La paciente de la habitación 8 La última guardia
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La última guardia

Amelia volvió a colocarse el uniforme, pero no lo hizo para engañar a nadie, sino porque necesitaba los bolsillos, la movilidad y la seguridad que había sentido durante catorce años al entrar en una sala difícil.

Preparó vendas, agua, un quinqué, cuerda y una ampolla de aceite alcanforado que Alcocer reservó para una urgencia.

Elena llevaba el brazalete de nacimiento alrededor de la muñeca.

Pilar, con la cabeza vendada, insistió en guiarlos.

El uniforme estaba manchado de hollín y tenía una manga rasgada, pero Amelia lo abotonó hasta el cuello.

En un bolsillo colocó material de curación; en el otro, las copias de los nombres.

Añadió una libreta para registrar lo que encontraran.

No permitiría que la urgencia volviera a justificar la ausencia de notas.

Alcocer revisó a Pilar y desaconsejó que descendiera, pero ella respondió correctamente a las preguntas de orientación y caminó en línea recta, aunque el dolor le cerraba un ojo.

Amelia aceptó con una condición: Pilar se quedaría con Castañeda o regresaría al primer mareo.

La muchacha protestó que Clara no tuvo esa opción, a lo que Amelia contestó que reparar un daño no exigía producir otro paciente. Pilar cedió.

Elena guardó en el vestido la carta de Mercedes y el registro clínico de Clara; si encontraba a su madre inconsciente, quería poder decirle quién era antes de que Rivas volviera a nombrarla.

Matilde dividió a las enfermeras en grupos: dos vigilarían la capilla, cuatro mantendrían a los pacientes lejos del ala antigua y las demás se turnarían en la campana.

Cada cinco minutos harían sonar una llamada; si se interrumpía, los bomberos y los mineros reunidos en la plaza entrarían por la ladera de San Jerónimo.

El secreto ya no dependía de tres personas aisladas.

Amelia recorrió con ellas el plan de evacuación: las pacientes capaces de caminar saldrían primero y acompañarían a quienes necesitaran apoyo; los niños serían envueltos en mantas y trasladados por parejas; las camas más pesadas se moverían sólo si el humo alcanzaba las salas.

Prepararon cubos de agua, quinqués con la mecha baja y etiquetas con los nombres, por si Rivas cortaba la corriente.

Ninguna persona sería retirada sin quedar registrada en el patio.

Después de veinticinco años de desapariciones, hasta una evacuación debía impedir que alguien volviera a perderse en el desorden.

Una enfermera joven preguntó si podían ser despedidas.

Matilde respondió que era posible y otra quiso saber si la policía las acusaría de insubordinación.

Amelia no prometió seguridad; les contó que Candelaria obedeció en 1907 y pasó el resto de su vida tratando de reparar una noche.

Cada mujer debía decidir con conocimiento del riesgo, algo que Rivas nunca permitió a las madres.

Dos voluntarias se retiraron y nadie las señaló. Las trece restantes anudaron tiras blancas alrededor de sus muñecas para reconocerse entre el humo. Pilar tomó una también, pero la sostuvo sin atreverse a colocarla hasta que Matilde la ayudó a atarla.

Rosario entregó a cada grupo un reloj y una copia del plano.

Las enfermeras que permanecerían arriba no esperarían pasivamente: una iría a la estación telegráfica, otra buscaría a los bomberos y dos vigilarían a los policías.

El editor de El Despertar colocó a un reportero en la entrada de la mina; cualquier persona que saliera con una caja sería vista.

La madre de Pilar llegó al patio en un carro conducido por Jacinta.

Estaba débil, pero había recibido el medicamento comprado por Amelia.

No pidió explicaciones. Tomó la cara de su hija entre las manos y le dijo que ninguna medicina justificaba que se convirtiera en prisionera de Rivas.

Pilar lloró sólo un instante; después bajó al ascensor.

—No borra lo que hiciste —le dijo—. Sólo indica lo que has decidido hacer ahora.

Descendieron por el ascensor de lavandería y Pilar señaló una puerta oculta detrás de las calderas.

Landa la utilizaba para llevar combustible y documentos sin pasar por la capilla.

El pasaje desembocaba cerca de la cámara inundada; sobre el suelo encontraron gotas de sangre y una tira de la manta de Clara.

El ascensor se detuvo entre dos niveles porque habían cortado la electricidad.

Alcocer abrió la reja y encontraron un muro a menos de medio metro; tuvieron que salir de lado sobre una viga y descender por la cadena hasta la plataforma del piso inferior.

Allí encontraron cajas de ampolletas sin registrar, documentos del hospital y bidones vacíos.

Rivas llevaba años almacenando todo lo que no debía aparecer en los inventarios.

Amelia recogió etiquetas de morfina con números de lote; podían vincular el sedante de Candelaria con la botica.

La manta de Clara estaba rasgada a intervalos regulares, no se enganchó por accidente; ella arrancaba tiras y las dejaba caer, incluso cautiva había trazado su propio camino.

Elena avanzaba demasiado rápido, pero Amelia la sujetó.

—Si te atrapan, tu madre no tendrá a quién esperar.

—Ya esperó veinticinco años.

—Entonces puede esperar diez minutos más mientras pensamos.

Alcocer encontró un hilo tendido a la altura del tobillo, conectado a una carga de pólvora utilizada en la mina.

Landa había preparado trampas. Pilar recordó que su hermano trabajó en San Jerónimo antes del cierre y explicó cómo liberar la tensión; desanudó el hilo con manos temblorosas.

Elena la observó sin perdonarla, pero dejó de impedir que ayudara.

Había una segunda trampa detrás: una tabla suelta sobre un pozo de ventilación.

Pilar la detectó por el polvo interrumpido, Landa conocía el paso que tomarían y preparó obstáculos para personas que avanzaran con prisa.

Amelia impuso una regla: nadie pisaría donde el anterior no hubiera marcado con tiza. Elena se impacientó, pero obedeció.

En la pared encontraron una frase reciente escrita por Clara con carbón: «Elena, sigo aquí». La letra era torpe porque no sabía escribir; había copiado la forma de su nombre del brazalete. Elena apoyó la mano sobre las palabras, Amelia le permitió ese momento y luego la obligó a continuar despacio.

La primera campanada llegó amortiguada a través de la piedra, después otra, la señal les permitió medir el tiempo y saber que arriba continuaban libres.

En una bifurcación hallaron a Castañeda, apoyado contra el muro, herido en el costado y sin la caja.

Rivas le había disparado cuando el inspector pidió garantías para la familia que lo crió.

La lista confirmaba que Julián era uno de los niños entregados por el círculo; había protegido a Rivas durante años para evitar que su madre adoptiva fuera acusada.

Castañeda había seguido a Rivas por la salida de la lavandería.

Cuando lo alcanzó, le mostró la línea del libro donde aparecía como «J.

C., gemelo» y exigió el nombre de su madre.

Rivas respondió que los documentos sólo importaban mientras él decidiera interpretarlos; después le ordenó devolver la caja, pero esta vez el inspector se negó y recibió el disparo.

La bala había entrado por el costado, a la altura de las últimas costillas.

No podían saber si había penetrado el abdomen o lesionado el pulmón, y la pérdida de sangre era importante.

Alcocer sacó su pañuelo, lo dobló y lo presionó contra la herida mientras Amelia buscaba una salida posterior.

Castañeda sostenía una fotografía de la mujer que lo crió y temía que la investigación la convirtiera en delincuente, aunque ella nunca supo que el niño era robado.

—Entonces declare eso —dijo Amelia—. La verdad puede distinguir responsabilidades. Rivas necesita que todos crean que sólo existen inocentes completos o culpables completos.

El inspector entregó la placa a Pilar; si moría, quería que su declaración llegara al juez. Ella se negó a aceptar aquel gesto como una despedida y le ordenó que mantuviera la presión sobre la herida.

—Rivas dijo que no dejaría ningún libro ni testigos y se llevó la caja a la sala de bombas —alcanzó a decir Castañeda.

Amelia mantuvo el pañuelo sobre la herida mientras Alcocer arrancaba una tira de la camisa de Castañeda para sujetarlo.

Como todavía no podían trasladarlo, Pilar se quedó a su lado.

El inspector le entregó el silbato de policía que llevaba consigo y Amelia le indicó que mantuviera la presión y pidiera ayuda si empeoraba.

Castañeda también quiso darle la pistola, pero Amelia prefirió dejarla con Pilar: no quería llevar un arma mientras ella y Elena iban en busca de Rivas.

—¿Por qué me está ayudando? —preguntó Castañeda.

—Porque soy enfermera. Mi deber no depende de que usted lo merezca.

Castañeda cerró los ojos y confesó que, después del incendio del archivo, había dejado escapar a Landa porque Rivas le prometió entregarle su expediente de nacimiento.

En vez de hacerlo, lo condujo hasta la sala y lo atacó.

Su colaboración no había protegido a su familia; sólo volvió más fuerte al hombre capaz de amenazarla.

Pilar mantuvo la presión en la herida mientras Alcocer revisaba la espalda del inspector.

La bala no tenía salida visible. A cada respiración, Castañeda apretaba la mandíbula.

Amelia acercó la lámpara y le pidió que describiera el dolor.

Él contestó con impaciencia, como si los síntomas fueran una pérdida de tiempo, hasta que Amelia le recordó que necesitaban saber si el proyectil había alcanzado el pulmón.

Entonces admitió que el dolor aumentaba al inspirar, aunque no expulsaba sangre.

Alcocer revisó el pañuelo que cubría la herida y ajustó la tira de la camisa, cuidando de no dificultarle la respiración.

Cuando el inspector intentó incorporarse, el dolor lo obligó a apoyarse de nuevo contra la pared.