmentos: una fecha, una inicial, el rumor de un hermano.
Cada dato exigía a cambio un favor pequeño.
Perder una denuncia, retrasar una visita, no preguntar por una llave duplicada.
Cuando Castañeda quiso detenerse, ya había acumulado suficientes omisiones para que el director pudiera destruir su carrera.
—No sé si la persona marcada como gemela era mi hermana o si Rivas inventó eso para mantenerme obediente —dijo—. Ni siquiera sé si la mujer que me parió sobrevivió. He hecho cosas peores por una respuesta que quizá no existe.
Amelia recordó a Tomás. El círculo había descubierto qué amaba y le hizo creer que sólo la obediencia podía conservarlo.
—La respuesta no lo absolverá —dijo.
—Lo sé.
—Pero tampoco cambia que usted fue ese niño.
Castañeda cerró los dedos sobre la fotografía.
Señaló luego el corredor central. Rivas no iría directamente a la sala de bombas; antes pasaría por una cámara de distribución donde convergían tres conductos.
Allí existía una compuerta capaz de desviar el agua de la mina.
Si la abría, el nivel inferior se inundaría en menos de veinte minutos.
Landa llevaba los detonadores para hundir la salida cuando el agua obligara a todos a retroceder.
Pilar conocía la compuerta, su hermano había sufrido una lesión reparándola y le contó que el volante estaba trabado. Para moverlo hacían falta dos personas o una llave de hierro guardada cerca del puente, Landa podía haberla tomado.
Alcocer dibujó el cruce en la libreta de Amelia.
Marcaron la posición de Castañeda, la hora y la dirección que seguirían.
Pilar se quedaría con el inspector y repitió las instrucciones para demostrar que las había comprendido pese al golpe.
Amelia le dejó el silbato de Castañeda; acordaron que vigilaría sus respiraciones y la coloración de sus labios mientras mantenía la presión sobre la herida.
—No quiero que se duerma —dijo Pilar a Amelia.
—Puede cerrar los ojos. Lo importante es que responda. Pregúntale su nombre, dónde está y qué piensa declarar cuando salgamos.
Castañeda abrió un ojo.
—Eso último bastará para mantenerme despierto.
La siguiente campanada atravesó la piedra. Pilar apoyó la placa del inspector sobre la libreta, visible, pero dejó la pistola lejos de su alcance. Ya no obedecía por temor ni cuidaba para obtener perdón. Por unos minutos, en aquella galería, era simplemente la enfermera responsable de un herido.
—Si salgo de aquí, lo arrestaré —dijo.
—Si sale de aquí, primero responderá por lo que permitió —contestó Amelia.
Él asintió. La justicia que solicitaba para Rivas también debía alcanzarlo.
La respuesta le recordó a Amelia la diferencia entre su trabajo y la supuesta misericordia del círculo. Una enfermera no borraba la voluntad de una persona para salvarla; cuidaba incluso cuando la verdad era incómoda.
Continuaron. La galería se estrechó hasta obligarlos a caminar en fila, en las paredes aparecieron nombres grabados por mineros y fechas anteriores al hospital.
Elena se detuvo ante una flor idéntica a la de las medallas, tallada en 1882.
Mercedes no había inventado el símbolo; lo tomó de algo más antiguo. No había tiempo para investigarlo.
Encontraron a Landa junto a un puente de madera, vigilando el único paso.
Tenía el brazo inmovilizado y un cuchillo en la mano sana.
Alcocer intentó hablarle, pero él atacó.
Elena esquivó el primer golpe. Amelia utilizó la cuerda para atraparle las piernas y los tres cayeron sobre las tablas. El puente crujió sobre un pozo oscuro.
Landa había retirado varias tablas y cubierto los huecos con sacos. Detrás de él, una lámpara iluminaba una caja de detonadores. No pretendía simplemente detenerlos, si Rivas daba la señal, volaría el puente y sellaría el nivel inferior con Clara dentro.
Alcocer le recordó que Rivas disparó contra Castañeda y abandonaría también a quien dejara de ser útil.
Landa respondió que su padre murió respetado en el hospital.
No podía aceptar que Anselmo fuera recordado como secuestrador.
Cada prueba contra el círculo era, para él, un ataque personal a la única herencia que poseía.
—Su padre eligió —dijo Amelia—. Usted todavía está eligiendo.
Landa miró los detonadores, por un instante pareció considerar rendirse. Entonces la campana sonó y confundió la señal con una orden de Rivas. Atacó.
Landa sujetó a Amelia por el cuello. Su rostro estaba tan cerca que ella percibió el jabón carbólico y el aliento amargo. Confesó que entró en la casa de Tomás y que llevó a Candelaria al campanario. No hablaba con orgullo, sino con la certeza de haber cumplido un deber heredado.
—Mi padre protegió este hospital —dijo—. Yo no dejaré que una enfermera destruya lo que levantaron hombres importantes.
Elena golpeó la férula de su brazo. Landa gritó y perdió el equilibrio; la tabla bajo él se partió. Alcocer alcanzó a sujetarlo del abrigo, pero Landa cortó la tela con el cuchillo para liberarse y cayó al pozo. El golpe tardó varios segundos en llegar.
Alcocer quedó tendido sobre el borde, todavía sosteniendo un trozo de tela.
Había intentado salvarlo a pesar del cuchillo.
Amelia iluminó el pozo y llamó a Landa, pero no hubo respuesta.
Arrojó una piedra para calcular la profundidad y nunca la escuchó tocar fondo con claridad.
No podían descender sin abandonar a Clara.
Registraron la chaqueta rota. Encontraron una llave de la botica, la llave de hierro de la compuerta, la orden de internamiento de la madre de Pilar y una carta de Rivas que le prometía la dirección del hospital si destruía el libro.
Eusebio no protegía sólo la memoria de su padre.
También esperaba heredar el poder que defendía.
Pilar guardó la orden de su madre. No celebró la caída y sabía demasiado bien cómo Rivas convertía las necesidades en colaboración. Aun así, escribió en la libreta la hora, el lugar y la secuencia de la lucha. Landa tendría un registro, no una leyenda conveniente.
Nadie habló. Amelia habría querido evitar otra muerte, incluso la de Landa, pero el tiempo de lamentarla vendría después. Del otro lado del puente encontraron la caja de Soledad abierta. Rivas había tomado la nota y la pluma; había dejado el mechón de cabello flotando en el agua.
La campana sonó de nuevo. Dos veces. Luego guardó silencio.
El silencio podía significar que las enfermeras habían sido detenidas o que el cable se quemó. También indicaba a Rivas que el rescate se acercaba. Alcocer calculó que quedaban cinco minutos para las 2:17. Delante, la galería se dividía en tres corredores y las tiras de la manta desaparecían.
Amelia cerró los ojos y escuchó. Por la izquierda llegaba agua; por la derecha, el crepitar del fuego. En el centro oyó una tos seca. Clara. Avanzaron por allí y encontraron en el muro gotas de sangre a la altura de una mano. Rivas la obligaba a caminar.
Eran las dos y doce.
En algún lugar delante de ellos, Clara gritó el nombre de Elena.