La traición #2
Amelia propuso enviar de inmediato a la madre de Pilar con Jacinta y el carretero. Pilar conocía una entrada trasera de la casa y podía sacarla sin pasar por la botica. Elena se opuso: cada desvío disminuía el tiempo para rescatar a Clara. La discusión fue breve y brutal.
—Ésa es la elección que Rivas quiere —dijo Amelia—. Decidir qué madre merece ser salvada primero y convertir a la otra en costo necesario.
Elena comprendió. Dividieron el grupo. Jacinta y Pilar irían por la señora; Alcocer prepararía un lugar seguro; Amelia y Elena rastrearían el automóvil hasta la entrada de la mina. Nadie volvería a tener toda la información ni toda la responsabilidad.
Pilar se negó a marcharse sin revelar lo que sabía sobre la sala antigua.
Dibujó de memoria el corredor, la posición de la cama y dos puertas que Landa utilizó.
Una comunicaba con lavandería; la otra parecía un armario, pero detrás se escuchaba agua.
El dibujo coincidía con el croquis incompleto de Mercedes.
Se trasladaron a la casa de Tomás. Amelia no quería conducirlos allí, pero era el único lugar con una salida al templo y un cuarto que podía defenderse. Pilar los siguió a distancia. Al llegar, pidió entrar.
Antes de mover las pruebas, Amelia recorrió la casa y encontró abierta la ventana del dormitorio.
Landa había registrado el lugar mientras ellas permanecían en el refugio.
Los sobres vacíos estaban esparcidos sobre la cama, pero la muñeca de Soledad continuaba en el despacho.
En el bolsillo apareció una nota que no estaba antes: «La hija pagará la obstinación de la madre».
No sabía si se refería a ella, a Elena o a Pilar.
Rivas prefería amenazas capaces de herir a varias personas al mismo tiempo.
Alcocer colocó campanillas en las puertas y aseguró el postigo del patio.
Elena preparó una lámpara junto a cada salida.
Amelia escondió las copias dentro de frascos de harina y entre las vendas del maletín.
Habían pasado de investigar un delito antiguo a organizar una resistencia dentro de una casa sitiada.
—No —dijo Elena.
—Conozco la forma de llegar a la antigua sala sin pasar por la entrada principal. Landa me llevó por allí cuando me interrogó.
Pilar describió un ascensor de servicio clausurado que descendía desde la lavandería.
En el último nivel había una puerta sin número y una campanilla conectada al ala antigua.
Rivas mantenía allí medicamentos, ropa y una cama preparada.
La paciente del expediente de 1908 pudo haber permanecido en ese sitio.
Amelia le permitió entrar, pero no le devolvió su confianza.
Pilar se sentó junto a la puerta, separada del grupo.
Alcocer atendió las heridas de Elena y luego extendió sobre la mesa la correspondencia de Eduardo.
Necesitaban el cuaderno que su padre ocultó antes de morir; podía contener la ubicación exacta del libro de los vivos.
—Hay un gabinete en su antiguo consultorio —dijo—. Nunca conseguí abrirlo. La cerradura tiene una flor.
Amelia colocó la medalla de Tomás sobre la mesa. Los pétalos tenían pequeñas muescas, como dientes de una llave. Hasta entonces la habían considerado sólo una insignia.
Alcocer encajó la medalla en un dibujo de la cerradura trazado por Eduardo al margen de una carta. Coincidía.
La medalla tenía cinco pétalos, pero sólo cuatro presentaban muescas.
El quinto se movía al presionarlo. Dentro había una aguja hueca y un rollo de papel tan fino que casi se deshizo al abrirlo.
Tomás había escrito tres nombres de contacto en la capital y una frase: «Si yo muero antes de hablar, no confíes en el primer policía».
Uno de los nombres correspondía al abogado de Elena. Otro era un periodista. El tercero, una madre cuyo hijo figuraba en la lista y que llevaba años buscando pruebas. Tomás había preparado una red de salida que nunca se atrevió a activar. Amelia copió las direcciones. Esta vez las utilizaría.
—Cada medalla abría el archivo personal de su dueño —comprendió—. Si encontramos la de mi padre…
—Su madre la arrojó al horno.
—Eso me dijo.
Alcocer recordó que, después de la muerte de Eduardo, su madre mandó fundir varios objetos de cobre, pero conservó una caja de instrumentos en la casa cerrada. Salieron antes del amanecer. Pilar pidió acompañarlos. Amelia le ordenó permanecer con Elena.
—Si de verdad quieres reparar lo que hiciste, evita que desaparezca otra hija.
En la antigua casa de los Alcocer encontraron la puerta forzada. Alguien había llegado primero. El gabinete estaba abierto y vacío, salvo por una mancha de sangre fresca y una página arrancada.
La casa olía a hojas húmedas y medicamentos viejos.
Había permanecido cerrada desde la muerte de Eduardo, pero el polvo mostraba tres recorridos recientes: uno hacia el gabinete, otro hacia el invernadero y un tercero hasta el dormitorio.
En la mesita encontraron una taza todavía tibia. Quien entró podía continuar allí.
Amelia indicó a Alcocer que no llamara. Avanzaron separados.
Desde el piso superior llegó el roce de una ventana.
Elena subió por la escalera de servicio mientras ellos revisaban el corredor.
No encontraron a nadie, pero en el balcón quedó una cuerda balanceándose. Landa no estaba tan herido como fingía.
La sangre del gabinete formaba gotas pequeñas, producidas por una mano cortada.
Junto a ellas había fibras negras del uniforme de Matilde.
Alcocer quiso seguir el rastro de inmediato.
Amelia lo obligó a detenerse para vendarlo a él primero.
Rescatar a otra persona con una mano inútil sólo produciría un segundo paciente.
En ella Eduardo había escrito: «Benigno sabe que Soledad escapó. A las 2:17 cerrará la salida de la mina».